A principios de enero estuve en Tepoztlán, Morelos, participando como tallerista en Under The Volcano, un retiro anual y bilingüe para escritores de diversas especialidades. Me tocó un grupo diverso y brillante de autoras y autores de cinco países, y en él varias personas interesadas en el cuento, cuyo trabajo quedará representado aquí en los meses por venir. Son voces emergentes que vale la pena seguir.
      Luego de Yeni Rueda López, viene el mexicano Ruy Feben (Ciudad de México, 1982), quien es autor de los libros de cuentos Malebolge (2018) y Vórtices viles (2012), el cual obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2012. Ha publicado relatos y ensayos en antologías como Historias de malta (2018), Te guardé una bala (2015), Emergencias: cuentos mexicanos de jóvenes talentos (2014) e Hic Svnt Dracones (2013), y en revistas y suplementos culturales como La Peste, Guardagujas y Los Bárbaros.
      «Prófugos» es una narración que juega no con uno, ni dos, sino con tres subgéneros populares de la narrativa nacional al mismo tiempo: la autoficción, la historia apocalíptica y las anécdotas de mexicanos en el extranjero. Lo hace con humor, por supuesto, y también crea una atmósfera cercana, entrañable, para su fin del mundo.

Ruy Feben (foto provista por el autor)

PRÓFUGOS
Ruy Feben

Lo vemos sobre Gorriti, primero lejos, una farola descompuesta, y luego cada vez más nocturno: las rayas de su remera, los shorts pelados de mezclilla, la gorra postergando una planicie imposible. Finalmente: los ojos, demasiado certeros sobre el rostro de Carlota. A mí parece no percibirme: otro ser de sangre caliente en medio de la canícula del verano bonaerense. Como si fuera yo apenas un aliento, la sensación de una extremidad ausente.
      Es el último ser humano que vemos. Fuera de nosotros, por supuesto: a partir de ahora, nosotros seremos el mundo, y como tal seremos inevitables y terribles.
      No sabíamos que eso sucedería con el año nuevo, claro: no teníamos manera de saberlo. Acaso le hubiéramos hablado a este personaje fortuito, le hubiésemos dicho lo poco que hemos descubierto en los lustros de la vida normal y anodina que para nosotros lo ha sido todo; le hubiésemos pedido favores o apurado una explicación. Nos hemos reprochado mil veces ese instante, imaginando escenarios diversos: que lo seguimos hasta donde iba, seguramente con otros seres humanos y acaso con algunos perros, acaso al sitio donde hoy todos se esconden o donde todos entonces murieron; que lo llevamos como anzuelo para lo que sea que viene con este año; que lo encaramos, que lo golpeamos, que lo comemos. Hemos imaginado con él toda clase de violencias y de cariños: todas las formas que tiene la añoranza.
      Pero nada de eso importa: son puras imaginerías, e imaginar no hace más que recordarnos que estamos solos. En una ciudad extraña y salvaje de todas las maneras posibles, solos, sin el reproche fundamental que son los demás seres humanos.

***

Las primeras horas son como todas las que siguen de cerca a un desastre: caminamos solos por la calle de Gallo, bajo la primera madrugada del año joven. La ausencia de autos nos parece predecible y hasta deseable; igual los nulos peatones, que nos permiten andar en año nuevo como si el mundo fuera también nuevo. Por costumbre nos detenemos en los semáforos, que no remedian ningún accidente.
      Pasamos las pocas cuadras entre Gorriti y el alojamiento sin pensar en aquel muchacho que nos vio con los últimos ojos de la especie.
      —¿Cuáles son tus propósitos de año nuevo?
      —Equilibrar mejor mis tiempos. Comprender mejor lo que quiero de mi futuro. Escribir.
      Un fuego artificial revienta la pupila nocturna.
      —A ver, escribe desde ahora: ¿qué fue ese fuego artificial?
      —Una bomba: Buenos Aires desaparece dentro de pocos segundos con nosotros calcinados en medio. No tenemos oportunidad de realizar nada de lo que esperábamos para 2019. Fin del relato y fin del mundo.
      Carlota se petrifica. Es el primer juego del año: me observa con una cara que, en el peor de los casos, podría servirnos a ambos de salida de emergencia, si todo de verdad se derrumba. Pero la conozco: sé que algo hay de temor genuino detrás de esa cara.
      Sé que por un instante teme la horda de soldados listos para la hecatombe.
      No llegan los soldados. Una alarma suena lejanísima. De un balcón salta una fiesta interminable, una gruesa capa de música que arropa la madrugada.
      Y nosotros caminamos así a la cama, calurosa como caldo mitocondrial.

