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Ayer, aunque con más una hora de retraso, tuvo lugar la mesa redonda sobre narrativa e internet en la Feria del Libro del Zócalo. No estuvo mal (y me dio mucho gusto ver, entre otros amigos, a Fernanda Melchor, Oliver Davidson y Dora Márquez, a quienes conocí virtualmente durante el concurso Caza de Letras) pero se dijeron varias cosas con las que no estoy de acuerdo. Sobre todo, lugares comunes de nuestra época en relación con la escritura. Por ejemplo:

  • Que si es pretencioso, de poco gusto, afirmar que se es escritor, y son mejores los escritos de personas no especializadas que «ofrecen algo de su propia vida».
  • Que si toda escritura es narcisista y la publicación en la red revela (más claramente que la otra, se entiende) cómo todos tienen algo que decir pero no ningún deseo de escuchar (leer) a otros.
  • Que si todas estas actividades (escribir, leer) son impropias, «alejadas» de la gente «normal», porque son «muy difíciles».

Yo iba a responder a algo de esto, pero al acercarse el final de la mesa, cuando había la oportunidad de dar «opiniones finales y conclusiones», la tercera de las ideas ya mencionadas se nos apareció en la forma una señora del público, que se lanzó a una diatriba de varios minutos sobre cómo los libros de ahora tienen cada vez más difíciles las palabras, y qué feo leerlas y no entenderlas, y qué feo también el saber que se tendría que ir a un diccionario para saber qué dicen. «¡Y esas palabras», remató, «son diabólicas! ¡Del demonio!» El moderador, asustado, le dijo que se tomaría en cuenta su comentario. Ella volvió a empezar. Alguien comenzó a aplaudirle, no sé por qué, y así se terminó la conversación.
(La puntilla: cuando me iba, una persona me abordó para saludarme, pero también para decirme que un libro mío le había parecido con muchas palabras «demasiado complicadas» para ella.)
No pude responder a nada de esto en su momento, como ya dije. Lo haré aquí, pronto. Entretanto, ¿qué opinan ustedes?