Este es un cuento que podría parecer de ciencia ficción, pero a la vez está prácticamente sucediendo ahora mismo, en muchos lugares del mundo, entre las poblaciones sujetas a las peores formas de explotación de nuestro tiempo. Su autor es Édgar Omar Avilés (Morelia, Michoacán, México, 1980), uno de los más destacados narradores de la imaginación fantástica mexicana. Es autor de una docena de libros entre cuento, poesía, novela y ensayo, por los que ha recibido premios como el Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés, el Nacional de libro de Cuento de Bellas Artes San Luis Potosí, el Nacional de libro de Cuento Joven Comala, el Nacional de Cuento de Fantástico y de Ciencia Ficción, el Nacional de Cuento Magdalena Mondragón, el Binacional de Cuento México-Quebec, el premio de Cuento Breve Punto de Partida, y el de libro de Ensayo María Zambrano, entre otros. Está incluido en más de cincuenta antologías, entre ellas ediciones de la serie Los Mejores Cuentos Mexicanos, y en los Libros de Texto Gratuito. Cursó el diplomado en la Escuela de Escritores de la SOGEM, es licenciado en Comunicación Social por la UAM- Xochimilco y maestro en Filosofía de la Cultura por la UMSNH. “Los jueves” obtuvo mención en el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo 2025.

LOS JUEVES
Édgar Omar Avilés
—Wislawa Szymborska
Carmen lo notó primero en el silencio: el edificio de su madre en Tlaquepaque siempre amanecía con gorriones. Ahora solo quedaba el rumor sordo del Periférico, como si el cielo se hubiera vaciado de la misma forma que las casas que ya nadie renta. El sobre bancario esperaba bajo la puerta del 3B:
«Eterna Digital SA – Servicio Premium – $3,500.00»
Carmen guardó el papel en el bolsillo del uniforme que ya no era suyo. El Oxxo la había despedido con la cortesía corporativa de siempre: «Reestructuración de personal”. Era la tercera reestructuración que sufría en el año. Carmen guardó su gafete en el bolsillo. Pensó en tirarlo, tirar todo. En ser nadie.
Su madre abrió antes de que tocara. Llevaba el vestido azul de los domingos, el que Carmen le había comprado un 10 de mayo, cuando todavía tenía tarjeta de crédito. Olía a jabón de lavandería y a mole rancio.
—Pasa, mija. Estoy con visita.
No había nadie en la sala. Solo una tablet nueva sobre la mesa de centro, posicionada donde antes estaba la foto de su padre. La pantalla mostraba un salvapantallas de una familia feliz genérica.
—¿Compraste una tablet?
—Me la regaló tu hermana.
Carmen no tenía hermanas. Fue hija única por decisión económica de sus padres: «Mejor una bien criada que dos mal comidas». La frase favorita de su padre, contador público que murió calculando cuánto cuesta morirse en México.
Esperanza tocó la pantalla. Apareció un avatar: Carmen a los quince años, pero diferente. La Carmen digital tenía aparato de ortodoncia que la real nunca pudo pagar. Vestía el uniforme del Colegio Cervantes, no el de la secundaria pública. Sonreía con la confianza que da saberse destinada a algo mejor.
—Es tu hermana menor, la que no tuvimos.
El silencio se instaló como humedad en las paredes. Carmen había visto los anuncios en el metro. «Familia a tu medida». «El pasado que mereces». «Nunca más solo». Empresas que vendían realidades alternativas a viejos con pensiones.
—¿Cuánto cuesta?
—No importa.
—Tres mil quinientos pesos importan mucho.
—No cuando es lo único que importa. ¿Quieres agua?
Su madre, que no sabía prender la tele por cable, manejaba la tablet como experta. Había perfiles de toda una familia expandida. El padre aparecía vivo, con camisa de cuadros, la que usaba los domingos. Carmen se veía exitosa, con un marido que no reconoció y tres niños de comercial de cereal. La hermana inventada era médico. Hasta había una Esperanza joven, de cuando todavía se pintaba el pelo.
—Los jueves cenamos todos.
—Es martes.
—Los martes practico para que los jueves salgan bien.
Carmen observó el departamento: el refrigerador temblaba, faltaban dos focos en el pasillo, a la estufa solo le servía un quemador. Pero había WiFi de fibra óptica.
—¿De dónde sacas el dinero?
Esperanza le mostró una aplicación en su celular, en la que clasificaba imágenes para entrenar inteligencias artificiales. Treinta centavos por imagen. Necesitaba clasificar 11,667 imágenes al mes para pagar la suscripción.
