Gente del mundo, publicado originalmente en 1998, fue considerado uno de los 20 mejores títulos de narrativa publicados en México en ese año. Es un catálogo de pueblos y naciones de un mundo imaginario que, al poco de comenzar la lectura, se revelan como visiones de la humanidad de este mundo: de sus obsesiones, virtudes y flaquezas. He aquí cinco fragmentos del libro, correspondientes a otros tantos de sus pueblos. La edición más reciente del libro fue publicada por ERA en 2014.

 

LA VERDAD

Los llollo decían siempre lo contrario de lo que pensaban, de tal suerte que los peores enemigos se saludaban con alegría; los amantes no dejaban de decirse adiós; los generales ordenaban cargar cuando el ejército debía retirarse; las madres amonestaban a los hijos más obedientes. Siempre. Pero viajeros de todas las regiones iban hasta los llollo para oírlos hablar, vivir de ese modo tan extraño, y acaso uno de ellos, un mercader o un contador de cuentos, les enseñó a mentir (arte que les era desconocido y aun impensable).

Por lo que empezaron a decir lo que pensaban; a decir lo que no pensaban a sabiendas de que nadie les creería, y a hablar también con intenciones rectas, pero sin que nadie les diera crédito. Terminaron por mezclar lo que pensaban y lo que no en el discurso, en la acción y hasta en el pensamiento; así se volvieron iguales al resto de los pueblos del mundo, y se dispersaron, pues unos a otros, se dice, ya no podían comprenderse.

VALOR

Desde siempre, según dicen, los magok-da se alimentan sólo de carne de yak, leche de yak y papas fritas en grasa de yak. (Habitan las magras estepas de Daka, donde medran aún esos cuadrúpedos.) Esa dieta milenaria los ha convertido en un pueblo tan obeso que, por ejemplo, pocos pueden caminar, menos aún correr, y los jinetes más grandes entre ellos deben cabalgar sobre dos o hasta tres monturas al mismo tiempo. Pero no les impide satisfacer sus ánimos belicosos, como se verá en el siguiente fragmento del historiador Kschatt de Morrst:

La víspera de toda batalla, se escuchan en sus campamentos los sonidos de un trabajo febril. Al amanecer, las catapultas (varias veces más grandes que las catapultas comunes, con enormes cabrestantes de metal y canastas de siete pies de diámetro) están listas; recuas de yaks las llevan tan cerca como es posible de las posiciones enemigas.

Luego, mientras unos pocos jinetes atrevidos hacen una falsa carga, para provocar a los adversarios, surge el grueso del ejército magok-da: guerreros enormes y redondos, acorazados, provistos de crueles puñales, largos arcos o temibles alabardas. Suben, con algunas dificultades, a las catapultas; son disparados, uno por uno, por los operarios de esas máquinas, que apenas tienen tiempo luego para tensar las cuerdas, hacer girar los cabrestantes, acomodar al siguiente proyectil, apuntar y disparar de nuevo. Es extraño y no poco aterrador ver a los guerreros magok-da en pleno vuelo, a veces girando sobre sí mismos, lentamente, y otras con la mirada fija en los soldados enemigos sobre los que caerán; todo el que los ve grita si, además, escucha los cantos de sangre con los que se acompañan en su viaje por los aires. (Un solo guerrero, al dar contra el suelo, puede matar a varias decenas de guerreros hostiles. Si sobrevive a la caída y consigue moverse, puede dar cuenta de por lo menos otro centenar.)

Desde pequeños, los magok-da son habituados a volar: sus padres, en lugar de acunarlos entre sus brazos, los lanzan por los aires para arrullarlos.

LA PAZ

No hay ofensa que los alcance, mala acción que los atormente, fallo que los persiga. Viven en las selvas de Jaqim, a la intemperie, cubiertos sólo por sus cabellos y su propia piel, y todos sus días son un mismo día. Son felices. Son los qamaq, el Pueblo Sonriente, último depositario de la magia del olvido.

Un solo mago los cuida y los gobierna: se despierta temprano, antes que el Sol, y se pasea entre los suyos, que duermen. Se acerca, sin hacer ruido, a cada uno, y toca su frente. Al contacto, los recuerdos del durmiente se diluyen y se desvanecen. Así abre los ojos y contempla la selva con mirada limpia; así le parece estar siempre en el comienzo de todo lo creado.

Los qamaq prueban dos veces la misma planta venenosa; toman muchas veces el camino más peligroso, repiten interminablemente los gestos temerarios, crueles, inútiles. Pero sólo el mago lo sabe y lo comprende, y ése es el precio que debe pagar por su poder, mientras no lo pase a otro.

POESÍA

Los aiyunda, pobladores de la ciudad de Ondyagu en el Oeste, son famosos por este ritual: cada amanecer, el primero que despierta y alcanza la plaza en el centro de Ondyagu (a la que miran todos los edificios circundantes, por igual los templos y las casas de gobierno) pronuncia una palabra.

Luego, el más próximo a quien ha hablado repite la palabra y agrega otra.

Luego, alguien más repite lo ya dicho, más otra palabra, y así por las calles y las casas, de niños a viejos, de mujeres a hombres, de amigos a enemigos, de un extremo a otro de la ciudad, durante todo el día viaja por Ondyagu la cadena de palabras, dicha de unos a otros, cada vez más larga.

Al anochecer, uno que la escucha, y al que corresponde agregar su propia palabra, decide en cambio dirigirse a la plaza. Allí lo recibe el Gran Archivista de la ciudad, que escribe en un grueso libro lo que le dicta el recién llegado. Al pie de la última línea pone la fecha.

Después de siglos, esta labor de los aiyunda ha llenado millares de volúmenes. Y, por un azar o milagro más allá de toda medida, cuanto está escrito en ellos es de belleza, sonoridad y sentido incomparables. De ellos provienen la primera versión de la Poesía Llorando, de la Balada del Hombre de Plata, del Agua que había Muerto, de los Cantos del Bien Dudar, que arrancaron lágrimas del mismo Karesh el Atroz…

Sabios y estudiosos de todo el mundo van hasta Ondyagu a leer y, unánimemente, cubren de loas a la ciudad y a su pueblo como si fueran un solo individuo, un solo poeta de genio innumerable.

APEGO

Para los janr, la muerte es el estadio último y definitivo de la existencia. Esto los llevó, desde antiguo, a temerla y detestarla, y a tener el arte de la preservación como el más elevado, el más digno y virtuoso. No hay, en esa disciplina, maestros más grandes: un cadáver tratado por ellos, sometido a cualquiera de sus técnicas de embalsamamiento, es efectivamente arrebatado del ciclo natural de la putrefacción, y dejado, eternamente, como se encontraba en el momento de la muerte, sin deterioro perceptible.

Estas «bellas momias» , que las familias conservan celosamente por generaciones, acaban por llenar todas las ciudades de los janr. Entonces los pobladores vivos deben emigrar, y quedan los muertos, formados todos en las calles y las casas, mirando hacia afuera por las puertas y las ventanas: un saludo burlón al sol, que marca el paso de los días.

Copyright © Alberto Chimal, México, 1998

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