***

El hambre nos despierta después de las 11. El balconcito de la recámara da a la misma pared blanca de siempre, que anuncia el sol pero no lo delata.
      Nos calzamos veloces, nos decimos que ojalá exista algo abierto en el vasto mundo, de preferencia algo con milanesas y cerveza fría.
      Echamos a andar por Paraguay, un calor jurásico a cuestas, sobre la calle que se mece.
      —¿Tú crees que algo esté abierto? Por lo que veo, éstos no se mueven mucho en año nuevo.
      —Algo tiene que haber. ¿Qué pasa si necesitas pan o medicinas? La gente también se enferma en año nuevo…
      —La gente también muere en año nuevo, sin duda.
      Carlota ni siquiera me golpea el hombro como lo hubiese hecho cualquier otro día. No es miedo: es que la noche anterior apenas picamos unas papas feas.
      Subimos todo Paraguay hasta Callao.
      Ni un alma.
      Ni siquiera en las puertas grandes, entre cobijas y cartones: ni siquiera una de las muchas almas que se comportan como de segunda mano en Buenos Aires, la legión de pordioseros.
      Ni un al ma rondando la carroña del año recién terminado.
      Pero en ese momento es peor el hambre que las implicaciones metafísicas. Como no hay pizzería o parrilla con trazas de vida, entramos a un kiosko abierto, pero desatendido.
      Tomamos seis paquetes de frituras, llamamos al dependiente, primero con mexicanísima cortesía, luego a los gritos, como primates de la selva. Nada pasa: dejamos el dinero junto a la caja registradora, y caminamos un poco avergonzados rumbo al cementerio de la Recoleta, la única atracción de la ciudad que nos parece disponible en aquel día inmóvil.
      No nos animamos a entrar: nos da miedo empezar el año nuevo en un sitio lleno de muertos.

***

Ya con las chips y los Gatorades, el 1 de enero a solas no es tan malo. El calor nos asfixia, pero sentados en los jardincitos frente al cementerio, no es tan malo. Algún aire se cuela cada tanto, como voz rascando una garganta: algo parece moverse.
      —Sí es raro pasar año nuevo con este calor. No se siente año nuevo. Se siente como el último verano, repetido y con acentito.
      —O como si nos hubiéramos adelantado al próximo verano: un futuro distópico en el que todos conjugamos mal la segunda persona.
      —Por eso no hay nadie en la calle: estamos en el futuro, que todavía está deshabitado. La gente viene apenas, recogiendo al mundo, enrollándolo en cobijas de vocales alargadas.
      —Es en serio lo de ponerte a escribir más, ¿verdad?
      —¿Tan malo fue?
      —Digamos que te falta encerrarte unos días en silencio.

