Mort Cinder

Héctor G. Oesterheld y Alberto Breccia, Mort Cinder.
Argentina, Colihue, 2005.

1. La historia de Mort Cinder, la obra maestra del guionista Héctor G. Oesterheld (1917-1977) y el dibujante Alberto Breccia (1919-1993), puede comenzarse haciendo referencia a otra obra, menor pero más conocida, de este equipo ocasional de creadores argentinos: la novela gráfica El eternauta (1969), nueva versión de otra historia con el mismo título que Oesterheld –con el dibujante Francisco Solano López– había publicado a fines de los cincuenta y que tiene una reputación merecida como obra central de la narrativa de aventuras escrita en su país.
La mayor notoriedad del segundo Eternauta se debe a la experimentación radical de los dibujos de Breccia –maestro para entonces en la creación y manipulación de texturas, volúmenes e iluminación con recursos mínimos– y al hecho de que Oesterheld modificó sus guiones para incluir comentarios sobre la dictadura militar, sutiles pero muy afilados, en la trama original, que refiere una invasión (extraterrestre) y los intentos de resistencia de un grupo de bonaerenses comunes, unidos solidariamente contra fuerzas casi invencibles. La historia sufrió censura por parte de sus propios editores –los de la revista de actualidad Gente, que había aceptado publicar durante un año las entregas de la serie– y debió ser terminada de prisa y entre grandes dificultades.
Las tribulaciones posteriores del mismo Oesterheld –quien militó contra el régimen en el movimiento de los Montoneros, debió pasar a la clandestinidad y por fin fue arrestado, encarcelado ilegalmente y “desaparecido”– fortalecieron la fama de El eternauta como un texto revolucionario en los dos sentidos del término. No lo es menos Mort Cinder, célebre entre los conocedores –se le considera un auténtico clásico del cómic mundial a la altura de lo mejor de Will Eisner, Osamu Tezuka o Winsor McCay– pero más veces reeditada fuera de Argentina y de Latinoamérica. La celebridad, desde luego, es un lugar estrecho.

2. El nombre del personaje, que evoca al mismo tiempo (desde luego) la muerte y la ceniza, da la clave de todas sus historias: rescatado de una tumba en la primera entrega, amenazado por fuerzas que nunca terminan de definirse, Mort Cinder es un hombre común, más bien soso y opaco, con una sola facultad que tampoco se explica nunca: no puede morir y está condenado a levantarse del polvo una y otra vez, para siempre.
En la etapa que se muestra de su eterno retorno, Cinder se alía con un viejo anticuario inglés, Ezra Winston, para escapar de sus perseguidores, y cuando lo consigue se queda como huésped en su casa y le cuenta historias, tomadas de varias de sus innumerables vidas previas por todas las épocas y regiones del mundo. Las historias, sin conexión entre sí y casi sin referencias a la propia “actualidad” de Winston, parten siempre, sin embargo, de la observación del presente: una persona en la calle, un objeto en la tienda del anticuario se vuelven motivo de una conversación; Winston hace un juicio erróneo, y Cinder lo corrige apelando a su mayor autoridad. Él sabe que un humilde ladrillo se usó para construir la torre de Babel; él sabe qué pasó en la batalla de las Termópilas, porque fue el único espartano que sobrevivió.

Mort Cinder en la penitenciaria

La serie, publicada de manera discontinua –y a lo largo de un periodo muy angustioso tanto para Breccia como para Oesterheld–, es, al contrario de El eternauta, abierta, carente de una conclusión y hasta de un desarrollo del personaje central, cuyos propios enigmas se aplazan hasta más allá del fin del último relato. Pero precisamente allí está la gran virtud de la serie y de los guiones de Oesterheld: transformado en cada historia en un ser distinto –a veces desvalido, a veces taimado, a veces rebasado por los hechos y a veces capaz, incluso de triunfar sobre sus dificultades, como un héroe tradicional–, Mort Cinder se parece menos a Melmoth, el «judío errante» de Charles Maturin que al Inmortal de Jorge Luis Borges: su propia identidad está reducida a nada entre los recuerdos innumerables.
Sin embargo, este “abismo de tiempo, abismo de increíbles experiencias humanas, abismo de muerte repentina, abismo insondable que puede atraer con fuerza irresistible” (así describe Oesterheld a su personaje) no es, al contrario del personaje de Borges, un creador: un escritor, un poeta que pueda centrar su observación del tiempo en el lenguaje y las derivaciones del lenguaje. Sus aventuras son viscerales y no intelectuales: dejan como huella emociones y angustias que sólo se articulan después, cuando ya es tarde, y en el fondo son todas luchas por la supervivencia, como las de casi todos los seres humanos que han pasado por el mundo.

3. Breccia, quien visualiza pero también complementa y amplía el sentido de los textos de Oesterheld, comenzó Mort Cinder después de un periodo frustrante e improductivo como empleado –artista a destajo– de la editora británica Fleetway. Probablemente esta experiencia lo llevó a intentar las numerosas innovaciones que introduce en las historias de Cinder, y que son lecciones magistrales: secuencias de noche y sin luz resueltas con total claridad en blanco y negro; visiones delirantes; interpretaciones de lo desconocido y lo inefable como las que hizo después en sus versiones de los cuentos de Lovecraft. Llamar expresionista a su estilo, como se hace a menudo, es justo pero no es suficiente. Su realismo está anclado en la propia imagen del dibujante, que da rostro al anticuario Winston –como Oesterheld había dado voz a Héctor, el coprotagonista de El eternauta–, y su interacción con el texto, mucho más profunda que la de la mera ilustración, es una de las más logradas en toda la historia del cómic, esa anomalía del último siglo.

Dos notas: 1) a partir de ahora, de vez en cuando aparecerán reseñas de libros de cómic, historias al fin; 2) una disculpa por el retraso: la tesis está al fin terminada.