A principios de enero estuve en Tepoztlán, Morelos, participando como tallerista en Under The Volcano, un retiro anual y bilingüe para escritores de diversas especialidades. Me tocó un grupo diverso y brillante de autoras y autores de cinco países, y en él varias personas interesadas en el cuento, cuyo trabajo quedará representado aquí en los meses por venir. Son voces emergentes que vale la pena seguir.
      Luego de Yeni Rueda López y Ruy Feben viene Enrique Urbina (Ciudad de México, 1993). Licenciado en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana, ha publicado el poemario Aquí el silencio no descansa y la plaquette de cuento Raíces. Textos suyos han aparecido en medios electrónicos e impresos como Tierra Adentro, el sitio del Centro de Cultura Digital, Penumbria, Axxón, etcétera. Actualmente es editor de la sección #Intervenciones de la revista Vozed.
      «Silencio, por favor, silencio», que se publica aquí por primera vez, es una narración weird que, incluso después de romper la apariencia de normalidad de su mundo narrado, podría parecer rutinaria: otra historia de fuerzas extrañas que invaden en un mundo aparentemente racional. Pero la ruptura que propone va más allá: en vez de «suplementar» las reglas de la vida diaria con las de un mundo especial o mágico, el cuento se niega, de plano, a explicar lo que sucede a sus personajes, a reducirlo a una lógica evidente. Y esto nos deja, al leer, en un terreno movedizo, inquietante, especial.

SILENCIO, POR FAVOR, SILENCIO
Enrique Urbina

Otra vez no hizo la tarea. Diego no es así. Diego no es el niño que no habla. Que está cabizbajo. Que se aparta de los demás. Está aislado consigo mismo. Ya no ríe. No hace nada. Sólo piensa. Pero en otras cosas que no tienen que ver con la escuela. Es desesperante. Ni siquiera abre los libros que leen en clase. Y si le preguntas algo para atraer su atención, no sabe. Ni siquiera se molesta en inventar algo, como lo haría otro niño. Sólo levanta los hombros y rehuye a las miradas de sus compañeros que lo juzgan, lo señalan, murmuran sobre él cuando antes lo respetaban. Por eso no lo regañas. No es su culpa. Algo tiene. Piensas en sus padres, gente de alta sociedad, respetables, siempre formales, a quienes viste una vez al inicio de curso: la madre es una investigadora famosa. Su hijo se parece a ella: tiene el cabello muy negro y una piel que se debate entre el amarillo y el blanco. Su padre no trabaja. Dicen, te han dicho, que heredó mucho dinero. A él lo ves más seguido. Es duro. Es serio. Le exige, le exigía mucho a su hijo. Por eso es más extraño el comportamiento de Diego. Nunca se lo permitirían. Los Kether son una familia muy conocida y muy renombrada y algo temida en el pueblo. Nunca se lo permitirían.
       A la hora del recreo, le pides a Diego que se quede unos minutos contigo para platicar. Los demás corren, se alejan de él con gritos y risas. Diego está serio. No te quiere mirar. No se mueve de su lugar. Cruza los brazos y recuesta su cabeza en ellos como si no le importara lo que tienes que decir. Pero sabes que sí lo hace. Diego siempre pone atención en lo que tienes que decir.
       —Diego, otra vez no hiciste la tarea Ya te lo he perdonado varias veces porque no eras… eres así. Ponte al corriente. Esto ya está bajando tu calificación y, si no le echas ganas, vas a reprobar el examen. No falta tanto —dices.
       —Si, miss Katia.
       —Diego, ponme atención, por favor —dices levantando la voz—. Me preocupas. ¿Todo bien en casa? Si necesitas hablar, aquí estoy. Dímelo, en serio.
       —Sí, miss —dice y luego intenta decir otra cosa; abre la boca y gesticula, pero no se decide por ninguna palabra y calla.
       —Diego —le digo mientras le quitas los brazos del escritorio y lo obligas a verte.
       —¿Sí? —dice y abre la boca de nuevo y boquea como si fuera un pez ahogándose, pero no dice más.
