Este es un cuento en el que lo terrible, lo francamente inexplicable, se desliza a la realidad desde un pasado mítico. La descripción puede sonar familiar, pero la historia tiene un escenario muy diferente del de muchas historias fantásticas de influencia europea. Su autor es el mexicano Luis Antonio Canché Briceño (1977).
Nacido en Mérida, Yucatán, Canché creció en Chumayel, donde aprendió a hablar la lengua maya, en la que escribe para luego traducir al castellano. Es Licenciado en Enseñanza de las Matemáticas por parte de Facultad de Matemáticas de la UADY. El libro K’i’ixib máako’ob/ Los hombres espinados, del que proviene el presente cuento, obtuvo el Premio de Literaturas Indígenas de América (PLIA) en el marco de la FIL de Guadalajara en 2022. En 2024, Canché obtuvo el premio de cuento en lenguas originarias “Tetseebo”, otorgado por el Centro Cultural Tijuana, y también fue ganador del Primer premio de Literatura en Lenguas Indígenas del Estado de Guerrero 2025 en la categoría abierta en el género de poesía. Otros de sus libros publicados son Tsikbalo’ob ucha’an tin kaajal/ Historias que han sucedido en mi pueblo (2008), Chumayel entre voces y recuerdos (2021), U yuumilo’ob kaláant múul/ Los cuidadores del cerro (2025) y U k’iinilo’ob tomojchi’ / Días de mal presagio (2025).
Yo tuve el gusto de escribir el prólogo de Los hombres espinados. Dije: «Con un tono sosegado, que por lo mismo puede volver aún más tremendos los hechos de violencia o las emociones fuertes, Los hombres espinados muestra la desolación del presente y, al mismo tiempo, la esperanza de quienes viven en él, entendida como una posibilidad de cambio. De cualquier tipo de cambio.» Y sigo creyendo lo mismo. Ustedes pueden juzgar por su propia cuenta leyendo el libro completo, que se puede descargar gratis aquí y contiene todos los cuentos tanto en maya como en castellano.
LOS HOMBRES ESPINADOS
Luis Antonio Canché Briceño
Amortajaron al difunto con su cobertor y esa noche,
mientras lo velaban cada uno de los presentes
le ayudó a descargar sus pecados
Ana Patricia Martínez Huchim, Se presagió Maco
El que camina de noche por el monte de Hubilú, perturba a los cuidadores y protectores de la milpa. En los senderos, se pueden aparecer gigantescas serpientes venenosas que levantan el vuelo y aletean en la oscuridad. Se han dado casos de campesinos que han muerto atacados por la espalda a causa de su letal picadura. También se escucha el canto de las aves que presagian la muerte o ruidos emitidos por los conocidos malos vientos. Todo esto Dosio lo sabía, pero, aun así, una de esas tardes decidió quedarse hasta casi entrada la noche.
Dosio era un milpero de tez morena, corpulento y alto, que vivía con su esposa María en el poblado de Hubilú. Una de sus costumbres al ir a la milpa era respetar los horarios matutinos y no esperar a que oscureciera. Pertenecía a los pocos campesinos de antaño que aún hacían su milpa, vestía ropa de manta y calzaba huaraches elaborados con hule de llanta y una soga que se enmarañaba en los pies para sujetarlos. Su esposa siempre le decía que ya dejara esos huaraches desgastados, que podía correr el riesgo de que se le clavara alguna astilla en los pies. Pero Dosio alegaba que no los cambiaría por ser un grato recuerdo de su abuelo. Éstos habían sido los últimos huaraches que el abuelo fabricara antes de morir.
Un día a Dosio se le hizo demasiado tarde, se quedó a colgar sus semillas a la luz de la luna, pues quería comprobar aquella creencia de que las semillas almacenadas en luna llena producían abundantes cosechas. En los últimos años no le había ido tan bien, apenas comenzaban a espigar los elotes en la milpa se marchitaban. Esa noche que se quedó en la milpa, Dosio observó que se habían formado unos nubarrones negros en el cielo, cargados, como a punto de estallar. En breves instantes, comenzó un fuerte aguacero. En los alrededores del monte, se escuchaban caer árboles quemados por los latigazos eléctricos de los relámpagos.
Dosio se resguardó en el pasel que tenía construido en medio de la milpa, un pequeño tinglado elaborado con maderas y huano, lugar que también le sirvió para colgar sus semillas. Apenas dejó de llover, Dosio se quitó el sombrero y se persignó para tomar su camino de regreso. Unos relámpagos aun destellaban entre el espeso monte. A Dosio le causaba miedo estar en el monte bajo lluvia y truenos, así que aligeró el paso por si llovía de nuevo. Ya había recorrido un buen tramo, pero al pasar cerca de una milpa abandonada, escuchó un ruido semejante al que hacen los campesinos cuando cortan la madera para hacer leña. Pensó que alguien se podía haber quedado hasta muy tarde al igual que él. Aprovecharía para no regresar solo hasta el pueblo. Como aún le quedaba agua en su calabazo y un poco de pozole, se lo podría ofrecer a modo de agradecimiento.
