Este es un cuento tremendo en el sentido más puro y visceral de la palabra: causa espanto, y lo causa empleando recursos muy sutiles, a partir de una situación aparentemente banal y sin incluir ningún elemento sobrenatural. Su autor es el escritor mexicano Carlos Martín Briceño (Mérida, 1966), quien es el ganador de numerosos premios literarios, incluyendo el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2018, el Premio Internacional de Cuentos Max Aub 2012, el Premio Nacional Beatriz Espejo 2003 y el Premio UADY 2004, además de una mención de honor en el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí-INBA (hoy conocido como Premio Nacional de Cuento Amparo Dávila). Briceño es autor de los cuentarios Los mártires del Freeway y otras historias (2006/2008), Caída libre (2010), Montezuma’s Revenge y otros deleites (2014), De la vasta piel (2017), Toda felicidad nos cuesta muertos (2020), El reino de la desesperanza (2024) y Los secretos vivos (2025), del que proviene «El País de las Aventuras».
Además de su trabajo como cuentista, Briceño ha publicado la novela La muerte del Ruiseñor (2017), Viaje al centro de las letras (2018) y Cocina yucateca. Crónicas de infancia y recetas de mi madre (2024). Es colaborador habitual de los suplementos culturales Laberinto de Milenio Diario y Confabulario de El Universal y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
EL PAÍS DE LAS AVENTURAS
Carlos Martín Briceño
Antes de comenzar “Pozos profundos” el hombre cierra el libro y se levanta para cerciorarse de que todo va bien. Ha traído, como cada sábado, a su hijo al centro comercial porque aquí puede dejarlo durante horas dentro de ese grotesco castillo inflable mientras que él se dedica a leer con tranquilidad o a escribir en su laptop. Es media mañana, afuera el verano avanza derritiéndolo todo: el termómetro marca cerca de cuarenta grados a la sombra, así que el sitio está repleto de familias que deambulan alegremente comiendo chucherías, admirando los automóviles último modelo que se exhiben alrededor de la fuente central, disfrutando del aire acondicionado, aunque sin comprar nada de lo que muestran los aparadores de las lujosas tiendas. Hasta hace unos instantes, a pesar del melancólico saxofón de Kenny G., ideal para promover zapatos y bolsos, el hombre se encontraba cómodamente sentado en un sofá minimalista de líneas elegantes forrado en cuero blanco, absorto en un volumen de relatos de la canadiense Alice Munro. En cierto momento suspendió la lectura para buscar al pequeño con la mirada y lo ganaron los nervios al darse cuenta de que ni siquiera recordaba cómo iba vestido.
¿Venía con la camiseta de Snoopy que se empeña en usar siempre? ¿O trajo alguna de esas calurosas playeras Lacoste que su exmujer le había obligado a comprar?
Desvía la mirada y cree descubrir a su hijo agazapado en una esquina del armatoste y le hace señas para que se acerque, pero el pequeño desaparece con rapidez entre los intrincados pasadizos del inflable.
No ha cumplido ni cuatro años y ya comienza a joder con sus primeras travesuras, piensa, irritado por haber interrumpido su lectura, ansioso de regresar a los cuentos de la Premio Nobel.
Los gritos de una pareja que discute sin pudor frente a todo mundo le hacen pensar que, después de todo, no es tan malo estar solo. De lunes a viernes puede dedicarse a hacer lo que se le venga en gana y solo los sábados, cuando asume otra vez el papel de padre, debe despertarse temprano, aguantar los berrinches del pequeñín y soportar las recriminaciones de su exmujer:
—¡Cuidadito y le pase algo! Nunca te tuve confianza, lo único que te interesa son tus estúpidos libros.
Suele entregárselo reticente, como si él fuese una alimaña a la que es preferible evitar.
¡Pensar que lo primero que exigió fue el derecho a convivir semanalmente con Santiago!
Diez meses después del divorcio, ganas no le faltan de dejar plantada a su exmujer para ir a echarse unos tragos con sus amigos del taller literario, ésos a los que envidia tanto por su libertad para hacer con su vida lo que se les antoje.
¿Por qué carajos tiene que cuidarle el sueño sabatino al infante mientras que ella se va de paseo y a coger sabrá Dios con quién? ¿Hasta divorciado tiene que seguir siendo su pendejo?
Vuelve al libro. La prosa amable, precisa, rítmica de la Munro hipnotiza, lo transporta lejos del desesperante griterío infantil, catapultándolo hasta la ocre campiña canadiense, a una soleada tarde de picnic familiar en un parque natural salpicado de grietas y pozos profundos. Ahora sabe por qué la autora tituló el cuento así. Ha llegado a la parte en que el hijo menor, un chamaco de la edad del suyo, cae a una hondonada y se quiebra ambas piernas. El padre debe sacarlo sobre sus hombros mientras escucha los lamentos del herido ahogados por los reproches y las amenazas de la esposa. En ese momento el hombre abandona la lectura. La escena del accidente, descrita de manera tan vívida, lo ha impactado. Siente al mismo tiempo envidia y admiración por la autora. ¿Será capaz de escribir así algún día? Despega la vista del libro y otra vez, entre tanto rapaz que brinca y brinca, no encuentra al suyo. Se pone de pie. Para esta hora el centro comercial se encuentra mucho más concurrido. El olor a palomitas de maíz que se propaga desde la dulcería del cine le despierta el apetito. Mira su reloj y se da cuenta de que ya pasan de las doce. Ni él ni Santiago han comido nada. Ya es hora de sacarlo. Un grupo de madres espera con sus hijos a la entrada del castillo, aguardando turno. Mientras se acerca, una inexplicable oleada de temor comienza a invadirlo.
