Publiqué este texto en Arena hará unos tres años; luego lo puse en La materia no existe. No hay relación directa entre lo que se dice aquí y lo que se discute alrededor, por otras notas de esta bitácora, en estos momentos.
En su día, por cierto, esta reseña no apareció con la dedicatoria debida a Flavio y Cinthya, amigos entrañables, por quienes conocí el libro de Fadiman.

Algún lector de Ex Libris. Confessions of a Common Reader de Anne Fadiman (Farrar, Strauss & Giroux, 1998) podría sentirse extrañado o a disgusto: la serie de anécdotas, ensayos y divagaciones de Hadiman gira alrededor de su afición a la lectura y de los hallazgos de una vida entera de leer. Todos los textos celebran, de una forma u otra, el hábito y el gusto el de los libros, como objetos materiales y como parte central (todavía lo son, o pueden serlo) de la existencia.
Incluso, las palabras de felicidad casi extática que Fadiman dedica a sus estanterías; a la unión de sus volúmenes y los de su esposo como consumación de su matrimonio; a las numerosas virtudes de los libros maltratados; a la afición inveterada de su familia a corregir el estilo de los menús de restaurante, o a su gran interés en a) las dedicatorias, por igual en libros propios que en ajenos, b) toda suerte de información atractiva e inútil sobre el plagio y la exploración de los polos, y c) las diferentes formas en las que ciertas novelas hablan de comida, pueden llegar a sonar de una pedantería insufrible.
Por otra parte, no es necesario tener las compulsiones de Fadiman –quien escribe que, en una emergencia y sin otra cosa a la mano, se contenta con leer el directorio telefónico o el manual de instrucciones de un auto– para compartir su bibliofilia: su querencia, más serena, por el texto, y por la forma que adopta en las páginas impresas. Ex Libris, cuando menos, puede recordarnos que ese afecto es lícito, y que hace posibles ciertas experiencias que de otro modo serían del todo inasequibles. «¡Qué bendición es amar los libros como los amo!», escribió (según cita Fadiman) Thomas Babington Macaulay. «¡Poder conversar con los muertos y existir en lo irreal!»
Esto no sonará atrayente a algunas personas para quienes lo único importante es el momento y el aspecto más grosero o utilitario de la realidad. Pero no importa. Uno de los mejores momentos de Fadiman está en su descripción del placer de Macaulay al abrir su libro sobre la derrota del general romano Flaminio, en una de las batallas más sangrientas de las Guerras Púnicas, precisamente en el lugar en el que ocurrió la batalla. Otros, todos los demás, están en testimonios semejantes del placer que puede procurar la lectura. La comunicación con los muertos, pero no sólo con los autores, sino también con mis propios antepasados; con los otros desconocidos que han puesto los ojos en un libro, ajado y sucio, que ahora leo; con quien dice, con emoción, palabras que reconozco…
Un hábito de pocas librerías –de ninguna en México, hasta donde sé– es mantener aparte una sección de libros sobre libros: textos como la Historia del libro de Sven Dahl, o Una historia de la lectura de Alberto Manguel, o la serie El lector común de Virginia Woolf, o las Iluminaciones de Walter Benjamin (en la que está su ensayo «Desempacar mi biblioteca»)… La existencia de estas secciones implica la conciencia y la admisión tácita, que a Fadiman ni siquiera se molesta en repetir, de que la lectura sí puede ser un placer.
Que eso de la bibliofilia suene tan ajeno, y Fadiman tan rara, es culpa, desde luego, de nuestro modo de pensar. Entre nosotros no prospera el amor por los libros: casi siempre, y desde la escuela, se nos educa para detestarlos y ver su lectura, tan sólo, como una obligación; cuando mucho, como una forma de obtener conocimientos de aplicación inmediata, o una distracción momentánea, o una calificación o un título.
Habría que cambiar, si se me permite este paréntesis, tales actitudes. Tomaría tiempo. Y en los tiempos que corren, desde luego, cuanto está cambiando lo hace en la dirección opuesta (hacia menos lectores, de peores libros) y por lo tanto lo que sale perdiendo es lo que más importa: no sólo las celebraciones al modo de Fadiman, sino también los textos que se apartan de los temas de moda, las obsesiones tolerables, la devoción de lo provisional: los que sirven para completar la visión del presente.