***

Cuando anochece nos parece extraña la ciudad solísima y nos hartan las chips y los sanguches envueltos en celofán. Hacemos lo que todo turista: culpamos a las malditas costumbres locales, incomprensibles y precarias, de algo que otrora podría resolverse facilísimo. ¿Por qué no le pagan doble a sus empleados para trabajar en feriado? ¿Será que nadie quiere trabajar en feriado? Claro, si son unos incompetentes, babosos, salvajes, mediocres. ¿Qué clase de mundo se atreve a vaciarse de gente así como así? ¿Qué clase de especie somos si no somos capaces de estar sobrios el uno de enero?
      Lo único que nos queda es esperar que la ciudad se componga el 2 de enero, como lo hacen todas las capitales del mundo desde inicios de los noventa. Sobre todo las capitales calurosas, donde no existe un pretexto.
      Es que, vaya: ¿no trabajar, con este clima más bien benevolente, aunque sea 1 de enero? ¿Es que no tienen ambición? ¿Qué clase de monstruos son éstos?
      Dormimos fatal: la dosis extra de sodio nos deja dando vueltas en la cama toda la noche.
      Yo tengo una pesadilla: que el calor y el hambre me hacen alucinar y, en una de tantas vueltas nocturnas, pienso a Carlota un pedazo de bife, y la muerdo, primero en la espalda y luego en las nalgas y en el cachete, la muerdo sin que ella grite: es, en efecto, un pedazo de carne con la forma de mi esposa. Cuando lo descubro, caigo en depresión dos meses que vivo veloz, aunque cada íntegro segundo, en el sueño; me recupero tomando pastillas y yendo a terapia, y finalmente abro un local de cárnicos a base de Carlota en una esquina disponible de Agüero. Le pongo a mi fiambrería así: Carnota. Me quedo a vivir en Buenos Aires, que ha vuelto a dejarse pulular la gente mal vestida, los buses ruidosos, los border collies.
      Despierto empapado, riendo, con náuseas: el aire acondicionado dejó de funcionar.

***

Es inútil llamar al que nos rentó el departamento. Inútil, inclusive, buscar a la conserje: no contesta cuando tocamos en el cuartito, ni siquiera cuando en uno de muchos golpes zafamos una bisagra de la puerta.
      —¿Tú viste alguna vez a la conserje?
      —El primer día, cuando fuiste a comprar no sé qué, me ayudó a matar una cucaracha que me encontré en el baño.
      Toco la puerta con mayor coraje: eso quiere decir que existe, y que seguro decidió alargar el año nuevo hasta el primer lunes, para el que aún falta todo el fin de semana.
      Carlota le tiene un pánico irracional a las cucarachas desde siempre. Una vez casi me manda al diablo por dejarle una de juguete en su buró. No me alarma que el primer día de estancia haya llamado a la conserje, sin conocerla, para matar a una intrusa.
      Y me arrepiento de no haberme alarmado de inmediato al pensar en cucarachas. Como bien nos lo han enseñado los documentales conspiranoicos de todas las cadenas de televisión, en una ciudad sin seres humanos, otras especies empiezan a competir por el dominio. Las minorías escapan rápido o mueren de maneras tristísimas: los pajaritos del asfalto se refugian en los bosques cercanos y en las cuevas, los perritos pug sucumben a su espantosa tragedia genética. La urbe ingrata les revela las fauces hediondas, y no les deja más opción que la retirada o la muerte. (¿Por cuál habrán optado todos los argentinos de Buenos Aires?)
      En cualquier ciudad de tamaño decente, son tres las especies que realmente se debatirán el dominio: las ratas, las palomas y las cucarachas.
      No lo sabemos, pero mientras llamamos a gritos a Lisa o Luisa o como sea que se llame la señora que limpia el edificio, las cucarachas han tenido tiempo para duplicarse bajo el suelo, a apenas centímetros de los enchanclados pies de Carlota.
      —¿Y qué te dijo cuando mató la cucaracha? ¿Ella está acá todo el tiempo, o…?
      —No dijo mucho: también les tiene miedo. La mató rápido y se fue asquea…
      Una arcada interrumpe a Carlota, que casi vomita el estómago vacío.

