Este cuento de Ulises Paniagua se presenta como un homenaje literario a Edgar Allan Poe. Quienes conozcan la obra de éste encontrarán todos sus puntos de contacto con la historia que sigue.

AL OTRO LADO DEL MURO.
Ulises Paniagua

I

El hueco en el muro apareció, sin previo aviso, un día como cualquier otro. Apenas un boquete mínimo, al agujero no le conferí, en un inicio, un mayor valor que el que puedo concederle a una silla o a una pésima cuarta de forros. Me di cuenta de que hasta ese momento ni siquiera había contemplado la remota posibilidad de que existiera una habitación contigua a la que yo moraba. Todo el tiempo que viví y trabajé en la bodega llevando el inventario de los libros, supuse que más allá de aquel emplasto de tabiques y mortero sólo reinaba lo desconocido, algo remoto cuya existencia no me concernía. Por eso, cuando al arrastrar uno de los pesados libreros, descubrí por descuido aquel oscuro boquete, mis preocupaciones comenzaron.

En su origen, el agujero en la pared no despertó más allá de una simple inquietud, una curiosidad malsana que, a pesar de su insistencia, me era imposible satisfacer. Fue un efecto difícil de describir: algo en aquel boquete me llamaba, pero al mismo tiempo me impedía acercarme; imagino que desde el inicio de los tiempos, el temor a lo desconocido, a todo lo ajeno a nuestros sencillos campos de apreciación, despierta zozobra. Es extraño, sucede como con los extensos territorios que conforman la Tierra; una llanura donde se asienta una meseta apacible posee cierta unidad y conformidad, es un espacio amable a nuestros ojos por lo casual que resulta; puede tratarse de una media luna o de una franja eterna al costado de un río que no implica una ruptura, un impedimento; pero cuando en dicha llanura, un día soleado cualquiera, un grupo de hombres aparece para dividir el territorio en dos partes desiguales, quiero decir, cuando a cualquier hijo de vecina se le ocurre imponer una frontera, la cosa cambia: la meseta se vuelve un signo indescifrable al otro costado del mundo, un monumento fantástico que representa aventura o peligro de muerte; es como si el planeta se partiera en dos por la intervención mínima de una valla. Un sentimiento similar ofrecía para mí aquel hueco. No puedo precisar cómo me impuse una tarea tan inútil, pero la tarde entera la pasé sentado frente al hoyo, acurrucado junto a una pila de libros de hojas amarillas y polvorientas, temiendo que en cualquier momento pudiera asomar la cabeza un ratón curioso o uno de esos perros de raza terrier escocés que tanto repudio me despiertan. Por la noche, sin embargo, pude distraerme un poco leyendo algunos estudios ligeros de Geografía y Botánica, hasta que después, pasada la medianoche, harto de mantener mi atención en ese vacío inamovible, decidí dormir un poco.

La mañana siguiente mis peores temores se confirmaron. La pasé al borde de un ataque de ansiedad. Empecé a escuchar voces del otro lado, murmullos monótonos y apagados sin ninguna malicia ni inflexión particular que, sin embargo, me hicieron sentir desconfianza. Intenté aguzar el oído mientras permanecía quieto, con las manos en acecho sobre la pasta dura del tomo séptimo de la Enciclopedia Española; pude comprobar entonces, bajo un absoluto silencio, que la lengua de los vecinos era distinta a la mía. Hablaban un poco aprisa, pero su acento era más bien musical, las vocales parecían suavizarse cuando su conversación mantenía un tono cotidiano; en contraste, la dureza de las consonantes se imponía en momentos álgidos. Supe en ese momento que bastaba acercarme, colocar mi oído sobre el encalado de la pared, e iniciar, como quien no quiere la cosa, una conversación casual con las personas que se hallaban a escasos metros, al otro lado; sin embargo, la idea de parecer ridículo a los desconocidos por la rudeza de mi idioma me impedía cualquier intento por establecer un vínculo verbal. No sabía con quién estaba tratando, no sabía qué podrían contestar. Quizás se tratara de un grupo de personas descorteses y majaderas que se reirían de mis palabras. Tal vez me contestara el líder espiritual de alguna secta inédita. Peor aún: podría haber alguna tía lejana en aquel cuarto, quien estuviera tratando de jugarme una mala broma, y el hecho de que pudiera, mediante la mofa, enterarse de mi vergonzosa labor en la bodega de libros, no era algo que me entusiasmara mucho. Reflexionando un poco para armarme de valor, decidí que seguro ninguna de las personas que vivían al otro lado estaba contenta con el boquete; que era muy probable que experimentaran la misma sensación de abandono y alarma que yo, aunque pudieran fingir de maravilla valiéndose de un tono despreocupado e impersonal; más aún, que tal vez el motivo de los ligeros desacuerdos en su conversación fuera la incomodidad de mi presencia una vez que, al mover el librero, destruí la frágil distancia que permitía sentirnos ajenos al otro. Una hora o dos los escuché, intentando deducir algún vocablo que brindara una pista sobre su misteriosa nacionalidad, pero el tono sosegado que adquirieron a partir de mi silencio me impedía descifrar cualquier palabra. Entonces, en un giro inesperado, una de los voces emitió una especie de protesta, un suave desacuerdo, y ante mi asombro, pude escuchar sus pasos apresurados abandonando la habitación. Me quedé sentado algunos minutos, evidentemente en desconcierto, un poco intimidado ante la posibilidad de que sólo pudieran estar fingiendo la huida, mientras me espiaban complacidos a través de la rendija minúscula; o lo que era peor, me aterraba el riesgo de que derribaran a patadas, y de repente, la puerta de mi departamento, para reclamarme en su lengua perturbadora la imperdonable invasión a su hogar. Después de esperar un buen rato, pude darme cuenta de que ninguna de las dos situaciones tendría lugar, así que, liberando un poco la tensión del acercamiento, me di a la tarea de leer uno o dos capítulos sobre el nacimiento y desarrollo de la numerología occidental, en un folletín de no más de cincuenta páginas.

