La «Historia de Urashima» es uno de los cuentos clásicos más famosos de la cultura japonesa. Se desconoce su origen exacto, que debe estar en la época de las más tempranas historias orales, aunque las primeras versiones con el nombre convencional del protagonista (Urashima Taro) se remontan al siglo VIII de nuestra era. Hay numerosas escrituras y reescrituras de la historia a partir de ese momento, así como menciones de sus personajes y su trama en obras de lo más diverso, incluyendo películas, novelas, anime, manga y videojuegos. Textos occidentales como el cuento «Rip Van Winkle» de Washington Irving (1819) o la novela El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde (1890) tienen también, probablemente, la influencia del cuento japonés.
Además de que hay muchas variaciones distintas de la historia base, algunos de los detalles más llamativos de su forma moderna fueron agregados siglos después de sus primeras apariciones en libros. Por esta razón, en vez de buscar una fuente «original» o canónica, la que sigue es una nueva reescritura, realizada directamente en castellano por mí. La redacción es mía, y agrega o modifica detalles a lo que se dice en diversas fuentes consultadas, pero el argumento esencial es el mismo: el de un cuento con buen corazón, por así decir, y a la vez cruel, poderoso y enigmático.

HISTORIA DEL PESCADOR URASHIMA
Anónimo (versión de A.C.)
Hace mucho tiempo, en una isla en el oeste del archipiélago de Japón, habitó un joven llamado Urashima. Era el hijo único de un matrimonio de pescadores y vivía con ellos en una choza cerca del mar, en las afueras de una pequeña aldea. La fortuna de la familia se reducía a una red y una pequeña barca. Dedicado también a la pesca, Urashima era un muchacho bondadoso, que se empeñaba cada día en evitar disgustos a sus padres y mitigar su pobreza.
Una tarde, cuando Urashima caminaba por la playa, vio de lejos a unos niños que maltrataban a una gran tortuga de mar. Entendió que, de seguir así por mucho tiempo, acabarían por matarla, y decidió impedirlo. Corrió hasta los chicos, y, tras regañarlos por su mala acción, los ahuyentó y les quitó a la tortuga. Era una criatura vieja, como se podía inferir por el tamaño de su concha, las proporciones de su cabeza y sus aletas, y sus ojos, cuya sabiduría es distinta de la de los ojos humanos. Con algo de esfuerzo, Urashima la llevó en sus brazos hasta la orilla del mar y la depositó sobre la arena mojada. Casi de inmediato, una ola recogió con suavidad a la tortuga, y cuando ésta comenzó a nadar por su cuenta, agitando las aletas, Urashima la siguió con la mirada hasta que desapareció bajo las aguas. Luego regresó a su choza, contento.
Tiempo después, muy temprano por la mañana, Urashima salió a pescar. Llegó a la playa, puso en el agua la pequeña barca, se subió y remó para alejarse de la costa. Tras un largo rato de remar perdió de vista la orilla. Echó al agua su red, y cuando tiró para sacarla hacia fuera, notó que pesaba más que de costumbre. Siguió tirando, logró subirla…, y entonces tuvo una gran sorpresa: ¡adentro estaba la misma gran tortuga que él había devuelto al mar!
La tortuga habló: le dijo que era el rey de los mares, que apreciaba su buen corazón y lo invitaba a su palacio, donde podría conocer a su hija, la princesa Otohime. Urashima, asombrado, accedió con entusiasmo. El rey le dijo que subiera a su caparazón, y cuando Urashima lo hizo se sumergió de inmediato. Urashima tuvo un instante de miedo, pero luego descubrió que podía respirar bajo el agua: los poderes mágicos del rey de los mares lo protegían. La tortuga bajó, más y más profundo, y por fin llevó a Urashima hasta la ciudad de Ryugu, la capital del reino del mar. Era un lugar maravilloso. Las casas eran de esmeralda, los tejidos de oro, y el suelo estaba cubierto de perlas; grandes árboles de coral, con hojas de nácar y frutos de las más bella pedrería, daban sombra en los jardines; escuelas de peces iridiscentes, danzando sin cesar en el agua, alumbraban aquellos lugares a donde no llegaba la luz del sol. Había tesoros y maravillas que Urashima no sólo nunca había visto antes, sino que apenas podía comprender.
Por fin llegaron al palacio del rey, cubierto de lajas de roca con forma de escamas gigantescas. El rey de los mares dejó que Urashima bajara de su caparazón. Fascinado, el muchacho vio abrirse la gran puerta, por la que salió a recibirlo una hermosísima doncella. Era Otohime, la hija del rey del mar, dotada como él de habilidades inexplicables que le permitían asumir cualquier forma, incluyendo la humana. Hubo grandes celebraciones. Ante el beneplácito del rey, Otohime quedó prendada del joven pescador humano, y los dos vivieron varios días en una completa felicidad. Paseaban por las profundidades, disfrutaban deliciosos manjares, conversaban con los numerosos y extraño súbditos del rey tortuga –que también solía asumir el aspecto de un tiburón de afilados colmillos, o de un dragón dorado, temible y colosal– y todos colmaban a Urashima de atenciones y honores.
Entre tanta felicidad, Urashima no sentía que el tiempo pasara. Un día, o una noche (difícil precisarlo, pues una y otra se parecen en las grandes profundidades), se dio cuenta de que no sabía desde cuándo estaba allí. Al contárselo a Otohime, ella le dijo que no le hacía falta saberlo. No debía importarle. La vida en aquel lugar maravilloso era inmejorable, y ningún ser humano de las tierras emergidas podría soñar, nunca, nada semejante.