¿Y si le pasó algo? ¡Carajo! ¿Cómo estaba vestido Santiago? ¿De qué color era su playera?
¿Por qué no es capaz de recordar estas tonterías, pero sí tiene en mente la larga lista de nombres de las novelas y autores que se ha propuesto leer?
¿Será, como dice su ex, que desde su renuncia al trabajo en aquella compañía cervecera para dedicarse de lleno a la literatura ya no le importa nada que no sean las letras?
Sin dejar de mirar hacia todos lados rodea el castillo de juegos, se asoma a las ventanas, llama en voz alta al hijo, varias personas se le quedan mirando con extrañeza. Un guardia corpulento de uniforme gris lo observa desde lejos. Parece adivinar su inquietud, pero no se atreve a intervenir. Ansioso, el hombre se acerca a la encargada de cuidar a los niños, una joven menuda de ojos ligeramente rasgados y pelo rojo encendido, cortado al rape, que habla sin cesar por un teléfono móvil. Se le queda mirando fijamente, su facha le recuerda a Naoko, la protagonista de Tokio blues, novela del famoso japonés que leyó hace poco. Suelta un sonoro buenos días, pero la muchacha lo ignora. Lo mismo le hacía su exmujer; se la vivía en el celular por supuestas negociaciones de trabajo, hasta que descubrió que hablaba con el nuevo esposo de su prima. ¡Sabrá Dios con cuántos anduvo la cabrona! Finalmente, cuando cae en la cuenta de que la muchacha no va a soltar nunca el celular, la interrumpe:
—Señorita, ¿puede ayudarme? No encuentro a mi hijo.
La joven, sin despegar el teléfono de su oreja, hace con los dedos índice y pulgar una señal que el hombre interpreta como un “permítame”, que lo desespera todavía más. ¿No se percatará de la gravedad de la situación?
Instantes después ella cuelga.
—No se alarme, de seguro está allá adentro, nadie sale sin que yo me dé cuenta —dice—. ¿Cómo se llama?, ¿cuántos años tiene?, ¿cómo viene vestido?
—Santiago. Trae una playera azul… o verde. La verdad no lo recuerdo. Es un niño delgado, tiene el pelo negro y rizado. Va a cumplir cuatro años en diciembre.
Ella lo mira con lástima. “Otro de esos despistados a los que les vale madre el hijo.”
—¿Reconoce sus zapatos? —La chica señala con el índice un exhibidor metálico donde descansa una veintena de sandalias y tenis diminutos.
¡Todos se parecen! ¿Cómo diablos piensa que voy a encontrar los zapatos que traía el enano?
No obstante, echa una rápida ojeada al mueble, solo para confirmar que es incapaz de distinguir los de su hijo.
La muchacha se da por vencida:
—No se angustie, espéreme aquí, voy a entrar a buscarlo.
Mientras la encargada se encuentra en el interior del inflable, el hombre comienza a sudar, sus palpitaciones cardíacas suben de intensidad, aprieta con fuerza el libro de la Munro entre las manos.
¿Estará bien? ¡Puta madre! Si se accidenta, Mercedes no me lo perdonará.
Vuelve a atormentarlo el recuerdo de aquella ocasión en que Santiago, por sus “malditas distracciones”, como suele decirle su ex, acabó en el hospital y por poco pierde un par de dedos. Solo porque las falanges del niño eran diminutas la cosa no pasó a mayores. Nunca volvería a cerrar la puerta del auto sin cerciorarse de que nadie tuviera las manos puestas en ella.
—Aparecerá, no se inquiete —la gruesa voz del guardia, que se ha aproximado, lo trae de vuelta a la realidad—. El domingo pasó lo mismo, una niña salió sin que la cuidadora se fijara, la encontraron en el segundo piso, entretenidísima en la tienda de videojuegos. Nadie se explica cómo llegó hasta allí. Aquí entre nos, ese castillo es un peligro, es muy grande, inseguro; ya se lo dije al gerente, tiene demasiados recovecos y meten a un montón de chamacos al mismo tiempo. Todo por atraer más compradores a la plaza.
Lejos de apaciguarlo, la confidencia lo intranquiliza aún más. Con frases torpes agradece al guardia su interés y vuelve a poner la vista en la entrada del inflable. En ese momento aparece la encargada, lleva de la mano a un pequeño que llora escandalosamente. Algunas personas se arremolinan alrededor de ellos.
—¡Está sangrando por la nariz! —grita alguien.
