El cuento del mes

Por entre las piedras las aguas lloran

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La escritora brasileña Monique Malcher (Santarém, 1988) es también periodista, antropóloga y artista visual. En 2021, su libro Flor de Gume (2020) ganó el Premio Jabuti en la categoría de cuento; en 2025 el libro apareció en México con el título de Flor de Filo, en traducción de Sukemi Bermúdez Callejas, y de esa traducción proviene «Por entre las piedras las aguas lloran». Esta narración, escrita en un estilo lírica y contemplativo que caracteriza a todo el libro, habla sin embargo de una violencia persistente y dolorosa, que no se soluciona pero tampoco se olvida.
      Una nota: igarapé es la forma tradicional amazónica de nombrar a los riachuelos o arroyos.

POR ENTRE LAS PIEDRAS LAS AGUAS LLORAN
Monique Malcher

No voy a morir, voy a matar. La escopeta en la mano pesaba menos que las ganas de no empuñarla. Mientras arreglaba las botellas caídas, me mostraba la espalda y mi mirada se encendía en la oscuridad de los dolores. Mis músculos, todavía tan pequeños, se iban acostumbrando sin temblar. Ajusté el arma y sentí que tiraba en su cabeza, sin fallar, y los pájaros volaban en bandada por el susto.
      —¿Vas a tirar o no? ¿Hija? —mientras hablaba suave, intentó mostrar un cariño que nunca tuvo— Tienes que saber defenderte, niña —rió.
      Lloré mucho. Aquel día, él me presionó. Tener el poder de matar sin necesidad era algo que satisfacía mucho su ego. Maté un armadillo, comimos el animal asado, fue la peor comida que he tenido, no por el armadillo, sino por todo lo que significaba. Engullía mi rabia a cada pedazo del animal que entraba en mi boca. Tenía nueve años y nunca me habían introducido al tema muerte.
      En esa época, mi papá vivía del dinero de una señora rica, que creía locamente en él. Después vinieron otras épocas en que la fuente se secó. Con el dinero de la señora, él, como magnífico estafador-emprendedor, compró una pequeña finca en Ponta de Pedras, una ciudad pequeña y muy bonita en el interior de Pará. No tenía agua entubada todavía, tampoco tenía prisa, era un lugar a donde él sólo iba el fin de semana.
      Nada de lo que conseguía duraba mucho, siempre prestaba dinero y no pagaba o engañaba a la hija de alguien. Yo siempre estaba conociendo lugares diferentes y pasando por los más diversos tipos de situaciones, algunas muy peligrosas. Era un hombre que tenía su simpatía, no era guapo, pero era comunicativo. Siempre elegía involucrarse con mujeres viejas o que tenían hijos y daba la impresión de disminuirme frente a ellas. Sabía crear el abismo para evitar su propia ruina.
      Cuando viajábamos, le gustaba contar la historia de cuando su padrastro puso una pistola en la boca de su abuelita. Lloraba un poquito, pero era fácil darse cuenta de que le daba placer detallar cómo quedó paralizada. Por lo general, contaba esas historias después de que me hacía algo malo a mí y a mamá, como si tuviéramos que sentir pena por él.
      João. Nunca pude salir con un hombre que se llamara igual. Mi papá era de esas personas que siempre repetía sus historias de infancia. «Nunca olvidaré las veces que mi padrastro me golpeaba en el igarapé. ¿Cómo era capaz?», decía, casi lagrimeando. Y un día en la finca hizo lo mismo conmigo y nunca más dejó de hacerlo. Sentía mucho placer mientras lo hacía, se podía ver cómo se retorcía maravillado con mis gritos, que se mezclaban con la partida de futbol en la radio.
      Antes de oscurecer, era necesario hacer un sendero que daba al igarapé, era la única forma de bañarse. Una caminaba de veinte minutos. Al regreso, llevaba dos baldes para lavar la loza y lavarme por la mañana. El igarapé era triste, sentía que allí era un agujero con lágrimas de una mujer gigante que yo veía en sueños durante las noches que pasaba en la estancia. Ella me llamaba, quería decirme algo al oído.
      Cuando andaba en bicicleta, a la carrera por la callecita de arena y grava, parecía que ella me empujaba riendo, y yo sabía que nuestro corazón lloraba igual, dentro de la selva cerrada. Me frotaba con sebo de holanda para curar el dolor de piernas.
      Al lado opuesto de la hoguera, mi padre, que avivaba el fuego, pensaba dominar la naturaleza, pero ella estaba dentro de mis entrañas, estábamos en conversación directa. Y la mujer gigante bailaba girando la falda en las brasas, soplando ideas y fuerzas que una niña jamás debería necesitar tener. En el igarapé ella lloraba para producir el agua que me bañaba a mí y a tantas niñas no sabían hasta cuándo tendrían que vivir algo así, ¿cuánto tiempo aguantaba el dolor? Me zambullía, glu, glu, glu, tan triste e inundada de odio.
      Era una niña que quería cambiar el curso del mundo, al menos del mío.
      Papá me llevaba a la estancia siempre que quería castigar a mi madre, porque era su derecho estar conmigo, derecho escrito quién sabe por quién. Nunca me preguntaron si yo quería estar con él. Después de un tiempo, yendo casi todos los fines de semana, conocí a Luzia, una señora bajita, con olor a Pachuli, me recordaba a mi abuela, madre de mi madre.
      Luzia cantaba muy afinada. Comíamos pescado con las manos y ella despiojaba mi cabeza. Ella tenía una hija, Dalila, tan cariñosa y graciosa, diferente de mis compañeros de la escuela. Y yo amaba esa mitad de la finca tan profundamente con las bellezas en el río. A veces, lloraba y Luzia me preguntaba:
      —¿Qué pasó, pequeña? —levantaba mi mentón— No vale la pena llorar tanto —me aconsejaba, con sentimiento.
      En mi pecho, una cadena de cuentas para protegerme. Un regalo bonito. Y, a veces, se regresaba riendo a su casa, algo adentro de mi corazón decía que frente a casa me esperaban mi padre y un cinturón. Azotaba la rabia que sentía por las mujeres en mi espalda, quedaba derrotada de rodillas, mirando la escopeta apoyada en la pared, quería tomarla de nuevo, esta vez para acertar al animal correcto.
      Vendió la finca y nunca más me subí a una bicicleta, volví al igarapé o abracé a la señorita Luzia. La muchacha del igarapé lloraba, cosiendo su falda. El dolor se volvió una vela derritiéndose en el plato y endureciéndose al derramarse.
      A mis diez años recibí una visita en sueños. Saludé a la primera mujer que lloró en las aguas y la finca se hundió entre las piedras, que tenían puntas como lanzas.

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