Para celebrar la aparición de sus Cuentos completos, publicados por el Fondo de Cultura Económica, un texto sobre la escritora mexicana Amparo Dávila, autora del cuento clásico “El huésped” y de muchos otros.

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La relación de la cultura occidental con el lenguaje es equívoca: a la vez le niega y le concede poderes enormes. Por un lado, creemos que es una herramienta, un medio, una forma sencilla y sin complicaciones de representar el mundo sensible y nuestro propio interior: un mero utensilio que dominamos sin esfuerzo y no oculta secretos ni trampas. Por otra parte, esta noción nos lleva a creer en la fidelidad y la suficiencia de nuestras propias palabras: nos persuadimos de que los nombres de las cosas son las cosas mismas, sin distorsión ni ambigüedad, como si el lenguaje y el universo se correspondieran perfectamente y sólo hiciera falta encontrar las voces precisas para rellenar cualquier hueco en nuestra percepción del mundo.
      Al pensar así no sólo olvidamos que el lenguaje está lejos de ser nuestro sirviente: que al ser nuestra única manera de aprehender y figurarnos el mundo, sin él quedaríamos desamparados, incapaces de cualquier comprensión y memoria más allá del instinto. Además, pasamos por alto el hecho de que el lenguaje es, en el mejor de los casos, imperfecto: no deja fuera al error o a la duda, a los misterios de la resonancia y la imagen poética, ni a las oscuridades: los momentos en que lo indecible se aparece ante nosotros y sólo puede declararse lo infranqueable del obstáculo, lo imposible de trasponer a las palabras como límites de la conciencia.
      La porción más extraña y paradójica de la literatura, como del resto de las manifestaciones del pensamiento, es la que se atreve a sondear estos límites del propio lenguaje. No es una tarea fácil ni popular, y probablemente lo es menos todavía ahora que en otras épocas. Aquí, en el ámbito díscolo de la literatura mexicana, siempre ha sido la marca de escritores visionarios, que experimentan en su trabajo o hasta en su propia vida la disolución de las certidumbres que ofrecen las palabras y, en vez de rehuirla, la enfrentan y procuran traerla hasta nosotros. Tampoco pueden llegar más allá, arañar siquiera lo que está del otro lado, pero sí pueden llamar nuestra atención y llevarla al enigma, que reduce nuestra estatura humana pero, tal vez, nos vuelve un poco más lúcidos y no menos.
      Una de esos autores no siempre secretos, pero no siempre tenidos como centrales a pesar de la mera belleza de su obra, es Amparo Dávila, una de nuestras cuentistas más sutiles y más extraordinarias.

