Salidas con gracia

Traci L. Gourdine, escritora californiana, es otra autora de las que encontré en la antología Sudden Fiction (Continued), publicada en 1996 y compilada por Robert Shapard y James Thomas. Gourdine, activa hasta la actualidad, es también profesora universitaria. “Graceful Exits”, que Gourdine publicó en 1994 en su libro ZYZZYVA, muestra una personalidad femenina muy particular y, acaso, más enigmática hoy que cuando su autora la creó: su narradora es una mujer que, en la época antes del estallido de las tecnologías de internet, desea estar perpetuamente sola, y se aterra ante la perspectiva de una conexión o una mera cercanía.
      Con este cuento prosigue el proyecto de traducir una muestra de Sudden Fiction (Continued) especialmente para Las Historias.

SALIDAS CON GRACIA
Traci L. Gourdine

Mi hija me da lata. Dice que no tengo amigos. Esto es porque nunca me llama nadie. Únicamente los parientes y los acreedores me pueden llevar al teléfono o a lamer un sobre. Al resto los desanimo por preferir mi silencio, esa larga pausa entre el atardecer y el amanecer. Me gusta desconectar el teléfono, meterlo en un cajón, fingir que el timbre está descompuesto y la regadera hace demasiado ruido. He aprendido a levantar las cejas y poner cara de perplejidad cuando mis conocidos dicen “Te estuve llame y llame”. “Ah”, es mi respuesta. No prometo llamarlos. No puedo prometer algo así. Prefiero conocer gente por casualidad en las banquetas y los cafés. Hay rutas de escape a todo mi alrededor. Sé cómo quedarme sola. Sé cómo asentir y asentir y retroceder sonriendo hasta que es hora de gritar adiós desde una larga distancia. Es mi modo de ser cortés. Hay que tener esas cortesías.
      A veces, en esta soledad, se empieza a meter la calentura. Es difícil de evitar. Una especie de ansia aparece y echa a correr por mis venas. Esto no tiene nada que ver con ser sociable. He reconocido al animal que hay detrás. El sexo es parte de la lista del mandado. Cuando me siento gemir y hambrienta de contacto, empiezo a examinar caras. Manos y labios se vuelven interesantes. Reviso, repaso lo que está disponible. Recuerdo qué he probado, qué se ha estropeado con demasiada rapidez. Me doy recordatorios de algunas decisiones apresuradas. Debo ser cuidadosa. Sé cómo soy. La gente debe ser advertida.
      Hubo un muchacho. Un muchacho muy joven. Sus ojos oscuros, sus labios suaves, su tacto ágil nos hicieron a ambos inocentes y ansiosos. Mis bordes afilados, mis inesperados puntos suaves, lo intrigaban. De noche me enseñó lenguajes en donde el silencio solía asentarse. Se encargó de mí. Me desgastó. Reunía fuerza, eclipsando a la luna, escudándome de la extensión de los cielos nocturnos. Pronto fue demasiado viento. No se marchaba. No sabía cómo calmarse. Cuando hacíamos el amor, yo imaginaba teléfonos sonando constantemente. A veces encontraba la puerta del frente abierta de par en par, golpeando la pared. Hojas entraban volando en el pasillo. Yo no sabía que los muchachos jóvenes son caros. Mi hija decía que me veía cansada. El muchacho se abrazaba a mi cuello como un niño. Decía estar enamorado. Me quería embarazada. Decía que yo era su Barbie y él mi Ken. Decía que yo dormía como una virgen. Oh, dios, oh, dios, oh, dios…
      El baño es la cámara de la soledad. La gente te deja en paz en el baño. Se puede ofrecer cualquier clase de excusas desde el otro lado de esa puerta. Por lo general la gente te cree. En el baño una persona puede pensar las cosas, planear una forma de escape, resolver la logística ante el espejo. A veces una puede sentir cómo se forma la cola del otro lado. El muchacho esperaba como un perro solitario. Podía ver la sombra de sus zapatos. No podía oír lo que estaba diciendo: la regadera hacía demasiado ruido, mis dedos tapaban mis oídos. Mientras él esperaba, encontré una cana. Pensé que era borra de mi ropa interior. Pensé que iba a morir. Él me estaba haciendo envejecer en lugares que había creído que nunca envejecerían. Me hacía recordar las palabras mi madre cuando encontré un cabello gris sobre mi frente.
      —Hija —me dijo, con su espeso acento de las Indias Occidentales—, preocúpate cuando te encuentres un pelo gris en el aquellito. Entonces te vas a estar haciendo vieja. Gris en la cabeza significa sabiduría, gris en el aquellito es aquellito viejo. Nada es peor para una mujer que tener viejo el aquellito. Entonces te preocupas.
      Mandé lejos al muchacho. Mandé lejos al muchacho y encendí la contestadora. Mandé lejos al muchacho y puse una mirilla en la puerta del frente. Ahora él llega por correo. Ahora él es mensajes de amor pregrabados que yo reproduzco con el abrigo puesto. Yo soy tonos de ocupado y de marcar. Soy la Barbie con cabello enredado, ropas torcidas y miembros en posiciones imposibles. No puedo hablar, excepto para bajar la mirada y sonreír con cortesía.


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