Ojos de lagarto

Bernardo Fernández (Bef), Ojos de lagarto. México, Planeta, 2009

Ésta, damas y caballeros, señores y señoritas, es una novela histórica. Tiene todo lo que ustedes podrían esperar de tan gustado género, incluyendo descripciones entusiastas de lugares y personajes exóticos, numerosos detalles desconcertantes pero al fin explicados, acción que se mueve rápidamente por muchos puntos de vista y lugares del planeta, sonrisas y lágrimas, etcétera. El pasado vuelto a crear para los ojos del presente: una realidad que se ha ido definitivamente, trabajada para quitarle las partes más aburridas (que son las más, como ahora y como siempre) y enfatizar la maravilla, la acción, la violencia, la ternura; para mostrar la constancia de las pasiones y del azar. Y todo, además, con referencias que nos permitan orientarnos y guiños que nos recuerden que esta criatura de la imaginación existe para entretenernos hoy y relacionarse con nuestras experiencias de hoy. Los lectores de México podríamos concentrarnos en que esta historia gira alrededor de Mexicali, Baja California, y el famoso incendio de su barrio chino en 1923, otro más de los modelos para el desastre que tanto anticipamos en estos días; los lectores de otros sitios, en cambio, podrán hablar de las dolorosas migraciones de Asia a América o del tercer mundo al primero, de los estafadores y curalotodos que prosperan en los tiempos inciertos, de los cazadores y los colonialistas, de los misterios de la China ancestral, de las leyendas urbanas y sus orígenes, de las referencias eruditas al cómic y la cultura popular (¡la historia secreta de Wayne y Kent!).
      Todo eso está en Ojos de lagarto.
      Por otro lado, ésta es también una novela fantástica. De una vez se puede decir que el centro de la historia no es la vida real de Mexicali en 1923 sino, literalmente, un enorme dragón, tan real como Mexicali en el mundo del texto, encerrado en un subterráneo fabuloso y capaz de todas las proezas de fuerza y fuego que pudiéramos desear o temer; además está Frank Buck, aventurero que realmente existió pero fue convertido en leyenda por el cine; está Pi Ying, que es un personaje de Kurt Vonnegut; están varios personajes inconfundiblemente creados por Bernardo Fernández, incluyendo a Ary, uno más de sus niños despiertos y desconcertantes (porque para empezar es una niña) y al veterinario Rolando Hinojosa, uno más de sus adultos en desventaja, no del todo bien equipado para combatir la dureza de la vida pero capaz de sobrevivir mediante su ingenio y extraer de su desgracia siquiera unas gotas de sabiduría amarga. Esta mezcla es también una estrategia de lo fantástico, que puede tomar materiales de donde sea y reunirlos para crear con ellos universos previamente inexistentes, semejantes a otros que ya conocíamos –incluyendo a la vida real– sólo hasta cierto punto. Y al contrario de la novela estrictamente histórica, aquí lo que cuenta es la diferencia y no la semejanza con lo que conocemos: el modo en que nos sorprendemos y salimos de lo conocido para aventurarnos en otros sitios.
      Como una cosa y la otra suceden a la vez, se podría decir que esta novela entra en la corriente enormemente difusa de lo posmoderno: cada influencia y cada préstamo se roza con todos los otros y con cada invención original, y a veces las partes se golpean y a veces saca chispas…, pero esto significa, en realidad, que cada una puede existir por su cuenta, siquiera en breves momentos, y seducir por sí misma: como los libros de (justamente) Kurt Vonnegut, que se resisten a ser reducidos a una sola categoría, éste puede atraer a partidarios de muchas tramas distintas, de personajes y ambientes de lo más diverso. Además de histórica y fantástica, ésta es también una novela de aventuras con persecuciones, puñaladas y escapes arriesgadísimos en el último segundo; una novela intimista sobre el contacto de una hija y el padre solitario que debe hacer el trabajo de dos mientras ambos dan tumbos por el mundo y buscan cumplir una promesa hecha a una mujer muerta; una novela política sobre el enésimo episodio de la corrupción y la venalidad nacionales, incluyendo la idea desoladora de que todo lo que queda por hacer es intentar huir de la catástrofe, y etcétera, etcétera, etcétera. Cada quien podrá escoger el modo de leer que más le guste y Ojos de lagarto le contará lo que desea.
      Y todo lo anterior no significa que haga falta un doctorado en literatura para entender la relación de los hechos: la trama de ambición, trancazos, espanto y maravilla que esta novela presenta. Al contrario, éste es un libro que no pretende sino entretener, contar una buena historia y dejarse leer fácilmente. Todo el trabajo previo –la investigación, el pulido de las ideas, la fusión de los conceptos– es sólo del autor, e incluso si un posible lector no sabe y no quiere saber de las referencias literarias y las citas ocultas, puede perfectamente leer sin darse cuenta de que todo eso está allí. Y no tendría nada de malo que así sucediera. Si nuestro país no estuviera tan atrasado, una novela como ésta conviviría con muchas otras semejantes y no tendría que competir con todas las que no se le parecen: ni con los libros de una sola categoría (los históricos-históricos, los de fantasía-fantasía y así sucesivamente) ni con los experimentales, los que buscan descubrir los nuevos territorios en vez de cultivar y cosechar en los que ya se conocen. Pero somos víctimas de un círculo vicioso: como nadie les hace caso ya, los defensores de nuestra maltrecha cultura literaria niegan que sea importante tener lectores, y se encierran todavía más, y el espacio vacío que dejan la ausencia de la crítica y la caída abismal de nuestra educación lo llenan los libros malos, desde las biografías morbosas o los manuales de borreguismo (por un lado) hasta (por el otro) los libros-gesto, hechos sólo para hacer ademanes a un grupo reducidísimo de partidarios o enemigos en alguna élite inalcanzable.
      Por esta razón es de agradecer que no todos quieran jugar ese mismo juego y que Bef –a la par de su trabajo en los mundos del cómic y la ilustración– siga construyendo con Ojos de lagarto su propio mundo literario poblado por criaturas como el doctor Hinojosa y su hija Ary: como en Tiempo de alacranes, su primera novela, y como en los mejores de sus cuentos, aquí el juego de disfrazar de historia o de verdad las imágenes de la cultura pop –la educación sentimental de nuestra generación frívola y hueca– adquiere un sentido nuevo porque sus personajes más hondos son, de hecho, representaciones de nuestra propia idiosincracia derrotada y temerosa: como tantos de nosotros, estos seres se embarcan constantemente en proyectos de emigración, de «cambio de vida», de ajustes a circunstancias a las que es, en realidad imposible ajustarse. Perdidos en su mundo, deseosos de dejar atrás la única realidad que conocen y abrazar otra distinta (cualquier otra), tarde o temprano se hallan sin ideologías en que ampararse ni, en realidad, muchas probabilidades de éxito. Como los de ellos, nuestros esfuerzos y nuestras frustraciones (no tener un lugar mejor para vivir, hacer otra cosa, vivir una vida con espacio para algo más que las imposiciones de otros) son egoístas; como ellos, tal vez nosotros merecemos algo más de compasión que la que estamos dispuestos a conceder.
      (Y si esta compasión no existe en el mundo, habrá que agradecer que todavía exista en las páginas de libros como éste.)