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Presencias que invaden vidas y casas; seres sin nombre empeñados en actos nimios o terribles; portadores de emblemas que están más allá de toda lectura; visiones de melancolía terrible… Las historias de Amparo Dávila, esbozadas siempre con muy pocas palabras, no utilizan la capacidad alusiva del cuento para el lector complete y dé forma a los mundos y las tramas que se le proponen sino para que, llevado por ese impulso rutinario, descubra las ausencias: las preguntas que adquieren su poder en el acto de no ser respondidas.
      Muchos de los que nos hemos acercado a esta obra breve y espaciada en el tiempo lo hemos hecho a partir de una idea inexacta: desde muy temprano en su carrera, y cada vez con más fuerza a medida que ha pasado el tiempo, a Amparo Dávila se le considerado una escritora de literatura fantástica. Ésta no es una categoría problemática sólo por los prejuicios que existen en su contra: además, si se entiende lo fantástico solamente como la descripción de “cosas imposibles” o “sobrenaturales”, no se podrá comprender ni el sentido profundo de los textos de Dávila ni siquiera su origen.
      En repetidas ocasiones, la escritora ha declarado que sus historias provienen de lo real y difieren de textos más convencionales porque, si bien tienen su origen en vivencias, pensamientos y percepciones auténticos, no se detienen en la representación sino que pasan a la realidad interna, el mundo de lo abstracto y lo íntimo que la narrativa más convencional subordina a las descripciones del mundo sensible o emplea sólo como depósito de causas y efectos. En las historias de Dávila nunca hay la ruptura violenta de una imagen del mundo para que otra más extraña o caprichosa se revele; lo presuntamente objetivo está en contacto permanente con lo presuntamente subjetivo, y con ello el texto puede librarse de repetir lo que el lector cree saber sobre “lo real”… pero también de suplir lo “real” con una invención –una “irrealidad”– que se cierre sobre sí misma y se deje leer como una mera distracción, incapaz de afectar las certidumbres que nos permiten una existencia sosegada.
      Antes de sus cuentos, Amparo Dávila publicó tres libros de poemas emparentados con la búsqueda mística: la aspiración de re-ligar la conciencia humana con lo numinoso, trascendiendo las limitaciones humanas. Para 1954, el año en que aparece Tiempo destrozado, esta indagación ya no puede entenderse como un recorrido por la vía de la iluminación. La idea de la revelación súbita, de que la plenitud del conocimiento puede alcanzarse además de nombrarse, implica la distorsión tradicional de las capacidades y las debilidades del lenguaje; más humilde, pero también más afilada y escéptica, Dávila opta por una vía de oscuridad: por dar un paso atrás en la búsqueda del sentido del mundo para intentar, desde más lejos, desde más abajo, entrever al menos la plenitud de lo que no comprendemos.
      Este proceso es más arduo y meritorio de lo que parece. En 1965, todavía un año después de la publicación del segundo libro de historias de Amparo Dávila, Música concreta, el mismísimo Elias Canetti escribía con optimismo sobre los efectos de la aceleración del occidente y la percibía como causa de un “crecimiento de la realidad”: un flujo creciente de conocimiento y de percepciones cada vez más exactas, que si bien empequeñecía a los seres individuales les ofrecía también la posibilidad de realizaciones más grandes y, en verdad, una vida más venturosa. Ahora, todos sabemos o creemos saber que no es así: que nos reducimos precisamente por esas informaciones cada vez más copiosas, exactas e inabarcables que nos sepultan y sobre las que no tenemos poder alguno. Pero nuestra reacción, como cultura o culturas sumergidas definitivamente en el mismo proceso febril, ha sido aceptar la imposición de la velocidad y tratar de avanzar cada vez más deprisa, saturarnos cada vez más de cada vez menos, constreñir nuestra idea de realidad en vez de amplificarla.
      Al proponer un modo distinto de acercarse al mundo, y de hacerlo con la parquedad del cuento y del poema en prosa, los textos Amparo Dávila proponen una alternativa difícil y de resultado incierto, pero necesaria.

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Si fuera posible situarlos en un mapa de la imaginación, los pueblos y las ciudades, los campos de Amparo Dávila quedarían sólo un poco al sur de la Quinta de Landor o el Dominio de Arnheim, en los que Edgar Allan Poe describió más sutilmente sus experiencias de la inquietud y la soledad. No es difícil reconocer la afinidad, que proviene de una misma actitud ante la mirada del artista, una misma conciencia reflexiva y alerta a los cambios de su propio movimiento. Sin embargo, también están cerca las habitaciones y las caras hoscas, que el visitante siempre percibe con la lentitud de la revelación, de Carson McCullers, y las burocracias infinitas de Franz Kafka, y los hombres y mujeres de Albert Camus, con sus aplazamientos infinitos. En estos autores, y en los otros que podrían verse como la estirpe de Amparo Dávila en la rica literatura de los últimos dos siglos, el terror de la conciencia enfrentada a cuanto la sobrepasa no desaparece con las promesas del entendimiento pero tampoco se abandona a la nada: en cambio, insiste en señalar el lado de la sombra, que nos acompaña siempre, para que estemos alertas.

Cuentos Reunidos, Amparo Dávila