//Entrevista para el Fet a Mèxic (2007)
Entrevista para el Fet a Mèxic (2007)2017-12-09T20:25:16+00:00

EL LENGUAJE CONTRA LA PARÁLISIS

entrevista para el Fet a Mèxic

Dentro de las actividades del Fet a Mèxic, primer Festival de Literatura Mexicana de Barcelona, Pablo Raphael publicó, en el número de septiembre de 2007 de la revista española Quimera,”Relevos después del neoliberalismo”, un texto sobre la nueva generación de escritores del país, para el cual realizó entrevistas con Edgardo Bermejo, Martín Solares, Antonio Ortuño, Alejandra Bernal, Tryno Maldonado, Daniel Espartaco y Alberto Chimal. He aquí las respuestas de éste; los comentarios en cursiva son recientes y del propio A.C.

1. ¿Cómo está la salud de la literatura fantástica en México?

Regular. Hay libros de interés, hay autores consistentes, pero son pocos, al igual que los lectores. Ahora bien, la cuestión es más compleja de lo que esta respuesta tan escueta podría dar a entender. Si me lo permites, me explico.

Para empezar, lo que yo llamo literatura fantástica, lo que me interesa como escritor y como lector, no es lo que habitualmente se etiqueta en las librerías o los puestos de revistas con esas mismas palabras, y que se puede reducir, en estos días, a las imitaciones de Tolkien y de J. K. Rowling. Al pensar así, ya lo sé, soy parte de una minoría muy pequeña, pero todas esas historias de calabozos y dragones, de escobas mágicas y aprendices de mago, me parecen horribles, impresentables como obras literarias y además muy poco “fantásticas”. Siempre he entendido lo fantástico como la exploración de los límites de la realidad, es decir, de nuestras visiones del mundo, con el consiguiente asombro, pasmo o terror en el momento en que se descubre que cualquier imagen de la existencia tiene efectivamente límites, zonas más allá de las cuales está lo inefable, lo numinoso, lo terrible. Y estos libros de pacotilla no tienen jamás un descubrimiento semejante: son rehechuras de un puñado de argumentos convencionales, con base en un mismo conjunto estrecho de conformidades y principios “inamovibles”. Lo fantástico está más, me parece, en autores como Borges, Poe, Pavi?, Murakami; o bien Dante, Shakespeare…, o bien, en México, Salvador Elizondo, Francisco Tario, Emiliano González, el Rulfo de Pedro Páramo.

Por estas razones, desde hace años me siento cada vez más incómodo con el hecho de que mi trabajo pueda quedar clasificado en una categoría que no lo representa. Prefiero, para llamarlo de otro modo, hablar de “literatura de imaginación” o –cuando me da por inventar mis propias etiquetas– de “realismo anamórfico” o de “irrealismo sucio”. Cualquier cosa menos “fantasy”, “ciencia ficción” y otras lindezas parecidas.

Para volver a la salud de lo fantástico: cualquier diagnóstico de la situación en México es engañoso si se va a comparar lo que aquí se publica con lo que hacen circular las industrias editoriales de otros países. Nuestro país no tiene una industria comparable y difícilmente podrá tenerla, al menos en el futuro previsible: al mismo tiempo que las editoriales extranjeras son mucho más fuertes que cualquier iniciativa de las que podrían surgir entre nosotros en este momento de crisis y desprecio generalizado de la lectura (un puñado de editoriales lanzaron colecciones de autores nacionales en los años noventa, y todas fracasaron miserablemente), “competir” implicaría producir lo mismo: las mismas imitaciones de Tolkien y Rowling…, y los escritores mexicanos parecen estar en gran desventaja a la hora de importar e imitar ese tipo de historias, que tienen tantos elementos de culturas totalmente ajenas a la mexicana; por lo menos, todos los libros que conozco y que lo han intentado son malísimos, meros pastiches superficiales.

Lo verdaderamente interesante que se produce en el ámbito de lo fantástico mexicano tiene más que ver con la tradición de lo fantástico latinoamericano: Cortázar, Felisberto Hernández, Borges mismo, etcétera, así como con los precursores más canónicos de éstos. Esto significa que es una literatura minoritaria, y además una que no está en sincronía con los temas de moda. En todo caso, los libros de los escritores consistentes que mencionaba arriba se sostienen solos y en muchos casos son considerados en las historias literarias y los recuentos críticos, lo que supone un enorme progreso desde el ninguneo general de hace veinte años. Varios de esos autores relevantes (y en cuya compañía tengo el gusto de aparecer con cierta frecuencia) son Verónica Murguía, José Luis Zárate, Tryno Maldonado, Emiliano González, Socorro Venegas, Gonzalo Lizardo, Mario González Suárez, Guadalupe Nettel, Ignacio Padilla, etcétera.

[Marzo de 2009: agrego a Bernardo Fernández, Daniela Tarazona, Edgar Omar Avilés y Rodolfo J. M. Posteriormente habrá que agregar a más todavía. –AC]

2. ¿Existe en tu obra una metafísica particular que relacione lo intersticial y lo fantástico con la realidad?

… Sí, creo, aunque nunca se me había ocurrido llamarla así. Una regla fundamental para mi proyecto de trabajo dentro de lo fantástico es la de que las historias no pueden “creerse” sus propios postulados ni favorecer la interpretación literal de sus situaciones: en el momento en el que esto sucediera, el texto dejaría de ser literatura para convertirse en mitología o (peor aún) en doctrina, y perdería todo su carácter provocador. Y la mejor manera que he encontrado de mantener esta tensión entre lo contado y el lector –de manera que el texto no pueda reducirse fácilmente a una sola metáfora de “otra cosa”, o asimilarse a un subgénero previamente establecido– es dedicar los textos no a inventar mundos “nuevos” (lo que por lo demás es una tarea imposible) sino a buscar, o inventar, intersticios en este mundo: a mostrar desde dentro de la propia realidad –incluyendo la realidad subjetiva la mente, y la realidad de los textos como parte del mundo– sus perforaciones y sus puntos ciegos.