       —¿Qué pasa?
       —Nada, miss, ya voy a…
       —… ¿no quieres salir a jugar?
       —Hoy no, miss.
       Hay niños a los que no les gusta salir a jugar con los demás, niños que prefieren quedarse en la fría comodidad de los salones, donde el silencio vive por unos minutos. Pero Diego no es uno de ellos.
       —No puedes quedarte, Diego. Necesito que salgas a jugar.
       El niño se levanta sin decir nada, sin mirarte y sale del salón. Llora. Es la última vez que hablarás con él.
      
      Buscas otras alternativas antes de llamar a sus padres. Porque llamar a sus padres es manchar su historial. En la escuela, esa no es una buena señal del desarrollo del alumno. Y Diego va, Diego iba perfecto. Así que primero insistes. Diario, varias veces al día, le preguntas si está bien. Él asiente, pero calla. Y calla. Sigue callado. Sus compañeros parecen ya no darse cuenta de su presencia, como si nunca hubiera ido a ese escuela, como si nunca hubiera sido un niño que a muchos niños les hubiera gustado haber sido.
       Un día que Diego no va a la escuela, hablas con Ricardo, un niño pequeño, no tan inteligente como el otro, pero sí muy audaz y, sobre todo, gracioso. El payasito del grupo. También el mejor amigo de Diego.
      —Estoy muy preocupada por Diego, Ricardo. ¿Sabes por qué ha estado así las últimas semanas?
      —No, miss, yo ahorita ni le hablo —dice Ricardo tratando de ocultar su tristeza, de mostrarse maduro ante ti —. Yo creo que ya ni es mi amigo.
       —¿Por qué?
       —Antes de que dejara de jugar en el recreo conmigo y con los demás; todavía antes de que usted lo empezara a regañar, varias veces vi cómo, cuando llegábamos a la escuela, se bajaba del coche de su papá con los ojos rojos, rojos. Y su papá, mientras, le gritaba quién sabe qué cosas que él no quería hacer caso. Tenía cara de enojado, pero triste, también.
       —¿No le preguntaste qué le pasó?
       —La primera vez, no. Me daba pena. Su papá siempre lo trataba bien y a mí también. Se reía mucho conmigo. Y por eso me dio miedo cuando lo vi así. A su papá. Nunca lo había visto así. Ni siquiera a Diego, que a a veces se enojaba porque perdía en el fut o algo, pero no tanto para llorar. Ya cuando pasó como tres veces más, ya le pregunté. Y desde ese momento ya no nos hablamos porque ya no somos amigos. Aunque extraño platicar y jugar con él, la verdad.
       —¿Qué te dijo?
       —Al principio que nada, que estaba bien, que su mamá estaba haciendo un experimento y no lo dejaba dormir. Pero yo insistí porque le dije que uno no llora por no haber dormido, que se me hacía más que era porque su papá le gritaba. Él me dijo que yo estaba mintiendo, que él no llora por nada. Luego se enojó y me dijo que su vida me valía y que no me metiera en lo que no me importaba, aunque claramente me importaba. Ahí me empujó y, como yo no me dejo, lo empujé y le dije que me dijera por qué estaba de esa forma o no lo iba a dejar en paz. Entonces pasó algo raro….
       Ricardo se detiene. Mira a su alrededor como si estuviera a punto de decir una mentira, como si la estuviera inventando.
       —Le prometo que no estoy mintiendo, miss —dice Ricardo como ya lo estuvieras juzgando, como si desde el principio lo hubieras reprochado por su relato.
       —Yo sé que no, Ricky, ¿por qué lo harías?
       —Es que Diego. Es que Diego empezó a llorar y a gritarme. Seguramente me dijo cosas que yo jamás le diría a un amigo. Menos a él.
       —¿Cómo que seguramente?
       —Pues. Es que yo no le estoy mintiendo.
       —Ricardo, ¿qué pasó?
