Cuentos. México, Fondo de Cultura Económica, 2012

Disponible en línea como libro impreso y en formato digital (e-book)

El último explorador presenta diez historias de un personaje inusitado: Horacio Kustos, “el aventurero que tuvo el infortunio de nacer tarde en los siglos”. En otra época podría haber sido un Magallanes o un Capitán Cook: ¿qué hacer en el siglo XXI, cuando la Tierra entera está cartografiada y descubierta? La solución de Kustos, quien puede ser un loco, o un visionario, o meramente un contador de cuentos, es ir más allá de los mapas: sus notas de viaje y las historias que cuenta describen toda clase de maravillas y lugares extraños, desde un hotel escondido bajo el agua hasta el segundo Polo Sur, desde la proverbial región misteriosa del Tíbet hasta la ciudad de T (de la que Juan José Arreola escribió en un cuento clásico). Mientras se embarca en sus viajes, o en la tarea ingrata de involucrar en ellos a los incrédulos habitantes de nuestro tiempo, también conoce a toda clase de personajes extraños, desde asesinos reptantes hasta el hombre que logró levantar de nuevo (aunque en otra ciudad) las Torre Gemelas…

Este libro se escribió como una colección de cuentos y ahora se anuncia como novela. La última de las historias, titulada “Los enemigos”, se puede leer como el nexo que une a todas las otras y las convierte en el retrato de un ser extraordinario: el custodio de la imaginación y la capacidad creadora de los seres humanos en un tiempo de infortunio.

Un adelanto del libro en video (el cuento “Nos”) puede verse a continuación:

NOS

“Francisco Ignacio Ramírez Peña. Sale por las mañanas y regresa por las tardes. No tiene vida social. Nadie lo ha visto comer ni llegar a ningún sitio de trabajo. Siempre lleva la misma ropa: traje gris oscuro, zapatos de charol y sombrero negro.” Hasta este punto de sus notas, Horacio Kustos, a quien habíamos elegido como corresponsal, no encontraba demasiado interés en nuestro asunto.

Entonces Ramírez lo citó en su departamento, lo llevó hasta la sala y se disgregó; vale decir, se convirtió en todos nosotros; vale decir, nos separamos, dejamos nuestros puestos, salimos (para ser totalmente claros) del traje gris oscuro. Camilo el conejo dejó de la pierna izquierda; la máquina 43 dejó la derecha; los Cuatro Palos, dos en cada brazo, salieron quitándose los guantes de piel con que imitaban las manos; los gusanos dejaron de fingirse las tripas y el resto del vientre, y así sucesivamente; debo decir que somos un grupo heterogéneo pero bien coordinado y que actuamos con gracia.

La Cabeza, que tanto esfuerzo hace cada día para seguir pareciéndose a una cabeza de las otras, quedó en el suelo y comenzó a caminar, con sus propios pies, hacia Kustos. Éste dio un alarido que todos disfrutamos.

(Una observación: elegimos nuestro nombre por ser el del antiguo inquilino de este departamento. Pero ¿qué se salvaría de nuestro misterio si contáramos el resto?)

[El último explorador, p.  83]

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