Este mes, un relato experimental de Yussel Dardón (Puebla, 1982), un muy joven escritor mexicano. Autor de los libros Maquetas del Universo y Reporte Barrymore, aparece en la antología Three Messages and a Warning. Contemporary Mexican Stories of the Fantastic y tiene textos publicados en revistas nacionales e internacionales.

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DESARMAR RELOJES

Yussel Dardón

El insomnio fractura el pensamiento. Tres días en él nos aproximan al redescubrimiento de su estructura. A los seis el tiempo se transforma en un licuado fluorescente. A los nueve, el no sueño inunda las partículas del cuerpo, como un cáncer que fermenta el vacío.

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Las tres de la mañana de no sé cuándo. Cada instante es similar al resto, la misma hora con sus múltiplos de ausencia. Pienso en la posibilidad de ver una vez más a la bestia. ¿Será acaso ella la que sostiene mi deseo de no dormir? No lo sé, o quizá sí pero lo olvidé. Los pocos recuerdos que mantengo forman un cementerio grisáceo de ideas enterradas bajo una gruesa capa de cansancio, de vacío.
Mi conciencia murió hace meses cuando la bestia llegó por mí, oculta en la madrugada. Recuerdo su bramido, idéntico al de un refrigerador que agoniza en la oscuridad, que enciende a marchas forzadas. La bestia se acercó a la cama, trepó mi cuerpo, puso su rostro frente al mío y exhaló freón. Vomité. En ese momento no lo supe, pero al vaciar mi estómago expulsé mis horas de sueño. La bestia se comió mi angustia e hizo un nido con ella, donde duerme y se alimenta de mi memoria.
En las horas de insomnio luchas por no perder tus recuerdos. Algunas veces, incluso, los reinventas. El reloj que dibujó mi abuelo, ahogado en alcohol a los 73 años, es el ancla que me mantiene en este no dormir… En la habitación camino de un lado a otro, mientras pateo frascos de pastillas. Allá va Zysprexa y Zoloft, más allá Wellbutrin, Suboxone y Seroquel.

El “Cubano”, como el viejo era conocido en la cantina y como le gustaba le dijeran, me confesó que su única manera de dormir era la de beber. En la familia, por supuesto, nadie le creía. Incluso mi padre, que en esa época también tomaba, le dijo que el único “monstruo” que el alcohol extermina es el de la memoria. Eso sucedió un mes después de la separación de mis padres.

Cuando supe de la muerte de mi abuelo me encontraba en la oficina, donde clasifico catálogos de ropa. Mi padre me llamó al celular, me pidió ir a la casa y comprar unos cigarros. El “Cubano” está muerto —me dijo. En el camino busqué una tienda mientras recordaba la obsesión del viejo por arrancar hojas de los periódicos y encerrar en círculos las palabras que desconocía. Pedí una cerveza y unos Delicados, los cigarros que él fumaba.
—No puede abrir la cerveza aquí, mucho menos fumar —me indicó el tendero, de unos 60 años, con ojeras, mal rasurado y con restos de pasta dental en la barbilla.
—Mi abuelo murió —le dije. El viejo quedó en silencio y asintió.

Al llegar a casa de inmediato me dirigí al cuarto del abuelo. Afuera, sentado en el suelo y apoyado en la pared, mi padre se tomaba las rodillas y movía la punta del píe derecho de manera constante y con rapidez.
—¿Por qué tardaste tanto? —me preguntó al tiempo de dirigirme una mirada desaprobatoria, como la vez en la que a los 17 años le di una patada y le grité que era su culpa que Olga nos hubiera abandonado.
—Tenía que comprar algo de beber.
—Dame los cigarros y fuma uno. Justo llego de encontrarme a tu madre en el centro comercial con su esposo y ahora esto.
Me asomé a la habitación y vi el cuerpo de mi abuelo bocabajo: vestía el suéter gris que le había regalado mi madre y su pantalón sucio de mezclilla. En la cama, sin tender y amarillenta por lo húmedo del cuarto, había dos botellas de ron vacías y varias hojas de periódico…. En la habitación camino de un lado a otro, mientras pateo frascos de pastillas. Allá va Risperdal y Prozac, más allá Paxil, Klonopin y Klonazepam.