       —No sé, miss. Diego abría mucho la boca y las venas del cuello se le salieron, pero ningún ruido salió de él. Una como tos, creo, pero ya no me acuerdo. Y yo pensé que escuchaba mal o que estaba bromeando. Pero su cara estaba llena de lágrimas. Le dije que hablara y se enojó más y me empujó y obviamente yo lo empujé y casi nos agarramos a golpes de no ser porque él se fue corriendo. Luego me dejó una nota en mi mochila que encontré hasta que llegué a mi casa. La nota decía que ya no éramos amigos y que no le volviera a hablar nunca. Como yo también estaba enojado, ya no le dije nada. Pero también ya no le dije nada porque me daba miedo de que le hablara y él volviera a abrir la boca y no escuchara nada o saliera nada de ella.

Desde el primer día que conociste a Diego, desde los primeros minutos, nunca pensaste que harías lo que haces en ese momento: escribir un citatorio para los padres. Lo escribes frente a la directora de la primaria. Golpea la mesa con sus uñas. Está furiosa. Aún te repite entre dientes lo que te dijo y te repitió mientras tú le explicabas la situación: que la familia de Diego era muy respetada, muy de bien, y tú no tenías ningún derecho en molestarlos, que si el niño estaba teniendo problemas en la escuela, era por la edad, porque a esa edad los niños cambian, se forma, descubren el mundo. Tú le insististe que exactamente por eso te preocupaba, porque Diego no quería descubrir al mundo; parecía, más bien, que se estaba alejando de él. Parecía encerrado la última vez que hablaste con él porque de plano ya ni lo has visto. Ya no va a la escuela desde hace unos días y lo peor es que no te diste cuenta hasta después. Esto claro que no se lo dices, pero es de lo que más te preocupa. Porque tú has estado atenta a él y que se te olvidara por completo, como si su misma presencia se desvaneciera de la memoria del mundo, te preocupa, te preocupas. Tienes miedo sobre todo de ti misma. La directora aceptó no sin antes amenazarte con que si los padres se molestaban o metían alguna queja porque el colegio estaba tratando inadecuadamente a su hijo, tú serías la total responsable. Y tú aceptaste porque sabes que eres tú o el niño que se pierde en lo que sea que le está pasando, que parece estar desapareciendo.
       Citas a los padres tres días después, después de clases. Minutos antes, estás nerviosa. Te arreglas demasiado, como si fuera tu primer día en el trabajo. Estás en tu salón, el mismo donde hablaste con Diego y con Ricardo, el mismo donde ha sucedido todo.
      Piensas en lo que le dirás al padre de Diego, quien seguramente será el que vaya al citatorio, quien llegará sólo con la intención de amedrentar, de gritar. O peor; de decir que no sucede nada, que todo está bien, para después gritarle a Diego a solas. Le dirás que sabes de sus gritos, del llanto de su hijo y que estás muy preocupada. Muy preocupada.
       Tocan la puerta del salón. Dices en voz alta, en voz más grave que tu tono normal, en voz segura, que pasen. Entra una niña. No tiene uniforme; usa un pants sucio y trae el cabello suelto. Es bonita. Se parece a Diego.
       —Buenas tardes. ¿Usted es la maestra de Diego? —dice con una voz ronca, como si hubiera gritado mucho, como si estuviera enferma.
       —Sí. ¿Tú quién eres? —dices.
       —Soy su hermana —dice la niña con su voz como si llevara mucho tiempo sin hablar, como si le costara trabajo hacerlo —. Me llamo Jimena.
       Jimena camina hacia ti por fin, pero con miedo, como si fueras un animal del zoológico que se ha escapado.
       —Cité a tu mamá y a tu papá, Jimena, ¿dónde están?
       —Le piden disculpas. Tuvieron otros compromisos —dice mientras se sienta frente a ti. Tiene unas ojeras que casi son otros ojos —. ¿Qué pasa con Diego, miss?
       Ni siquiera escuchas su pregunta porque estás perdida en ella, la niña, en su cansancio, en su voz ronca y fea, en algo que parece que ves, pero no. Es como un aura, una impresión que queda en los ojos después de mirar algo fijamente durante mucho tiempo y voltear hacia otro lado repentinamente.