***

Pasamos esa mañana tocando en todas las puertas del edificio, y luego en los timbres de los edificios contiguos: comprobamos, antes de las 2 de la tarde del 2 de enero, que, al menos en la cuadra de Paraguay que va del 3000 al 3100, todos han desaparecido sin hacer ni puf.
      El aire acondicionado ya es lo que menos nos preocupa.
      —¿Qué vamos a hacer ahora? Tenemos efectivo para dos o tres bolsitas de papas más…
      —¿Papas? ¿Qué vamos a hacer con eso? No podemos comer papas toda la vida… ¿Y quién prepara las empanadas y las milanesas si no hay argentinos?
      —No exageres: tienen que volver en algún momento. Si fuera algo realmente grave, ya nos hubiéramos enterado. Además, en una semana sale nuestro vuelo y listo: volvemos a zona de homínidos normales.
      —¿Y si nadie aparece para entonces?
      Por primera vez se nos ocurre que eso es una posibilidad: que, no sólo de golpe, sino para siempre, la gente desaparezca del mundo. O los argentinos, que en este caso es lo mismo. Ponderamos que se trate de una de las cosas nacionalistas que a veces hacen y que les salen casi siempre bien: un Corralito existencial, de un Cacerolazo contra la insoportable carga de vivir siendo los más europeos de los latinoamericanos. Eso explicaría la falta de uruguayos en las calles (en los desastres pagan siempre justos por pecadores), pero no la de peruanos.
      “Andate a cagar, universo de mierda”: acaso el conjuro que a todos los mandó lejos de todo, al feliz multiverso que anida en la papada de Maradona.
      Pero no puede tratarse de otra cosa: ¿desde cuándo las hecatombes eligen dejar a dos turistas como únicos habitantes de una ciudad de cuadras interminables?
      Hollywood queda lejísimos (no el de Palermo, claro), incluso un poco más lejos que casa.
       —¿Cómo vamos a llegar al aeropuerto?
      Fue buscando cuánto se hace a pie de la Recoleta a Ezeiza que descubrimos nuestro peor miedo: internet tampoco está funcionando.

***

Hay miles de películas que describen lo que pasaría en un mundo sin personas; inclusive documentales que ponderan cuántas horas tardarían las raíces de los árboles urbanos en comerse las calles, en hacer de las neveras nidos de especies nuevas. Romancean con parvadas de palomas que mutan en una sociedad casi perfecta, a falta de predadores tecnócratas. Ponderan una salvación, un paraíso terrenal que se recupera a sí mismo.
      —¿De verdad la humanidad tiene que acabarse de tajo?
      —¿Quién dice que se acabó la humanidad? Hasta donde sabemos, sólo Buenos Aires está vacía. Es el sueño de muchos turistas, en realidad…
      —Típico: los turistas somos tan mensos, que incluso descubriremos tarde ese hot spot local que es la extinción.
      Estamos en el silloncito verde del alojamiento, con las ventanas abiertas. Es 3 de enero, y ya casi nada funciona. El aire acondicionado se tira pedos de vez en cuando, y es imposible repararlo: imposible buscar electricistas, plomeros, trazas de vida inteligente, sin internet. La sección amarilla desapareció hace siglos, inclusive en países salvajes como éste, y buscar por la calle algún servicio, a la antigua, es predeciblemente inútil.
      La caja de herramientas en el placard del alojamiento, en nuestras manos, es equivalente a una colonia de platelmintos con acceso a todas las claves de seguridad que existen en el FMI.
      No podemos comunicarnos con México: no hay línea telefónica, ni siquiera correo postal. Vaya: los barcos del puerto están detenidos, e incluso el vaivén del agua es de pronto pazguato, el río una anodina e interminable gelatina.
      Una gelatina de la que brota un pelaje que se llama mundo, que empieza a rugir.
      —¿Eso fue una cucaracha?
      Carlota señala bajo el escritorio polvoso y alza los pies. Yo no veo nada, ni siquiera pongo atención: trato de planear, en un mapa de papel que encontré en el librero, el mejor modo de llegar al aeropuerto.
      —Ruy, ¿qué vamos a hacer si esto se llena de cucarachas? Con la basura y el calor…
      —No sé. Supongo que ir al aeropuerto, tratar de llegar a tiempo al vuelo de regreso.
      —Pero tiene que haber una manera más fácil. No puede ser que toda la ciudad esté vacía. Tiene que haber alguien, algo…
      Pero no. Buenos Aires, sus helados y carnes, sus personajes que gritan por nada en la calle, sus escritores y sus museos, sus edificios y los picos (no pocos) que tocó en vida, la Ciudad de la Plata, es, repentinamente, un cráter en el lado idiota de la luna.
      Un boom interrumpe el pánico de Carlota, mi distraída ingesta de una empanadita de las que quedaban en la desértica cantina de la cuadra.
      Como lo dicta el Discovery Channel, a falta de mantenimiento, las centrales de energía empiezan a explotar. Ese boom, que desperdigó parvadas y le provocó a Carlota la imagen de una marabunta exoesquelética rompiendo los muros, es el primero de muchos.
      Un boom, aleteos rayoneando el cielo, y luego silencio. Absoluto.
      Una cosa que, como latinoamericanos, desconocíamos por completo.
      Ese boom es lo más cerca que hemos estado de otras personas, o de la memoria de otras personas, en tres días. Es también lo más cerca que nosotros, tristes niños del verano, hemos estado jamás de la guerra, del fin del mundo, de nuestro lado salvaje.
      Empanatanados en pánicos y mapeos, no lo sabemos, pero ese primer boom es un escupitajo de memoria dirigido al cielo.