Eso estaba pensando al desviarse un poco del camino para internarse por un sendero que lo llevara hasta aquella milpa abandonada, las luces de los relámpagos iluminaban el cielo y parte del camino. A como diera lugar quería llegar hasta el sitio del bullicio. Conforme avanzaba, cada vez se escuchaba más fuerte el sonido de un hacha afilada incrustándose en la madera.
En cuanto llegó, se sorprendió al ver a un grupo de seres gigantes, tenían los ojos completamente blancos que se iluminaban entre la oscuridad, como el parpadeo de las luciérnagas en la maleza, aquellos seres tenían jorobas y sus brazos estaban cubiertos de una especie de espinas muy puntiagudas, en lugar de manos, tenían enormes aguijones muy filosos que hacían un sonido lastimero. Lo que Dosio había escuchado en el monte no era el corte de la madera, sino el sonido que aquellos seres realizaban con sus aguijones pues se miraban desesperados escarbando en la tierra como si estuvieran buscando algo, cortando de un tajo los matorrales a su alrededor.
Cuando Dosio se dio cuenta de lo que acontecía, se quedó sin fuerzas. Aquellos hombres espinados notaron su presencia y se quedaron parados como estatuas, observándolo, haciendo una especie de ritual de aplauso en forma amenazante. A Dosio le comenzaron a zumbar los oídos. Un ruido latente le perforaba la cabeza hasta que perdió la conciencia.
Despertó acostado en su hamaca. Le parecía escuchar a su esposa murmurar algo.
—María, tengo mucha sed, por favor, tráeme harta agua —dijo Dosio con un leve quejido.
—¡Qué manera de hablar! Seguramente ayer te fuiste de parranda con tus amigos. Toda la noche te la pasaste quejándote. Hasta fiebre te dio.
Su esposa se acostó a su lado. Dosio aprovechó para contarle todo lo que le había sucedido a su regreso de la milpa. María escuchaba atenta, esperando que regresara su vecina, a quien le había pedido el favor de que fuera en busca del curandero del pueblo. La fiebre era demasiado alta y no se le pasaba. Para su mala suerte, el curandero se había trasladado a un rancho en los pueblos aledaños para llevar a cabo los rituales de petición de lluvia. Tardaría una semana en regresar. Optaron entonces por emplear remedios caseros para bajarle la fiebre. María recordó que para eso sirven los paños de hojas de naranja sancochada, se lo ponían en la frente y en el estómago.
Pasaron varios días más. La calentura y los dolores desaparecían por momentos, pero solo para regresar con más fuerza. Dosio se revolcaba en su hamaca y no dejaba de quejarse. Deliraba y hablaba acerca de los hombres espinados que había visto en el monte. La casa donde vivían era de techo de huano con un bajareque de madera alrededor. Por las noches, cuando Dosio despertaba, entreveía la sombra de aquellos hombres espinados entre el bajareque o escuchaba sus pasos en el caballete de lámina en el techo. Le parecía que lo observaban, como si lo custodiaran.
Pasó una semana, la calentura por fin dio tregua. Dosio regresó a sus labores de la milpa poco a poco. Después de unos días, observó que le fueron saliendo una especie de granos que comenzaron a cambiar a forma de espinillas que, luego fue cubriendo la piel, al principio no le dio importancia, pero al ver que las espinillas comenzaron a tomar forma de espinas y se le fueron extendiendo en todo su cuerpo, comenzó su preocupación. Por su mente deambulaba el hecho de haberse quedado a desafiar la noche en la milpa. Por las pinchadas que sentía en su cuerpo, no hallaba la forma de acomodarse a la hora de dormir. Cada vez que uno de esos granos le brotaba y se convertía en espina, le salía una especie de líquido apestoso. Luego, con el paso de los días, alrededor se formaban más pústulas con hedor a podrido. María no sabía cómo ayudar a su esposo quien había caído en su hamaca de nuevo, así que decidió ir en busca de nuevo al curandero, pero le informaron que se había retrasado con algunos rituales, regresaría en unos cinco días aproximadamente. Las noches se volvían más y más insoportables. Dosio gritaba: “¡Ahí vienen los hombres espinados!” y entre llantos pedía que le quitaran aquellas espinas del cuerpo.
María, en su desesperación y ante la espera de que regresara el curandero al pueblo, intentó avistar una de esas noches a aquellos hombres espinados de los que Dosio hablaba, para confirmar si realmente existían. Se mantuvo despierta mirando al techo hasta que la venció el sueño. Entonces, comenzó a escuchar que algo caminaba sobre la casa. Oyó gritos y rasguños, y en ese instante al abrir los ojos observó entre el bajareque unas siluetas de unos hombres que saltaron del techo y salieron huyendo por la parte trasera de la casa. María pasó toda la noche con la incertidumbre y el temor de que regresaran; pero no bajó la guardia. Se mantuvo al pendiente, en vela, hasta que el curandero regresara.