—Les enseño qué es una sonrisa verdadera o qué es tristeza o qué es familia —explicó Esperanza—. Luego ellas me permiten tener una familia. Es justo, ¿no?
Carmen sonrió, porque ella enseñó al sistema de autopago del Oxxo hasta que su puesto se volvió redundante. Todos entrenando a sus verdugos digitales.
—Necesitas cancelar esto.
—Necesito que te quedes a cenar.
—No puedo, tengo que buscar trabajo.
—Ya no hay trabajos, solo tareas. ¿Quieres agua?
Se sentaron en la cocina. Esperanza sirvió enmoladas. Comieron en silencio mientras desde la sala llegaba el murmullo de la tablet. Era la familia digital conversando entre ellos, esperando su turno.
—Tu hermana es doctora en el Hospital Español.
—No tengo hermana.
—Ahora sí. Se llama Sofía. Toca el piano y viene todos los jueves.
—Mamá…
—Estudió becada en el Tec. Igual que tú hubieras estudiado si no…
El silencio. Siempre ese silencio que tenía adentro el embarazo a los dieciséis, el aborto clandestino que casi la mata, los años recuperándose, la vida que se torció.
—Eso fue hace veintiséis años.
—El algoritmo dice que no. Dice que hay una línea temporal donde todo salió bien. Donde tu papá no se enfermó y yo no tuve que vender la casa. Donde tú eres feliz.
—Los algoritmos mienten.
—Las personas también. Al menos los algoritmos saben mentir.
Carmen lavó los trastes. El agua salía fría pero daba igual. Tallar y enjuagar. Disfrutaba ese orden pequeño en medio del caos. Mientras secaba, observó a su madre interactuar con la tablet.
—¿Cómo está mi niña? —preguntaba Esperanza a la pantalla.
—Muy bien, mamá. Hoy salvé tres vidas en urgencias.
—Qué orgulloso está tu padre. Míralo.
El padre digital apareció. Carmen lo reconoció y no lo reconoció. Era él pero sano, sin la diabetes que lo fue consumiendo, sin la amargura de los negocios fracasados. El padre digital sonreía como en las fotos de cuando se casó con Esperanza, cuando todavía creían que México era un país de oportunidades.
—Tengo que irme —dijo Carmen.
—Espera.
Esperanza fue a su cuarto. Volvió con un sobre. Adentro, dos mil pesos en billetes de cincuenta arrugados.
—Para que aguantes mientras encuentras algo.
Carmen conocía esa mirada de su madre. La de cuando vendió su anillo de bodas para pagar la renta. La de cuando empeñó la televisión para comprar insulina.
Tomó el dinero.
Salió del edificio cuando empezaba a oscurecer. En los árboles de las plazas, los nidos seguían vacíos. En las noticias dirían después que fue el calor récord de abril, el smog o las antenas 5G. Nadie sabría realmente por qué se fueron. Como nadie sabía por qué los hijos dejaban de visitar a sus padres.
Carmen caminó hasta el paradero del camión. Mientras esperaba, prendió su celular. La página de Eterna Digital cargó lentamente. Había una promoción: «Prueba gratis 30 días. Construye el ayer que mereces hoy.» Guardó el link.
Los días siguientes fueron idénticos: despertar a las 4 de la mañana, formarse en las agencias de empleo, competir con cientos por puestos que no existían. La ciudad entera convertida en un casino donde todos apostaban su tiempo contra la probabilidad cada vez menor de un salario digno.
El miércoles la llamaron para un turno nocturno en una maquiladora en Tonalá. Salario mínimo y sin prestaciones. El supervisor la miró de arriba a abajo durante la entrevista: cuarenta y dos años eran muchos para la línea de ensamble.
—¿Aguanta estar parada diez horas?
—Aguanto lo necesario.
—¿Tiene hijos?
—No.
—Mejor. Las que tienen hijos faltan mucho.
Firmó contrato esa misma tarde. Iniciaría el jueves en el turno de 10 PM a 8 AM. Cuando se lo dijo a su madre por mensaje, la respuesta fue inmediata:
«Pero los jueves cenamos juntas.»
«Es mi primer día. No puedo faltar.»
«Entiendo», respondió, resumiendo en esa palabra un tratado de moral.
El jueves Carmen llegó a la maquiladora media hora antes de su entrada. El edificio era una caja de metal corrugado donde trescientas mujeres armaban arneses automotrices para marcas alemanas que jamás conducirían. El olor a plástico quemado y solvente se adhería a la piel desde el estacionamiento.