***

Para escapar del calor aceitoso, el 4 de enero dejamos el alojamiento: nos metemos a un restaurante cuyo clima todavía funciona. Lo hacemos con cautela: nos escondemos tras la barra, preparamos un discurso por si aparece el dueño y un arma por si aparece alguien más.
      Para mí no es tan malo: hay carne buena en el refrigerador, quesos útiles, fiambres, aún un par de decenas de mediaslunas descansando, turgentes y dulces y precámbricas, en una panera.
      —¿No te has cansado de la carne? Me urge una ensalada…
      Miro a Carlota y río. Le cuento mi sueño. “Carnota” le parece un pésimo nombre: el humor le ha cambiado. No es para menos, con tanto sodio y tanta grasa y tan poca fibra…
      —Bueno, al menos no hay argentinos.
      —Espero que no vayas a escribir nada de eso, Ruy. Es ofensivo.
      Me prometo recordarlo, pero sé que eso no sucederá. A mí también me ha cambiado el humor: ahora me siento incapaz de disimular. El único decoro que guardo es para continuar la plática con Carlota, lo cual es el único recurso que, a tres días de la soledad absoluta, importa todavía.
      —Me refiero a que la falta de argentinos debería dejarnos mucho espacio para pensar en lo importante, que no sé si es la fibra. Es decir: ¿tú de verdad crees que se esfumaron de pronto puf no hay más?
      —No sé. O sea, si se hubieran ido todos al mismo tiempo por sus propios pies, nos habríamos dado cuenta.
      Carlota encuentra en la alacena del restaurancito unos jitomates; muerde uno como si fuera una manzana, como si fuera prohibido y delicioso.
      —No creo que se los hayan llevado los aliens. Y un asteroide no llega de puntitas.
      —¿Y por qué tendrían que haberse ido todos al mismo tiempo? Chance y cada uno decidió irse por su lado: siguiendo cada cual a su ego, hasta donde su ego alcanza.
      Yo termino de asar un bife de chorizo. No, la carne no me ha cansado: por el contrario, cada vez me disgusta menos. Me hace sentir cansado, inmóvil, pero feliz. Como dormido.
      Doy una mordida supernova.
      —¿Les habrá gustado llegar a Alaska a encontrar que son los mismos de siempre?