       —¿Qué edad tienes, Jimena?
       —15. ¿Por qué?
       Porque parece que ha vivido más. Mucho más.
       Ha vivido mucho más que tú.
       Y no lo dice. No puede decirlo a pesar de que lo sigue viviendo. A pesar de que está cerca de ella. En casa. Y tiene que callarlo. Está amenazada. Está cansada de tanta amenaza, de tanta tensión. No quiere estar ahí. No quiere verte a los ojos. Se siente avergonzada de verse así. Porque no es tonta: descubre tu reacción aunque es mínima. Y se da pena. Piensa en sus padres. Piensa en Diego.
       Le das las gracias por presentarse, le mandas saludos a Diego y le pides que le diga a su madre y a su padre que, por favor, los cuiden mucho porque son muy buenos hijos. Jimena asiente.
       Te quedas sola en el salón. Sabes qué hacer. Cuál es el siguiente paso: ir a su casa. Ver que sucede. Mirar. Y encarar a sus padres. Te costará caro. Pero este niño. Ese niño. Está sufriendo. Y si lo dejas, nunca, nunca te lo perdonarías. Nunca en tu vida. Por eso buscarás los archivos personales de Diego, donde está la dirección de su casa e irás y verás qué sucede. Los vas a buscar en ese momento y no te irás hasta encontrarlos. Los encontrarás.
       Vas con la directora para pedirle la dirección de Diego. Sólo ella la tiene. Sabes, por comentarios de niños y de padres y otros maestros, que esa familia ha sido muy hermética en cuanto a su vida personal. La fama y dinero los tiene encerrados. Seguramente entenderá después de que le cuentes lo de su hermana. Está teniendo una llamada telefónica, pero pide permiso a su interlocutor para colgar y hablar contigo. Te pregunta qué sucedió y tú le explicas de la forma más dramática para que no dude en darte la información que necesitas. Cuando terminas, ella ni siquiera te mira. Tamborilea los dedos y se muerde una uña de la otra mano. Te niega la información. Te dice que cada quien tiene sus problemas y no te incumben. Tú le insistes, le aseguras que es un asunto delicado, peligroso. Y te dices a ti misma que tienes que plantarte y no moverte. Pero ella se niega y se niega hasta que se desespera y se levanta de sus silla y mueve las plumas y las esculturas que tiene sobre su mesa y te señala y te amenaza con que menciones una vez más el asunto para que fueras remitida con el departamento de Recursos Humanos. Y tú no puedes hacer nada más que salir callada, con la mandíbula tensa y la certeza de que te quedarás sin trabajo más pronto de lo que pensabas.
      Cuando regresas a tu salón, Ricardo llega antes de que suene la campana del fin del recreo.
      —A nadie le cae bien la directora, miss —dice Ricardo con una complicidad que, por tu derrota, te molesta —. Le gritó muy feo y no se lo merecía.
      —Son cosas de maestros, Ricardo. —dices.
      —Yo sé que hablaban sobre Diego porque vi cuando llegó Jimena. Pobre Jimena. No me caía muy bien porque siempre nos hacía cosas y nos molestaba, pero sí estaba muy diferente. Muy mal. Y luego usted fue con la directora y se escucharon sus gritos. No se preocupe por lo de Diego. Yo sé dónde vive. Sólo yo lo sé de entre todos los compañeros porque era mi mejor amigo. Y lo extraño. Ojalá pueda ayudarlo.
      
      Para tu sorpresa, la casa de Diego y su familia no está tan lejos como pensabas. Aunque sí está alejada. Está en la frontera de la ciudad, donde casi no hay edificios y sí mucho campo abierto, muchos árboles, muchas calles sin nombre para que los empresarios o delincuentes o quienes tuvieran suficiente dinero como para comprar unas hectáreas, pudieran vivir sin ser molestados.
