Este proyecto de bitácora(s) está pensado para la narrativa y no para la poesía, pero he aquí un texto que falta por una vez a la regla: lo leí el sábado pasado en el Museo de la Ciudad de México, en un homenaje a Ramón López Velarde en el aniversario 120 de su nacimiento.

Ramón López Velarde


Los grandes del pasado se alejan de prisa: se vuelven pequeños en la distancia, cuando ha pasado el tiempo de su glorificación. Y esto ocurre aún más rápidamente, con más intensidad, a veces con más injusticia o más inquina, si los ungidos lo fueron sin merecerlo o por razones ajenas a sus verdaderos méritos. Con Ramón López Velarde pasa lo segundo: en estos tiempos que cualquier día volverán a ser del viejo PRI, aunque sus sucesores renieguen de él y digan no ser como él, está de moda despreciar el nacionalismo al que el régimen de la Revolución ató la figura del escritor, y por lo tanto muchas personas que jamás han leído a López Velarde cometen, sin pensarlo siquiera, la misma injusticia que Alfonso Reyes, quien lo llamó poeta de un solo poema.

Peor todavía, a ese poema –La suave patria, por supuesto– lo conocen sólo por un verso, citado bien o mal en algunas notas y artículos recientes sobre el petróleo mexicano, ese cuyos veneros son herencia del diablo. Nuestra memoria es cada vez más mezquina y de más corto alcance. Ya está muy lejos el año de 1921, en el que López Velarde fue elevado, apenas después de su muerte, a la estatura de poeta nacional, de descubridor del verdadero México; ya tampoco se recuerda que, además de esa exaltación, hubo otra, menos vertiginosa y con más dificultades y desacuerdos, pero también mucho más importante: a partir de Zozobra (1919), su libro central, Ramón López Velarde se encaminó a consagrarse, simplemente, como un gran poeta del idioma, capaz de romper con el modernismo que nos heredaron los últimos años del siglo XIX y creador de un mundo a la vez oscuro y brillantísimo, de angustia y apasionamiento recatados pero no menos terribles.

Más aún, Ramón López Velarde es todavía ese gran poeta; su dicción y su estilo no son los más cercanos a nosotros –es decir, los de poetas más recientes– pero aun sus poemas más complejos y personales nos permiten, todavía, encontrarnos en su tristeza fija, sus obsesiones ambivalentes e indecisas, su veneración atormentada de un ideal que era dos: alma y cuerpo, moral y deseo, una sola abstracción y varias mujeres concretas.

En estos días, cuando nos fascina creernos en un tiempo crepuscular y a la vez negamos y expulsamos de nosotros toda desazón, para mirarla desde fuera y creer que no nos pertenece, nos sorprendería leer a López Velarde como un poeta de la pérdida, la frustración, la ruina callada: somos más sensibles que nuestros abuelos (y nuestros hijos emo dirían ser aún más sensibles que nosotros) a su pena por un tiempo abandonado y ya irrecuperable en el que se colocan, para mejor sufrir, todos los deseos que ya no podrán cumplirse. La historia de los amores frustrados de López Velarde, primero con la “Fuensanta” de sus poemas iniciales en Zacatecas, y luego con la “dama de la capital” que justamente conoció y cortejó al llegar a la ciudad de México, es la de un matrimonio católico que no se celebró jamás y la de un futuro que siempre fue imposible: una vida quieta en la provincia idealizada, pura y conservadora, lejana de “la impensada tiniebla” de la ciudad, y en la que, como se dice en este poema de 1909:

las alegres ropas,
los antiguos espejos,
el cristal empañado de las copas
en que bebieron de los rancios vinos
los amantes de entonces, y los viejos
cascabeles que hoy suenan apagados
y se mueren de olvido en los baúles,
nos hablan de las noches de verbena,
de horizontes azules,
en que cobija a los enamorados
el sortilegio de la luna llena.

Pero esta visión del ideal inalcanzable y público, en un entorno que reconoce el paso del tiempo pero resiste y rechaza los cambios enormes que el país y el mundo experimentan durante toda la vida adulta de López Velarde, está contrapesada por la del sufrimiento invencible, siempre presente, y la huida hacia adelante: hacia el mundo de la muerte, el único momento en el que los amantes separados podrían tal vez encontrarse de nuevo y celebrar unas bodas negras, eternas…

Los versos que cité arriba provienen de La sangre devota (1916), la primera colección de poemas que López Velarde publicó, y muchos han mostrado sus debilidades, sus vacilaciones, y también el largo camino que recorrió el escritor para llegar de ellas a Zozobra, un libro más acabado y más hondo, más abierto al exterior de las lecturas de su creador y mucho más certero en sus propias búsquedas interiores. Pero el desgarramiento está desde el primer momento en que la visión del poeta se manifiesta, como puede verse en estos otros versos tempranos:

Despertarás una mañana gris
y verás, en la luna de tu armario,
desdibujarse un puño
esquelético, y ante el funerario
aviso, gritarás las cinco letras
de mi nombre, con voz pávida y floja.
¡Y yo me hallaré ausente
de tu final congoja!

¿Imaginas acaso
mi amargura impotente?
Me estás vedada tú… Soy un fracaso
de confesor y médico que siente
perder a la mejor de sus enfermas
y a su más efusiva penitente.

