Ha muerto Ray Bradbury. Fue el martes pasado, por la noche. Yo lo supe anteayer, por una nota en Twitter. Como muchas personas en todo el mundo (como millones de personas) quedé sorprendido: triste. Recordé «Calidoscopio«, mi cuento favorito de los centenares que escribió. Recordé también Crónicas marcianas, El vino del estío, Fahrenheit 451, Las doradas manzanas del sol.  Pensé que, al contrario de incontables autores que desaparecen, Bradbury no necesitará jamás, en ninguna parte del planeta, el impulso de homenajes oficiales u obituarios pagados. Ya es del mundo entero, como Las mil y una noches: aun quienes no lo leerán nunca ya lo conocen, sin saberlo.

CNN México me pidió un texto sobre Bradbury y todo el día de ayer lo dediqué (clavado en la silla, pensando en los astronautas, los niños del verano eterno, los marcianos que lanzaban al combate nubes de insectos mecánicos y arañas eléctricas) a escribir uno que incluye este pasaje acerca de sus comienzos y sus experiencias fundamentales:

(…) El más llamativo de esos episodios data de 1932 y es su encuentro, en una humilde feria rural, con un mago, un tal Mr. Electrico. Durante su exhibición, en la que se hacían trucos con electricidad estática, el hombre tocó al pequeño Ray en la frente con una espada electrificada, haciendo saltar chispas y erizándole el pelo, y entonces gritó: «¡Vive para siempre!».

Según Bradbury, quien contó la anécdota en muchas ocasiones, era como si Mr. Electrico, a la usanza de los reyes de la Edad Media, lo hubiese nombrado caballero: lo hubiese «armado», como se decía entonces, por medio del ritual de la espada. Y era también como si sus palabras fueran una orden: una encomienda tan seria y trascendente como la búsqueda del Santo Grial.

¿Cómo vivir para siempre? Ray encontró una respuesta (…)

El resto lo pueden leer en esta página.

Ahora mismo volveré a las notas de algunos amigos y al último texto publicado en vida por Bradbury (con su aire inevitable de despedida). Pero luego, y durante mucho, mucho tiempo, volveré a  los cuentos, a las novelas, a aquellos ensayos sapienciales de Zen en el arte de escribir. Ray Bradbury, el abuelo Ray, vivirá para siempre aquí, como en tantos otros lectores.

* * *

Por razones de espacio, un pasaje  de lo que escribí quedó parcialmente fuera de la publicación de CNN; lo incluyo aquí como fue escrito originalmente.

En su libro de ensayos Zen in the Art of Writing (publicado originalmente en 1990), Bradbury incluyó un poema: “We Have Our Arts So We Won’t Die of Truth”. En la edición española del libro el título se tradujo como “Tenemos el arte para que la verdad no nos mate”, una frase que no incluye una idea difícil de comunicar claramente en español: que “morir de verdad” (“die of truth”) podría ser algo similar a “morir de cáncer” o de cualquier otra enfermedad. La realidad como un mal, o, más precisamente, la mirada fija en la realidad –sin ningún agregado ni ayuda– como un mal.

La idea no sería muy popular en nuestro tiempo obsesionado por lo evidente (lo aparentemente evidente) y lo momentáneo, y sospecho que en su día no se leyó tampoco con mucha atención. Pero este pasaje del poema es significativo hoy:

(…) necesitamos que el Arte enseñe a respirar
y haga latir la sangre; tener que aceptar la cercanía
del Diablo
y la edad y la sombra y el coche que atropella,
y al payaso con máscara de Muerte
o la calavera que con corona de Bufón
a medianoche agita cascabeles
de óxido sangriento y matracas gruñonas
que estremecen los huesos del desván.
Tanto, tanto, tanto… ¡Demasiado!
¡Destroza el corazón!
¿Y entonces? Encuentra el Arte.
Toma el pincel. Aviva el paso. Mueve las piernas.
Baila. Prueba el poema. Escribe teatro.
Más hace Milton que Dios, aun borracho,
para justificar los modos del Hombre con el Hombre. (…)

[De Zen en el arte de escribir, Minotauro, 2002; traducción de Marcelo Cohen]

Más que consumir arte, parece decir Bradbury, necesitamos hacerlo. Su libro se vende como uno de consejos para escritores, pero ese ideal extraño se encuentra no sólo en su obra sino en la de muchos otros artistas de todas las épocas: la creación artística como más que una posibilidad de entretenimiento, o como una visión del mundo otorgada por un individuo a muchos otros. El arte como una práctica privada, absolutamente personal: en vez de usar el de otros para encontrar respuestas, buscarlas en nuestro propio arte. La creación de cada uno, íntima, acaso intransferible, como una herramienta para intentar comprendernos en el mundo.

Es una idea inquietante, turbadora, subversiva…, y libertaria al fin, como lo es también la parte mejor de la obra de Ray Bradbury.