La primera novela de Alberto Chimal, Los esclavos, fue publicada en 2009 por la editorial Almadía y ha gozado de una muy buena recepción de crítica y público. Su argumento se aleja de las narraciones de corte fantástico que hasta aquel momento representaban casi la totalidad del trabajo narrativo de Chimal: es la historia realista de dos parejas que han entablado relaciones “extremas” de poder y obediencia, de las fantasías que rodean sus vidas y, al fin, de la forma en que la búsqueda del poder tiene su reverso en la búsqueda de la sumisión. Su tema central es el modo en el que, más que ser sujetos, muchas veces nosotros mismos nos sujetamos y renunciamos a la libertad.
El siguiente fragmento corresponde a la sección central de las cinco que tiene el libro, y que saltan hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, en una estructura fragmentaria que plantea los muchos misterios de los personajes y los va resolviendo poco a poco.

ADVERTENCIA: Los esclavos no es un texto para niños y contiene pasajes y vocabulario que pueden incomodar o disgustar a algunas personas.

De la casa, como de todas las que se levantan en la barranca, sale un cable, que sube hasta alguno de los postes de luz de la avenida. Pero el de ellos se ha roto nuevamente. Si alguien entrara ahora no los vería. Pero nadie va a entrar.
Afuera se oyen los sonidos de siempre a esta hora de la noche: las voces de los borrachos, el roncar de los viejos, los gritos más o menos distantes, las televisiones y los aparatos de sonido de quienes sí tienen electricidad, el correr del agua en el fondo de la barranca. También se puede oler el agua, que sale de las casas y cae por hendiduras mal excavadas y segmentos de tubo. El hedor, nadie sabe por qué, parece venir desde abajo: trepa por entre los hierbajos y las piedras, pasa por los huecos en los trozos de cartón y de lámina, llena todos los espacios. Los fuegos no lo queman; el viento –que cada día trae la basura de la avenida, que cada tanto deja sin techo alguna casa– no se lo lleva.
Hace un año, él miró por primera vez el gran agujero en la tela de alambre que cerca el predio y la rampa que parte del agujero, que se inclina bruscamente para pegarse a la ladera y convertirse en un sendero que se pierde entre las casas, según la mirada va descendiendo, y llega al fondo, un par de cientos de metros más allá y más abajo, donde terminan las construcciones y comienza el cementerio.
—¿Allá abajo no pasamos? —le preguntó a su compañero.
—No mames —dijo éste, calándose la gorra—. ¿Cómo vamos a pasar? Ellos suben su basura para allá —pero no señaló ningún sitio, y en cambio se echó a andar otra vez, empujando su bote con ruedas.
Ahora, en el espacio estrecho y frío entre dos casas, un perro yace, con el vientre perforado muchas veces, al borde de un charco. El agua se confunde con la sangre. Los niños que lo mataron lo rodean. No han soltado sus armas. Todos se esfuerzan por oír, entre el retumbar de las otras músicas, una cumbia que alguien ha puesto a todo volumen pero en algún lugar remoto, tal vez en un baile de verdad en alguna de las colonias circundantes.
Hace unas horas ella preguntó:
—¿Va a estar ocupado? —su voz, como casi siempre, sonaba fatigada; daba la impresión de hablar dormida. Los dos cruzaban la avenida en dirección a la barranca. Ya podían ver los techos acanalados de las primeras casas, asomando más allá de la banqueta, y pronto verían las otras y hasta el cementerio.
—¿Qué? —respondió él, llevándose la mano a la oreja.
—Que si tiene algo que hacer —dijo ella. Se detuvieron ante un puesto improvisado. La mujer que lo atendía preparaba el anafre para cocinar y sacó el frasco de plástico en donde guardaba el aceite. El líquido, pensó él, no debía de tener más de unos pocos días: ya se había puesto gris pero todavía era transparente y apenas tenía partículas suspendidas. La mujer lo vertió en la superficie del comal y ambos lo vieron calentarse súbitamente y empezar a bullir.
—No —dijo él—, ya por hoy ya acabé —y le mostró las manos vacías. Acababa de dejar su escoba junto con las otras en el almacén.       Ella no entendió el gesto pero no dijo nada. —¿Y usted? —preguntó él. Tuvo que repetirlo porque un par de camiones con doble remolque pasaron rugiendo junto a ellos. La mujer del comal preparaba tacos de queso y los echaba en el aceite hirviendo.
