El cuento de este mes proviene de Latinoamérica Fantástica (1985), una antología ya venerable que publicó la extinta editorial española Ultramar. Entre grandes cuentos de autores que ya eran un referente entre los aficionados a la literatura fantástica de fines del siglo XX, como Angélica Gorodischer y Mario Levrero, estaba también éste: “Una flor lenta”, de Raul Alzogaray (1960). En la antología, el texto introductorio del compilador Marcial Souto lo consideraba “de los autores jóvenes más prometedores del panorama argentino actual, con títulos como ‘Clan de clones’, ‘Mano en el desierto’, o ‘Para que el mundo no caiga como una pluma’, que le han granjeado una cierta fama de especialista en ‘relatos extraños'”. Posteriormente, según he podido averiguar, Alzogaray –doctor en biología y profesor e investigador universitario– se ha dedicado principalmente a la divulgación científica. Sin embargo, este cuento hermoso e inquietante sigue tan potente como entonces.

* * *

UNA FLOR LENTA

Raúl Alzogaray

Mi nombre es Jeni.

Ahora que Anet se ha ido, ellos me pidieron que escriba.

Deslizo la pluma impregnando con tinta las páginas de este inmenso libro que soporta el peso de sucesivas narraciones que se marchitan en la aséptica seguridad del sótano cuya única llave poseo; no puede ser de otro modo, ya que soy la más antigua de la casa: llegué antes que cualquiera de mis actuales compañeras, aunque después de Anet, por supuesto. Ignoraba la existencia de este libro. Anet no estaba autorizada a revelarla; tampoco yo lo estoy. Tiene tapas duras del color de la tierra húmeda, sus hojas compiten en grosor con el ala de una mariposa y su número, con toda seguridad, supera largamente la suma de las luces celestiales. El libro nunca ha sido cerrado; talladuras en madera lo sostienen ligeramente inclinado para facilitar la tarea de quien escribe. Ellos me pidieron que no lea nada que no haya sido escrito por mí. La pausada caligrafía que agobia el macizo de páginas sobre el que descansa mi brazo cuando trazo estos signos, está vedada a mi vista. Así debe ser. Desconozco la finalidad del libro. Ni siquiera sé con precisión qué es lo que debo apuntar en él. Pero eso no tiene importancia. Quizás sea conveniente que comience enumerando lo que sucedió hoy. Vine al sótano al amanecer para ver si todo se encontraba en orden en esta primera jornada. Anet ya no estaba. Subí al dormitorio y comprobé que habían concluido los preparativos para deshacerse del bebé. Ami había cobijado a la pequeña en su vientre el largo período necesario para que se desarrollara y pudiese salir de tan opresivo encierro. Nada anormal se produjo durante la espera. Nada, como si se tratara de un calco de las veces anteriores. No era menester continuar esperando, de manera que nos instalamos a una distancia conveniente, a la espera de que Ami actuara. No obstante el silencio guardado en lo relativo a este instante, hacía mucho que sabíamos que llegaría, porque todas habíamos pasado por él. Aún persisten en mi piel las agradables sensaciones, el anhelo vehemente de procrear un ser, de sentir cómo se alimenta de una, se fortalece, se unifica. Algo se quiebra en mi interior al rememorarlo. Ami fue muy valiente y se desempeñó como le había sido indicado. No quiero decir que se haya mantenido insensible a lo que realizaba; las lágrimas apenas contenidas amenazaban anegarle el rostro, y sus dientes se mantenían ferozmente apretados, pero ella estaba convencida de que ése era el camino correcto, de modo que la criatura se marchó sin soltar un solo gemido. Llevamos el cuerpecito deforme al sitio convenido, bosque adentro: tanto caminamos que en la distancia creí divisar el muro descolorido, asomándose por entre las grietas de la vegetación. Al mediodía Ami recibió el castigo correspondiente y, tan pronto terminamos de ejecutarlo, huyó a refugiarse de nuestra presencia. Toda la tarde oímos los gritos desgarradores que Ami era incapaz de contener. A sabiendas de que no debíamos acudir en su ayuda, optamos por encerrarnos en el dormitorio, tapándonos los oídos en un intento de mitigar el dolor y la impotencia.

