El año pasado, el libro Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina, de Liudmila Petrushévskaia, obtuvo el Premio Mundial de Fantasía. No se trata de un error: aunque el título suena a encabezado de nota roja, y podría hacer pensar en meras historias de sordidez y violencia, el libro es efectivamente una colección de narraciones fantásticas. En ellas llega a haber sordidez y violencia pero también hay, invariablemente, esa forma de la imaginación literaria que el pensamiento romántico cultivó: la que se propone transformar lo cotidiano en extraordinario, y lo rutinario –lo seguro– en maravilloso o terrible.

20111020-104457.jpg

Si algo, el premio podría ser una anomalía. Como muchos otros galardones con nombres parecidos, el Mundial de Fantasía (World Fantasy Award) no tiene nada de mundial, pues sólo considera y premia libros publicados en el mercado de la “fantasía ligera u oscura” (así dice el sitio web de la World Fantasy Convention) en lengua inglesa. Y en este mercado, que obtiene la mayor parte de sus ganancias de sus lectores locales, los autores que escriben directamente en inglés tienen la ventaja por un margen enorme: el premio de Petrushévskaia se dio a la edición británica de su libro y en empate con una antología de cuentos de Gene Wolfe, autor veterano de la ciencia ficción estadounidense; en los últimos diez años, sólo otros dos autores nacidos en países no angloparlantes – Zoran Živkovic y Haruki Murakami– han aparecido siquiera en las listas de nominados…
Estos hechos ilustran algo que ya sabemos: cuán insular es el medio literario anglosajón, qué difícil es obtener en él un panorama verdadero de lo que se escribe en todo el mundo y cuán problemática resulta la idea de que lo que alcanza a llegar a ese mercado desde otras culturas del planeta es verdaderamente representativo de ellas. La edición española del libro de Petrushévskaia, traducido por Fernando Otero y publicado apenas por Atalanta, sirve para considerar algo distinto: qué problemas tienen los libros de la mejor literatura fantástica en el mundo hispánico, en el que tantas personas parecen estar en guerra con la imaginación.
El largo título en español copia el de la edición británica (There Once Lived a Woman who Tried to Kill Her Neighbor’s Baby, que apareció en 2009) y en cualquier caso no tiene ninguna relación con el original ruso, que literalmente se podría traducir como como Dos reinos. Peor aún, aquí no se conserva el subtítulo inglés, que es más explícito pero también más sincero: Scary Fairy Tales, cuentos de hadas espantosos. Todo esto da la impresión de que se intenta ocultar lo más interesante, lo más poderoso, de la imaginación de Petrushévskaia, pues al leerla habría que recordar la relación del cuento moderno con sus más antiguos precursores y, por el contrario, la imagen que se ha difundido de su proyecto literario (en las escasas notas que he podido encontrar sobre Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina) parece ser la de una autora cuyo fin esencial es hacer crítica social de forma velada, “escapando” hacia lo fantástico para evitar confrontaciones directas con las autoridades de la Unión Soviética, que estaba por caer pero aún existía cuando Petrushévskaia publicó su libro en ruso, en 1991.
La idea puede sonar bien en el contexto de nuestra cultura, que desde la Reconquista ha defendido una curiosa ortodoxia de la invención literaria y se ha empeñado en subordinarla al poder: en mantenerla atada a una sola visión de la realidad. Pero la idea es absurda: si se lee sin prejuicios, Petrushévskaia resulta efectivamente una autora extraordinaria –de ningún modo sorprende que sea una de las más reconocidas de la Rusia contemporánea– y buena parte de lo que la distingue es la humanidad de sus personajes, que sus textos logran sugerir siempre a partir de unos pocos detalles escogidos. Al mismo tiempo, sin embargo, su obra es muy diferente de la de otros escritores etiquetados “caprichosos” o “excéntricos”, como Etgar Keret o Yasutaka Tsutsui. La obra de éstos tiene siempre su foco en los absurdos de la vida contemporánea; Petrushévskaia, en cambio, utiliza lo cotidiano como punto de partida hacia otros lugares. Aunque sus personajes están siempre anclados en un contexto que parece creíble, a medida que avanza la acción de cada cuento los mundos narrados van transformándose y se convierten en entornos más extraños que la realidad, que la contienen sin negarla y a la vez, al contenerla, la reducen: la vuelven más frágil, más transitoria, menos reconfortante. Su blanco no es la ideología o la política sino la idea misma de qué es real, qué es aceptable y cierto, en una época determinada de la historia. Y este movimiento de la percepción, este cuestionamiento de lo visible, es la raíz negra de la tradición de la literatura de imaginación en occidente, que los románticos sólo desenterraron y convirtieron en espejo u opositora del pensamiento racional.
Algo más. En años recientes se ha escrito mucho, en especial en los Estados Unidos, sobre la “decadencia” del cuento: la idea de que la narración breve es un arte en extinción. Libros y carreras como la de Petrushévskaia sirven para poner esas afirmaciones en perspectiva y sospechar que son síntomas estrictamente de un debilitamiento de cierto tipo de textos en cierto mercado preciso: sin el objetivo de lograr textos extensos a toda costa, para incrementar sus posibilidades de “vender”, Petrushévskaia consigue historias de enorme contundencia y capacidad evocativa –y sin tener que recurrir a las estrategias de la minificción, que es un género del todo distinto– en poquísimas páginas.
Los argumentos caprichosos de sus textos quedan para quien se anime a leerlos. Serán parte de un placer intenso e inesperado: la experiencia renovada de eso maravilloso, y eso terrible, que la literatura sigue siendo perfectamente capaz de evocar.

[este texto apareció originalmente en la revista Posdata]