       El taxi te deja en los límites de sus terrenos. No hay rejas ni muros, sólo un camino enmarcado por piedras que llevan hasta la puerta principal. El taxi se va y te deja sola. No te mueves. No caminas. Vuelves a preguntarte por qué llegas tan lejos por un niño, por qué estás dispuesta a arriesgar tanto. Hay muchos más niños como él. Es más: hay niños con menos, niños en una peor situación, pero con mejores maneras de ocultarla. Es eso: que ni Diego ni Jimena pueden esconder el horror que llevan en el cuerpo como una marca de peste, una marca de que han sido tocados por algo peor que lo peor que podían pensar, o incluso lo que tú puedes pensar. Y eso quieres ver: lo que no te imaginas. Porque te puedes imaginar muchas cosas. Pero hay una pregunta que te palpita: ¿y si es algo más?
       Tocas a la puerta.
       —¡Voy! —se escucha decir una voz de hombre desde el otro lado.
       Unos pasos se acercan y se abre la puerta. Es el padre de los niños. Esperas un insulto y un portazo, pero al contrario, te sonríe. Te habla cona amabilidad.
       —Buenas tardes, señorita.
       —Buenas tardes, señor Kether, soy Katia Palomo, maestra de Diego en la primaria.
       —¡Maestra! ¿Cómo pude olvidarla? ¿Qué se le ofrece?
       —Vine porque me preocupan sus hijos, señor Kether, específicamente Dieguito. Su rendimiento en clases ha bajado mucho y, como seguramente sabe, ya tiene varios días que no se presenta. La situación me parece rara porque…
       —Ay, qué pena, maestra. Sí. Diego ha faltado porque se enfermó, pero ya pronto se va a poner bien. Le hablaría en este momento, pero en serio está muy malo, el pobre. No puede ni hablar.
       Tú tampoco. Y no contestas. El hombre ríe.
       —¡Qué vergüenza, maestra! La tengo aquí en la entrada de la casa como si fuera una policía. Pase, mejor. Así platicamos mejor sobre Diego porque me interesa mucho su futuro. Sí, me interesa.
       Te da el paso y entras. La casa huele bien. Está limpia. Está llena de esculturas de dos tipos: abstractas, como asteroides, y estatuas de niños orientales con el dedo de la mano izquierda sobre sus labios indicando guardar silencio. Llegan a la sala. Te sientas en un sillón muy cómodo. Te sirve un café y te dice que es de una cosecha especial que le envían a su familia por ser amigos del cafetalero. No te importa, pero le sigues la plática un poco. Te le muestras amable y él aún más. Casi se te olvida que, cuando lo conociste hace meses, su personalidad era exactamente opuesta a la de ahora. Pero se porta tan bien. Casi se te olvida tu preocupación, excepto porque, aparte de sus tazas y sus voces, en la casa no se escucha nada más. Nada más. Así que en un breve, muy breve momento en que ninguno de los dos dice nada, aprovechas para encaminar la conversación a donde debió haber estado desde un principio.
       —Señor Kether, regresando a lo de Diego, uno de sus compañeros me dijo que lo vio a usted discutiendo muy fuerte con su hijo. En verdad esta situación me interesa. Por favor me gustaría ser de su ayuda en lo posible.
       —Oh, no, no. No era nada. Ya sabe. Uno como padre siempre peleará con sus hijos, pero fue algo que se resolvió pronto. Lo resolvimos juntos y ya no hubo problemas.
       —Y otra cosa, ¿su esposa no se encuentra? ¿Ella sabe de lo que pasa con Diego?
       —Sí, claro. Justamente está con Diego. Le está haciendo un tratamiento para su enfermedad.
       —Pero su esposa no es médico, ¿o sí? —dices y notas una molestia en el rostro del hombre.
       —En efecto, no lo es, pero este es un tratamiento especial y nuevo que ella diseñó —dice y como si lo invocara, la casa se estremece. Apenas, pero suficiente como para que tu taza de café que estaba al borde de la mesa caiga y choque contra el suelo de madera y se rompa.
