En cursos que doy sale cada tanto una pregunta típica: cómo escribir un libro que venda. La intención de la pregunta, también es típico, es que se digan las reglas: el procedimiento seguro y de eficacia comprobada para escribir un libro que interese a un editor y a muchos lectores. El tono de la pregunta, habitualmente, me hace pensar que quien la formula cree que se trata de un secreto: un conocimiento arcano que el maestro no pasa tan fácil al aprendiz…

Y, la verdad, esto no es verdad. Es muy fácil ver qué rasgos tienen, en general, los bestsellers: basta leer cierto número de ellos. En una sesión reciente de un curso empezamos a discutir la cuestión y formulamos, bastante rápido, diez reglas. Van a continuación.
No son reglas, aviso, que recomiende seguir a toda costa y en todos los proyectos de escritura: más todavía, creo que pueden distraer a muchos aspirantes a escritor de la posibilidad de buscar lo que realmente quieren, necesitan o pueden decir. Creo que debo hacer esta salvedad porque también creo que el dinero fácil y rápido no es, necesariamente, todo en la vida.
(Otra salvedad: el tipo de libro que recomiendan estas reglas no está cerca de lo más interesante –ni siquiera lo más moderno– que se escribe ahora. Véase lo que sugiere, por ejemplo, esta reseña de Providence de Juan Francisco Ferré, que es una interesante novela contemporánea.)
Por otra parte, si usted no piensa como yo, tampoco está penado por la ley el seguir estas reglas e intentar escribir un bestseller con ellas. Incluso son posibles el éxito y las ventas millonarias. No hay ninguna garantía, desde luego, como puede comprobarse fácilmente yendo a cualquier librería y viendo la enorme cantidad de obras que no se venden a pesar de sus mejores intenciones. Son siempre la mayoría.

Collage de Randel Plowman

Collage (c) Randel Plowman. Fuente: http://acollageaday.blogspot.com/

Pero, sin más, las «reglas»:
      1. Como el mercado editorial tiene predilección por la novela, el libro debe ser una novela, y de hecho debe serlo en el sentido que se da actualmente al término, y que tiene que ver, sobre todo, con la forma que la novela adoptó en su gran época, allá en el siglo XIX.
2. Por lo tanto, la novela tiene que provocar una ilusión de verdad del modo más sencillo y convencional que se pueda. Esto es lo que sucede cuando se dice que un libro «atrapa»: simplemente, la prosa es tan sencilla de seguir que no llama la atención sobre sí misma. Esta prosa se presta, incluso ante el lector más distraído y menos interesado, a no ser percibida: a permitir que el lector la siga sin obstrucción alguna e imagine rápidamente sus propias versiones de sucesos y personajes.
3. Por supuesto, el lector más distraído y menos interesado es el lector al que se apunta en este caso. Es un lector que sólo quiere entretenerse, que juzga que su vida real es bastante complicada como para complicársela más con su entretenimiento y que no desea sino esto: pasar un buen rato con una obra que lo distraiga pero no lo afecte de forma duradera.
4. Esto significa que el libro no debe confrontar, cuestionar ni poner en duda ninguno de los valores dominantes en la gran población (debe ser grande, claro), a la que apunta. Debe decir lo que la gente ya sabe y acepta, y además hacerlo de una forma llamativa pero no demasiado extraña.
5. La prosa debe alternar entre descripciones vívidas del ambiente (aunque no deben ser muy largas ni complejas), detalles del pasado de los personajes y segmentos de acción. La acción puede contener lo que se desee (incluyendo sexo y violencia); los antecedentes crean la ilusión de que se conoce a los personajes y de que lo que sucede tiene importancia.
6. Los capítulos no deben durar más de 15 páginas cada uno. El libro entero debe tener un mínimo de 60,000 palabras si es «para niños o jóvenes» y 100,000 si es «para adultos».
7. Cada capítulo salvo el último debe terminar, de preferencia, con un «gancho»: una acción no resuelta que suponga un problema serio o (mejor aún) un peligro para los personajes principales, y que se resuelva sólo en el capítulo siguiente.
8. Es mejor si el protagonista de la novela, sin dejar de tener rasgos distintivos y memorables, no tiene demasiada complejidad de carácter, para que el lector se pueda imaginar fácilmente en su lugar.
9. Es mejor también si se tiene el apoyo decidido de una editorial que esté dispuesta a gastar mucho dinero en las numerosas formas de publicidad disponibles.
10. Es todavía mejor si, como persona, el autor o autora tiene rasgos que puedan comercializarse: si tiene belleza, juventud, una biografía interesante (y, lo mejor de lo mejor, si se le puede crear una leyenda: una historia simple y sentimental pero inspiradora y llena de episodios pintorescos)…

[Los últimos dos incisos no tienen nada que ver, es cierto, con la literatura. Por otro lado cuadran perfectamente con la ideas actuales de la fama y del éxito.]
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Escribo esto (nótese la ironía) en un café: en mi casa no hay, por el momento, gas ni luz eléctrica. Ahora debería decir que mi situación, en el futuro, será parte de la leyenda. Pero no lo diré.