Visión de la literatura de terror anglo-americana

Leopoldo María Panero, Visión de la literatura de terror anglo-americana.
Madrid, Felmar, 1977.

[Para este mes, recupero un texto que había perdido y que se publicó en 2005 en Ánima dispersa, el blog que antecedió a éste.]

Esta nota debe comenzar con el siguiente fragmento de Leopoldo María Panero (1948), poeta español:

¿Qué sucede con las palabras que no llegan a ser pronunciadas, con los pensamientos que se olvidan, con las inteligencias destruidas? Cuando creemos hablar, ellas nos hablan: los muertos guían nuestros pasos.

Panero habla de la locura, o de la tradición que sobrepasa la memoria, pero también, según entiendo, de los textos olvidados: aquellos que ponen en peligro nuestras ilusiones sobre cánones, verdad y belleza y que, por tanto, casi nunca llegan a un lector que dé cuerpo a sus fantasmas de letras. Estas apariciones, ya se sabe, prefieren los estantes remotos, en donde mayor es la certidumbre de que las ideas mueren; esos son los lugares, al menos en México, donde se puede hallar la obra del propio Panero.
El hecho, por cierto, me parece inexplicable: el escritor, hombre de vida torturada y difícil, ha pasado buena parte de su vida en hospitales psiquiátricos y es, por tanto, una figura de culto en su país; en el nuestro, aunque sea mucho más difícil averiguar dónde vive y organizar peregrinaciones en su busca, su caso debería, por lo menos, inspirar la curiosidad morbosa de nuestros lectores diletantes, que compran los nombres de moda o de polémica incluso cuando están impresos en la portada de un libro. Tal vez la suerte de Panero cambie cuando se difunda un poco más su aparición, encubierta, como personaje de 2666, la última novela de Roberto Bolaño; por supuesto, sería mucho mejor que el aprecio de la obra llegara primero.
Si llega, su Visión de la literatura de terror anglo-americana será una buena puerta para llegar al resto de su trabajo.
Compilado por Panero, este libro reciba su título porque no es una antología exhaustiva de la rica tradición del horror sobrenatural, que comenzó en Inglaterra a comienzos del XIX, siguió con Bierce y Lovecraft, y para su mal parece estar ahora en una grave crisis, dividido entre el agotamiento de los subgéneros y los personajes icónicos y la conciencia de los horrores que llamamos «reales» y que se han asentado entre nosotros más allá de la literatura. Por el contrario, la de Panero es una selección arbitraria, personal, guiada por la escasez de traducciones al castellano de los autores reunidos –Lovecraft está fuera, por supuesto– y sobre todo por la eficacia de los textos para llevar al extrañamiento de la realidad: de lo que pasa por realidad entre nosotros, y siempre está limitado por la razón. Para Panero, este extrañamiento es la virtud cardinal de lo fantástico.
(Es importante notar que, para leer estos textos, “lo fantástico” no puede entenderse a partir de las definiciones insulares y santurronas que todavía son costumbre entre nosotros. Ni siquiera podemos recurrir a la idea de que es un “subgénero”, derivado de o en rebeldía contra las ideas de la narrativa que imperaban en el siglo XIX, porque Panero no examina escuelas ni movimientos, partes de un proceso histórico comprensible, sino extremos de la experiencia humana, de la concepción misma de lo humano: “el extrañamiento incluido en el arte ha de ser cada vez mayor, y mayor el riesgo de locura contenido en ese arte”, escribe, y está hablando también de la extinción de la literatura: la aparición del “Último Libro”, más allá del cual no quede experiencia posible fuera del terror de la propia locura; veinte o treinta años antes de que estas discusiones se pusieran de moda, y en el mismo año en el que Harold Bloom publica su famoso ensayo La angustia de las influencias, Panero ya imagina una escritura vuelta sobre sí misma, cada vez menos capaz de levantar su peso, más cercana a la perfecta imposibilidad de la obra del loco, que es ausencia.)
La selección de Panero (acompañada por un prólogo inquietante y lúcido) es impecable porque, además, implicó un trabajo de traducción infiel, dedicada a “perfeccionar… la textura de los cuentos y, sobre todo, sus finales”. El resultado es una sucesión de híbridos: voces numerosas (y en ocasiones, por supuesto, muy parecidas a las de su traductor) que refieren encuentros con lo otro: el terror que aguarda afuera de nuestras pequeñas convicciones, a partir de la destrucción de dos destructores: la racionalidad y la claridad de la ciencia, que suplantaron a lo religioso y cuyo vaciamiento, en nuestra época crepuscular, deja en lo inefable la única fuente posible de inquietud o de horror.
Los textos van desde “Jardín cerrado” de Clark Ashton Smith hasta “La voz maldita” de Vernon Lee, pasando por una versión de “Childe Roland”, el poema de Browning. Panero, en todo caso, podría haber incluido en el libro textos suyos como “Acéfalo” (su versión, disfrazada de mero plan a la manera de Borges, de la muerte por hambre de Ugolino, como se cuenta en el Infierno de Dante pero todavía más grotesca y espantosa) o este poema, mucho más reciente, de su colección Águila contra el hombre (2001):

Imito el sonido de la voz de los hombres
Y bailo como ellos, movido por el viento
Y no sé si soy un cisne o una tumba abierta
Diciendo gloria a la página (…)