      Solo que nada se escucha del golpe. El hombre te mira como si nada hubiera pasado.
      —¿Puedo ver a Diego?
      —Claro que sí. Sólo que le digo que está muy enfermo.
      —No tengo problemas.
      El cuarto de Diego está al fondo de la casa. El cuarto es grande, lleno de juguetes y diplomas y trofeos. Diego está en su cama. Duerme y está pálido. No parece tener más que un resfriado. A ti todo eso te parece una farsa. Su madre está junto a él. Usa un cubrebocas que le cubre la mitad de la cara y el cuello. Te mira. Pero no dice nada. Te asiente como para saludar y después se lleva su dedo índice a donde debería estar su boca en señal de que guardes silencio. Luego escribe en un bloc de notas. Te lo muestra orgullosa como si fuera una niña mostrando buenas calificaciones a sus padres. Lo que lees no te hace sentido, pero sí. En realidad sí. Eso explica el silencio total pero paulatino del niño. Vas a decir algo, pero el padre te toma del hombro y te guía fuera del cuarto. Antes de que el hombre cierre la puerta detrás de ti, alcanzas a ver a la madre ya sin cubrebocas inclinándose sobre Diego. Él abre la boca y habla y ríe y grita y susurra y se queja y hace todos los ruidos de su cuerpo al mismo tiempo.
      La madre no tiene boca ni cuello. Ni piel en ellos. Ni nada.
       Te despides del padre y te vas. Te vas caminando. Detrás de ti, sientes algo. Es Jimena, quien te mira desde una ventana. Te arroja algo. Cae junto a ti. Es su celular. Lo recoges y lo guardas Abre la boca. A pesar de la distancia, ves que en lugar de dientes, tiene dedos índices.
      De regreso, estás mareada. Caminas. No dejas de pensar en la familia. En toda. También en las notas de la madre: “Diego al mínimo de sonidos. Garganta totalmente rancia. Confirmar si órganos aún funcionan. Tal vez dos sesiones más para dejarlo vacío y convertirlo en buen huésped como Jimena”.
      Pero lo peor eres tú. Eres tú ante esa familia. El padre fue cínico, se divertía. Quizás ya sabía que los visitarías. Y la madre no tuvo problemas en mostrarse ante ti porque es claro que quería que tuvieras un vistazo de ella. Lo peor eres tú porque el niño, lo sabes, está perdido. No tiene salvación. Eso es lo peor: que tú no eres nadie para combatir ese silencio total que tenía unos fines sobrenaturales o no, no importa. Y eso es lo que te mostraron los Kether. Por eso la directora intentó que no fueras con ellos. No era enemiga después de todo. Era como tú: condenada a la derrota.

Han pasado varios días y todo está igual. Todo está igual. La gente camina por las calles y se ríe y se molesta y vive. ¿Cómo puede todo seguir funcionando como si nada? Te llega un pensamiento que te cuesta aceptar: el horror no detiene al mundo; al contrario, lo mantiene vivo. Pero no a las personas. No a ti, que ya no regresaste a la escuela, que apenas sales, que apenas duermes, apenas comes. Que tienes aún muchas preguntas, que tienes la puerta para responderlas, pero tienes miedo de tocarla: el celular de Jimena. Al principio pensaste en romperlo para evitar que te llamaran, pero no lo hiciste y ellos tampoco. Luego te prometiste perderlo, dejarlo en algún lado, pero eso hubiera implicado volverte responsable de la revelación a alguien más. Y entonces lo guardaste como un secreto puerco, como si fuera la evidencia de una doble vida tuya. Hasta que, como un corazón delator, su presencia oculta te fue insoportable y ahora lo tienes frente a ti, con la pantalla encendida y cuarteada, en donde se ve a Jimena sonriendo y abrazándose con unas amigas, como si fuera una niña normal, como si nunca le hubiera sucedido nada. Es como ver la foto de una muerta. Tal vez sí lo es.