***

Pasamos todo el día de Reyes saltando, cada pocas horas, de un estanquillo a otro: todos los aires acondicionados sufren el mismo destino que el nuestro eventualmente, así que tenemos que huir, como roedores.
      Inclusive los refrigeradores (que acá son de otra especie: se llaman neveras) se descomponen; los desperfectos nos urgen a dedicar las primeras horas a los embutidos y los quesos frescos.
      —Creo que ya me acostumbré a robar. O al menos robar cada vez me parece menos malo.
      Carlota dice esto con los brazos llenos de mágicos escombros comestibles de nevera todavía viva. Encontró pasta fresca en los estantes de un restaurante modernillo.
      —Eso está bien: así podemos comer mejor.
      Yo apaño un pedazote de matambre con huevo; las pizzetas congeladas de este lugarcito que vive ya más allá de la moda (cuya puerta tuvimos que forzar: la alarma apenas balbuceó un gemido antes de morir sin electricidad) las dejo para otro día de hambre, para otra cacería.
      Cuando corto un pedazo para hacer otro sanguche, otra central eléctrica desfallece: boom en algún lugar de San Telmo, y otro boom, casi simultáneo, en Liniers.
      Carlota ríe; se anima un vaso de vino; nos damos cuenta de que no hemos bebido vino a pesar de la soledad. Aprovecho aquello para otro bife, para las supervivientes papas fritas; ella sigue con el vino a solas. A ambos nos golpea igual el alcohol: como el único pie humano del mundo, dispuesto a aplastar a los insectos que quedan a su paso.
      Ese mismo restaurante nos negó la entrada para cenar en año nuevo, así que ahora nos sentimos valientes.
      ¿Quién se quedó ahora sin cenar? Gritamos, medio borrachos con una botella del Malbec más caro de la barra, y bailamos con la cabeza flotante: ¿qué se siente quedarse fuera, tarados?
      Boom en Puerto Madero.
      Nunca nos detenemos a pensar qué significa exactamente estar fuera, fuera de dónde, respecto a qué: la soledad es la orilla, siempre. Y somos nosotros los que bailamos en mesas elevadas, sin música, en una ciudad que ya no suena.

***

Como no hay alumbrado público, esa noche dormimos donde nos coge el cansancio.
      Somos los únicos pordioseros que le quedan a Buenos Aires: como los miles que había antes, dormimos en colchones que robamos, tirados en el primer rincón a prueba de cucarachas que somos capaces de encontrar.
      Eso es importante: el único requerimiento que debe cumplir nuestro alojamiento es que sea completamente a prueba de cucarachas. Así lo ha sido siempre, desde que Carlota y yo estamos juntos: todo es soportable, excepto la posibilidad de esas patitas, de esos cascos alargados color carne quemada, de esas antenas ojos que tocan el mundo antes de verlo.
      En la Buenos Aires vacía, esto se vuelve cada vez más difícil.
      Boom en Retiro.
      La oscuridad apenas se ilumina cada tantos minutos con la pirotecnia de las centrales eléctricas, boom en lo que parece ser Montevideo. Anidamos en una litera, dentro de una tienda de muebles; blindamos las patas con todo el insecticida de la tienda de jardinería que está junto.
      Nos abrazamos como hace muchos meses no lo hacíamos. Siento el rostro caliente de Carlota contra mi cuello, como una planta o como un pelaje. Pienso que el mundo se ha vuelto de nuevo elemental: que somos una suerte de Adán y Eva en el deshabitado Cono Sur, aprendiendo a sobrevivir en este jardín del Edén de arquitectura afrancesada.
      Eructo y el aliento me sabe a algo que nunca había probado. Pienso en el porcentaje de vacuno que comí hoy; pienso en las cosas que eso debe estarle haciendo a mi cuerpo. La pierna izquierda ya aprieta como un vendaje receloso, y la cabeza me duele. Cada tanto, sobre todo bajo la luz dura o el cansancio, la vista se me oscurece como la noche.
      Y en esos momentos el mundo no existe, o yo no existo para el mundo, lo cual es acaso lo mismo. En todo caso: en esos momentos temo comprender por fin lo que pasó con todos los porteños del mundo.
      Abrazo fuerte a Carlota: no quiero que ella también desaparezca.