 

Ami tuvo anoche una pesadilla. Despertamos y la descubrimos corriendo por la pradera, casi invisible a pesar de la Luna enorme. Nos apresuramos a seguirla. La perdimos de vista, y nos demoramos en vano en la pradera. Finalmente nos separamos para explorar un área mayor. Vagué apesadumbrada sobre la alfombra humedecida y verde, bajo la bóveda negra sembrada de candiles; un ave alzó vuelo a mi paso, batiendo las alas con una suavidad esponjosa. Hallé a Ami arrodillada, los puños presionando con dureza las rodillas violáceas, la mirada perdida mucho más allá de cualquier punto concebible. Me despojé de la túnica que pendía de mis hombros y la cubrí con ella. La brisa fría se enredó en mis muslos descubiertos, provocándome un involuntario estremecimiento. Cuando re­tornamos a la casa supe que yo era quien más se había demorado en la búsqueda. Las demás se movían ansiosas en la escalinata de la entrada principal, y al vernos se nos acercaron corriendo, ahogando contenidas exclamaciones de júbilo. Preparamos una de las camas más grandes, y nos acostamos muy juntas. Antes de dormirnos, los abrazos y el llanto se trocaron en risa.

 

He oído que, mucho antes de mi llegada, la casa bullía de vida. Casi todas las habitaciones estaban ocupadas. Me emociona imaginar tal vitalidad, hoy pérdida. Los constantes ires y venires, puertas que se abren y se cierran, un murmullo ininterrumpido. Todo sería muy diferente, sin duda.

 

Sili cree que las antorchas que brillan en el cielo nocturno son mundos como éste. Ella afirma que el muro que vemos es sólo la parte superior de un cuenco inconmensurable que contiene la llanura, el bosque, la casa y a nosotras. En el cielo hay, entonces, infinitos cuencos similares en los que se tornan reales las más insólitas variantes imaginables, y a ellos somos conducidas al irnos de aquí. Un recorrido sin fin.

El muro –cubierto en gran medida por un musgo blando y resbaloso– es bastante más alto que cualquiera de los árboles que conocemos. Cada roca que lo constituye tiene unas dimensiones que no titubeo en comparar con las de la casa. Se nos ha dicho que el muro carece de prin­cipio o fin, aunque hace mucho, en la creencia de que era circular, se realizaron intentos de recorrerlo. Imposible conocer lo sucedido.

 

Alois acostumbra transplantar los brotes de su jardín a los límites del bosque una vez que alcanzan la altura adecuada. Así reemplaza los árboles que dejan de crecer y se deterioran convirtiéndose en una estilizada costra pe­trificada. Estas plantas que dejaron de ser no abundan. En una ocasión me interné como no lo había hecho nunca. El número de árboles normales disminuía con rapi­dez a medida que avanzaba, substituidos por los otros; de pronto me encontré en un yermo en el que únicamente se erguían los macabros restos arbóreos. Me asusté y corrí hasta perder el aliento. Esta mañana Alois nos comunicó entusiasmada la aparición de una flor. La noticia nos alborozó, pues ninguna de nosotras había visto una antes: son demasiado infrecuentes. Formamos un círculo en torno del rebosante capullo cuya cáscara resquebrajada cedería enseguida, y entonamos una dulce tonada para arrullar esa nueva vida que nos ofrecían. Los pétalos se desplegaron con timidez. La flor era rosada, saturada de motas violáceas, y nos pareció horrible, embebida en algún tipo de maldad. Alois se le acercó venciendo la repugnancia, la arrancó con violencia y, tras arrojarla al piso, la pisoteó mientras nos alejábamos cabizbajas.

 

Contemplando el firmamento me he convencido de que todo él es un enorme cristal, un ventanal similar a los de la casa, y por él nos observan seres indescriptibles que viven, sufren y aman.

 

Esto es de Poli: Al principio nada había. El mundo era una interminable llanura sumida en la obscuridad. Entonces llegó Ella y su sola presencia iluminó la inmensidad. Ella sembró la tierra, colocó cada piedra del muro, plantó cada árbol y tachonó el cielo de luminosidad. Por último creó a la primera de nosotras y se retiró, satisfecha de su obra.