Por la tarde, en un intento desesperado por superar aquello que ya alcanzaba tintes obsesivos, coloqué la silla de mi escritorio para quedar de espaldas al hueco. De esta manera podía ignorarlo. Pero pronto este gesto me pareció insuficiente; así que, lentamente, decidí trasladar mi escritorio hasta la otra esquina de la bodega. Lo único que podía contemplar en esta posición eran las obras completas de un tal Archiduque de Wellington, que pese a las circunstancias, no me despertaba interés alguno. Sólo así me sentí reconfortado; sólo así pude concentrarme en mis labores. Entre el acomodo metódico de los tratados de Aristóteles en una repisa al alcance de mi mano, y los ensayos de Camus, cronológicamente ordenados, conseguí distraerme.

Por un tiempo, una semana o dos, logré controlar la inquietud; pero un lunes muy temprano, cuando me preparaba a iniciar la jornada, me percaté de que el boquete era más grande, y que si me esforzaba lo suficiente podía tenderme sobre la alfombra y descubrir en plenitud el espacio cotidiano que contenían las paredes del edificio vecino. La sola idea, por supuesto, me produjo una repulsión incontrolable. Justo en medio de mi desasosiego, una música suave y plañidera comenzó a emerger del hueco. Algunos acordes de un vals repetitivo. Acompañando el ritmo de la música, un olor incómodo aunque familiar se adentró a la bodega. Un olor fresco y persistente, de aceite para limpiar muebles, invadió mi intimidad. Mientras la música continuaba su marcha decidida a través de los lambrines y las repisas de la bodega, una serie de pasos presurosos y cortos me indicaron que alguien del otro lado estaba dejando la habitación. Imaginé, fuera de control y en un lapso no mayor a un minuto, un pozo sin fondo donde el vacío se lo tragaba todo; una mancha oscura donde la vida no podría germinar; un caracol con las paredes tapiadas; un túnel de subterráneo sin salida posible; una bifurcación interminable de pasillos sordos y enmohecidos que conducían ante una enorme tapia carente de significado.

Tomé, en ese momento, una determinación desesperada que creí no había manera de revocar: busqué, debajo de una horrible edición empastada de Las trampas de la fe, un martillo despostillado que utilizaba para destrozar las obras prohibidas, y arrancando un pedazo de madera de una repisa vieja, del que colgaban un par de clavos romos, me decidí a cerrar el hueco. Con los instrumentos necesarios, di media vuelta y enfrenté el boquete, dispuesto a todo.

II

Hace días que no he vuelto a la bodega; hace días que no como ni duermo bien, apretando los dientes entre las sábanas rasposas de un sucio motel. Hoy, humillado por mi cobardía, le pedí a algunos amigos de la infancia que hace años no buscaba, me ayuden con la mudanza de los anaqueles y los libros. Todavía, en un gesto tímido, sin acceder a la satisfacción de su curiosidad, le pedí a uno de ellos que llevara consigo martillo y clavos para concluir una labor que yo había dejado pendiente.

Me hicieron muchas preguntas acerca de mis tareas en la bodega y el por qué de mis estremecimientos súbitos. No quise explicar nada, y ellos, leales como lo han sido durante toda la vida, no insistieron en interrogarme. Sin embargo, temo que puedan molestarse un tanto conmigo cuando, después de subir la escalera y llegar al tercer piso, yo invente cualquier excusa estùpida para no tener que asomarme por la puerta, y de esta manera evitar cualquier posibilidad de enfrentarme al hueco inexplicable. Pero no importa, el rato embarazoso que me espera se verá más que recompensado cuando deje de una vez por todas la habitación reducida y su inquietante misterio. Espero pronto, después de la mudanza apresurada, establecerme en un espacio menos adverso, un lugar donde no haya necesidad de tolerar boquetes en la pared ni escuchar los restos de una conversación ininteligible y aterradora. Aunque reconozco, en el colmo de la vergüenza, que nada me sorprendería más que enterarme, por boca de mis amigos y una vez que hayamos subido al tercer piso, que de la misma manera inexplicable como fue abierto, el hueco pudiera aparecer ante sus ojos, tapiado con una plasta de cemento fresco y pulido, que impida cualquier asomo hacia la habitación vecina.

© Ulises Paniagua, 2006