      Arrepintiéndote, pero sin dejar de hacerlo, tomas el celular y lo desbloqueas. La niña quería eso porque no tenía ningún código de seguridad. Entrecierras los ojos para que lo que se oculta en ese aparato no te tome por sorpresa. Primero buscas en sus fotos. Son cientos. Casi todas son iguales: selfies, comida, paisajes, más fotos con amigas y uno que otro muchacho de su edad. Te sientes hasta culpable, como si hubieras robado el celular y ahora te estuvieras entrometiendo en la vida de alguien sin su permiso. En la vida de una niña. Pero sabes que hay algo. Por algo lo tienes. Por algo te lo dio. Y lo buscas porque qué tal que es lo que necesitas para realmente ser de ayuda…
      Son los videos. Son los videos. Pero no son de ayuda. Sólo muestran. Son tres. En el primero, Jimena aún se ve normal, saludable. Es de noche. Mira a la cámara y se lleva el dedo índice a los labios. Sale de su cuarto y camina por la casa hasta llegar a un estudio que no viste cuando estuviste ahí. En él se encuentra su madre. Está de espaldas a ella, en medio de varias esculturas sin forma como las que plagaban la casa. Dice un mantra hasta que se queda sin aire y abre los brazos a los lados y exhala tan fuerte y tanto tiempo que parece que se desinflará.
      Algo toma a Jimena por detrás. Es su padre. La golpea y la regaña. La madre, en una voz ronca, le dice que deben comenzar ya que Jimena ya está ahí porque es muy probable que sea un designio de Hoor-par-kraat, o algo así crees escuchar. El video se corta, pero no porque su padre apague el celular o algo. Parece más bien una edición deliberada.
      En el segundo video, Jimena se ve más desgastada. Voltea varias veces hacia la puerta de su cuarto. Acomoda su celular en un estante y regresa a su cama. Sus padres entran. Ambos están vestidos con túnicas de colores que parecen estar cambiando constantemente. Su madre trae un bloc parecido al que te mostró. Su padre se abalanza sobre Jimena y la ata de pies y manos. Luego pone una soga junto a su cuello y la jala mientras ella está en su cama acostada. Comienza a ahogarse. Pero no es suficiente para matarla. Mientras esto sucede, su madre se quita la túnica. Está desnuda. Las venas y arterias del cuello están negras, podridas. Dice muchas cosas, pero de nuevo sólo alcanzas a entender una frase, o una palabra. Hoor-par-kraat.
      En el tercer video sólo es Jimena mirando a la cámara, aguantándose la risa. Detrás se escucha a Diego gimiendo, llorando, diciendo que no quiere. Al final, sale un símbolo que no entiendes. Es una pintura de un niño en cuclillas, sobre una flor de loto. El niño tiene el dedo índice de la mano derecha sobre su boca.
      Una llamada llega al celular. Es la directora. Le cuelgas antes de que diga algo, pero el celular no funciona y continúas escuchando su voz
      —El problema, Katia, es que tú nunca estuviste dispuesta a aprender. Pudiste haber callado, como debías. Pero fuiste más allá —dice la directora. Arrojas el celular contra la pared y escuchas cómo se rompe, pero la voz sigue sonando. Y más fuerte, más cerca, como si se estuviera materializando junto a ti —. Querías ir más allá. Eso es lo que siempre quisiste con Diego. No salvarlo ni ayudarlo. Querías ver, ser testigo de lo que le sucedía —tú te repites que no es cierto mientras buscas de dónde sale su voz maldita —. Pero eres suertuda, Katia. Sigues teniendo suerte. Tienes una oportunidad más. De salvarte y de cuidar de Diego. Ven, sal.
      Sales porque no hay otra opción. Porque estás entre la fascinación absoluta y el terror total. Esto no puede estar pasando, pero pasa. ¿Cuántas personas han pensado lo mismo antes de morir o que les sucedan cosas peores?
       Afuera, te esperan la directora y los Kether. El padre te sonríe, la madre tiene una bufanda que ondea en el área de su garganta. Jimena te mira feliz y emocionada. Tú, ingenua, creías que quería que la salvaras, pero era como los demás: quería que supieras.