Pero sucedió que, algún otro día, Urashima se acordó de sus padres. ¿Qué sería de ellos? Sin duda sufrirían mucho sin saber lo que había sido de él. ¡Y él había dejado su pequeña barca en altamar, junto con su red! ¿Cómo se iban a ganar la vida?
Desde aquel momento, la tristeza y la ansiedad se apoderaron de él. Nada lograba distraerle; la belleza del palacio del rey de los mares ya no le parecía nueva, y en cambio le inspiraba pensamientos de angustia. Sólo deseaba una cosa: volver junto a sus queridos padres. Así se lo dijo a Otohime, una noche, cuando ésta procuraba por todos los medios averiguar la causa de su pena. Cuando supo lo que él deseaba, Otohime se entristeció; intentó convencerlo de que se quedara a su lado, pero fue en vano. El pescador se mantuvo firme en su propósito. Tampoco sirvió la intervención del rey, quien finalmente prometió devolverlo a su isla.
Un cortejo numeroso y elegante acompañó a Urashima en su camino de regreso desde la ciudad de Ryugu: mantarrayas y delfines, peces voladores de escamas plateadas, y hasta una ballena azul, la generala de los ejércitos del rey, que lucía con orgullo las marcas de sus combates con grandes calamares de los abismos. Amanecía en la isla: nadie los vio acercarse a tierra. El propio rey, acompañado de Otohime, dejó a Urashima en la orilla. Cuando el joven pisó nuevamente la arena de la playa, la princesa le entregó una cajita de laca, atada con un cordón de seda. Le advirtió que, si quería volver a verla, no debía abrirla nunca. Después la princesa, el rey y sus súbditos se despidieron de él, y se internaron de nuevo en el mar.
Pronto Urashima los perdió de vista. Con la cajita de laca entre sus manos, miraba fijamente a las aguas. Así se quedó por un tiempo. Después recorrió la playa. De nuevo estaba en los alrededores de su pequeña aldea. Las arenas, las rocas, los sitios donde había jugado durante su infancia; todo se veía igual que siempre, pero más nítido que sus recuerdos del palacio del rey tortuga, que ahora le parecían un sueño. ¡Qué fácil puede desdibujarse, incluso, la más tremenda de las experiencias!
Urashima no veía su choza, así que pensó que debía haber llegado a la playa en el extremo equivocado de la aldea. Pero cuando entró en ella, con la intención de cruzarla, no supo por dónde ir. Le pareció que estaba completamente cambiada: no reconocía nada de lo que estaba a su alrededor. Muchas casas eran más grandes que las que recordaba, y había techos de pizarra en vez de los de paja que él había visto tantas veces. Había gente vestida humildemente, como siempre, pero también otros que llevaban kimonos bordados y vistosos. Aquel parecía otro lugar, un pueblo más grande, y sin embargo, era su aldea. Urashima estaba seguro: las montañas en el interior de la isla eran las mismas, igual que la playa. Únicamente las casas y las personas se veían diferentes.
Confundido, Urashima se acercó a unos muchachos. Les preguntó por la casa del pescador Urashima, dado que éste era también el nombre de su padre. Los muchachos le dijeron no conocer a nadie con ese nombre. Entró en un comercio y preguntó lo mismo al dueño, pero él le dijo lo mismo que los chicos: nunca había oído hablar de tal pescador, y eso que creía conocer a todo el pueblo. En eso entró un hombre muy anciano, de larga barba y cabellos blancos y ralos. Urashima nunca lo había visto, pero el dueño de la tienda le dijo que aquel era el habitante más viejo de toda la aldea, sabedor de todas sus historias antiguas y de las vidas de generaciones de sus habitantes. Urashima, atemorizado, hizo al viejo la misma pregunta: dónde estaba la casa del pescador Urashima. El viejo se quedó en silencio por un momento, pensativo, y al cabo de un rato dijo que sí, recordaba el nombre, pero casi lo había olvidado, porque habían pasado más de cien años desde la muerte de aquella pareja de pescadores. Su único hijo, explicó, había salido a pescar un día, y a partir de entonces nadie había vuelto a saber de él.
Aterrado, Urashima entendió: durante su estadía en la ciudad sumergida, no sólo había perdido la noción de los días. El tiempo mismo había transcurrido más rápido. Lo que le había parecido unos días había sido, en realidad, más de cien años.
No supo qué hacer. Se encontraba completamente solo en un lugar que ya no era el suyo. En realidad, se encontraba totalmente solo en el mundo, sin amigos ni parentela. Se dirigió a la playa. Otra vez se quedó de pie sobre la arena, escuchando el rumor del oleaje. Puesto que había perdido su vida entera en el mundo, pensó, volvería con la princesa Otohime. ¿Pero cómo llegar a ella? Había olvidado preguntarle, o a su padre, cómo regresar a la ciudad de Ryugu.
Aún tenía la cajita de laca entre sus manos, y se olvidó de que no debía abrirla. Desató los cordones deprisa, con esperanza y con miedo, y la destapó.
Al instante salió de la caja una nubecilla que se elevó, se elevó, se elevó hasta perderse de vista. Urashima trató de detenerla pero no lo consiguió. Hasta ese momento volvió a pensar en la advertencia de la princesa. Sintió que se quedaba sin fuerzas, sus cabellos encanecieron, incontables arrugas le surcaron la piel. Cayó sobre la arena.
A la mañana siguiente, unos muchachos fueron a la playa y vieron tendido, cerca de la línea de la marea, un cuerpo consumido y decrépito. Era Urashima que había muerto de viejo.

