Ayer, primero de enero de 2018, se cumplieron 200 años de la publicación de Frankenstein de Mary Shelley. La novela –cuyo subtítulo no siempre se recuerda y es bello y durísimo, irónico: El moderno Prometeo— es desde luego una de las más influyentes de la historia humana y sigue con nosotros hasta hoy no sólo en sus muchas ediciones, traducciones y adaptaciones, sino también en obras que reciben su influencia, así como en grandes porciones del arte y el pensamiento contemporáneos.

Pensando en ella, me encontré con un breve ensayo del narrador británico China Miéville: “Theses on Monsters”, que recuerda muchas otras reflexiones acerca de los monstruos en la cultura, pero que me pareció interesante para comenzar el año. Como en muchos otros lugares, en este país es frecuente escuchar el lugar común de que ninguna historia de miedo puede “superar” los horrores de la vida real; la frase no es más que un gracejo, una salida ingeniosa que permite a quien la dice dar una impresión de respetabilidad (y de profundo desprecio por la literatura), pero nunca está de más criticarla y Miéville lo hace de forma sorprendentemente profunda en su texto, que es muy breve y traduje por puro gusto. Aquí está.

Tesis sobre los monstruos

China Miéville

1. La historia de todas las sociedades existentes hasta hoy es la historia de los monstruos. El homo sapiens es un engendrador de monstruos como sueños de la razón. No son patologías sino síntomas, diagnósticos, glorias, juegos y terrores.

2. Insistir en que un elemento de lo fantástico es condición sine qua non de la monstruosidad no es sólo un deseo nerd (aunque sí sea eso en parte). Los monstruos deben ser formas-criaturas y corpúsculos de lo inefable, lo malo numinoso. Un monstruo es lo sublime somatizado, emisario de un pléroma amenazante. El fin último de la esencia monstruosa es la divinidad.

3. Hay una tendencia compensatoria en el corpus monstruoso. Es evidente en la orden de “Pokémon” de ‘atraparlos a todos’, en las taxonomías exhaustivas del “Manual de los monstruos”, en las tomas fetichistas de los monstruos de Hollywood. Una cosa que evade tanto las categorías provoca y se rinde a un deseo voraz de especificidad, de una enumeración de su cuerpo imposible, de una genealogía, de una ilustración. El fin último de la esencia monstruosa es el espécimen.

4. Los fantasmas no son monstruos.

5. Se ha señalado, regular e incesantemente, que la palabra monstruo comparte raíces con “monstrum”, “monstrare”, “monere”: “aquello que enseña”, “mostrar”, “advertir”. Esto es verdad pero ya no sirve de nada, si es que alguna vez sirvió.

6. Las épocas vomitan los monstruos que les hacen falta. La Historia puede ser escrita sobre los monstruos, y en los monstruos. Experimentamos las conjunciones de ciertos hombres lobos y el feudalismo mordido por diversas crisis, de Cthulhu y la modernidad que se rompe, de las cosas fabricadas por Frankenstein y Moreau y una Ilustración variadamente atormentada, de los vampiros y (tediosamente) todo, de zombis y momias y extraterrestres y golems/robots/construcciones de relojería y sus propias ansiedades. También pasamos por los traslados interminables de semejantes gérmenes y antígenos monstruosos a nuevas heridas. Todos nuestros momentos son momentos monstruosos.

7. Los monstruos exigen decodificación, pero para merecer su propia monstruosidad, evitan la rendición final a esa exigencia. Los monstruos significan algo, y/pero significan todo, y/pero son ellos mismos, e irreductibles. Son demasiado concretamente dentados, colmilludos, escamosos, capaces de respirar fuego, por un lado, y por el otro demasiado abiertos, polisémicos, fecundos, reacios a todo cierre como para solamente significar, y no digamos para significar una sola cosa.
      Cualquier espíritu chocarrero que pueda ser totalmente analizado no fue jamás un monstruo, sino un villano de “Scooby-Doo” con máscara de hule, una banalidad semiótica con un disfraz fatuo. Una solución sin un problema.

8. Nuestra simpatía por el monstruo es famosa. Lloramos por King Kong y el Monstruo de la Laguna Negra sin importar lo que hayan hecho. Somos partidarios de Lucifer y padecemos por Grendel.
      La huella de una impresión escéptica: que el orden impuesto es un deseo incumplido, está detrás de nuestras lágrimas por sus antagonistas, nuestra empatía perturbada por el invasor del salón de Hrothgar.

9. Semejante simpatía por el monstruo es un factor conocido, un problema pequeño, una complicación menor para quienes, en una reacción habitual y sosa, lanzan acusaciones de monstruosidad contra enemigos sociales designados.

10. Cuando esos mismos poderes que llaman monstruos a sus chivos expiatorios llegan a cierto punto, a una masa crítica, de rabia política, súbitamente y con un pavoneo agresivo se convierten ellos mismos en monstruos. Las tropas de choque de la reacción abrazan su propia monstruosidad supuesta. (De este proceso surgió, por ejemplo, el plan Werwolf del régimen nazi.) Y esos son, por mucho, peores que cualquier monstruo porque, a pesar de todo lo que presuman, no son monstruos. Son más banales y más malignos.

11. El cliché de que ‘Hemos visto a los monstruos de verdad y somos nosotros’ no es revelatorio, ni ingenioso, ni interesante, ni cierto. Es una traición de lo monstruoso, y de la humanidad.

(Hace tiempo me tocó debatir en línea sobre todo este asunto; fue poco después de haber escuchado una discusión muy incómoda en vivo…, que es una historia para otro momento. Pero Miéville dice varias cosas que yo hubiera querido decir más claramente cuando fue mi turno de hablar.

Sólo agregaría que los monstruos, y en especial los que son como la criatura de Frankenstein, no necesitan que les deseemos larga vida ni en sus grandes aniversarios. Porque no mueren.)

Frankenstein por Bernie Wrightson (1948-2017; fuente)