Después de que la Cruz Verde se llevara el cuerpo, mi padre me comentó que Dios actúa de forma misteriosa, que las cosas suceden por algo. Me aseguró, con tono complaciente, que había un plan para todos. Claro, supongo que es cierto, como el plan de Olga para abandonarnos —recuerdo haberle dicho.
Mi padre me pidió que limpiara el cuarto del abuelo mientras él llamaba por teléfono a la funeraria. Dio media vuelta y se alejó. Su trayecto, entrecortado e hiptónitco semejaba el movimiento del segundero en los relojes. Mi padre daba un paso: tic. Yo lo veía alejarse: tac.
Aparté con la mano lo que había en la cama y me recosté. Los muertos huelen a leche podrida, por fortuna mi abuelo era un bebedor constante, por lo que el aroma del alcohol que por años resguardó su cuarto, ocultaba un poco el hedor agrio. Tras un par de minutos en la cama tomé las hojas de periódico y vi en ellas la carátula dibujada de un reloj, con el 12, el 3, el 6 y el 9 encerrados en círculos. Los dibujos llamaron mi atención, supuse que en ellos había un detalle, un mensaje, algo que al “Cubano” le intrigó y —estoy seguro— quiso descifrar.
Me dispuse a levantar los objetos tirados, algunas revistas y vasos de peltre donde mi abuelo, de vez en vez, se servía café con un poco de ron para “engañar al sueño”, decía él. Al mover sus cosas observé que había algo entre la ropa, un bulto mediano que se hundía en los pantalones y las camisas. Revolví el montón de prendas y observé a la bestia mirarme agazapada, con su hocico apuntando hacía mí: una rata negra de ojos rojos que vigilaba mis movimientos, sin miedo a ser atrapada, enconchada y dispuesta a saltar a mi rostro. Con temor le arrojé una camisa para atraparla, luego alcancé un zapato que se encontraba cerca de la cama y con ella machaqué a la bestia, que chillaba tras cada golpe. Ese fue mi primer encuentro con ella… En la habitación camino de un lado a otro, mientras pateo frascos de pastillas. Allá va Invega y Haldol, más allá Geodon, Focalin y Effexor.

Tras la muerte de mi abuelo busqué “algo” en los relojes que dibujó, algún patrón en los círculos, en el tipo de números (algunos romanos, algunos otros puntos o líneas), en la ausencia de manecillas en ellos. Fue a la medianoche de no sé qué día cuando comprendí su dibujo: supe que habría que sumar 12 más 1 más 2 más 3 más 4 más 5 más 6 más 7 más 8 más 9 más 10, más 11, y después anular el origen representado por el 12 (1 más 2 igual a 3. La perfección, la trinidad). El resultado, 78, me sugería desandar el sentido de progreso lineal, no “darle cuerda” al reloj y obligarlo a que éste encontrara su origen de manera retrospectiva. Así, resté 7 menos 8. La cifra resultante, menos 1, era la clave.
Entonces escuché lo que en un principio creí era el motor del refrigerador, al que confundí con el gruñido de la bestia que se aproximaba. Sin embargo, en ese momento no le presté demasiada importancia y pensé en los números, en si mi abuelo habría llegado a la misma conclusión que yo, o si antes de hacerlo se quemó con alcohol la memoria, una memoria suspendida en el no sueño contenido en relojes dibujados.
La pista que dejó era la de no tomar su camino, sino la de desarmar relojes, observar su estructura, imaginar que dentro de ellos una serie de engranes muerden la delicada sustancia del tiempo, limitándola mediante el castigo a la cronología. Al final, entendió que el tiempo existe, que en él se encuentran los relojes, no a la inversa; que un reloj calcula pero no contiene.
Los intentos de la bestia por entrar se volvieron más insistentes, golpeaba con su cuerpo la puerta, chillaba más fuerte. Ese animal que había atrapado a mi abuelo, ahora venía por mí, por mi sueño. La bestia con su pelo de clavos, la bestia y sus colmillos de diamante, la bestia y sus garras oxidadas, la bestia y sus ojos de neón, la bestia y su sangre de petróleo, la bestia y su cola de látigo, con su piel hinchada y olor a podrido, venía por mí, a morderme e infectarme.
La búsqueda de mi abuelo, la misma que provocó a la bestia, me hizo comprender que el reloj es un espejo cifrado, que las secuencias de 12 horas también se componen del reflejo del número 21. El juego y la verdad que se ocultan tras la carátula reflejada del reloj muestran a la unidad y al doble, dando la suma terciaria de la perfección, el orden en el que el tiempo se cifra. Al unirse dos símbolos de perfección (3) mediante el espejo se construye el número 8, símbolo del infinito, una serpentina temporal con la que uno puede escapar del insomnio.

Ese día no dormí, me quedé con la idea de la anulación del origen. Sin embargo, nunca imaginé que eso suspendería mi sueño, ni que esa era una forma de permitirle la entrada a mi cuarto a la bestia, a la que escuchaba rascar las paredes, roer, quejarse. De repente observé su sombra entrar a la habitación, agigantarse con la luz de la lámpara; la vi ocultarse bajo la cama y la escuché chillar con delicadeza, reírse de su triunfo, de mis continuas sumas y restas para comprender la temporalidad, para alejarme del insomnio. Eran las tres de mañana… En la habitación camino de un lado a otro, mientras pateo frascos de pastillas. Allá va Buspirone y Benztropine, más allá Ambien, Adderall y Abilify.

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La luz del insomnio se refleja en las paredes de lo real, formando figuras de sombras en la conciencia, pequeñas bestias con dentadura de diamante que, a través de la suspensión cronológica, regresarán al carbón de donde provienen en busca de construir su nido y aguardar a las tres de la mañana, para salir y buscar alimento.

© Yussel Dardón