Mucha gente del pueblo iba a visitar a la pareja. Tratando de ayudar a Dosio, le llevaban brebajes elaborados con hierbas para ver si le mitigaban un poco los dolores musculares. Ya habían pasado los cinco días y el curandero por alguna razón se estaba demorando. Al sexto día de que comenzara esa pesadilla, Dosio amaneció con una respiración casi imperceptible, yacía moribundo en su hamaca hasta que de pronto sus manos quedaron completamente frías.
María ya daba por hecho que Dosio había fallecido, de pronto sintió de nuevo un hedor desagradable. Se preguntó: “¿De dónde viene ese olor?”. Si su esposo no había tenido herida grande alguna, sólo algunas pequeñas erupciones en la piel alrededor de los granos espinosos. Nada que pudiera causar aquel olor tan intenso a excremento y podredumbre. En la casa del difunto comenzaron a llegar las vecinas para ayudar con los preparativos del velorio, le comenzaron a hacer el rezo de las once vírgenes que se les hace a los convalecientes, con sus rebozos disimulaban el asco que les provocaba el fétido olor que salía del cuerpo de Dosio.
Mientras envolvían con una sábana blanca el cuerpo de Dosio llegó el curandero de prisa. Estaba de vuelta en el pueblo luego del éxito en su misión logrando la aparición de las lluvias en los ranchos a donde había ido, luego de varios intentos de hacer los rituales, pues nunca le había pasado algo como tal, enseguida se enteró de lo que estaba aconteciendo. Le pidió a María que lo dejaran un momento a solas con Dosio para que lo revisara. El curandero le quitó las sábanas y procedió directo a ver uno de los pies del milpero. Se dio cuenta de que en la planta de su pie había un pequeño agujero por donde entraban y salían unos diminutos insectos voladores que acarreaban tierra para construir una especie de nido.
Resulta ser que aquella noche en que Dosio regresaba de su milpa, comenzó a caer una fuerte lluvia con relámpagos, probablemente provocada por los rituales del curandero en los montes cercanos. Se desvió del camino que su abuelo siempre la había advertido seguir y entró a un monte abandonado muy lóbrego, con demasiados tipos de espinos en el camino. Fue entonces cuando pisó un espino de un árbol de chukúm que atravesó su huarache y se le incrustó en el pie. Tres campesinos pasaron, lo vieron desmayado y lo cargaron de vuelta al pueblo.
El curandero le explicó a María que este tipo de espinos son muy malignos cuando se te incrustan, aunque lo arranques se queda el filo del espino que es donde está el veneno. Poco a poco, el dolor comienza a recorrer todo tu cuerpo hasta que te alcanza la fiebre. Otro de los males que causan es que atraen a una especie de pequeños insectos que hacen sus nidos en la herida y agravan la infección.
El curandero hizo que llevaran a Dosio hasta su casa, los vecinos treparon el cuerpo en la jalma de un caballo, llevaron a Dosio con todo y sábanas envuelto. Cuando llegaron a casa del curandero y lo bajaron, lo acostaron en el suelo encima de un cobertor, el cuerpo de Dosio ya había tomado una postura distinta, estaba encogiéndose. Enseguida el curandero después de darles indicaciones a los vecinos que se retiraran, preparó algunas hojas con agua hirviendo y enseguida remojó el pie infectado de Dosio. Luego, secó el pie con un paño de tela y comenzó a mojar la infección con resina de chaya, hizo una oración mientras extraía con sus dedos aquel espino venenoso, oprimió con saña la herida hasta que salió disparado un chorro de pus con sangre a la par con la punta fina del espino, el cual enseguida guardó en un frasco de vidrio. Dosio en ese instante pegó un grito. Aún continuaba un poco adormilado, observando todo a su alrededor con la mirada perdida. Recobró la tranquilidad y suspiró aliviado cuando frente a su mirada se atravesó la silueta del curandero, hincado y completamente entregado al ritual de invocación de sus santos que tenía sobre una mesa de madera en un rincón de la casa.



2 comentarios. Dejar nuevo
Es un cuento que nos lleva a las tradiciones y creencias con las que convivimos día a día. No sabemos el límite de la fantasía con la realidad. La enfermedad es el motivo por el cual entramos y salimos de ambos mundos.
Ay, qué bonito cuento. Tiene una atmósfera desgarradora, te mantiene esperando la transformación completa de Dosio, sientes la angustia de la mujer. Ese choque entre mundos, ese regreso de la esperanza, la normalidad que podría o no volver. ¿De qué lado quedará Dosio al final? Además, el cuento te manda directito a leer sobre el chukúm.