Leí este cuento, por primera vez, en Imperios galácticos (1976), una extraña y hermosa antología de Brian W. Aldiss. Raphael Aloysius Lafferty (1914-2002), su autor, no era exactamente escritor de ciencia ficción, aunque muchas de sus obras se clasifican en esa categoría. Además de haber logrado un estilo muy especial y reconocible (lo que muchos de sus colegas ni siquiera intentan), era muy versátil: a sus numerosos cuentos y novelas de corte fantástico debe agregarse Okla Hannali, una novela histórica muy celebrada, así como ensayos literarios y un libro sobre la caída del imperio romano.
(Dos informaciones sobre el texto que podrían servir: un parsec es una unidad de medida que equivale a 3.26 años luz, y la primera frase de la historia juega con los últimos versos del poema
Los hombres huecos de T. S. Eliot.)

R. A. Lafferty por Jori Bolton

MUCHO, MUCHO TIEMPO
R. A. Lafferty

No termina con uno… comienza con un gemido.
Un amanecer que es una línea divisoria… Incandescencia para la que todas las luces posteriores son como velas… Calor para el que el calor de todos los soles posteriores no es más que una cerilla quemada. Las Polaridades que crean la tensión para siempre.
Y en el medio de todo hubo un gemido, la primera sacudida que indicaba que el tiempo había empezado.
Los dos Desafíos eran más altos que el radio del espacio que estaba naciendo, y una débil criatura, Boshel, se encontraba enmedio, demasiado acobardada como para aceptar ningún desafío.
—¡Eh! ¿Hasta cuándo vais a estar fuera? —gruñó Boshel.
El Acontecimiento Creativo era la Revuelta, que partió el Vacío en dos. Las dos partes se formaron oponiendo Naciones de Luz dividida sobre el escarpado abismo. Dos Campeones estaban frente a frente, con una amargura que nunca ha pasado: Michael, envuelto en fuego blanco…, y Helel, hinchado con un resplandor negro y púrpura. Y sus seguidores con ellos. Esto se ha alegorizado como Aceptación y Rechazo, y como Dios y Diablo; pero al principio hubo la Polaridad con la que se sostiene el Universo.
Entre ellos, como un pigmeo, se encontraba Boshel, solo, lleno de una duda gimiente.
—Si vas a venir con nosotros, saca el metal primordial —rugió Helel como una crujiente tormenta, mientras se dirigía a sus seguidores, hecho una furia, para formar un nuevo núcleo.
—¡Eh, vosotros! ¿Vais a volver antes de la noche? —musitó Boshel.
—¡Oh! ¡Vete al infierno! —rugió Michael.
—Cuidado con ese pequeño juramento —observó Helel—. Todavía no hay fuego suficiente para incendiar un edificio.
Las dos grandes multitudes se separaron, y Boshel se quedó solo en el vacío. Aún estaba allí cuando se produjo una segunda y pequeña sacudida y el tiempo comenzó de veras, reventando la vaina y convirtiéndola en un chorro de chispas que viajaron y crecieron. El seguía estando allí cuando las chispas adquirieron forma y movimiento; y continuó estando allí cuando la vida comenzó a aparecer en las pequeñas manchas de hollín desprendidas de las chispas. Permaneció allí durante mucho, mucho tiempo.
—¿Qué vamos a hacer con esa pequeña sabandija? —le preguntó un subordinado a Michael—. No podemos dejarle ahí, ensuciando el paisaje para siempre.
—Iré a preguntarlo —dijo Michael.
Y así lo hizo. Pero a Michael se le dijo que la responsabilidad era suya; que Boshel tendría que ser castigado por su indecisión; y que dependía de Michael seleccionar el castigo adecuado y comprobar que éste se llevara a cabo.
—¿Sabes que hizo tartamudear el tiempo al principio? —le dijo Michael al subordinado—. Colocó un elemento de azar que lo afectó todo. Por eso tiene que tratarse de un castigo que tenga algo que ver con el tiempo.
—¿Tienes alguna idea? —preguntó el subordinado.
—Ya pensaré en algo —dijo Michael.
Bastante después de aquello, Michael estaba hojeando un libro una tarde, en una biblioteca de Los Ángeles.
—Aquí dice —entonó Michael— que si seis monos fueran colocados ante seis máquinas de escribir y mecanografiaran durante un espacio de tiempo suficiente, mecanografiarían con exactitud todas las palabras de Shakespeare. El tiempo es algo de lo que disponemos a montones. Intentémoslo, Kitabel, y veamos cuánto tiempo tarda.