***

Sueño que Carlota me ofrece de un bife podrido, en uno de esos omnipresentes platitos metálicos de la ciudad. Sus brazos son largos, una entera de las interminables cuadras de la ciudad. Ella come de la carne, su tenedor y cuchillo se mueven como insectos, agarran con sus antenas la carne, la hacen bolitas y luego la lanzan lejos, hasta las fauces de Carlota, que es ahora una paloma, ahora una rata, ahora un conglomerado movedizo de pugs y pajaritos y gatos negros; sus ojos, border collies. Come de la carne por muchas bocas: ya no tiene la forma de Carlota, sus cabellos ondulados y sus ojos grandes, sino que es una cueva convexa, una esfera cuya superficie está hecha de abismos.
      De una de esas cuevas convexas sale una serpiente; sus ojos son ventanales como los del Palacio Barolo. La serpiente se me acerca hasta sentir su vaho directo en el cuello; le brotan de los colmillos patitas mínimas que se desprenden y corren por mi cuerpo, bajo la ropa, haciendo explosioncitas mínimas.
      Las patitas van por todos lados, las siento husmear en mis rincones, las siento bajar por mis subsuelos, entrar a mis orejas y murmurar: “Carnota”.
      Boom en Caballito.
      Abro los ojos, que se contectan directo a los de Carlota; me mira como mira el planeta a los aviones que vuelan muy arriba.
      —¿Qué pasa? ¿Estás bien?
      No responde; en cambio, su mano empieza a golpear el colchón como tambor. Luego tiembla su brazo, sus hombros, su cara; todo le tiembla menos los ojos, que me miran vertiginosos.
      Tiene fiebre y está, al tiempo, helada: como motor de nevera.
      Le quito la manta y descubro al menos veinte cucarachas que le caminan por encima, por entre la ropa y en el pelo y en las pantorrillas. Desaparecen debajo de su ropa y vuelven a escapar tras un minúsculo temblor.
      Creo que es así como descubrimos que, sin importar nuestros mejores deseos, somos parte del mundo.

***

—¿Estás segura? Dudo mucho que haya aviones…
      —No tenemos manera de saberlo: en realidad no sabemos qué pasa más allá de Palermo… Chance y los vuelos sí están saliendo, aunque no los veamos. En todo caso, no tenemos nada mejor que hacer. Y las cucarachas. Las cucarachas, Ruy…
      Vuelve a temblar como hace rato, así que me detengo: le acaricio la cabeza. Tardamos más de tres horas en sacarla del shock nervioso. Me mira con los ojos albercados, como detrás de un aparador inmenso. Cuando por fin llora, se desfonda. Es repentino: ojos de aparador, boom en La Boca, llanto imparable. Llanto como plaga de dolores: como marabunta comiéndose las mejillas de un primate.
      No logra conciliar el sueño más, por supuesto. Pero se tranquiliza cuando por fin le prometo que nos largamos de Buenos Aires, a costa de lo que sea.
      Largarnos de Buenos Aires: hace una semana era apenas un trámite; una fila larga, como todas las que aparentemente hay en Argentina; unas tres o cuatro horas previas en un aeropuerto caótico, nada más. Ahora, sentado frente a ella, sosteniendo el mínimo bate que improvisé con un salame grasoso, dirigiendo con un espejo la luz de la vela que me permita ver en la oscuridad al exoesquelético enemigo, largarnos de Buenos Aires parece una tarea primigenia, esteparia; una tarea a la que bien podríamos dedicarle el resto de nuestras vidas.
      Pasamos toda la noche así: yo inventando el primer juego de pelota de la nueva historia, a costa de un embutido y una especie reclamando el futuro, ella temblando y soltando llantos cada tanto en un rincón dentro de la nevera que todavía sirve.
      Echamos a andar en cuanto el alba oculta a los insectos. Para hacerme energía, muerdo un sustancioso pedazo de jamón; la pierna me vuelve a apretar como fauces de bestia amenazada; Carlota no tiene todavía espacio en el estómago para otra cosa que el miedo. Calculamos diez horas hasta Ezeiza; tenemos casi 48 para que nuestro vuelo salga.
      Carlota va forrada hasta el cuello con telas que le permitan, en dado caso, no sentir las patitas trepándole las extremidades. El calor del hemisferio sur se hincha, y nos queda toda una ciudad y un área metropolitana que cruzar. Me preocupa su sudor, su intolerancia a cualquier clase de ingesta, mis piernas apretadas, la falta de fibra.
      La falta de fibra, que después de todo sí puede volverse un problema primordial.
      ¿Qué habrían hecho en nuestro lugar nuestros ancestros, que tenían un color más auténtico y una dieta menos temblorosa? ¿Qué dirían los asiáticos que pisaron estas tierras antes que nadie, los europeos que se adjudicaron luego ese trono?
      Boom en Nueva Pompeya.

