Un día, hace mucho tiempo, me tocó escuchar a una persona corrupta (que no sólo lo era, sino que se llamaba a sí misma corrupta: que lo aceptaba con cinismo y hasta con alegría) criticar a las personas honestas. Decía que un «virtuoso» lo es por vanidad, por querer creerse mejor que los demás. Esta persona, en cambio, era mejor que ellos, según decía: virtuosa de veras, porque no negaba su naturaleza.
      Esto sugiere al menos un ejercicio de escritura: inventar parlamentos en los que un personaje intente justificar alguna cualidad negativa o defecto de carácter «convirtiéndola» en una virtud.
      Los interesados en intentar el ejercicio pueden dejarlo en la sección de comentarios de esta nota.