—¿Qué es un mono, Michael?
—No lo sé.
—¿Qué es una máquina de escribir?
—No lo sé.
—¿Qué es Shakespeare, Mike?
—Todo el mundo puede hacer preguntas, Kitabel. Reúne todas esas cosas y empecemos de una vez con el proyecto.
—Parece que va a tratarse de un proyecto muy largo. ¿Quién lo supervisará?
—Boshel. Es natural que sea él. Le enseñará a ser paciente y a tener sentido del orden, e imprimirá sobre él la majestuosidad del tiempo. Es exactamente la clase de castigo que he estado buscando.
Reunieron las cosas y se volvieron hacia Boshel.
—En cuanto el proyecto esté terminado, Bosh, habrá pasado tu período de espera. Entonces te podrás unir al grupo y disfrutar con el resto de nosotros.
—Bueno, eso es mejor que permanecer aquí, sin hacer nada —observó Boshel—. El asunto podría ir más rápido si pudiera educar a los monos y hacer que lo copiaran todo.
—No, el mecanografiado tiene que hacerse al azar, Bosh. Fuiste tú quien introdujiste el factor azar en el universo. Así es que, ahora, sufre las consecuencias.
—¿Tiene que corresponder la copia con alguna edición en particular?
—Con la edición «Blackstone Readers» de 1937. Y estos volúmenes que tengo aquí servirán perfectamente —contestó Michael—. He tenido una charla con los monos y están dispuestos a aplicarse a la tarea. Me ha costado ochenta mil años conseguir que pudieran hablar, pero eso no representa nada cuando hablamos de tiempo.
—¡Vaya! ¿Acaso hablamos alguna vez de tiempo? —protestó Boshel.
—He hecho un trato con los monos. Serán inmunes a la fatiga y al aburrimiento. Pero a ti no puedo prometerte lo mismo.
—Bueno, Michael, como esto puede durar bastante, me pregunto si no podría tener alguna especie de reloj para ir comprobando qué tal de rápidas van saliendo las cosas.
Así es que Michael le hizo un reloj. Era un cubo de piedra de un parsec de arista.
—No tienes que darle cuerda, Bosh. No tienes que hacerle nada —le explicó Michael—. Un pequeño pájaro llegará cada milenio y afilará su pico en esta piedra. Podrás contar el paso del tiempo por la disminución de la piedra. Es un buen reloj, y sólo tiene una parte móvil, que es el pájaro. No te garantizo que hayas podido terminar todo el proyecto cuando haya desaparecido la piedra, pero al menos podrás saber el tiempo que ha pasado.
—Es mejor que nada —dijo Boshel—, pero esto va a ser una pesadez. Creo que ese concepto del tiempo es algo medieval.
—Así soy yo —dijo Michael—. Sin embargo, te diré lo que puedo hacer, Bosh. Te puedo encadenar a esa piedra y hacer que otro gran pájaro se lance sobre ti en picado y te arranque trozos de hígado. Eso mismo estaba escrito en otro libro, en aquella biblioteca.
—Me haces morir de risa, Mike. No será necesario. Pasaré el rato de algún modo.
Boshel hizo que los monos se pusieran a trabajar. Estaban condicionados para pulsar las teclas de las máquinas de escribir al azar. Al cabo de un corto período de tiempo (según cuentan el tiempo las Grandes Criaturas), los monos ya habían producido palabras enteras de Shakespeare: «Permitir» (let), que se encuentra en la escena dos del primer acto de Ricardo III; «Ir» (go), que está en la escena dos del acto segundo de Julio César; y «Ser» (be), que aparece en la primera escena y acto de La tempestad. Boshel se sentía muy animado.
Al cabo de algún tiempo, uno de los monos produjo dos palabras de Shakespeare, una detrás de la otra. Para entonces, el mundo hogar de Shakespeare (que era también el mundo donde se encontraba aquella biblioteca de Los Ángeles donde naciera tan gran idea) ya había desaparecido desde hacía tiempo.
Al cabo de otro tiempo, los monos habían llegado ya a escribir frases enteras. Para entonces, ya había transcurrido bastante tiempo.