Con el corazón a punto de salir del tórax, el hombre se abre paso entre la gente y se acerca, pero cae de nuevo en la desesperación al notar que, pese al gran parecido con su hijo, el herido no es Santiago. Una mujer obesa se lleva al chamaquito en brazos.
—¡¿Y mi hijo?! —consternado, se dirige a la muchacha de pelo rojo.
La joven permanece unos segundos en silencio, pero al cabo, aunque amable, asegura con firmeza que adentro no hay ningún niño que se llame Santiago ni que concuerde con la edad y descripción que él ha dado.
—Debe de haber una equivocación —sentencia.
El hombre siente calor en su rostro, arquea las cejas, le zumban los oídos.
—¡¿Cómo que no está allí adentro?! —Su voz retumba por encima del fondo musical. Algunas personas lo observan. La joven permanece serena.
—No insista, señor. ¿Está seguro de que lo dejó aquí?
Entonces grita ¡a un lado! al tiempo que empuja a la muchacha con violencia y de un salto intenta entrar al inflable, pero el guardia, que ha estado al pendiente de todo, se interpone. En la mano lleva un bastón eléctrico que blande amenazadoramente.
—Tranquilícese, señor, puede ocasionar un accidente…
—¡Necesito entrar a buscarlo!
—Ya le dijo la señorita que no está… ¡No me obligue a utilizarlo! —el guardia alza la voz.
—¡Déjame pasar!
Los alrededores del castillo comienzan a llenarse de padres que vociferan:
—¡Deténganlo!
—¡Es un loco!
—¡No puede hacer eso!
Los gritos y las exigencias se multiplican, retumbando en los oídos del guardia, que no se anima a utilizar el bastón. Pero cuando el hombre se le arroja encima, no tiene más opción y lanza una descarga que paraliza al otro. Un murmullo de aprobación recorre el recinto.
Cuando recobra el sentido, ya lo han esposado. Lo llevan hasta las oficinas administrativas, obligándolo a sentarse en una silla de aluminio frente al gerente, al guardia que lo noqueó y a un policía robusto y moreno de barba toscamente recortada.
—¿Puede hablar? ¿Está usted bien?
Emite unos balbuceos, no acierta a responder. Hace un esfuerzo para coordinar su mente con la lengua. Cuando por fin lo consigue, pregunta por su hijo. Los tres se miran con desconcierto.
Alto, blanco, de bigotes y pelo grisáceos, el gerente de la plaza toma la palabra. Viste una camisa azul cielo de mangas largas, pantalones de pana y mocasines. Huele a lavanda. Con gran cuidado dice que lamenta mucho haber tenido que usar la fuerza para detenerlo. Sin embargo, para la administración de la plaza la seguridad de los niños está por encima de cualquier cosa.
Aunque aturdido, el hombre vocifera iracundo que va a demandarlos y que no se irá a ningún lado mientras no aparezca su hijo.
El gerente vuelve a tomar la palabra y con una paciencia que por la expresión de su rostro al policía se le antoja excesiva, explica que recientemente instalaron cámaras en el centro comercial y que hace unos minutos, al revisarlas en presencia de la autoridad —señala con un movimiento de cabeza al uniformado que se juega la nariz—, constataron que se le ve a él llegar muy temprano, solo, llevando únicamente un libro.
—Estoy dispuesto a no levantar cargos contra usted —agrega—, siempre y cuando se retire en paz y, por favor, tenga la bondad de no regresar al mall. En caso contrario no me va a quedar más remedio que entregarlo a la autoridad para que se haga cargo.
El tipo está confundido.
¿Cómo que entró solo? ¿Y Santiago? ¿Cómo pueden ser tan hijos de puta?
Exige que llamen a su exesposa. Los hombres se hablan en voz baja. Cuchichean. Finalmente marcan al número que les pide. Nadie contesta. Lo intentan de nuevo. Tampoco obtienen respuesta. Abren el micrófono para que escuche: “El número que usted marcó no existe, favor de verificarlo.”
—¡No existe! —exclama el hombre, elevando la mirada al techo. En su frente aparecen algunas arrugas al tiempo que su rostro se ensombrece.
Los demás se miran entre sí, extrañados. En segundos ha pasado de la furia al abatimiento.
Resignado, como si no hubiera nadie más en esa oficina blanca, tan profusamente iluminada que parece sala de hospital, el hombre agacha la cabeza, cierra los ojos, hurga en su memoria y escarba en ese territorio del que cada vez parece saber menos por causa de los antidepresivos, y regresa, una vez más, a la aciaga hora en que su exmujer fue internada en la clínica por culpa suya; al amargo momento del sepelio en que, desolado, a punto del derrumbe, entregó como autómata el cuerpo de su hijo al fuego crematorio; a la mañana fatídica en que, sin autorización de la madre, decidió llevar a Santiago al País de las Aventuras, aquella feria situada en las afueras de la ciudad, para que experimentara “la emoción de desafiar la gravedad” en esos novedosos y coloridos trampolines donde el pequeño, en un instante de euforia, saltó con tanta enjundia que cayó de cabeza sobre el pavimento y se desnucó ante sus ojos sin que él pudiera hacer absolutamente nada.