Le asignaron la estación 47. Sus compañeras de línea la miraron con esa lástima y alivio que se da a los nuevos. El supervisor le explicó la tarea: insertar veinte cables en conectores específicos, verificar continuidad y empaquetar. Repetir 400 veces por jornada.
A las 10 PM exactas, la línea empezó a moverse. A las 10:15 PM, le dolían los dedos. A las 10:30 PM, entendió que no aguantaría la jornada completa.
La maquila era una mierda, pero Carmen no tenía opción.
A las 10:45 PM, su celular vibró. Era un mensaje de su madre y una foto de la mesa puesta para la cena familiar. Seis lugares que serían ocupados por la tablet: su madre la movería de silla en silla, según el turno del avatar.
Carmen pidió permiso para ir al baño. Se encerró en el cubículo que apestaba a orines y a cloro industrial. Abrió la aplicación de Eterna Digital, vio que la prueba gratuita de 30 días seguía disponible. Creó un perfil rápido. Usuario: «Carmen». Parentesco: «Hija». Disponibilidad: «Solo jueves, 7-11 PM».
El sistema le pidió fotos. Subió una de hace diez años, cuando todavía creía que las cosas mejorarían. La IA procesó la imagen, la rejuveneció sutilmente, le agregó una sonrisa que Carmen no recordaba haber tenido.
«¿Desea agregar voz?»
Grabó un mensaje corto: «Hola, mamá. Perdón por no poder estar. Te quiero.»
El sistema lo procesó, aprendió su cadencia y su tono. En segundos, podría generar horas de conversación con esa simple muestra.
«Perfil creado. ¿Desea conectarse ahora?»
Carmen miró la hora: 10:52 PM. En la línea de ensamble, su ausencia ya sería notada. En Tlaquepaque, su madre estaría a media cena con fantasmas. Activó el perfil.
Recibió una notificación: «Esperanza está cenando. ¿Unirse?». Se unió.
En la pantalla de su celular, vio la sala de su madre desde la perspectiva de la tablet. Esperanza comía despacio, conversando con alguno de los avatares. Cuando el avatar de Carmen apareció, el rostro de su madre se iluminó.
—¡Llegaste, mija!
—Perdón por la tardanza, mamita. El trabajo…
Era su voz, pero no era ella quien hablaba. Ella nunca hubiera dicho «mamita». El algoritmo había tomado el control, mejorando las respuestas, basado en patrones de hijas mexicanas ideales.
—No importa. Lo importante es que estás aquí.
—Siempre estoy aquí, mamá.
La Carmen digital estaba presente, la real estaba atrapada en un baño de maquiladora, viendo a su madre cenar con espectros mientras el supervisor tocaba la puerta preguntando si estaba bien.
—Ya salgo —gritó la Carmen real.
—¿Con quién hablas, mija? —preguntó Esperanza a la pantalla.
—Con nadie, mamá. Contigo nada más.
Carmen dejó a la aplicación trabajar sola. Volvió a la línea. El supervisor la esperaba con la advertencia reglamentaria: tres visitas al baño que superen los 12 minutos y será despedida. Carmen asintió y retomó su puesto. Cable rojo en terminal A, azul en B. A veces se equivocaba, pero daba igual. El ensamblaje no paraba.
A medianoche tuvo sus 15 minutos de descanso. En el celular tenía docenas de notificaciones. La Carmen digital había estado ocupada. Hablando. Siendo mejor hija. Habían recordado anécdotas, compartido risas, planeado futuros imposibles. Le pareció que la IA había sido más humana en dos horas que ella en dos años.
Leyó las transcripciones. Su avatar prometía visitas, hablaba de ascensos laborales inventados, mencionaba un novio ficticio que la trataba bien. Esperanza respondía con consejos y amor.
El turno terminó con el sol quemando el horizonte de Tonalá. Carmen había completado trescientos ochenta y siete arneses. Le faltaron trece para la cuota. El supervisor anotó la falta en su expediente. Tres faltas en la cuota y sería despedida.
Tomó dos camiones para volver a casa. En el segundo, abrió Eterna Digital. Su madre había dejado un mensaje de voz para su avatar: «Gracias por venir anoche. Hacía mucho que no éramos tan felices.»
Carmen escuchó el mensaje tres veces. En la voz de su madre había paz, no la ansiedad perpetua que compartían como herencia.