      Diego también está ahí. Viene de la mano de su madre. Se ve como era antes: con energía, feliz, despierto.
      —Donde tú estás, yo estuve —te dice la directora —. Pero tú puedes tener más privilegios.
      —Somos uno, somos muchos, miss Katia —dice Diego con una voz normal, con un tono normal..
      —Tiene razón, maestra —dice el padre —. Esto con Jime y Diego fue sólo una prueba… científica. Pero para lograr nuestro sueño, que también puede ser el suyo, nos faltan muchos más. Noventa y uno y el avatar estará completo. Lo que queremos es…
      —Que me cuide y nos procure con más—dice Diego.
      —Que nos cuide y nos procure con más —dice Jimena y alcanzas a ver que algo quiere salir de su boca.
      —Que nos enseñe este mundo —dice Diego.
      —Sería prácticamente lo mismo que haces ahora, Katia —dice la directora —. Sólo que con ellos. Sólo con ellos.
      —Ellos, él la eligió, maestra Katia, por eso sigue aquí —dice el padre —. Viva.
      Titubeas. ¿Qué decir? ¿Cómo hablar ante esa situación? No hay nada que hacer en una historia donde sólo eras una herramienta y no la protagonista. Porque no te venían a invitar. Venían por ti. Sólo esperaban a que vieras el video, a que supieras con quién tratarías. Callas, por eso. Te entienden.
      Todos celebran.
      
      Un mes después, regresas a la escuela. Estás mejor. Ahora vives en casa de los Kether. Tienes que enseñarle a los niños, a los nuevos niños, al Niño, todo sobre la realidad, sobre esa época que viven. Tú también has aprendido, sabes más, sobre ellos. Has visto cosas terribles, cosas que al principio no tenían forma ni orden ni razón de ser, pero ahora estás mejor. Estás mejor. Y estarás aún mejor cuando toda la misión, el ritual, sea completado. A través de las medicinas y los cantos que la señora Kether descubrió y que el señor Kether te enseñó, has sabido sobrellevar el estrés mental. El horror ya no es horror, sino rutina.
       Los alumnos se sorprenden. Se portan demasiado bien. Temen la normalidad con la que los tratas después de tu repentina ausencia. El mismo Ricardo, quien a veces era imposible de callar, no dice nada. Te mira con sospecha, eso sí. Al final de la clase, se acerca contigo.
       —Estábamos muy preocupados por usted, miss. Y yo más. Pensé que le había pasado algo —dice Ricardo.
       —No, Ricky, todo estuvo bien. De hecho, fuiste de mucha ayuda.. Te lo agradezco —dices mintiendo y no.
       —¿Pero por qué se fue tanto tiempo? ¿Qué le pasó a Diego? —dice Ricardo.
       —De eso quería hablar contigo, pero te me adelantaste. Diego estuvo un poco enfermo, pero ahora ya está bien. He faltado porque sus papás y la directora me pidieron que le repusiera todo lo que se perdió. Y más. Digamos que ahora tendrá escuela en casa.
      —¿O sea que ya no tendrá que venir? ¡Qué envidia! Pero al mismo tiempo, no me gusta, porque ya no lo veré. Y la verdad, quería pedirle perdón.
      Lo que sigue te cuesta trabajo porque aún hay en ti resistencia al vórtice donde te encuentras. Pero tiene que suceder y sucederá muchas veces. Muchas. Y en cada una te costará menos trabajo hacerlo.
      —Diario tengo que ir con él saliendo de la escuela. ¿Qué te parece si me acompañas para que le puedas pedir perdón? Es más, toma la clase con él y, si te gusta, hablo con tu mamá para que tampoco ya tengas que venir.
      —¿En serio, miss? ¿Sí podría? —dice emocionado.
      —Claro que sí, Ricky. Sólo te pido una cosa —dices mientras te llevas el dedo índice a la boca —, que mantengas silencio sobre esto. No digas nada. No hables.
      —¡Lo prometo!