3. ¿Qué te dice el concepto metaliteratura?

Mucho, porque también es esencial para mi proyecto como empecé a describirlo arriba. La tarea de encontrar puntos ciegos y perforaciones en una idea de la realidad implica la posibilidad de transformar la realidad: de jugar con ella y distorsionarla y ampliarla, pero todas estas operaciones son operaciones del lenguaje. Y muchas de ellas deben plantearse deliberadamente a contrapelo de clichés, convenciones genéricas, influencias literarias… Con todo esto quiero decir que mis historias, casi siempre, tratan de moverse por territorios poco explorados, por ideas e implicaciones de ideas que no estén desarrolladas ya, digamos, en subgéneros establecidos o en obras muy conocidas. No hay nada de malo en hacer variaciones sobre temas del realismo sucio (o del realismo mágico, o para el caso de los libros de Tolkien o de Rowling), pero a mí no me interesa escribirlas: en cambio, me interesa buscar en donde esos textos difundidos e imitados por todas partes no pueden llegar, y en muchos casos esos experimentos deben pasar por diversas formas de la metaficción: nuestra época asume que la realidad es un texto (o tal vez una imagen), luego es necesario intervenir esas representaciones, rebuscar de dónde provienen, jugar a partir de ellas a recrear todo aquello en lo que influyen.

Un solo ejemplo: tengo un cuento, “La Pasión según la sombra”, en el que una representación de la Pasión de Cristo en la semana santa se ve intervenida, por así decirlo, por una presencia misteriosa, que cambia los parlamentos que dicen los diferentes actores por una pequeña antología de citas del teatro de occidente de todas las épocas, desde los griegos hasta Heiner Müller. El ritual católico de la Pasión, en el que nadie se fija realmente porque es sólo una parte de la verbena popular, se equipara con el ritual antiguo del teatro, en el que pocos reparan actualmente. Sólo uno de los actores, con un conocimiento fragmentario del teatro y de las citas que salen de sus labios sin que él se lo proponga, llega a entrever el hecho milagroso.

4. ¿Y el concepto wikiliteratura?

Me parece una idea de lo más interesante, pero no porque suponga una revolución de ningún tipo, sino porque podría conducirnos a una nueva relación con el canon y con textos que en este momento corren el peligro de perderse, de olvidarse. No he encontrado todavía un wikitexto que valga la pena por sí mismo: las novelas wiki (A Million Penguins y otras que han surgido a semejanza de ésta) no han conseguido dar la impresión de una sola voz ni siquiera de una polifonía rica, y no creo que lo consigan; los textos wikificados –las modificaciones y variaciones con base en textos conocidos– tampoco acostumbran ser comparables a los originales. Pero los segundos, sobre todo, representan una posibilidad nueva, menos reverente pero más intensa de lo habitual, de acercarse a textos de la tradición. Para wikificar es necesario leer primero, y es notable que numerosas personas que se llaman escritores en estos días (el problema es acuciante en México, creo) no se molestan en leer…

5. Si tuvieras que escoger una mitología o elaborar un diccionario que seleccionara los temas literarios favoritos de tu generación, ¿cuáles serían?

La mitología sería pobrísima: de hecho, no creo que haya un conjunto colectivo de símbolos y mitos propios de los escritores, ni de los lectores, más allá de algunos lugares comunes que de cualquier manera tienen más difusión en los medios masivos. Algunos escritores tienen hermosos universos particulares, pero la mayoría son inexpresivos, demasiado complacientes consigo mismos, o tan preocupados por complacer a otros que nunca llegan a escribir nada que valga la pena. (Como verás, no creo que el mérito comercial sea suficiente para juzgar a un escritor.)

[Marzo de 2009: como se verá ahora, la posición expresada en estas respuestas es cada vez más problemática. –AC]

Los temas literarios favoritos son más bien pocos: la violencia, la abulia cotidiana, el nihilismo (entendido muy imperfectamente), la superficie de la realidad política. La sociedad mexicana, creo, está en una crisis muy profunda, que la lleva a negarse cualquier aspiración y cualquier posibilidad de cambio, aplastada como está por varios poderes fácticos (los medios, los empresarios, los políticos) que no tienen ningún interés en el bienestar de las personas y bloquean sistemáticamente cualquier iniciativa que perjudique sus propios intereses. En este contexto, además, tiene lugar un retroceso que parece incontenible de las humanidades y un empobrecimiento terrible del lenguaje y de la visión del mundo de la mayoría de los habitantes del país.

Para sobrevivir, la mayoría de los escritores está optando por el comercialismo más craso –la imitación de las modas– o por crearse diminutos “mercados cautivos”, desde el grupo de exalumnos de tal taller hasta los asistentes habituales a tal espacio marginal. El crítico Rafael Lemus descalifica a absolutamente todo el mundo –habla de un país de “lápices chatos” [Marzo de 2009: en un artículo de entonces –AC]– pero creo que semejantes exabruptos son menos metáforas adecuadas que síntomas de esta realidad paralizada en la que estamos. Por lo menos, yo sigo pensando que el lenguaje, la creación mediante el lenguaje, es la única forma de combatir la parálisis.