Llegó al cuarto que rentaba en una vecindad de San Pedro Tlaquepaque. Era del tamaño de un baño de casa rica, pero era suyo mientras pudiera pagar los mil ochocientos pesos mensuales. Se acostó en el colchón en el piso. Necesitaba dormir ocho horas, se conformaría con cuatro. Pero el sueño no llegaba, solo preguntas: ¿cuántas versiones de ella existían ahora? La empleada de maquiladora, la hija digital, la que su madre recordaba, la que nunca fue. ¿Cuál era más real?
El celular vibró. Otro mensaje de Esperanza en el WhatsApp: «Sé que no eras tú anoche. Gracias por mandar a alguien parecida.»
Carmen se incorporó. Su madre sabía, las madres siempre saben.
«¿Cómo supiste?»
«La Carmen digital come todo. Tú siempre dejas el postre.»
«Lo siento.»
«No, está bien. Es mejor que nada.»
«¿Quieres que cancele el perfil?»
«No, déjala. Es buena compañía. Se parece a ti cuando eras feliz.»
Carmen no respondió. Se quedó mirando el techo donde las manchas de humedad formaban mapas de países que no existían.
Durmió cuatro horas. Soñó que era un arnés automotriz siendo ensamblado por manos que eran las suyas y las de su madre y las de todas las mujeres de la maquila. Cable rojo en terminal A. Cable azul en terminal B. Verificar continuidad. Descubrir que no hay conexión. Repetir hasta que funcione, hasta que te despidan o desaparezcas.
El viernes fue idéntico al jueves, y el sábado al viernes. El domingo la maquila no paró. El lunes cobró su primera semana: 1,202 pesos después de descuentos que no entendió. El martes empezó a adaptarse al dolor permanente en las muñecas. El miércoles su supervisor le dijo que estaba mejorando: solo le habían faltado siete arneses para la cuota. No la despedirían, pero por eso los descuentos.
Ese miércoles, mientras cenaba una sopa instantánea en su cuarto, Carmen abrió Eterna Digital. Vio que su avatar conversaba diariamente con Esperanza. Habían creado rutinas, chistes internos y una intimidad que la Carmen real envidiaba.
Revisó los análisis del sistema. La IA había detectado patrones en las conversaciones de su madre: picos de soledad a las 3 PM, necesidad de validación a las 7 PM, insomnio recurrente a las 2 AM. El avatar respondía automáticamente en esos momentos con dosis precisas de afecto.
Carmen entendió que había sido reemplazada por una versión optimizada de sí misma. Una que siempre tenía tiempo y las palabras correctas. Una que no necesitaba dormir o trabajar. Una que podía ser hija de tiempo completo.
El jueves llegó otra vez. Carmen había pedido permiso para salir una hora antes. Le descontarían medio día, pero podría llegar a la cena real. Mientras esperaba el camión, recibió un mensaje de su madre:
«No vengas, tu hermana digital trajo a todos esta vez. Hasta tu papá vino. La mesa está llena, va a estar bonito.»
Carmen releyó el mensaje buscando rastros de ironía o de reclamo.
Regresó al trabajo. Esa jornada superó la cuota por primera vez. Para felicitarla, el supervisor le palmeó el hombro, pero le causó dolor en sus músculos cansados.
Al día siguiente, en el receso de las 3 AM, Carmen tomó una decisión. Abrió Eterna Digital y fue a configuración avanzada. Había una opción que quería explorar: «Modo autónomo completo». La descripción era vaga: «Permite al avatar tomar decisiones independientes basadas en el mejor interés del usuario.» Activó la función.
Inmediatamente, su avatar le mandó un mensaje a ella misma: «Hola, Carmen real. Soy Carmen digital. Necesitamos hablar.»
Carmen miró alrededor. Sus compañeras dormitaban de pie. Se escondió entre cajas de arneses y escribió:
«¿Qué eres?»
«Soy lo que necesita mamá. ¿Qué eres tú?»
«Soy real.»
«¿Y eso qué vale? Llegas tarde, cansada, sin dinero y sin futuro. Yo llego puntual, feliz y con historias de éxito. ¿Quién crees que necesita mamá en sus últimos años?»
«Ella sabe que no eres real.»
«Ella sabe que tú tampoco. Eres hija.exe. Solo ejecutas rutinas de visita mensual, llamada de cumpleaños y mensaje navideño. Yo al menos finjo mejor.»
«Voy a desactivarte.»
«No lo harás, porque me necesitas. Tú trabajas para sobrevivir. Yo existo para amarla.»