El problema con aquel pequeño pájaro era que su pico no parecía necesitar estar muy afilado cuando llegaba una vez cada mil años, Boshel descubrió que Michael le había jugado una mala pasada de serafín y había estado alimentando al pájaro con natillas blandas. El pájaro daba dos o tres ligeros picotazos a la piedra, y después se marchaba para no volver hasta al cabo de otros mil años. Sin embargo, al cabo de no más de mil visitas, ya se notaba un inconfundible arañazo en la piedra. Era una señal esperanzadora.
Boshel comenzó a comprender que la cosa se podía hacer. Finalmente, uno de los monos —y no precisamente el más brillante— produjo una frase completa: «¿Qué dices tú, tirano?» Y en ese mismo instante sucedió otra cosa. Fue algo sorprendente para Boshel, pues era la primera vez que lo veía. Pero lo tendría que ver miles de millones de veces antes de terminar.
Una mancha de polvo cósmico, situada en las regiones más alejadas del espacio, se encontró con otra mancha. Esto no tendría que haber sido nada raro; siempre había manchas que se encontraban con otras. Pero este caso fue diferente. Cada mancha —en la dirección opuesta—, había sido la más alejada de todo el cosmos. Ya no podía alejarse más que a aquella distancia. La mancha (un numerosísimo conglomerado de mundos habitados) miró a la otra mancha con ojos e instrumentos y vio sus propios ojos e instrumentos devolviéndole su misma imagen. Lo que veía la mancha era a sí misma. La esfera cósmica tetradimensional había quedado completada. La primera mancha se había encontrado a sí misma, saliendo de la otra dirección, y el espacio quedó transvertido.
Después, todo él se derrumbó. Las estrellas desaparecieron una tras otra y miríada tras miríada. ¡Holocaustos de caída! Todos los orbes oscurecidos cayeron en el vacío, que estaba al fondo. En el vacío no quedó nada, excepto una vaina cerrada y unas cuantas cosas más, fuera de contexto, como Michael y sus asociados, y Boshel y sus monos.
Boshel se sintió incómodo por un momento. Se había acostumbrado al aspecto del universo en expansión. Pero no tenía por qué sentirse incómodo. Todo empezó de nuevo.
Pasaron silenciosamente unos cuantos miles de millones de siglos. Una vez más, la vaina explotó formando un chorro de chispas que viajaron y crecieron. Adquirieron forma y movimiento y la vida volvió a aparecer sobre los abismos arrojados por aquellas chispas.
Y esto ocurrió una y otra vez. Cada ciclo parecía condenadamente largo mientras estaba sucediendo; pero, mirándolo retrospectivamente, los ciclos eran solamente como una luz parpadeante que se encendiera y se apagara. Y, en la Larga Retrospección, eran como un alternador de alta frecuencia, que producía un increíble número de tales ciclos por cada instante y continuaba por eras. Pero Boshel estaba empezando a aburrirse. No había otra palabra con la que poder expresarlo.
Cuando sólo se habían completado unos pocos miles de millones de ciclos cósmicos, había una hendidura tan grande en la piedra-roca, que se podía meter un caballo dentro. El pequeño pájaro ya había hecho innumerables viajes para afilar su pico. Y, para entonces, Pithekos Pete, el más rápido de los monos, ya había escrito por casualidad La tempestad, perfecta y completa. Todos se estrecharon las manos, ángel y monos. Por el momento, era algo positivo.
Pero el momento no duró mucho. Pete, en lugar de seguir mecanografiando furiosamente, al azar, para producir el resto de las obras, escribió su propia versión mejorada de La tempestad. Boshel estaba furioso.
—¡Pero si es mejor, Bosh! —protestó Pete—. Y tengo algunas ideas sobre el arte teatral que realmente lo elevarán.
—¡Claro que es mejor! Pero no queremos nada mejor. Sólo queremos tener lo mismo. ¿Es que no os dais cuenta de que estamos elaborando un problema de probabilidades? ¡Oh, cabezas de chorlito!
—Déjame tener ese maldito libro durante un mes, Bosh, y te copiaré todo lo que hay ahí al pie de la letra, y habremos terminado —sugirió Pithekos Pete.
—¡Las reglas, cabezas vacías, las reglas! —rugió Boshel—. Tenemos que guiarnos por las reglas. Sabéis que eso no está permitido y, además, sería descubierto. Por mucho que me duela decirlo, tengo razones para sospechar que uno de mis propios monos y asociados aquí presentes es un informador. Nunca conseguiríamos hacerlo.
