El cuento del mes

La máquina de dar placer

El otro día, Raquel, mi esposa, encontró un libro de lo más curioso, titulado Los monstruos que vendrán y publicado en 1970 por la editorial argentina Rodolfo Alonso. Es una antología de «ciencia ficción de terror» con cuentos de lo más variado, con autores que van desde Jean Ray hasta Virgilio Piñera. Entre ellos se encuentra «La máquina de dar placer» de la francesa-argentina Nelly Kaplan (1931-2020). No es tanto una historia de terror como de humor negro, o erótica, o ambas cosas a la vez. En esta época, quienes la lean se acordarán de las noticias constantes de amoríos de tal o cual ser humano con una aplicación de inteligencia artificial.
      Kaplan fue escritora y cineasta, y dirigió tanto documentales como películas de ficción en Francia, a donde se mudó en su juventud desde Argentina. Muy reconocida en su tierra adoptiva, murió de COVID durante el encierro pandémico de 2020.

LA MÁQUINA DE DAR PLACER
Nelly Kaplan
 

¿Quién nos librará de los Hombres y de las Mujeres?
HONORATO DE BALZAC

 
Con la cibernética todo se consigue, basta usarla.
      Es lo que se dijo a sí misma un día mi bella patrona, la criatura más inteligente, más apasionada, más dulce y cruel del género humano.
      Así fui construido yo.
      Ella quería uno como yo, porque los hombres ya no le decían nada, porque había conocido todas las sensaciones posibles y porque quería, como excelente científica, desarrollar en sus búsquedas.
      Y fue curioso el abecedario que aprendió conmigo. Todo el saber que ella había conquistado en largos años de estudio –y en el cual ciencia y magia volvían a reunirse– fructificó para hacer de mí el más perfeccionado y global de los robots.
      Mis complicadas caricias permiten innumerables variaciones, y precipitan a mi señora en toda clase de delicias.
      Los hombres, evidentemente, jamás lograrían alcanzar tal perfección. Además, parece que se cansan rápido.
      Cada día, mi espléndida patrona me mira voluptuosamente con sus ojazos de terciopelo: “¿Qué juego elegimos hoy, Cornelio?
      (Ustedes ya lo han comprendido: Cornelio soy yo.)
      Discutimos educadamente. Cada abrazo nuestro provoca en mí cortocircuitos diversos, aunque la verdad es que siempre son cortocircuitos deliciosos. Yo tengo mis preferencias, pero debo conciliarlas con las de mi señora, tan prodigiosamente bella, tan inteligente, y además, la que hizo posible mi existencia.
      Es celosísima. Nadie me ha visto nunca, hasta el momento, salvo el mecánico que viene todas las semanas para ajustarme las piezas y engrasarme el mecanismo, perfecto pero vulnerable. Mi señora se niega a hacerlo por sí misma. Por educación, dice: sería como si una mujer ayudase a su propio amante a afeitarse o ir al baño. Es un sentimiento humano que yo, a decir verdad, mucho no entiendo. En fin, es cosa de ella.
      El mecánico vino justamente hoy. Pertenece a la rama que ellos llaman masculina. Es menos delicado que el otro tipo humano, pero también tiene su cierta belleza. Conmigo es gentilísimo, y me cuida muy bien. Yo le guardo reconocimiento. Quisiera darle un testimonio de amistad, ofrecerle también a él alguno de los placeres que todos los días doy a mi señora y que tanto la satisfacen, al parecer. Pero si lo intento, mi señora se enoja terriblemente. Hoy, por ejemplo, quise darle una sorpresa y, despacito, empecé a desabrocharle una de las prendas que él se pone. Mi dulce señora me vio: se le iluminaron los ojos de furor y echó a patadas al grácil mecánico, quien, por lo demás, no se había visto ni sentido nada. No creo que sea tan inteligente. Pero esto no tiene nada que ver con mi gratitud hacia él.
