Don Quijote, Sancho y Clavileño, según Gustave Doré

Hay dos invenciones famosas de la literatura en castellano que son reconocidas mundialmente por ilustrar un fenómeno peculiar (y complejo) que se da a causa de la lectura y de la imaginación. Este fenómeno se puede describir en términos delirantes, propios de la alquimia o de las “ciencias ocultas”, pero sucede y sucede todo el tiempo: ciertos mundos, ciertos artefactos, ciertos personajes inventados se meten de forma insidiosa, si no en la “realidad”, sí en las creencias de los seres humanos sobre la realidad.

La primera de las dos invenciones tiene nombre y es, comparativamente, fácil de ver y describir: es Tlön, el planeta ilusorio que Jorge Luis Borges inventó para “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, uno de sus más grandes relatos. En éste, un grupo de escritores –entre los que está el propio Borges, transfigurado en personaje– descubre la Primera Enciclopedia de Tlön, un compendio muy completo y razonado del saber de un mundo no sólo inexistente, sino imposible. Luego, la realidad cede: “anhelaba ceder”, escribe el narrador, y pasa a relatar cómo la Enciclopedia –creada por una sociedad secreta de escritores encabezada por un millonario nihilista y probablemente loco– empieza a ser tomada en serio: sus nociones delirantes del mundo son tan consistentes que funcionan muy bien como una fe, como un sistema de creencias, y así, poco a poco, la Tierra, sin dejar de ser el planeta que conocemos, con la historia que conocemos, va pasando a ser entendida de otro modo. Subjetivamente, inconteniblemente, se convierte en Tlön, y mientras el narrador se refugia en algún sitio apartado para no tener que verlo, se sugiere que la humanidad olvidará incluso que alguna vez las cosas fueron diferentes. Éste es, desde luego, el modo en el que funcionan las supersticiones y los fanatismos, que seducen con sus apariencias de orden y sus promesas no sólo de consuelo, como Borges escribió, sino también de bienestar o de venganza. El cuento es de 1941 y menciona de pasada, como ejemplo, el ascenso del nazismo. Como sabemos, de ser escrito en la actualidad no le faltarían otros modelos.

La otra invención –el reverso de la imaginación transformada en herramienta del poder que propone Borges– es más difícil de describir porque no tiene un nombre preciso y porque proviene de un libro que a veces se considera esencialmente opuesto a la imaginación fantástica. Está en el Quijote de Miguel de Cervantes.

En la novela, el hacendado Alonso Quijano se vuelve loco por leer demasiadas novelas de caballería –“se le secó el celebro”, dice el texto– y sale de su casa, vestido según él de caballero andante, alucinado por los disparates que halló en sus lecturas, a hacer el ridículo entre sus contemporáneos. La primera parte del Quijote, fechada en 1605, es la que más se apega a este resumen escueto y centrado en la parodia, aunque ya en ella quien peor queda no es Don Quijote, sino la sociedad que lo rodea, y que el loco puede desenmascarar, denunciar, cuestionar impunemente; en la segunda parte de 1615, por otro lado, comienza a pasar algo muy extraño. No sólo Don Quijote y su amigo Sancho Panza, “escudero” del hombre que se cree héroe, son víctimas de bromas cada vez más elaboradas de los Duques, emblemas de mucho de lo peor de la nobleza española, que por su malevolencia son de hecho, y sin que siempre se note, objeto de una crítica feroz; además, algunas de esas bromas hacen pensar en una invasión del mundo de las novelas de caballería, una fusión entre la realidad y la ficción no menos extraña que la de Silvia y Bruno –aquella novela de Lewis Carroll que ocurre a la vez en la tierra de las hadas y la represiva Inglaterra victoriana– pero realizada exclusivamente por la voluntad y en la conciencia de los personajes. Dicho de otro modo, los victimarios de Don Quijote y Sancho, poco a poco, a su pesar o sin darse cuenta siquiera, empiezan también a creérsela. La locura o la fantasía de Don Quijote, como si irradiaran de él, como si fueran luz que lo alcanzara todo o magnetismo que atrajera el hierro hacia el imán, empiezan a apoderarse de los otros.

En un momento, Sancho sorprende a todos con su relato de un viaje estelar a lomos de Clavileño, el caballo de madera, que es contado como si Sancho quisiera oponer su propia imaginación a los disparates con los que lo han hecho montar en el armatoste, junto con Don Quijote, en medio de una representación disparatada de malignidades, hechizos y demandas. Sancho tiene éxito, por otro lado, y hasta su mismo amo queda desconcertado. Luego a Sancho lo “nombran”, con gran aparato, gobernador de la Ínsula Barataria, la única isla completamente rodeada de tierra de todo el mundo. Es una villa, nada más, donde todos tienen instrucciones de seguirle la corriente a Sancho para reírse de cómo se comporta, y no sólo hay que apreciar el esfuerzo realizado por tanta gente para fingir en la España que habitaban un sitio inexistente: además, Sancho se comporta de manera estupenda, pues resulta ser gobernante sabio y juicioso a pesar de su presunta simpleza. Aunque al final es expulsado de Barataria de manera humillante, quien gana es él, pues arrastra a los demás al terreno de la imaginación y de paso muestra la crueldad y la insignificancia de quienes lo rodean.

Algo similar pasa con el propio Don Quijote cuando escucha de Altisidora, supuestamente resucitada, el relato de cómo llegó ella a las puertas del infierno y vio cómo trataban los demonios al falso Quijote de Avellaneda, y más todavía en lo que se supone el momento de su derrota definitiva: cuando el Caballero de la Blanca Luna lo desafía a un combate y lo vence, con lo cual lo obliga a deponer las armas y regresar a su aldea. El caballero no es otro que el bachiller Sansón Carrasco, que se ha pasado buena parte de la novela intentando devolver a su casa a Don Quijote, sacarlo de su mundo imaginado. Y al final el único modo en el que puede hacerlo es metiéndose él también, entero, con escudo y caballo y lanza y todo, en la fantasía.

Desde luego, en estos momentos Don Quijote de La Mancha no se vuelve una novela “de fantasía”, esa categoría estrecha y ñoña, propia de nuestra época en la que se nos enseña que la lectura es evasión: mera anestesia, escape temporal o reafirmación de los valores del mundo “como debe ser”. Pero sí resulta una novela en la que la imaginación fantástica, empleada como asiento de una idea de la vida que se considera inaceptable, le gana, aunque sea de manera sutil, aunque sea sólo un momento, a la supuesta sensatez de quienes mandan.

Éstos son los que más hacen el ridículo: los que no pueden evitar entrar en la fantasía, en la otra vida, que desprecian.