(Agregado del 3 de agosto: se invita a un homenaje a Juan Hernández Luna para el día 19.)

Apenas en el último par de horas he sabido la noticia: hoy en la mañana, en el Hospital General de la ciudad de México, murió Juan Hernández Luna, escritor.

Juan Hernández Luna

Nacido en 1962, Juan se crió en Nezahualcóyotl, en la interminable zona conurbada de la ciudad de México; como muchos de su generación se abrió paso con esfuerzo, intentando compaginar la búsqueda de un trabajo rentable con la ambición de dedicarse a la literatura, y aunque escribió de todo se dio a conocer como autor de narraciones «de género» y en especial de novelas policiacas. No le fue mal en este terreno: además de que sus lectores no eran pocos, sus trabajos han sido traducidos a varios idiomas y dos de sus novelas: Tabaco para el puma y Cadáver de ciudad, obtuvieron el Premio Hammett, el más importante que se da a una obra policial escrita en español, en 1997 y 2007 respectivamente. Además, obtuvo varios otros premios, tanto de literatura «general» como de otros «géneros» y en especial de ciencia ficción (lo primero que yo leí de él fue un cuento, «Soralia», que obtuvo el legendario y ya desaparecido Premio Puebla).
      Aunque era un poco mayor que la generación a la que «pertenezco», fue miembro de aquella hornada pionera de lo que en un tiempo se llamó la «literatura alternativa» mexicana: la que empezó su lucha en los años ochenta, al amparo de lo que se veía o se deseaba como una apertura del establishment literario nacional, y que floreció brevemente en los noventa, cuando decenas de escritores «excéntricos», desde Pepe Rojo hasta Pablo Soler Frost, fueron leídos por primera vez con un poco menos de prejuicios. Él es el primero de ese grupo sin grupo, que nunca se unió en realidad y que ahora está disperso entre la literatura más comercial y la más underground, entre el aferrarse a los primeros amores literarios y entregarse a las exigencias del mercado…, es el primero de todos ellos, digo, que muere.
      (Mi sensación, por lo menos, es de aturdimiento: desilusión y desolación a la vez.)
      No fuimos muy cercanos pero a Juan le debo una de las mejores experiencias de mi vida de escritor: fue funcionario cultural del gobierno de la ciudad de México y en dos ocasiones separadas me invitó a dar conferencias a miembros de la policía. Las dos veces hablamos de Cervantes: del Quijote, por supuesto, pero también de los Trabajos de Persiles y Segismunda, del que los reclutas y oficiales habían leído a instancias de Juan, que más de un intelectual no ha abierto jamás y sobre el que discutimos con entusiasmo y largamente. Pasiones semejantes son siempre raras…
      Ahora leo una breve autobiografía que él publicó en 10 negritos, un blog de autores policiales (la lista de sus anotaciones, que termina a fines del año pasado, está aquí); leo y encuentro, entre recuerdos y apreciaciones de la felicidad pasajera de la vida y del placer de la lectura, esta idea sobre la experiencia que se acumula a lo largo del tiempo:

[A ella se debe] que al momento de escribir uno jamás entiende de dónde llega tal idea. Sólo sabe que “eso” debe ir “ahí” para el fiat lux de la escritura.

Ahora, como otros que también lo conocieron, lo recuerdo y lo celebro.

Juan Hernández Luna en 2007, tras recibir por segunda vez el Premio Hammett