 

Mascota suele caminar en dos patas a menos que el apuro la lleve a usar las cuatro que posee. A menudo me parece que hay algo que desea comunicarme, pero tiene dificultades para expresarse. Sin embargo, conoce una peculiar manera de hacerme partícipe de sus estados de ánimo. Un débil vibrar de las orejas indica alegría, una contracción de las comisuras de los labios me habla de su tristeza. Alegría y tristeza. La existencia consiste en una monótona ascensión por estos dos escalones que se repiten incansablemente alternados. La alegría de vestirnos de Sol por las mañanas y de Luna en las noches, la tristeza de encontrar un nido caído rodeado de inmóviles pichones. El color del Sol es el de las hojas más tiernas de las germinaciones que asoman en la tierra, un tono que es muchos y ninguno a la vez. La Luna es del color de las hojas maduras, una tonalidad muy intensa. No hay dos pájaros del mismo color. Una vez caídos alimentan las raíces que sustentan el follaje que no pudo darles el abrigo adecuado, y las ramas secas se desploman sobre los sitios donde ya desaparecieron los pequeños montículos.

 

Esto fue contado por Anet en una espesa tarde de lluvia helada: Una de nosotras (su nombre fue olvidado), liándose cerca del muro vio que alguien estaba parado sobre éste ejecutando gestos frenéticos. Posteriormente se mencionaron hasta el cansancio los marcados rasgos que nos diferenciaban de él. Tenía el pecho plano, una maraña de cabellos desfiguraba sus contornos y una protuberancia sin sentido abultaba su entrepierna; en lo que hace a estas descripciones, hubo diversas interpretaciones no siempre concordantes. El ser gesticuló un largo rato y, acto seguido, se puso a descender el muro comportándose igual que los diminutos habitantes del bosque que construyen sus refugios en las copas. Lo hizo bien, pero de pronto perdió el equilibrio y cayó desde una considerable altura. Dicen que tenía manos como garras, con tres dedos, orejas ligeramente puntiagudas y prácticamente carecía de nariz. Así fue descripto por las observadoras, que no se aproximaron demasiado. Quieto, tendido en las rocas, retorcido y embadurnado por una substancia rosada que se resecó, fueron a verlo en repetidas ocasiones hasta que la piel, como una hoja caída, se le ennegreció despidiendo un olor desagradable. Lo abandonaron y no volvió a saberse de él.

 

La casa tiene tres pisos. El dormitorio está en el segun­do; es muy amplio, y sus ventanas, festoneadas por pesadas cortinas, nos permiten observar tanto la arboleda como el llano que se extiende en dirección opuesta. Allí vivimos: comemos, dormimos, jugamos. En el cuarto contiguo, más reducido, se encuentran las instalaciones de aseo: bañera, piletón y retrete. Tiene solamente un pequeño ventiluz próximo al techo por el cual no se puede ver gran cosa. La biblioteca está en la planta baja y ahora sé que alberga los lomos que alguna vez contuvieron libros que ya no pueden ser leídos, los ventanales dan al jardín, la chimenea no parece haber sido usada. El resto de la casa permanece abandonado (excepto el sótano). Raramente nos molestamos en transitar los pasillos y piezas donde el polvo se acumula mullidamente.

 

Sucedió por la noche. Las noches son cómplices de las emociones más hondas, mudas testigos de heridas y desconciertos. En los últimos tiempos Sili insistía en vestir permanentemente su túnica, contrastando con la desnudez a la que estamos habituadas. Las manchas se aprestaban a completar su trabajo, por eso respetamos la decisión de Sili. La tarde anterior se había ido a dormir temprano. No volvió a moverse hasta la medianoche, cuando empezaron los quejidos. Acordamos turnarnos para velar a su lado, para que en forma continuada una mano sostuviera la suya o despejara su frente. No fuimos capaces de conciliar el sueño; no habíamos podido hacerlo con Anet, ni con las otras. Intentamos hacerle notar que no la abandonaríamos, pero ya comenzaban a esfumarse los vínculos que la relacionaban con cuanto la rodeaba. Me adormecí. El Sol, alto en la ventana, jugueteó en mi cabello, deseoso de atenuar la inevitable noticia que no necesitaba recibir porque podía anticiparla. Sili, oculta bajo las sábanas que otrora cobijaran su reposo, había emprendido el viaje. Me incorporé y, entre todas, cargamos el cuerpo y lo depositamos en el sótano, en la mesa designada. De inmediato me asaltó el espectro de Anet y me sentí muy mal. Nos retiramos sin llorar. Cada acto pertenece a la normal sucesión de acontecimientos, que no pueden ser modificados. Así debe ser.