La palabra mórbida, tan repetida por nuestros escritores “oscuros”, significa esto: “que padece enfermedad o la ocasiona”. La definición se cumple cabalmente en estas imágenes, pues en la agonizante, para aquel que la mira, conviven la enfermedad de su propio cuerpo y la del alma del poeta: el deseo y la culpa. Puesta en un lecho al que López Velarde apenas mira de reojo en unos pocos versos, y a la vez en un altar que se repite y se adorna en muchos, la imagen de la mujer –o las muchas imágenes– permite el poeta describir la paradoja de la sumisión y del apetito en una sola conciencia:

Antes de que deserten mis hormigas, Amada,
déjalas caminar camino de tu boca
a que apuren los viáticos del sanguinario fruto
que desde sarracenos oasis me provoca.

Antes de que tus labios mueran, para mi luto,
dámelos en el crítico umbral del cementerio
como perfume y pan y tósigo y cauterio.

Y llegar, en sus textos más tardíos, a visiones en las que se reconoce que la paradoja es insoluble y sólo la muerte, o la imaginación más desesperanzada, pueden empezar a combatirla. Así ocurre en “El sueño de los guantes negros”; además del encuentro que sugiere, en el que los signos del luto se confunden con los de la pasión erótica, este poema fue publicado hasta 1924, de modo que los hagiógrafos de López Velarde tomaron la costumbre de leerlo como si hubiera sido escrito en “esa otra provincia” de la que nadie vuelve:

Soñé que la ciudad estaba dentro
del más bien muerto de los mares muertos.
Era una madrugada del invierno
y lloviznaban gotas de silencio.

No más señal viviente, que los ecos
de una llamada a misa, en el misterio
de una capilla oceánica, a lo lejos.

De súbito me sales al encuentro,
resucitada y con tus guantes negros.

Para volar a ti, le dio su vuelo
el Espíritu Santo a mi esqueleto.

Al sujetarme con tus guantes negros
me atrajiste al océano de tu seno,
y nuestras cuatro manos se reunieron
en medio de tu pecho y de mi pecho,
como si fueran los cuatro cimientos
de la fábrica de los universos.

¿Conservabas tu carne en cada hueso?
El enigma de amor se veló entero
en la prudencia de tus guantes negros.

¡Oh, prisionera del valle de México!
Mi carne [urna] de tu ser perfecto;
quedarán ya tus huesos en mis huesos;
y el traje, el traje aquel, con que tu cuerpo
fue sepultado en el valle de México;
y el figurín aquel, de pardo género
que compraste en un viaje de recreo.

Pero en la madrugada de mi sueño,
nuestras manos, en un circuito eterno
la vida apocalíptica vivieron.

Un fuerte [ventarrón] como en un sueño,
libre como cometa, y en su vuelo,
la ceniza y [la hez] del cementerio
gusté cual rosa [entre tus guantes negros].

Entre nosotros, los poetas “oficiales” de otros tiempos, que se tenían por voceros de un régimen, han sido reemplazados por los “opinadores” profesionales, quienes difunden en los medios el mismo repertorio de lugares comunes. Entre ellos, recientemente se ha puesto de moda hablar del futuro de la Patria: estamos a punto (dicen) de tener que decidir entre tener ese futuro y no tenerlo, y todo depende (sugieren) de que dejemos actuar o no al poder fáctico al que ellos obedecen. López Velarde nunca se pareció demasiado a estos comunicadores. Más todavía que el entusiasmo patriótico o el “programa” de tal o cual político, sus textos civiles dejan ver sus temores más personales. Y a veces se puede dudar de la opinión más común sobre su destino, según la cual se habría afiliado a la derecha más recalcitrante de no haber muerto tan pronto. Desconfiado de la modernidad y sus agitaciones, convencido de que la religión católica era el centro verdadero del carácter nacional y debía resistir los embates de cuantos quisieran minar o destruir ese carácter, López Velarde no previó un tiempo como el nuestro, en el que la iglesia se aliaría mucha veces con los que el poeta creía sus adversarios, y en el que la noción misma de la Patria sería ridiculizada y desterrada del pensamiento nacional.

Ahora bien, hay un mito más importante todavía que la novedad –o la brevedad– de la Patria, a la que López Velarde dedicó ese otro texto “famoso” y sepultado por la estupidez de la política. Es el mito del poeta como depositario y creador de la belleza y lo humano en el lenguaje, o por lo menos en su propia lengua. Si nosotros dejamos de leer incluso aquel verso, aquel título de López Velarde, peor para nosotros: la lengua persistirá al menos un poco más que nuestros pobres pasos sobre el mundo, y mientras persista habrá quien pueda redescubrir todo lo otro que está diciendo este creador de sí mismo y de su mundo pulsante, dolorido, repleto de penas circulares y de las más tristes visiones de la felicidad.

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(Nota sobre “El sueño de los guantes negros”: las palabras entre corchetes son conjeturas propuestas en la edición de las Obras de López Velarde, realizada por José Luis Martínez y publicada por el Fondo de Cultura Económica. López Velarde escribió el poema a lápiz en 1920, pero no lo publicó ni lo transcribió en su momento; cuando se intentó recuperar el texto, varias palabras del mismo se habían borrado hasta resultar ilegibles.)