Ayer, en el Palacio de Bellas Artes, tuvo lugar un homenaje a la escritora Aline Pettersson en su cumpleaños número setenta. Ella me invitó a participar hablando sobre su labor como maestra. He aquí el texto que leí. Espero escribir más adelante sobre otros maestros inolvidables.

La labor de los escritores tiene, como sabemos, una fama y un prestigio mayores que la de los maestros de escritura. La causa no importa y, en realidad, el hecho tampoco quita nada a la importancia del aprendizaje: en este oficio, como en cualquier otro, es imprescindible. Desde luego, también hay quienes subestiman a la propia escritura, y a sus herramientas fundamentales, porque esos rudimentos son de uso común en cualquier país razonablemente alfabetizado. Pero la formación del escritor es mucho más que el oficio, y ni siquiera una parte apreciable de las personas que dicen dedicarse a la literatura llega a asomarse de verdad a los tres territorios que ésta abre para nosotros: la vastedad de la tradición, la profundidad del conocimiento del lenguaje y la multiplicidad de la experiencia humana.
Centenares de personas, incluyendo sin duda a varios otros entre los presentes, lo hemos aprendido con Aline Pettersson, quien lleva muchos años dedicándose a dar a conocer esa parte secreta, difícil y extraña del trabajo literario.
No todas las personas que pasan por un gran aprendizaje se dan cuenta de ello: no todas perciben la importancia de la experiencia en el momento en que ocurre ni siquiera después, pero yo tuve esa suerte y por eso mi historia puede servir de ejemplo: en 1995, recién llegado a la ciudad de México y a la Escuela de Escritores de la SOGEM, uno de mis primeros cursos fue el de Aline. La materia era “Redacción y estilo”, lo que no sonaba tan espectacular, digamos, como “Historia de la cultura”, que nos impartió Juan Miguel de Mora y más tarde José Antonio Alcaraz, o como la “Artesanía de escribidores” de Nikito Nipongo.
Pero allí como en cualquier parte, los aspirantes a escritor que no veían más allá de las superficies estaban perdidos.
La lección precisa, constante de Aline Pettersson, desde sus primeros ejercicios y críticas, tenía dos aspectos complementarios:

a) los vuelos literarios, la exaltaciones que los lectores logran tan fácilmente, provienen del texto y deben producirse en el texto, y
b) los vuelos literarios no se producen solos, ante los ojos de quien escribe, como si en verdad estuviese librado a la influencia de fuerzas invisibles; e incluso aquellos tocados por la gracia –sea lo que sea: el talento que no puede aprenderse– necesitan conocimiento y, sobre todo, esfuerzo.

El esfuerzo de la escritura, supimos, es distinto del de la lectura como es distinto el esfuerzo del mago que conoce los trucos y, pese a todo, puede provocar todavía la ilusión o el asombro de su público. Se pierde, sí, un poco de la inocencia de quien se acerca a la página sin saber nada. Pero se gana una conciencia mayor. Y si bien los materiales con los que trabajamos son humildes e intangibles –las letras, los signos que las pastorean, la gramática–, en ellos se cifra cualquier comprensión del mundo y de lo que hay en él, así como todas las posibilidades de la imaginación.
Este hacer: esta entrega solitaria a la doma de las palabras, es una labor de la mente y del cuerpo entero. No tiene que ver con la publicación, la fama, el ingreso en el canon, el poder o sus apariencias. El taller de Aline Pettersson, dirigido a comprender la exactitud y aceptar la exigencia del trabajo literario, nos mostraba justamente el camino que perdemos al creernos los elogios del oropel y la bravata, que tanto abundan ahora. La búsqueda personal del escritor, nos dijo para siempre, termina en los lectores, sí, pero parte de cada uno de nosotros: de nuestro potencial y de nuestra obstinación en encontrar aquello que nos toca decir.
La literatura permite asomarse a la tradición, el lenguaje y la experiencia humana, como mencioné hace un momento, pero también permite conocer a seres concretos y saber de algunas de las mejores cualidades humanas. Digo esto porque otra lección invaluable de Aline fue, desde el comienzo, la de la generosidad. Hay grandes y no tan grandes literatos que ocultan todo lo que tenga que ver con su trabajo, como si con ellos fuera a terminar su especialidad y la cultura entera de occidente: como si nadie más tuviera derecho de saber lo que ellos saben y, de hecho, como si realmente supieran mucho. Aline, por el contrario, siempre tiene una observación iluminadora, una referencia precisa, una respuesta, enunciada en términos claros y a la vez profundos, para todas las preguntas de sus alumnos. Y todas las respuestas son pertinentes, respetuosas de nuestras propias aspiraciones o nuestras propias locuras, y sabias, en ese sentido tan elusivo de la palabra. Quien se toma la molestia de leer nuestros esbozos es una persona que sabe, y en la que se puede confiar. Sólo hasta después, hasta mucho después, nos damos cuenta de lo preciosa, de lo inusual que será esa confianza en nuestros tratos con el mundo y con los textos.
Para terminar, otra anécdota. Poco después de dejar la Escuela de Escritores, tuve la posibilidad de componer y publicar mi primer libro serio: el primero que no sería el borrador de otro borrador, y Aline Pettersson aceptó prologarlo. En el texto preciso, espléndido y luminoso que me entregó, había una observación que no olvidaré nunca. Decía que, a juzgar por su lectura, mi cajón debía estar lleno de merma: el residuo que queda tras un trabajo de pulimento, labrado o cualquier otra actividad semejante. Esas palabras serán siempre un motivo de orgullo para mí, porque en ellas estaba no sólo la noción de que el texto podía tener su mérito, a fuerza de purificaciones: además, lo escrito venía en efecto de muy largos trabajos, de escribir y corregir y corregir de nuevo y luego tirar lo escrito y comenzar otra vez. Algo debía estar haciendo bien si Aline Pettersson, mi maestra, percibía ya el resultado de esos boxeos interminables…