Ahora, la mujer fríe tacos de papa en el mismo aceite: toma un poco de papa machacada de un recipiente de plástico, lo pone sobre la tortilla, hace el rollo y lo asegura con un palillo de madera. El aceite se ha puesto negro pero los clientes –un taxista, un par de prostitutas, un vagabundo con un poco de suerte– aguardan ansiosos.
Y él, en el interior de la casa diminuta, no se ha quitado su overol naranja, lleno de manchas profundas. Pero ella lo abraza de todas formas, lo toma de la cara, lo besa con un gemido falso pero que no puede contener.
Hace tiempo, él fue hasta la esquina de ella, que está del otro lado de la avenida, donde empiezan los pasos a desnivel hacia la carretera y hay varias bodegas abandonadas, con las paredes cubiertas de graffiti. Los coches se estacionan de prisa, recogen a quien esté esperando y se marchan. Ella discutía con su padrote, quien se puso a golpearla. Él esperó hasta que el padrote terminara y se fuera, y luego se acercó.
—¿Cuánto? —preguntó.
—¿Qué? —respondió ella. Había quedado sentada en el piso.
—¿Cuánto?
—No, ahorita no. ¿Qué no ves?
Él se arrodilló y la miró directamente a los ojos.
—Por favor levántese —dijo. Ella lo hizo, con dificultad, pero él siguió de rodillas.
Muchas veces, luego de esa primera noche, se ha vuelto a poner en la misma posición. Y ella, siempre que lo ve hacerlo, siente el mismo impulso.
—No se ría —le dice él, pero no se pone de pie.
Luego ella supo que, antes de conocerla, se había arrodillado ante muchas otras personas del rumbo, y aún sigue haciéndolo, a veces para hacer una petición humilde –como si quisiera decir “por favor” con todo el cuerpo– y otras por razones menos claras. Pero ahora, mientras siguen besándose, ella no piensa en eso. Intenta concentrarse en el momento. Sólo la distraen, ocasionalmente, los chillidos de un bebé y de su madre en una casa cercana. La madre, quien ordena una y otra vez al bebé que se calle, tiene (como era de esperar) una voz mucho más potente, pero es así hasta el punto de que en ocasiones el bebé ya no se escucha en absoluto, y sólo se oyen los gritos de la chica. Rara vez sucede que la televisión, siempre encendida (esa casa tiene una mejor instalación eléctrica, dependiente de su propio cable), se escuche más que las voces.
—Está loco —le dijo Vecky, una de sus compañeras, luego de verlos juntos por primera vez.
—¿Cómo loco?
—No mames, todo el tiempo anda de rodillas.
—No es todo el tiempo.
—Y habla solo.
—¿Y qué?
—Bueno, mira, allá tú. Nomás no le empieces a hacer descuentos porque…
No terminó pero tampoco dijo nada más: sólo se quedó mirándola.
Él la acaricia a ciegas, bruscamente: sus manos tropiezan y vuelven a tropezar con la carne hinchada de los costados, del vientre y el trasero, que cede a la presión pero no de inmediato. Su contacto siempre le hace recordar cómo se deforman los costados de cualquier prenda que ella se ponga. Ahora toca sus senos, enormes, pesados; como siempre, el contacto le disgusta. Pero la imaginación de ese con-tacto fue lo que le llamó la atención cuando la vio por primera vez, de pie en su banqueta, vestida sólo con una falda corta, una camiseta sin mangas y zapatos negros de tacón. No sólo tenía el cabello recogido en una cola apretadísima, que no ocultaba nada de su cara. Además, tenía las manos entrelazadas sobre la nuca y cada tanto, sin aviso, echaba los codos hacia atrás, para que el pecho saltara hacia delante.
—Oiga, don, ¿a poco todavía, a su edad…? —le preguntó ayer su jefe, quien le asigna las calles que debe barrer, lleva el control de sus asistencias y le paga cada quincena.
—¿A mi edad qué? —preguntó él a su vez.
—No se vaya a ofender. Yo, cuando…, cuando tenga su edad, también quisiera todavía…
—Ah, no, pero cómo cree, a mi edad… Uno ya está jodidón.
El jefe se rió.
—La verdad ya no se nos para nada y todo nos cuelga y damos asco. Yo sé que apesto peor cuando no traigo el uniforme. La gente me lo dice: “Chale, pinche ruco, a ti te deberían llevar con todo y tu basura y quemarte o algo para que no estés afeando la ciudad, porque a mí me ofendes. Me molestas. ¿Me oyes? ¿Puto? Me ofendes y me parece una chingadera que sigas vivo, respirando aire que yo podría estar respirando, y si de por sí la pinche ciudad está del asco, tú…”
