Este cuento apareció publicado en 2009 en el libro La ciudad imaginada y otras historias, publicado por Libros Magenta y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

El día que su papá llevó la mesa, Raquel se quedó muy sorprendida:
      —¿De dónde la sacaste? —preguntó.
      —¿Qué cosa?
      —La mesa, papá, de dónde la sacaste.
      —¿Cómo que de dónde, Quica? Pues de la mueblería —a Raquel le decían “Quica”.
      —No, en serio, papá, ¿de dónde? —insistió Raquel, y a su papá se le hizo muy extraño, pero Raquel (pensaba) era una niña a la que no debía tomarse muy en serio. Él simplemente sonrió y se fue de allí, y como la mamá de Raquel estaba de visita con la vecina, tampoco se enteró de nada.
      Es decir, Raquel se quedó sola en el comedor, ante la mesa, que también venía con seis sillas nuevas pero esas no tenían nada de especial.
      —Lo que era especial —nos diría Raquel ahora— es que había un mar en la mesa.
      Y nos estaría diciendo la verdad: la parte de arriba de la mesa, donde su mamá pondría los platos de la comida y ella su cuaderno para hacer la tarea, no estaba hecha de madera o de vidrio, sino de agua.
      Ella se acercó y puso un dedo en su superficie, llena de olas pequeñitas y azules…
      —¡Se sentía mojada! —nos diría.
      Acercándose un poco más, pudo escuchar el sonido.
      —Es decir, el de las olas, el del viento, y también había gaviotitas, chiquitititas, que volaban y hacían así como las gaviotas de verdad…
      Pero lo mejor era el barquito. Tenía una vela blanca y avanzaba despacio sobre el agua. Raquel se quedó un largo rato mirándolo. Iba quizás a diez centímetros por hora. Cuando llegó al centro de la mesa, el marinero que lo guiaba echó un ancla al agua y el barco se detuvo.
      —¡Oye! —lo escuchó gritar. Llevaba un hermoso uniforme pero su voz, como todo lo demás, era tan diminuta que casi no existía— ¡Oye! ¿Tú eres la niña que se llama Quica?
      —No me llamo Quica, me llamo Raquel —dijo Raquel.
      —¡Ah, no importa, no importa! —gritó el marinero— ¡Oye! ¿Puedes ayudarme? ¡Se lo pediría a alguien más, pero es que sólo los niños pueden verme!
      —¿Qué?
      —¡Es cierto! ¡De hecho los adultos no ven ni el mar ni nada! ¡Tu papá, por ejemplo, cree que la mesa es de pura madera!
      Ahora, Raquel podría decirnos: —Esa era la explicación de lo de mi papá, pero yo la verdad no entiendo. ¿Por qué todas las cosas mágicas son así? ¿De veras toda la gente mayor es tonta? ¿O mala? ¿O el chiste es aprovecharse de los niños?
      Pero en el momento no se le ocurrió y sólo dijo: —¿Qué quieres?
      —¿Podrías —gritó el marinero— darme un poco de impulso? ¡Voy como a diez centímetros por hora, no voy a llegar nunca!
      Dicho y hecho: Raquel era una niña generosa, y en cuanto el marinero recogió su ancla, ella se acercó aún más a la mesa y sopló, suavemente, en la dirección apropiada para hinchar las velas del barco y verlo avanzar otra vez, más deprisa, cada vez más deprisa…
      —¡Muy bien! —gritó el marinero, quien se había puesto tras el timón del barco, muy contento— ¡Gracias…! ¿Cómo me dijiste que te llamas?
      —¡Oye! —empezó ella, pero se dio cuenta de que estaba gritando y bajó la voz— Oye…
      —¡Dime! ¡Pero no dejes de soplar por mucho tiempo porque me detengo!
      —No, no —y puf, un soplido—…, pero, oye, ¿a dónde vas?
      —¡No te puedo decir! ¡Es secreto! ¡De hecho la mesa no debería estar aquí! ¡De seguro la vendieron por error!
      —¿Qué? (puf) ¿Cómo que por (puf) error?
      —¡Sí! ¡Tal vez hasta vengan por ella! ¡Cosas como ésta no le corresponden a personas como ustedes!
      —Yo le debí haber dicho —nos diría Raquel— que qué cosas son las que no nos corresponden. Pero nada más le dije:
      —¿Quiénes (puf) vendrían por ella?
      —¡Ay, niña, los de la mueblería! ¿Quién más?
      —¡Oye, pero (puf) no seas así (puf), dime! Y además (puf) te vas a caer —y en verdad el barco estaba cada vez más cerca del otro borde de la mesa.
      —¡No seas tonta! —gritó el marinero— ¡Cuando llegue al borde pasaré a la siguiente mesa! ¿Nunca has oído de los mares que vienen repartidos entre muchísimas mesas?
      —¿Cómo que repartido? —preguntó Raquel.
      —¡Un soplido más! —gritó el marinero, y Raquel obedeció (puf) sin pensar, y con ese último impulso el barco llegó al fin al borde de la mesa— ¡Gracias! ¡Adiós!
      —¡Oye, no, espera! ¡Dime…!
      —¡A ti no te puedo decir nada! —gritó el marinero— ¡Eres una niña, esto es cosa de adultos! —y antes de terminar, desapareció, sin ruido, como si en la mesa nunca hubiera habido más que olas, gaviotas y viento.
      Y a los pocos minutos llegó alguien de la mueblería, que habló con el papá de Raquel y lo convenció de cambiarle su mesa por un comedor nuevo, de lujo, pero en cuya mesa no había mar.
      —Y como siempre —nos diría Raquel ahora—, si les hubiera contado no me hubieran creído. Pero a ver, ¿es justo? ¿Le costaba algo al marinero explicarme? ¿Y además cómo que no porque soy una niña?
      En cuanto la nueva mesa estuvo puesta, su papá le dijo:
      —Haz tu tarea, Quica —y ella fue con su cuaderno y se puso a trabajar.
      Ahora, ella se quejaría:
      —Y lo de la “cosa de adultos”… ¿No que los adultos no ven qué mesas tienen mar?
      Pero en aquel momento, mientras leía los problemas de matemáticas, Raquel sólo podía pensar en velas blancas, en gaviotas pequeñisísimas, en el agua y las olas. Tal vez el marinero navegaba ahora dentro de una casa en Rusia, o en China… Tal vez tampoco le quería contar nada al niño chino o a la niña rusa que soplaban para impulsarlo…
      —No —dijo en voz alta, entonces, y hasta se puso de pie; no sonreía y no estaba feliz—: no sé cómo le voy a hacer, pero un día de éstos lo voy a encontrar y entonces…
      —¿Qué dices, Quica?
      —Nada, papá —contestó ella, como si en verdad no hubiese dicho nada.

copyright © Alberto Chimal, México, 2009

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