***

Apenas cruzamos los límites de Buenos Aires Ciudad: nos anuncian la salida a Provincia de Buenos Aires un letrero y un tren cuya vía ya empieza a ocultarse bajo una hiedra potente. Nos cruza una jauría interminable de border collies que escaparon de la ciudad; uno de ellos todavía nos mira a los ojos, los otros apenas nos olfatean recelosos. No se acercan cuando por fin logramos un fuego, tras descubrirlo de nuevo un arte sofisticado, un espectáculo divino.
      Han pasado tres días. A este paso, calculo que estaremos llegando al aeropuerto dos semanas después de aquel extraño en la calle que me vio sin verme.
      Si nuestro vuelo existe, ya desapareció también: desapareció dos veces.
      Mi pierna es una carga, otro más de los embutidos que llevo en la mochila. Carlota sigue sin comer. Apenas el olfato le anuncia comida, viene una arcada: lo único que ha podido decir al respecto es que los dientes chocando entre sí le parecen los torax amontonándose en lugares secretos bajo la calle visible.
      Ambos estamos débiles. Buenos Aires terminará con nosotros, inclusive vacía, silenciosa, bella, sin delincuentes ni subte. Ese silencio terminará erosionándonos hasta la médula.
      A veces, nos lo decimos, extrañamos a los argentinos. Incluso al que nos gritó aquella otra noche, desde lo más hondo de sus tragos, que nos iba a cortar la cabeza.
      Anochece tras una esquina que cedió la pizzería a una maraña de rugidos y zarpazos que anidan en el horno apagado.
      Improvisamos una casa de campaña con una lona que colgaba fuera de un Calzate Catalina, en Av. Santa Fe. Acampamos directo sobre la calle mojada, de la que hierve un clima infame. Un riachuelo arrastra un torrente de cubiertos, bombillas multicolor, aluminios roídos.
      La ciudad poco a poco fluye hacia el río, cunde su ruina desplazada a donde pertenece: bajo las aguas plateadas.
      Estamos a punto de dormir cuando Carlota levanta la cabeza como marsupial.
      —Hay alguien afuera. ¿Los oyes? A lo mejor es un equipo de rescate…
      —¿Una semana después de una tragedia?
      —Estamos en Latinoamérica…
      Asiento, mudo, y trato de escuchar: no oigo nada.
      Pero nada en serio: como si lo que sea que está afuera de la tienda de campaña estuviera en otro lado, lejos, inútil.
      Temo que la sensación eterna de cucarachas en los dientes haya hecho metástasis en Carlota, y que ahora todos sus sentidos se inventen patitas de todo tipo.
      —Ahí están otra vez… son voces.
      —Debe ser un radio que empezó a funcionar.
      —Vamos a asomarnos.
      La detengo. No tenemos un solo indicio de cómo fue que desapareció una capital otrora llena de gente que gimotea todo el día; a estas alturas, estoy convencido de que eso seguramente significa que fue una causa con cierta inteligencia, con alguna malicia.
      —No salgas. No sabemos si son ladrones o caníbales. O hinchas de algún equipo local. O cucarachas.
      Carlota reprime un escalofrío.
      —Si hay algo más que esto, tenemos que averiguarlo.
      Mi mano no alcanza a tocarla: cuando intento adelantar el cuerpo, la pierna me hunde de vuelta. Carlota sale y la lona vuelve a cerrarse, rotunda.
      La escucho alejarse, pero muy pronto sus pasos desaparecen.
      Dentro de la carpa la oscuridad se envalentona, la noche es una calle sin fondo. Alzo la mano a la altura de mis ojos, pero en su lugar lo que hay es el mismo negro noche.
      Afino los oídos, tratando de escuchar los pasos de Carlota, que se decantan en un futuro del que quiero una cosa, una sola.
      Espero así, sin contar las horas, en lo que parece ser todo el tiempo que nada en el universo.