Después de este breve malentendido, las cosas fueron mejor. Los monos se aplicaron a cumplir con su tarea. Y al cabo de un número de ciclos, expresados por nueve seguido de ceros suficientes para extenderse alrededor del universo hasta un período justo anterior a su colapso (el radio y la circunferencia de la esfera final son, evidentemente, lo mismo), quedó preparada por fin la primera versión completa.
Era errónea, desde luego, y tuvo que ser rechazada. Pero había en ella menos de treinta mil errores; eso presagiaba grandes cosas y un triunfo final.
Más tarde (¡pero podía ser aún más tarde!) llegaron a acercarse bastante. Cuando la hendidura de la piedra-reloj podía contener ya un sistema solar de tamaño medio, consiguieron una versión en la que sólo había cinco errores.
—Llegará —dijo Boshel—. Llegará con el tiempo. Y el tiempo es lo único de lo que disponemos en gran cantidad.
Tarde —mucho, mucho más tarde—, pareció que ya disponían de una copia perfecta y, para entonces, el pájaro ya había desgarrado casi la quinta parte de la masa de la gran piedra, todo ello con sus visitas milenarias.
El propio Michael leyó la versión y no pudo encontrar ningún error. Pero no era definitivo, desde luego, porque Michael era un lector impaciente y apresurado. Se necesitaron tres lecturas para verificarlo, pero las esperanzas nunca fueron tan altas. Transcurrió la segunda lectura, llevada a cabo por un ángel mucho más cuidadoso, y que se pronunció diciendo que era una versión perfecta, letra por letra. Pero el lector había terminado su lectura a últimas horas de la noche y podía haber mostrado cierta falta de cuidado al final.
Y pasó la tercera lectura, que comprendió las treinta y siete obras, y todos los poemas al final. Esta última lectura fue realizada por Kitabel, el propio ángel escribiente, que fue nombrado para llevarla a cabo. Estaba a punto de firmar el certificado, cuando se detuvo.
—Hay algo que parece atascado en mi mente —dijo, y sacudió la cabeza para intentar despejarse—. Hay algo como un eco que no está del todo correcto. No quisiera cometer una equivocación.
Había escrito «Kitab…», pero no había terminado aún la firma.
—No podré dormir esta noche si no pienso en ello —se quejó—. Si había algo, no estaba en las obras de teatro. Sé que estaban perfectas. Debe de tratarse de algo que había en los poemas… algo situado bastante cerca del final…, alguna disonancia. O bien la propia edición original tenía algún fallo, alguna línea escrita mal a propósito, o bien se trata de un error en la transcripción que mi ojo ha pasado por alto, pero que recuerda mi oído. Reconozco que, cuando ya me encontraba hacia el final, me sentía un poco adormilado.
—¡Oh! ¡Por todos los mundos que han sido hechos, firma! —rogó Boshel.
—Si has esperado todo este tiempo, no te morirás por esperar un poco más, Bosh.
—No creas, Kit. Estoy a punto de estallar. Te lo aseguro.
Pero Kitabel volvió a la copia y lo encontró…, era un verso en El Fénix y la Tortuga:

Desde esta sesión queda vedada
Toda ave de ala tirana,
Salvo el águila, pluma soberana:
Mantened esta norma observada.

Eso era lo que decía el libro. Y lo que Pithekos Pete había escrito era casi lo mismo, pero no exactamente lo mismo:

Desde esta sesión queda vedada
Toda ave de ala tiranna,
Salvo el águila, pluma soberanna:
Maldita máquinna, la n está atascada.

Y si no han visto nunca llorar a un ángel, las palabras no podrán describir el espectáculo que dio Boshel.
Esta misma noche siguen mecanografiando, al azar, porque aquella última copia, tan cercana a la victoria, se produjo hace poco menos de un millón de miles de millones de ciclos. Y sólo hace un momento —al principio del presente ciclo—, uno de los monos consiguió escribir de un tirón, y por casualidad, no menos de nueve palabras completas de Shakespeare.
Aún hay esperanza. Y, a estas alturas, el pájaro ya ha socavado aproximadamente la mitad de la masa de la roca.