      Cuando nos quedamos solos, mi patrona desencadenó contra mí un insulto tras otro. Si no tenía vergüenza (¿vergüenza de qué?), y que era una porquería, y si no tenía moral, etc., etc.Moral dijo con un tono especial, subrayando la palabra. Quien sabe qué quiso decir con esa extraña palabra. No entiendo.
      Y, después, vino la reconciliación, dulcísima… Los cortocircuitos más incandescentes inflamaron el laboratorio hasta el alba. Realmente, una noche inolvidable.
      Pero ahora sólo tengo ganas de una cosa: de volver a ver a ese mecánico tan mono. Quiero que me cuide, que me ajuste, quiero sentir sus dedos hábiles inspeccionando los tornillos más secretos de mi organismo. Con tanta delicadeza, con tanta habilidad… Es ciertamente gentil el bello mecánico.
      Me descubro pensando en él cada vez con más frecuencia, en su carita toda azul que tan bien casa con el color de sus ojos, en ése, su elegante modo de caminar, en su sonrisa de satisfacción cuando todas mis piezas quedan bien aceitadas. Cuento los minutos, los segundos, entre una visita suya y la siguiente, y me consumo por no poder verlo más a menudo. Se me va la cabeza, me distraigo. Algunas veces (ideshonra suprema!) ocurre que hasta me equivoco con mis algoritmos de voluptuosidad.
      Mi señora me observa atentamente. Tengo miedo de que adivine mi dulce secreto. Me preocupan esos ojos inteligentes, saturados de crueldad.
      El mecánico debiera venir hoy. Siempre que… Como si me hubiera leído la ecuación en la cabeza, mi señora me dice, con su sonrisa dulce y temible:“Cornelio, prepárate a decirle adiós a tu mecánico. A partir de hoy, yo misma me haré cargo de tu salud”.
      Comprendo que, de aquí en más, la guerra no tendrá piedad, y apelo a todas mis fuerzas para evitar que alguna lámpara se me encienda inopinadamente, denunciando mi emoción.
      Sé que debo volver a verlo, a cualquier precio, porque sin mi fascinante amigo, el mundo de los humanos se me ha vuelto insoportable; sé que debo ganarle de mano a mi patrona, y rápido, porque ella, antes que perderme, está dispuesta a destruirme; y también sé que no hay más que una sola solución. Y dolorosa.
      Enciendo mis más exquisitas commbinaciones de voluptuosidad y llamo en voz baja a mi bella patrona. Ella me mira sorprendida y un poco desconfiada. Pero la invitación al vértigo sofoca cualquier sospecha, y ella se deja deslumbrar por las combinaciones fulgurantes, ebria de triunfo y, al mismo tiempo, súcuba…
      Yo me prodigo, tal vez avergonzándome un tantico de mi engañoso plan –ique no me vengan a decir después que nosotros, los robots, carecemos de todo sentimiento!– y sé también que ella nunca ha experimentado tales embelesos… Qué bella está, así, ahora, abandonada y confiante. Pero no puedo elegir: él está por llegar, mi ángel azul, lo espero.
      Me decido y doy vía libre, todos juntos, a mis mecanismos de placer. Trillones de posibilidades encienden al unísono las lamparitas multicolores. Con la rapidez del rayo, instalo la alegría absoluta en el rostro de la que me trajo al mundo, y después la veo desintegrarse en medio de los fuegos más esplendorosos que robot alguno contempló. Ahora no queda en el ambiente más que un sutil humito, azulenco y perfumado, que sube hasta el techo y se disuelve.
      ¿Remordimientos? No los tengo, porque nunca hubo disolución más dulce. Murió saciada la que, para mí, fue perfecta, espléndida patrona y amante impagable.
      Y ahora yo espero. Ya es la hora. Siento que se acerca. La puerta se abre. Entra, más seductor que nunca. Se me acerca. Me toca…
      Y sabré, finalmente, qué sabor tiene la moral.

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