Un cuento de Fernando de León, escritor tapatío, tomado de un volumen extraordinario: Cárceles de invención (2003).

LA NOCHE DE LOS INMORTALES
Fernando de León

1.- Qué cosas

Le apoyé la navaja en la espalda y le dije:
-Dame todo lo que traigas encima… Melolengo.
-No podeís, amigo -contestó una voz profunda y serena- tomar de mí cosa alguna de la que quiera con más gusto desprenderme ¡Excepto mi vida! ¡Excepto mi vida!
No pude menos que reconocer la frase y reponer contrariado:
-¿Quién es usted? ¿William Shakespeare?
-¿Señor! -gritó- Shakespeare murió hace trescientos setenta y seis años, la misma curiosa mañana en que decidió expirar Cervantes, aunque ya no logro recordar a cual entierro asistí… No, no soy Shakespeare, ni Marlowe, mucho menos Bacon. Permitidme presentarme: soy el Conde de Saint-Germain, a vuestras órdenes, caballero.
“Gasté doscientos pesos en esta navaja. Tuve que embriagar a los vecinos gemelos para que me prestaran el dinero. Tardé dos semanas en animarme a asaltar a alguien y después de pasar aquí cuatro horas soportando el frío sin que ni un alma pase, vengo a asaltar al único miserable inmortal que registra la historia. ¡Llévame la chingada!” pensé.
-Qué os pasa, jovencito? De repente os habéis entristecido.
-Oh, no es nada, Conde, sólo que no me ha ido bien ultimamente.
-!Salta a la vista¡ ¡Me estáis asaltando! ¿Por qué no continuáis?
-No se burle de mí, Conde. ¿Cómo se puede amenazar de muerte a un inmortal?
-Qué cosas ¿no?
-Sí, qué cosas.

2.- Tú no te rías, que por ti he venido

-¡Vamos, muchacho! No os desesperéis. Quizá alguien más, con mucho dinero, pase pronto y lo asaltaremos…
-¿Asaltaremos? Asáltelo usted si quiere. Yo me regreso a dormir a mi casa. Aquí sólo obtendré un catarro.
-Esperad un poco. Alguien vendrá, le diréis “Dame todo lo que traigas encima, melolengo”, os dará cuanto traiga, os iréis a dormir y mañana, cuando seáis un anciano, le contaréis a vuestros nietos que asaltasteis a alguien esta noche. De lo contrario yo me presentaré a cenar y le diré a vuestros nietos que tienen un abuelito… ¿Cómo se dice? Un abuelito culero.
-¿Sería capaz?
-Es mi hobbie desde la Revolución Francesa.
-De acuerdo, pero sólo un media hora. Si no pasa nadie nos vamos.
-No me habéis dicho vuestro nombre.
-Efraín.
-Veo que habéis leído “Hamlet”, Efraín.
-No. Vi la película…. con Mel Gibson.
-¿Un amigo vuestro?
-No. El actor que interpreta el papel de Hamlet, se llama Mel Gibson.
-No Efraín. Se llama Mad Max.
-Esa es otra película de él, Conde.
-Ah.
-¿Y usted? ¿Conoció a Shakespeare?
-Y a Sófocles. ¿Shakespeare? Sí, lindos recuerdos. Era un buen tipo, es decir, buena gente. Incluso firmó una obra mía titulada… ¡Silencio! ¡Alguien viene!
Un hombre había doblado por la esquina rosada y se nos aproximaba por la misma acera.
-¡Ya la hicimos, Conde!
-¡Diablo! -musitó el inmortal, notoriamente exaltado.
-¿Qué? ¿Qué dice?
-Que no he nacido ayer. Lo reconozco aún a distancia. Ocultaos, ese hombre que viene ahí no es hombre: es el Diablo.
-¿El Diablo?
-Sí. Mefistófeles, Baal, Lucifer, el Ángel Caído, El Chamuco, el auténtico y legendario Coco.
-Viene directo a nosotros. ¿Lo está buscando?
-No -y sonrió-, por mi alma ya ha perdido toda esperanza. Soy inmortal y de los que no se mueren pero nunca.
-¿Entonces?
-Entonces viene por vos.
-NOOOooo…
El espectral hombre se detuvo frente a nosotros. Cuando reconoció al Conde me preguntó que qué estaba haciendo yo con semejante maricón. El Conde, en respuesta al agravio lo sujetó de la nuca y le plantó un tremendo beso en la boca. Luego se echó a reír como loco y al poco rato yo también me reía del Diablo. Este último, después de escupir varias veces, me miró y me dijo:
-Tú no te rías, que por ti he venido.

