Los hijos de Húrin

J. R. R. Tolkien (editado por Christopher Tolkien), Los hijos de Húrin.
México, Minotauro, 2007.

Como en julio no hubo “Libro del mes”, ahora en septiembre habrá dos. Éste es el primero (que además debía a por lo menos un par de lectores), y el segundo llegará el día 10, para volver al orden acostumbrado. Gracias por su paciencia.

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La experiencia de leer a J. R. R. Tolkien es de las que marcan. La debe tener, claro, la persona precisa, y en el momento apropiado. Pero se puede decir lo mismo de todos los otros libros y autores con la capacidad de volverse inolvidables. Y también se puede decir: esa experiencia justa, que puede llegar de manera inesperada, que puede también no llegar jamás (porque acaso dejamos de leer justo un libro antes del que era para nosotros: ¿cómo saberlo?), es uno de los placeres más profundos de la vida.
La experiencia, por otro lado, puede tener efectos adversos. El peor es la adicción: muchos lectores de historias que evocan mundos vastos, complejos, hondamente sentidos terminan de leer y no desean pasar a otros textos, sino volver a los mismos escenarios, los mismos personajes y acontecimientos. Y esto no implica necesariamente la relectura de lo ya conocido: las más de las veces, los lectores adictos, deseosos de conservar el placer ya sentido, temerosos de no volver a sentirlo o simplemente sin ganas de buscar nada más, de esforzarse por crear una nueva relación con un nuevo texto (es decir, sin interés por el acto mismo de descubrir poco a poco el mundo ficcional que ofrece todo texto narrativo), quieren meramente que les repitan el estímulo: leer continuaciones, o copias, de la historia que ya terminaron. “Qué pasó después”, preguntan, o cuando “Qué otra cosa se parece a esto”, lo que resulta muy conveniente para nuestra cultura global en la medida en que alienta el consumo interminable. Por eso tantas historias de éxito son series, o se subdividen en versiones, historias aledañas y colaterales, rehechuras y resúmenes y regurgitaciones.
Así sucede con los libros de Tolkien, quien además de iniciar la tradición popular de las mitologías apócrifas abonó la suya con materiales inventados increíblemente copiosos, desde largas cronologías falsas hasta familias enteras de lenguas que nadie había hablado nunca. El escritor inglés no tiene la culpa de todas las porquerías que se publican etiquetadas como “fantasy” o “fantasía heroica”, y que imitan superficialmente lo imaginado por él; pero ninguno de esos libros espurios habría existido si El señor de los Anillos (1954-55) y El hobbit (1937), las dos obras centrales de Tolkien, no hubieran evocado una riqueza tal de imaginación y no hubiesen aludido, como lo hacen, a un tesoro todavía mayor: nada menos que el vasto ciclo de la Tierra Media, una colección de textos equiparables a los que una cultura tarda siglos en engendrar y que habrían sido el mundo ficcional más completo y coherente de toda la historia de la literatura si su creador no hubiese muerto en 1973, dejando el proyecto trunco y sus archivos llenos de manuscritos inconclusos.
El impulso consumista y merchachifle, no nos engañemos, es el que anima la publicación de Los hijos de Húrin, el más reciente extracto publicado de los borradores de Tolkien.
Armado por su hijo y albacea literario, Christopher Tolkien, el libro es la versión novelada de una sola historia de las muchas que Tolkien planeó para la Primera Edad de la Tierra Media, el tiempo fabuloso –mucho antes de los años crepusculares que se refieren en El señor de los Anillos– en el que habrían tenido lugar los más grandes hechos heroicos de la mitología tolkieniana: no sólo los más espectaculares sino los más cercanos a las fuentes clásicas medievales y aún más antiguas de las que Tolkien se nutrió. Como Tolkien lo dejó sin terminar, éste es un relato dudoso, vacilante en ocasiones, y con dificultades que no siempre podrán superar quienes no conozcan, por lo menos, El señor de los Anillos o El Silmarillion (1977), el primer libro editado por Christopher. Los nombres caen uno tras otro sin explicación; los hechos de otras historias se acumulan sin aclaraciones; la distancia que separa a los personajes del lector es enorme, porque el estilo quiere imitar los modos de decir antiguos y no se interesa por los rasgos psicológicos que son rutina en las novelas “normales”.
Por otro lado, qué gran libro podría haber sido: carece del humor campechano de los hobbits –la gran creación de Tolkien: los portavoces del presente cotidiano en el mundo mágico– y de las referencias más modernas que volvieron, en su día, tan atrayentes y originales a las ficciones del escritor, pero le conviene porque es una historia trágica. Sus personajes son hombres y mujeres enfrentados al Mal absoluto y, más aún, a un destino que pesa sobre ellos literalmente como una maldición pero que se manifiesta en sus vidas como el error y el azar: siempre eligen incorrectamente, todo lo que emprenden se les tuerce, el buen sentido no los alcanza y el orgullo los pierde. El héroe –Túrin Turambar, cuyo nombre quiere decir, irónicamente, “amo del destino”– lleva a cabo las hazañas más habituales con el proverbial arrojo, pero está basado parcialmente en Kullervo, el más desdichado de los personajes del Kalevala, y baste decir aquí que, a más de cometer todos los pecados de su precursor, termina mal, sin que pueda optar siquiera por la muerte honorable que redime a tantos otros personajes ambiguos de su creador. Al contrario de El señor de los Anillos, que introduce la piedad cristiana en el escenario pagano de la Tierra Media y especula con la posibilidad de la salvación incluso ante la certidumbre de la muerte, Los hijos de Húrin es una historia de cosas que se agostan sin remedio, de esfuerzos inútiles y de pérdidas que son más dolorosas en tanto ocurren sin consecuencia aparente; tal vez podría haber sido otro tipo de novela del siglo XX, más afín a las angustias y las dudas de la literatura del centro de Europa.
Quien lea este libro con buena fe y disposición tal vez encuentre un eco de la belleza de los libros que Tolkien sí pudo terminar, pero no podrá, de ningún modo, experimentar nuevamente esa belleza. Sin embargo, hay otra belleza que podría vislumbrarse, si no en el libro mismo, sí en lo que deja en la sombra: en lo que permanece sin decir.
Creo que, al llegar al final de su vida, todo artista con un poco de respeto por sí mismo puede llegar a pensar en lo que aún no termina: en esas posibilidades que tal vez no se convertirán nunca en realidad, y que marcan el límite de las fuerzas humanas al enfrentarse con la materia y con el mundo. Pero justamente el reverso de la cuestión es el tema elegido por Jorge Luis Borges en un poema en prosa cuyo título original, en inglés, podría traducirse como “el regalo infinito”:

The Unending Gift
Jorge Luis Borges

Un pintor nos prometió un cuadro.
Ahora, New England, sé que ha muerto. Sentí como tras veces, la tristeza y
la sorpresa de comprender que somos como un sueño. Pensé en el hombre y en el cuadro perdidos.
(Sólo los dioses pueden prometer, porque son inmortales.)
Pensé en un lugar prefijado que la tela no ocupará.
Pensé después: si estuviera ahí, sería con el tiempo una cosa más, una cosa, una de las vanidades o hábitos e mi casa; ahora es ilimitada, incesante, capaz de cualquier forma y cualquier color y no atada a ninguno.
Existe de algún modo. Vivirá y crecerá como una música, y estará conmigo hasta el fin. Gracias, Jorge Larco.
(También los hombres pueden prometer, porque en la promesa hay algo inmortal.)

Todos los que esperaban el desarrollo pleno del proyecto imposible de Tolkien, y todos los que aún siguen esperanzándose con cada volumen subsecuente de las notas que hilvana su hijo, pasan por alto el hecho de que ninguna versión parcial de la mitología podrá colmar sus deseos: aun la imaginación más torpe puede dar un paso más que el libro mejor acabado, porque el libro es finito. Los hijos de Húrin debería servirnos menos como una novela puntual, una adición de mérito al canon de Tolkien, que como una invitación a imaginar.

(Nota: Quienes escriben fanfics incesantes –y casi siempre malísimas– sobre los personajes de Tolkien, o sobre cualquier otro texto que los apasione, simplemente están buscando el modo de hacer crecer, “como una música”, esa obra inconclusa que se ramifica en ellos. Y al contrario de quienes sólo esperan el nuevo cargamento de libros hechos por otros, ellos están al menos –y mal, sí, y tal vez inútilmente; pero lo intentan– buscando incorporar en sus vidas, en sus comunidades, esos mitos que Tolkien deseaba que fuesen patrimonio de pueblos enteros.)