 

Los hechos se suceden sin pausa y se desmoronan sobre nosotras, que los recibimos con abnegada resignación; ninguna defensa es válida. ¿Existe una entidad superior responsable de esta absurda concatenación? ¿Alguien a quien agradecer los destellos de felicidad, a quien reprochar los súbitos dolores? Releo las frases recientes y me asombra que provengan de mi pluma. Incluso no concibo que se me hayan ocurrido. Si soy lo que soy, las cosas son como deben ser. Así es.

 

Según Alois, nuestros retoños son demasiado puros e inocentes para habitar este lugar. Por ese motivo las pobrecitas se empeñan en crecer con anomalías que nos obligan a dejarlas partir hacia remotas regiones que escapan a nuestro entendimiento.

 

El sótano es un laberinto repleto de puertas que conducen a lugares ignotos. Tengo el acceso restringido; puedo atravesar la puerta que traspusimos doblegadas bajo el cuerpo de Anet y, más recientemente, de Sili; la puerta tras la cual, cada mañana, cada mediodía, cada atardecer, recojo los alimentos; la puerta que custodia el libro y algunas otras. Las paredes reflejan la luz que sale de ninguna parte y en ellas veo mi imagen.

 

Se ha repetido el ciclo. Un mecanismo invisible nos permite olvidar las cosas desagradables y, cuando éstas se repiten, la sorpresa es tan grande como la primera vez. Amaneció sin que un solo sonido nos saludara desde el exterior. Nos miramos unas a otras y supimos que aquello estaba ocurriendo. Mis sentidos alertas registraban las impresiones más sutiles. Ocupamos la mayor parte del día recogiendo los cientos de pájaros que yacían por doquier: alrededor de la casa, al pie de los árboles, ocultos por arbustos y matorrales, en el pasto. Llenamos numerosas bolsas y las arrastramos al sótano para que ellos se encargaran.

 

Las manchas acostumbran aparecer rodeando los frágiles cálices en que culminan nuestros senos. Primero poco perceptibles, crecen con rapidez tiñéndose de un tinte violáceo que resalta vivamente sobre la piel rosada. Surgen luego manchas aisladas en distintas regiones del cuerpo, y se entregan a la ardua labor de extenderse como intrincadas telas de araña, sin causar dolores ni molestias. Se limitan a marcar una cadencia, son los mojones que señalan la proximidad de la partida.

 

Lamento no haber interrogado a Anet acerca de los libros. Me pregunto si habrá tenido oportunidad de leer alguno. Yo no. Anet era muy parca, y siempre tenía un secreto para revelar en las ocasiones especiales. Se la veía constantemente abatida por causas que quizás estoy empezando a comprender. Nunca me atreví a abordarla al respecto. En mi primera incursión a la biblioteca me sorprendió el impresionante tapiz de libros que ocultaba las paredes, de rincón a rincón, del suelo al techo. Volví con regularidad a admirar los estantes colmados sin atreverme a tocarlos, pues se me antojaban inexplicablemente envueltos en un halo sobrenatural, cuya violación acarrearía funestas consecuencias. En una de tantas visitas, especialmente armada de coraje, extendí un brazo tembloroso y, asiendo un volumen del anaquel más inmediato lo retiré con precaución; por algún motivo temía que se derramara su contenido. Eso fue lo que sucedió. Una finísima lluvia de polvo descendió sobre las alfombra, extendiéndose a mis pies en una inestable loma. Lo mismo ocurrió con el siguiente y con el que siguió a éste. Las duras tapas se adelgazaban, impotentes, al ser atenazadas por mis dedos. No quiero regresar a la biblioteca.

 

Mi pasado es una noche sin Luna en la que las estrellas caen convertidas en gotas de rocío mientras sueñan en vano con que un Sol inexistente las evapore haciéndolas subir hasta sus posiciones originales. Mi vida es una flor lenta apenas rozada por el beso de una mariposa nocturna.