3.- No

Luego, el Diablo le recordó al Conde cómo, la última vez que se lo encontró, aprovechó que el Conde dormía para pelarlo a rapa y pintarle las uñas y la boca.
-¿Y crees que te guardo rencor por eso, pendejito?
-Claro que no. Tarde o temprano tú mismo lo hubieras hecho porque eres una marica.
-Ve con Dios, hijo mío, y déjanos asaltar en paz -repuso el Conde con dureza.
-Me voy. Pero me llevo a Efraín -dijo mirándome.
-Yo no me llamo Efraín.
-¿Cómo de que no? ¿Cómo te llamas entonces?
-Otelo -contesté.
-¿Serio?
-Sí señor. Otelo, el moro de Guadalajara.
-¡Quiere decir que me equivoqué de sector otra vez!
-El inmortal Conde estaba que se moría de la risa.
-¿Y tu de qué te rees? -maldijo el Diablo ya encabritado.
-No, nada Dablito, es que me acordé de un chiste de leprosos que me contó Sartre.
-Y que no nos vas a contar.
-Al menos tú no lo entenderías.
-Típico de ti. Oigan ¿y dicen que están asaltando?
-Sí pero tú mejor “Vade retro” -agredió el inmortal.
-¡Escúchame, Conde! Otelo decidirá si puedo, o no, acompañarlos a asaltar. No tú.
-A mí no me miren -dije-. Yo ya me voy a mi casa. Si asaltan a alguien mañana me cuentan cuánto sacaron.
-¿Y qué les dirás a tus nietos? -preguntó el Diablo- ¿Qué no pudiste asaltar a alguien cuando te lo propusiste? Si tus nietos van a dar al infierno, los pondré en el décimo círculo.
-¿Cuál es ese? Creí que sólo eran nueve.
-Es el que está reservado a los que tuvieron un abuelito culero.
-Está bien, veamos quién más viene esta noche.
-A propósito -le preguntó el Conde al Diablo-, ¿tú ya fuiste a ver “Hamlet”?
-No. Vieras cuánto tiempo tengo sin poder ir al cine. La última vez que fui vi “Torturadas por el vicio”
-¿Es en la que a uno le arrancan la…?
-Esa mera, Conde. Y tú Otelo, ¿ya viste la de “Hamlet”?
-Sí
-¿Y qué tal?
-Pues ahí a nadie le arrancan la…
-¿Ah, no?
-No.

4.- Lo siento, amigo

-¡Callados! Ahí viene alguien –susurró el Conde.
-Con esta suerte va a ser el Mataindigentes, o Condorito –comenté.
-¡Silencio!
El hombre caminó tranquilamente hasta que nos vio, luego quiso correr, pero se le apareció el Diablo cortándole el camino.
Aquí el Otelo quiere hablarte –le dijo.
Yo en lugar de pedirle la cartera le pregunté su nombre.
-Gabriel -contestó.
-¿El arcángel? -pregunté mirando al Diablo.
-Este no es el arcángel? -declaró el Diablo, despectivo.
-¿Gabriel qué? -insistí.
-Gabriel Ernesto. ¿Qué tiene mi nombre?
-Nada, que después de haber asaltado a un inmortal y al Príncipe de las Tinieblas, esperaba encontrarme con alguien más carismático…
-Carismático el Papa -interrumpió el Diablo.
– … ahora, dame tu dinero o te encajo esta navaja que me costó doscientos pesos y además te pateo por todos los malos momentos que he pasado esta noche.
-¿Lo estáis asaltando o abriéndole vuestro corazoncito de felpa? -preguntó el Conde.
-Tú aguanta, maestro, ya termino.
-Sí, tú mira-niño -le dijo el Diablo, aunque esto nadie lo comprendió.
Pero Gabriel Ernesto no estaba dispuesto a ser asaltado en un ambiente tan familiar, así que aprovechando la discusión comenzó a correr como loco, pisó una rata por demás gorda y su cara fue a estamparse al filo de la banqueta donde el tabique de su nariz se pulverizó y la noche se tiñó de sangre.
Los tres corrimos en su ayuda. Lo sujetamos fuerte pues nos tenía miedo y tratamos de llevarlo a un hospital. Faltaban tres cuadras para llegar cuando se nos soltó y se perdió en la noche de los tiempos.
-La intención es lo que cuenta, mi querido Efraín -comentó el Conde.
Al escucharlo, el Diablo abrió tanto los ojos que por un momento creí que se le caerían de la cara. O que de pronto iba a decir “Ya lo sabía”. Pero esto nunca sucedió.
-¿Así que tu sí eras Efraín y no Otelo?
-Siempre quise ser moro -argumenté.
-Con el Diablo no se juega.
El Conde de Saint-Germain me miró encogiendo los hombros y me dijo:
-Lo siento, amigo.

5.-Donde desperté

-Sólo quiero orinar antes de ir al infierno -rezongué-. Siento que allá se me va a evaporar.
-De acuerdo.
-¡Pues voltiense, par de mirones!
Ambos me dieron la espalda y orinando estaba cuando los faros de una patrulla me iluminaron y me llevaron detenido.
-A los miones les ponemos cemento en las piernas y los aventamos al mar -dijo un policía tratando de asustarme.
-¿No les parece que estamos muy lejos del mar?
-¿Y para qué crees que tenemos catapulta?
Me asusté.
-Oigan, y si les regalo mi reloj, mi cartera y mi navaja que me costó doscientos pesos, ¿me soltarían?
Tuve la astucia de sugerírselos en el momento en que pasábamos frente a mi casa. Era una falta administrativa y pues para qué.
Me bajé. Silbe “Cantando bajo la lluvia” instantes antes de que lloviznara. Le ladré a un perro. Llegué hasta mi puerta, saqué la llave, abrí, subí, encendí la luz de mi cuarto y ahí estaban, los tres dormidos en mi cama. Gabriel Ernesto ya tenía vendada la nariz y una satisfacción en el rostro como si nunca hubiera dormido sobre colchón.
Lo único que atiné a hacer fue tomar un cojín y una cobija y caer fulminado de sueño en el piso, que pese a su dureza no me incomodó. La incomodidad vino después, en el infierno, donde desperté.

© Fernando de León, México, 2003