¡Ahí está Juan Villoro! (crónica)2016-10-26T10:18:39+00:00

Esta serie de observaciones sobre los famosos (y quienes los admiran) se publicó en 2009 en la revista Chilango como entrega de una columna que duró poco más de un año y cuyo tema era lo extraño cotidiano: los sucesos inusitados, absurdos o maravillosos de todos los días. Todo lo ocurrido es aproximadamente cierto. Ciertos nombres se ocultan por razones que se verán.

Una tarde, en un cine, vi a un grupo de mujeres con hermosos, carísimos vestidos de coctel comprando boletos en la taquilla. Una de ellas era ######, a quien le pregunté dónde era la fiesta. Ella me señaló una de las salas: afuera ya había muchas otras mujeres con hermosos y caros vestidos de coctel esperando entrar a ver Sex and the City, la película basada en la serie, que se estrenaba ese mismo día.
       Yo sabía de la existencia de la serie. Más o menos. Pregunté: —¿Por qué de coctel?
       —Carrie siempre lleva unos vestidos de superlujo —dijo ######. También dijo que muchas otras mujeres estaban llegando en vestido de coctel a muchas otras salas de cine en todo el mundo, o al menos en México. De hecho la película iba a tardar todavía una hora o dos en comenzar, pero había que llegar temprano para obtener buenos lugares en la sala…
       —¿Quién es Carrie? —pregunté.
       ###### me explicó.
       Y entonces me reí y dije mi tontería:
       —Es como cuando los fans de El señor de los anillos iban disfrazados de elfos…
       —Esos son freaks —dijo ######, muy ofendida.

* * *

######## es fan de Depeche Mode y ha ido a todos los conciertos que el grupo ha dado en el país así como a muchos en otros países. Cuando llega la nueva gira él ya ha ahorrado para comprar un boleto de, por lo menos, cada fecha anunciada en la ciudad de México, o bien ha vendido cosas o pedido prestado para obtener el dinero. Una vez que tiene los boletos, ######## deja todo y se hospeda en el hotel más cercano al estadio o foro donde vayan a ser los conciertos; así puede llegar con horas de anticipación y ocupar un sitio directamente junto al escenario…
       Todo le iba bien hasta principios de este año, cuando fijó la fecha de su boda… sin consultar primero cuándo vendría DM a dar conciertos en el DF. Al ver que en qué días se iban a presentar, se dio cuenta de que debería posponer el casamiento. Y entonces su prometida (contra lo que él esperaba) se enojó muchísimo:
       —¡No puede ser que no puedas no ir a un cochino concierto! —se quejaba ella, pronunciando muy fuerte cada “no”.
       —¡Se puede hacer al día siguiente! —se quejaba él.
       Y entonces ella dijo su tontería:
       —No puede ser que te importe más una banda darketa…
       —No es darketa —gritó ########, y lo volvió a gritar, y la verdad no sé lo que pasó después.

* * *

Una noche fui con amigos a cenar al Covadonga, en la colonia Roma. El lugar es frecuentado por escritores, actores y otros famosos, como pudimos comprobar entonces:
       —Juan Villoro —dijo una muchacha, ############, a la que yo apenas conocía; era invitada de otro amigo—. Ahí está Juan Villoro.
       Y en efecto, en otra mesa al otro lado del local, rodeado de muchos escritores interesantes, estaba Villoro: alto, barbado, sonriente. Yo he podido conversar con él una vez y es un gran conversador. Pero entonces no quise mencionarlo porque ############ empezó a decir:
       —¡Ahí está Juan Villoro, ahí está Juan Villoro, ahí está Juan Villoro! —cada vez más rápido y con menos aliento, y se abanicaba con las manos, y a pesar de estar sentada se las arreglaba para dar saltitos— ¿Alguien conoce a Juan Villoro? ¿Alguien lo conoce? ¡Ahí está! ¡Ahí está Juan Villoro!
       Nadie declaró conocer a Villoro.
       —¿Lo voy a ver? —preguntó ############ a quienes la rodeábamos— ¿Voy? ¿Me veo bien? ¿Juan Villoro sí deja que le hablen? ¿Me veo bien?
       Se le dijo que se veía muy bien. Entonces ############ se llevó las manos a sus senos y los levantó un poco. —¿Sí se me ven bien? Así los tenía a los dieciséis. Ahora a los veinticinco —quitó las manos y sus senos bajaron un poco, poquísimo— los tengo así. ¿Ya vieron? Dieciséis —los subió—, veinticinco —los soltó—, dieciséis —los subió—, veinticinco—los soltó—, dieciséis…
       ¡Qué malvados fueron mis compañeros de mesa! No la detuvieron sino hasta después de uno o dos minutos…

Fuente: clubdecatadores.wordpress.com