Levantaba los brazos, apretaba los dientes, daba grandes zancadas por la oficina. Otras personas se detenían a mirar.
A lo largo de varios años, luego de su llegada a la barranca, los vecinos han ido trayendo costales de arena y de escombro para reforzar los cimientos de las casas, creados primero con materiales aún más frágiles, y también para aminorar la inclinación de la pendiente. Hacerlo era indispensable: a ambos lados del cementerio están los restos, desgastados y casi irreconocibles, de muchas casas que los deslaves arrancaron o que simplemente cayeron desde donde estaban. Esta historia se la contó ella a él, otra noche, mientras los dos yacían en el catre que ocupa la mitad del espacio de la casa. No le dijo si ella había estado entre esos primeros ocupantes de la barranca. Ahora tampoco le dice nada mientras le abre el cierre del overol, y él, por su parte, empieza a bajarle la falda. En cambio gime una o dos veces. Cuando la falda ha caído al piso, él se afana en quitarle los zapatos. Ella se deja hacer pero, en cuanto él termina, se apresura a quitarle el overol y a tenderlo en el catre. Luego se monta en él.
—Qué bueno que al fin sí se quiso venir —dice. Jamás ha visto otro cuerpo con tantas cicatrices, tan estragado: la espalda está cubierta de surcos y agujeros, y el vientre, a la vez hinchado y lleno de arrugas, no es de un blanco uniforme, como ella esperaba: por el contrario, está cubierto de manchas pardas, grises, verdes, cuyo origen desconoce. Además, el ombligo tiene una argolla de metal, par-cialmente enterrada en una floración de carne pero todavía visible.
—De hace mucho —explicó él, la primera vez que ella lo vio desnudo—. Se veía mejor antes pero se infectó.
Ahora, tras dar un beso a la argolla, besa también los huesos de la pelvis, que sobresalen y tensan la piel; el miembro dormido entre las piernas, bajo un bosque negro y ralo, y las cicatrices de los muslos y los talones.
Hace algunos meses, justos después de que él decidiera mudarse del cuarto en el que vivía, los dos se emborracharon con un par de botellas, llenas y sin abrir, que él encontró en su bote. Jamás había hecho un hallazgo semejante y los dos creyeron que era apropiado celebrar. Como la casa tenía luz eléctrica entonces, él la esperó sentado en el catre y viendo televisión. Cuando ella volvió, los dos comenzaron a servirse en vasos de plástico: no sabían exactamente qué bebían, pero sabía bien –probablemente era algún licor de frutas, tal vez hasta de los hechos en casa– y pronto estaban riendo y besándose. Hicieron el amor un par de veces y se quedaron dormidos hasta la mañana siguiente.
Vecky llegó a despertarlos. —¿Dónde estabas? —le dijo a ella—. Aquel está bien encabronado, tenías gente esperando.
Él también había faltado a su trabajo. Mientras iba a arreglar que no lo despidieran, ella fue a recibir una paliza. Cuando se volvieron a encontrar él la llevó a la farmacia más cercana, del otro lado de los pasos a desnivel, para comprar gasas y alcohol. Luego se equivocaron de microbús para volver y, perdidos en una colonia que no conocían, caminaron un par de kilómetros hasta llegar de nuevo a la avenida.
Entraron a comer en una fonda, pequeñísima, que nunca habían visto. No había más que pan y café. Los dos estaban a la mitad de sus tazas cuando un hombre llegó hasta su mesa y se sentó con ellos.
—Éste es un secuestro —les dijo. Era calvo, no tenía cejas ni pestañas y sus manos temblaban—. Les voy a robar un poco de su tiempo porque quiero mostrarles, hacerlos partícipes de mi obra. Yo soy Abdalá Martínez de las Fuentes, y tengo veintisiete años de carrera literaria, independiente, sin depender de nadie y sin que jamás haya registrado una sola de mis poesías, porque yo creo que el arte es de todos. Si me lo permiten les voy a leer. Traigo varias, varias copias también…
Abrió un portafolio que traía y sacó un montón de fotocopias unidas con un clip. Las separó y las fue mostrando. Eran varios juegos de poemas. Él y ella leyeron, rápidamente, algunos títulos.
—¿Cuál les gusta? Escojan uno. ¿Ese? —ella había hecho un gesto vago en dirección a una de las hojas— Muy bien. Se los voy a leer. Espero que lo disfruten.
El señor Martínez leyó:

ESCLAVO NACIDO.
(PARA MA. LUISA CERVANTES)

—Como pueden ver —aclaró— está dedicado, pero la información de la dedicatoria me la reservo, porque esta reflexión yo considero que es universal.
—Ah —dijo ella.
Y el señor Martínez volvió a comenzar:

ESCLAVO NACIDO.
(PARA MA. LUISA CERVANTES)

SUJETA EL CUERPO
SIEMPRE A LO QUE ORDENA EL ESPÍRITU
SI NO QUIERES VIVIRLO TODO
SIN APROVECHAR NADA

MEJOR ES QUE SALGAS DE ESA VIDA
QUE TE TIENE ATORMENTADO AHORA
Y VIVAS UNA NUEVA HORA TRAS HORA
¡PARA QUE NO SEA UNA VIDA PERDIDA!

SABIENDO QUE DE TU CREADOR
ERES SOLAMENTE EL ESCLAVO
PERO UN ESCLAVO NACIDO
DE DIOS
: ¡ESA CLASE ERES DE ESCLAVO!

ASÍ ENTENDERÁS… LA ESCENCIA
DE TU SER Y NO LAMENTARÁS
ENTREGARTE AL PODER QUE ES MÁS
BENEVOLENTE Y MÁS ¡VIRTUOSO!

Y SABRÁS QUE TU SER REBELDE
INEXPERTO EN LA EDAD TEMPRANA FUÉ
Y QUE LA VERDADERA LIBERTAD…
¡ESTÁ SIEMPRE EN SEGUIRLO A ÉL!

—Yo —continuó el señor Martínez— me llamó Abdalá, que significa “siervo de Dios”, así que este poema viene siendo como mi autobiografía. Pero también tiene su mensaje, que está simbolizado en los versos de la poesía. Por ejemplo en la primera estrofa está en la rima, que ahí la hice más bien haciendo no que rimara estilo clásico sino que fuera de opuestas. Contradictorias. Se dieron cuenta, ¿no? Cuerpo y espíritu, todo y nada, son las palabras clave para entender…
Desde entonces él no ha vuelto a la fonda: en parte, según lo ha dicho, se debe a las palabras que le dijo al señor Martínez antes de que éste pudiese proseguir:
—A mí me caga la poesía.
El señor Martínez se interrumpió de golpe, parpadeó varias veces y levantó un dedo tembloroso mientras decía:
—No veo, señor, la razón de que me hable en ese tono y enfrente de la señorita.
—No es señorita.
—De la señora que merece respeto —dijo el señor Martínez.
—Huy, sí, respeto —replicó él, y así durante un rato muy largo, durante el que todos los presentes escucharon la refutación, cada vez más estridente, de todas las ideas que el señor Martínez se atrevió a formular.
Ahora ella dice:
—Espérese —y se baja del catre. Camina hasta la mesa de madera, tomada de un tiradero, en cuyo extremo está la parrilla eléctrica. Bajo el otro extremo hay una caja y ella se inclina para levantarla. Al hacerlo se golpea con el borde de la mesa pero no dice nada.
Sólo hay una casa más abajo que la de ellos, más cerca del cementerio. Y en su interior, justo en este instante –por un azar del que ninguno de los dos se va a enterar–, varias manos levantan del piso de tierra un envoltorio, muy pesado, hecho de cobijas a medio pudrirse. Un estertor sale del envoltorio pero nadie lo escucha.
Él tampoco sabe que ella ha vuelto muchas veces a comer a la fonda y, si bien no se ha encontrado nuevamente con el señor Martínez, en cambio se ha vuelto amiga de la cocinera, quien desde el primer día se empeñó en hablarle. La cocinera está afiliada a algún culto que exige de sus fieles el buscar constantemente nuevos adeptos, y cumple con esa obligación; no ha logrado que ella acepte acompa-ñarla a su templo pero tampoco se ha rendido, y hoy –dado que conoce ya algunos detalles del pasado de ella– intentó una nueva estrategia: hacerle ver que su vida es terrible y que merece algo mejor.
Alguien mejor —subrayó—, alguien que de veras la quiera.
—Yo soy un culo —le contestó ella— y él es una verga. Es muy simple. ¿Por qué la gente no lo entiende?

© Alberto Chimal, México, 2009