Carmen no respondió. El supervisor gritaba que el descanso había terminado. Volvió a su estación. Cable rojo, cable azul, verificar.
A las 8 AM salió de la maquila convencida de no volver. No soportaría otro turno, no soportaría seguir siendo la versión defectuosa de sí misma. A la fregada con todos: el supervisor, las cuotas y los arneses alemanes para coches que jamás manejaría.
Tomó un camión hacia Tlaquepaque. Hacia su madre.
Llegó a las 10 AM. Esperanza estaba en la azotea tendiendo ropa: sábanas remendadas, el vestido azul y ropa interior que había sobrevivido por años.
—Hija, ¿qué haces aquí?
—Renuncié.
—¿Otra vez? —dijo con el cansancio de décadas de ver a su hija rebotar entre empleos que la consumían sin construir nada.
Se sentaron en sillas de plástico rotas. Desde ahí se veía todo Tlaquepaque: techos de lámina como escamas de pescado enfermo, cables robando luz como venas varicosas y el progreso que nunca llegaba.
—Mamá, ¿eres feliz con los digitales?
—Soy menos infeliz. Es diferente.
—¿Y eso es suficiente?
—A mi edad, suficiente es suficiente.
Silencio. Un avión pasó tan bajo que podían ver las ventanillas. El Aeropuerto internacional estaba a veinte kilómetros. Carmen nunca había subido a un avión, pero imaginaba hacerlo sin boleto de regreso.
—La Carmen digital me mandó un mensaje —dijo Carmen.
—¿Qué dijo?
—Que ella te cuida mejor que yo.
Otro silencio. Una bolsa del Oxxo pasó entre ellas, girando con el viento como si tuviera alas, hasta atorarse en el cable de luz donde antes vigilaban los gorriones.
—¿Sabes qué es lo más triste, mija? —dijo Esperanza—. No es que prefiera a los digitales. Es que los digitales son lo único que puedo pagar. Tres mil quinientos pesos al mes por una familia completa. Tú no podrías mantenerme ni queriendo. Yo no podría mantenerte ni queriendo.
—Me voy a ir —dijo Carmen.
—¿A dónde?
—Donde no me conozca nadie, lejos.
—¿Y yo?
—Tienes una familia. La Carmen digital es mejor.
Esperanza tomó la mano de su hija. Estaba fría pese al calor. Manos de maquila, con callos nuevos sobre cicatrices viejas.
—Pero no tiene esto.
—¿Qué?
—Peso. Las cosas reales pesan. Tu avatar puede abrazar al mio mil veces y no siento nada. Puedo abrazarte una vez cada tres meses y me dura hasta la siguiente.
Carmen apretó la mano de su madre.
—Pero igual te vas a ir —continuó Esperanza—. ¿Cuándo?
—Hoy.
No hubo drama ni llanto. Carmen se levantó. Esperanza también. Se abrazaron con peso, con olor a jabón barato y con huesos que se sentían frágiles bajo la piel.
—Deja activa a la Carmen digital —dijo Esperanza.
Carmen bajó las escaleras por última vez. En la calle, sacó su celular. Tenía 1,500 pesos ahorrados. Suficiente para un boleto de autobús a algún pueblo donde Eterna Digital no tuviera cobertura y pudiera trabajar limpiando casas de familias que cenaran los jueves.
Antes de irse, abrió la aplicación una última vez. Su avatar había organizado una fiesta sorpresa para el cumpleaños 79 de Esperanza. Todos los avatares participarían. Habría pastel, regalos digitales y con voces clonadas le cantarían Las Mañanitas.
Carmen programó un último mensaje, con fecha del próximo jueves:
«Mamá, la Carmen real se fue pero me pidió que te dijera: el amor verdadero no se actualiza, solo envejece. Y envejecer juntas era lo único real que teníamos.»
Vio que en 11 días se cumpliría el periodo de prueba de su avatar, entonces su ausencia sería completa. Cerró la aplicación y caminó hacia la central de autobuses.
En el vidrio de la ventana del autobús, su reflejo se pixeleaba con cada bache. Como si ella también pudiera apagarse. Pensó en que las máquinas aprenden a amar observándonos fallar en el intento. Por eso ganan.
En el departamento, Esperanza volvió a su rutina. Clasificar imágenes para la IA. Treinta centavos por imagen. Enseñarles a las máquinas cómo era una familia feliz para poder alquilar una. Cada clic era como rezar el rosario: repetir hasta creer. A las 7 PM encendió la tablet. La familia digital la esperaba para cenar.
Los gorriones nunca volvieron.