 

Ellos nos someten al tratamiento en el mismo recinto al que fuimos conducidas cuando implantaron en nuestros vientres la semilla de vida. El tratamiento es esporádico y no parece seguir un patrón determinado. Hoy fue mi turno. Me colocaron en un estrecho cubículo transparente y cilíndrico que fue inundado por una obscura niebla amarilla que me impidió ver en derredor y provocó ardor en mis ojos. La niebla se espesó ofreciendo al tacto una sensación de solidificación, mis pies se separaron del suelo y floté y desperté en la sala solitaria sin que otros detalles acudieran a mi memoria. Después sufrí breves mareos. Soy la misma de antes, no me siento ni mejor ni peor.

 

Detrás del muro, dice Nati, existen todo tipo de mundos. Mundos que no sería correcto que se mezclaran con el que habitamos, por eso el muro los contiene en el lugar que les corresponde. Una función muy adecuada.

 

Me preocupan hechos que, aparentemente, pasan inadvertidos para mis compañeras. Venzo la tentación de transmitírselos diciéndome que resultaría inútil introducir en sus vidas problemas que no pueden ser resueltos, para los que no existe solución. También considero la posibilidad de que sí se planteen esas cuestiones y las calles por razones idénticas a las mías.

 

Acaricié largamente a mascota. Se obstinaba en acompañarme a dondequiera que fuese; estoy segura de que presiente la separación inminente, mi pobre pequeña. A la tarde, en la soledad del dormitorio, me demoré buscando ínfimas zonas de piel rosada que ya se obscurecen, ninguna mayor que aquel pimpollo, aquella mañana. Mi cara invadida. Lloré. Durante la comida aumentó mi tensión. Alguien preguntó a Alois algo referente a los brotes, a lo cual respondió que estaban muy bien y que pensaba que en breve se produciría otra floración. Iba a añadir algo pero se interrumpió con brusquedad al cruzarse su mirada con la mía. Creo saber lo que iba a decir. Comprendo su silencio.

 

Hoy me sentí excesivamente deprimida. Tendré que irme, y no volveré a ver el cielo ni el bosque ni la tierra que los sostiene. Caminé sin rumbo, notando cómo mi corazón se vaciaba y el vacío dolía. Me detuve a escuchar los melodiosos trinos que venían de lo alto. Una acogedora calidez se apoderó de mi mano. Era Poli. Nos contemplamos durante un instante en el que el orden natural se detuvo. Aprendí en ese lapso que una mirada sincera puede desnudar lo más íntimo de nuestra esencia, lo que supera lo visible. No necesitábamos palabras: los ojos se hablaban mutuamente con una plenitud que no hubiera podido ser igualada de otra manera, y un gozo sin fronteras rebosó mi corazón devolviéndome sentimientos que consideraba definitivamente perdidos. Poli me condujo por senderos sinuosos y borrosos paisajes erigidos dentro de un sueño. En un claro techado por anudadas enredaderas nos dejamos caer confundidas en un abrazo. Poli me acarició con ternura, y mi respuesta no se hizo esperar. Besó mis pechos mientras cada porción de nosotras se afanaba en propagar un mensaje que yo creía agotado, y el bosque palpitó adaptándose a las contorsiones, y la hierba y la tierra desmenuzada se sumaron al ondular. Todas éramos una. Teníamos mucho que entregar, y lo hicimos a través de labios, lenguas y dedos. Jugamos hasta quedar rendidas. Poli se adormeció en mi regazo. Le agradecí con todo mi ser el calor que me había dado cuando tanto lo necesitaba. Ya no me afligía la partida; las indelebles huellas que quedaban en mí eran suficientes para reconfortarme.

 

Ya no hay zonas rosadas en mi piel. ¿Será esta noche? ¿La próxima? ¿Serán éstos los últimos párrafos que escribo? ¿Qué pasará conmigo al terminar lo que se avecina? El Sol brilla después de la tormenta: ¿Brillará también cuando concluye la tempestad de los espíritus? Quiero pensar. Necesito pensar. Voy al bosque.

 

Me llamo Poli.

Jeni se ha ido, y ellos me pidieron que escriba en este libro.

 

© Raúl Alzogaray

Raúl Alzogaray en 2013