[Actualización: El mundo de ocho espacios y otros dos libros de Jaime Romero Robledo pueden comprarse, en formato electrónico, en esta página. Y desde aquí se puede adquirir el libro impreso.]

1. El mundo de ocho espacios, novela de Jaime Romero Robledo, obtuvo en 2010 el Premio Colima, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes, al mejor libro de narrativa publicado durante el año previo. Lo más probable es que usted no haya escuchado del libro ni pueda encontrarlo: su autor lo publicó en su ciudad, Chihuahua, y en su propia editorial: Averinto, creada expresamente con ese fin tras de que Romero se cansó de tocar puertas en casas editoras “grandes”, tanto mexicanas como trasnacionales.

2. El premio no es un error del jurado. No sé si será realmente la mejor novela que un mexicano haya publicado en 2009, pero sospecho que el que haya sido premiada al año siguiente, en un tiempo en el que abundaron las de novelas de coyuntura, quiere llamar la atención sobre la rareza de El mundo de ocho espacios, que es deliberada y gozosa. Lo esencial del libro es su carácter anticonvencional. El texto, aunque breve, es laberíntico, y podría hacer pensar en Salvador Elizondo (o en Gonzalo Lizardo, el mejor y casi único de sus sucesores entre nosotros) pero me recuerda todavía más a Casa de hojas de Mark Danielewski por sus acrobacias tipográficas: la forma en que el espacio de sus páginas no está ahí solamente para contener las palabras que sugerirán el espacio de lo narrado. Como en un poema vanguardista, el texto se apropia del espacio de la página misma y lo vuelve parte de la historia, o de las historias que cuenta: los personajes, que cada tanto se encuentran en un espacio virtual y nebuloso, también se dispersan por varias corrientes de texto que se alternan, se alcanzan se rebasan y se subdividen en las páginas. La forma concuerda perfectamente, además, con su trama, que reutiliza elementos como el cine de Vincenzo Natali, los escenarios de Philip K. Dick o lo más conocido de Jorge Luis Borges –todas referencias pop a estas alturas, por supuesto– para contar una historia de ciencia ficción: la de un mundo en el que lo virtual se ha comido por completo a lo real, resulta imposible distinguir uno de otro y la identidad humana se disgrega y se modifica de manera incesante: una representación exacta, aunque amplificada, de la relación profunda y complicada de nuestra conciencia con la tecnología actual.

3. Las “dificultades” de El mundo de ocho espacios –las razones por la que ninguna editorial lo aceptó y su autor se vio forzado a autopublicarse y confiar en la suerte– deben ser justamente las cualidades que lo vuelven interesante. Evidentemente es un libro que no está en sintonía con lo que editores, libreros y demás perciban como “comercial” en el mercado de habla española, y mucho menos en el nuestro. Peor todavía, ni su forma ni mucho menos su tema están en la lista de lo “pertinente”, lo que actualmente se considera “propio” de la literatura nacional.

4. Las literaturas nacionales tienden a la uniformidad, o, mejor dicho, son más fáciles de describir a partir de sus mayorías y descontando sus excepciones. La mexicana, en el par de siglos o poco menos que tiene la nación, ha sido más inflexible y monolítica que otras por haber surgido de una cultura autoritaria y por emplearse, sobre todo a partir del siglo XX, como portavoz o caja de resonancia de uno u otro poder: para sobrevivir u obtener los beneficios que cabe imaginar, ha acompañado y respondido sobre todo a los vaivenes de la política nacional, y así hemos tenido el canon del corporativismo posrevolucionario, el del lentísimo agotamiento de la revolución institucional, el de la llegada del neoliberalismo y el de ahora, que es el de la descomposición social y la colonización del pensamiento general por el mito, simple pero urgente, de la violencia: el mundo como un lugar donde todo lo que cuenta es el uso de la fuerza sobre los débiles.

5. La novela de narcotraficantes, salvo muy escasas excepciones; la “teoría crítica” de la fuerza y la animalidad (incluyendo las patrañas de la “psicología evolutiva”), la non fiction que repite sin reflexión los titulares de los periódicos, la televisión e internet: eso es la literatura mexicana aceptable, que busca los canales aceptables: la validación mediática, la explotación de celebridades más que la creación de obras, los roces entre arte y poder que eran habituales en el siglo XX y lo son también ahora, pero se disfrazan de transgresión, de frescura, de normalidad democrática.

6. ¿Qué ofrece en cambio El mundo de ocho espacios? En medio de los cambios de identidad; de las búsquedas diversas en un espacio que juega con la imaginación y la subvierte; de las peripecias que están en el orden de lo fantástico, éste es también un libro que busca involucrar la participación activa de su lector, invitándolo (o forzándolo gentilmente) a mirar más de una vez cada página, a incorporar en su lectura las ilustraciones y los juegos tipográficos, a sobrepasar los límites tradicionales de la idea de “contenido”, que ahora se usa tanto y según la cual los libros son como cajas de zapatos o programas de televisión: recipientes de algo cuya forma y aspecto es, básicamente, siempre igual y hecho para vender esa igualdad reconfortante. Como propuesta para descolonizar la imaginación –para ampliar lo que lo “mexicano” puede ser y decir– importa precisamente por esa otra forma de la pasión que no es la de los temas fáciles –la pachanga, la violencia—sino la de la simple inteligencia: la del lenguaje que también derriba y violenta, y que podría servir siquiera a algún lector distraído para cuestionarse si la literatura prefabricada, sin riesgo, pretendidamente fuerte pero en realidad domesticada, debe ser realmente la única: si esa forma de relacionarse con la realidad y de aprehenderla es realmente la única.

7. Las escasas probabilidades que tiene El mundo de ocho espacios de alcanzar a muchos lectores podrían dar para una larga discusión del lugar común: lo “lejos” que estaría el escritor mexicano del país de no lectores que debería su “mercado natural”. Mejor no repetir esas frases graves y, en el fondo, vanas y complacientes. Mejor pensar en el modo en que, por azar o con toda intención, seguimos eligiendo como sociedad (y literatura) obedecer invariablemente a cualquiera que sea la autoridad del momento. ¿La capacidad liberadora del lenguaje nos estará vedada? ¿De veras?

[Nota: Este texto apareció en la revista Posdata, en una columna de crítica que mantendré durante este año; agradezco a mi editor, Iván Trejo.]