La noche es luz de un sol negro

Edgar Omar Avilés, La noche es luz de un sol negro.
México, Ficticia, 2007.

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A fines del siglo pasado, y por varios años, dio la impresión de que la literatura mexicana se abriría de un modo extraordinario gracias a la obra de una nueva generación de escritores que se rebelaban contra la “narrativa mexicana realmente existente”: la literatura realista, costumbrista y centrada en “lo nacional” que muchos creían no sólo la dominante sino la única posible entre nosotros. Muchos libros de entonces ganaron notoriedad precisamente por romper con temas “aceptables” y tratamientos “correctos”, y en muchos casos rompieron con ellos apostando por lo fantástico: la vertiente borgesiana de la literatura latinoamericana, cuyo mérito –lejos de las acusaciones de escapismo que se le hacen a veces– es su capacidad de sondear y poner en crisis nuestras definiciones de lo real. Las perspectivas parecían halagüeñas para nuestra cultura literaria: grandes escritores olvidados o ninguneados por las letras mexicanas serían rescatados y colocados en su justo sitio del canon nacional; grandes libros inusitados aparecerían al lado de los grandes libros usuales; la cultura de nuestro país dejaría varios de sus peores hábitos, empezando por el de entender las artes como sucursales de la historiografía o la grilla política, etcétera.
Nada de esto sucedió, como sabemos. Los dictados de la política cedieron su sitio a los de los mercados globales, los escritores secretos siguen siendo secretos y los grandes libros inusitados, que siempre los ha habido, siguen causando confusión y malas interpretaciones. Pero tal vez ahora sea más fácil ver que un poco de lo mejor que se escribe en este país nace lejos de las rutinas del último par de siglos y está abierto, en el mejor de los sentidos, a la imaginación. Tal vez La noche es luz de un sol negro de Edgar Omar Avilés pueda tener desde ya los lectores que merece.

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No es sólo que el título insinúe tanto la oscuridad proverbial de la literatura fantástica como el otro lado de las cosas: el reverso de la experiencia vital que occidente ha estado buscando desde el siglo XIX, cuando la imaginación literaria se convirtió en el refugio todo lo que está más allá de la imagen del mundo que nos legó la Ilustración: todo lo inmensurable, lo irracional, lo inconsciente, lo indecible.
Además, los cuentos de este libro, como su autor, pertenecen a un tiempo posterior al fin de las utopías del siglo XX, y por lo mismo se libran de caer en el limbo del hastío vital –el cinismo sin salida, el individualismo y el tedio celebrados siempre con los mismos términos puestos en el mismo orden– que se ha comido ya a una cantidad notable de escritores mexicanos de la generación de los setentas. Como esas incontables historias de muertes en vida son todas iguales, me complace repetirlo: lo que está en juego aquí no es el último aliento de una nostalgia invencible, ni tampoco la contemplación dolida o frívola de ese panorama absolutamente inmóvil al que llamamos presente: todas las historias –y en especial las mejores, como “El Deunkoza”, “Indocumentado”, “La ley”, “La ciudad” o “Extraño caso de Martha”, entre otras– muestran mundos que se rompen al contacto con la mirada de quien los lee, y que en esa fragilidad revelan las numerosas sorpresas que les puso su creador para asombrarnos; pero también, porque cada sorpresa está hecha de palabras, todos sugieren la inestabilidad de nuestro propio mundo, igualmente fincado en el lenguaje. George Steiner ha escrito sobre la imposibilidad de imaginar el origen del pensamiento, allá en el pasado más remoto, con independencia del origen de las palabras; La noche es luz de un sol negro no se aparta en general del “aquí” de las referencias más cotidianas ni del “ahora” de algunos temas queridos de lo fantástico contemporáneo, pero se remonta también a ese origen imposible de recuperar.
No es verdad que las historias nos “reproduzcan” el mundo: la lectura de cualquier historia, de cualquier mundo ficcional, es la recreación, a escala pequeñísima, del acto de comenzar a vivir en el lenguaje: el descubrimiento, que todos realizamos al menos una vez en la vida, de que el universo existió antes que nosotros y sus nombres y categorías no dependieron, ni dependerán nunca, de nosotros. Todo lo que podemos hacer es avanzar e intentar descifrar lo que sucede, a riesgo de que nuestras hipótesis estén equivocadas y de pronto, como en los grandes textos del miedo o de la incertidumbre, las palabras nos fallen y la plenitud de lo que no se puede aprehender nos caiga encima. La mayor parte (y la peor) de la literatura “realista” se consagra a la tarea mucho más simple de negar cualquier posibilidad de vértigo en las palabras o en la existencia; en cambio, cada maravilla y cada horror de La noche es luz de un sol negro invita a descubrir texturas y detalles nuevos de las cosas, de los hechos y los personajes, como en el primer instante de la conciencia. Y, para mayor turbación de quienes no crean en el poder de la imaginación, muchas veces ese descubrimiento puede ser de espanto y de gozo a la vez, lleno de humor que se vuelve sobre sí mismo, y sobre quien lo descifra, como ocurre en “Café”:

Diste el primer sorbo, entonces descubriste que el café no era café: eras tú. Con cada sorbo delicioso te bebías; primero tus pies, luego tu vientre, tu pecho, tu rostro y tus sueños. El vaso vacío quedó sobre la mesa, o sobre la banca, o en el suelo, como tantos otros.

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La historia de la literatura fantástica mexicana es más prolongada y más rica de lo que casi todos creen: está hecha de numerosos libros raros, y también de muchos otros malinterpretados o leídos insuficientemente. Pedro Páramo, por ejemplo, es una novela de fantasmas; Terra nostra de Carlos Fuentes es una fantasía apocalíptica escrita antes de tiempo, justo en el momento en que sus ideales comenzaban a morir, y así sucesivamente. Luego de todos estos precursores, pero armado con su propia voz, La noche es luz de un sol negro es el testimonio de que semejantes posibilidades de recrear el mundo siguen entre nosotros.

[Este texto se publicó primero en la revista Siempre!]