Según creemos saber, la literatura es reflejo de la realidad. Es verdad pero eso no significa que toda la literatura hable de lo mismo real del mismo modo. Toda ficción, por extraña que sea, nace en el mundo y nace del mundo. Si no podemos verlo, o si sólo aceptamos las formas más literales y más serviles del lenguaje, peor para nosotros.
      Edilberto Aldán ofrece una prueba de esto en su libro de cuentos Rápidas variaciones de naturaleza desconocida: más de una persona quedará desconcertada por los cuentos iniciales de la colección y en especial con el primero, “Interpósita persona”, que juega a ser autobiográfico y escrito por una persona real que desea ganar un premio real en el concurso real en el que Aldán, precisamente con el libro que leemos, obtuvo un segundo lugar y una cantidad apreciable de dinero.* Pero si usted se fascina con la idea de una frontera difusa entre lo cierto y lo inventado, o peor todavía: si sigue leyendo a la busca del chisme y de la confesión supuestamente sincera, se perderá lo que en verdad importa. Porque Edilberto Aldán ofrece una prueba en otro sentido también: su libro nos examina.
      Explico:
      Dentro de su trama curiosa, «Interpósita persona» anuncia que describirá la estructura del libro entero: las relaciones entre los cuentos y la estructura del conjunto. Más aún, el texto habla de claves explícitas para identificar al autor, de que su número telefónico aparece en alguna página… y también afirma que el libro va a ostentar una escritura correcta y poco problemática, pensada para agradar a jurados profesionales.
      Y nada de esto sucede: los datos no están, el libro tiene otra forma, los cuentos no usan las estrategias ramplonas que se describen. Los textos no van entrelazados unos con otros al modo que ahora está de moda, y que tiene como fin hacer que una colección de historias parezca una novela aunque no lo sea; tampoco se pone en juego ninguna de las estrategias ni de los temas que servirían para que los textos se cuadraran a los prejuicios en boga y parecieran “relevantes”, “representativos”, “pertinentes”…
      Nuestra prueba como lectores es, dado que el texto nos miente y nos desorienta, orientarnos solos: encontrar esa clave de la que he hablado, preguntarnos por qué los textos siguen su ruta precisa; por qué los que tratan la identidad y la escritura dan paso a los eróticos, luego a las remembranzas inventadas y por fin a las viñetas presuntamente históricas. Por qué caminamos del escritor equívoco al acostón indescifrable al padre posible a Glenn Gould y las Variaciones Goldberg.
      Cierta idea de cuál es esa clavedebe estar en el texto final de la colección de Aldán, cuyo título es “Arte poética”:

No deja de sonreír mientras escribe la última palabra.
      Aspira profundamente antes de colocar el punto final. Con un gesto suave deja reposar, al fin, el centenar de hojas. Exhala satisfecho.
      Escribió la obra perfecta. Resta un último paso: las cenizas se elevan con el vuelo de los pájaros al atardecer cuando prende fuego al manuscrito.
      Está listo para comenzar de nuevo.

La prosa de Edilberto Aldán se resiste a las normas actuales de la eficacia: no está fascinada con la sequedad de los escritores estadounidenses, no lo deja todo por “avanzar la trama” y juega con una sintaxis que me recuerda a Julio Cortázar y a más de un autor latinoamericano de esos que empezamos a negar por deporte (y para bien, porque sus imitadores son todos pésimos) hace quince o veinte años. Pero lo importante –la clave– no está en el texto en sí ni siquiera en la imagen dramática, conocida, de la destrucción. Al contrario, este texto es el único que se enlaza directamente con otros del libro: nos devuelve a las frustraciones y engaños de los primeros cuentos, donde un puñado de personajes se queda perplejo ante el poder de la escritura o ante sus reflejos en el mundo, pero en lugar de exaltar la idea de la literatura como arte de trepar, como farsa y búsqueda de prestigio, hace exactamente lo contrario: su escritor destruye lo que crea. No le interesan las consecuencias ni los premios de su creación más allá del acto mismo de haber creado.
      Al hacer esto Aldán sugiere (creo) que estas Rápidas variaciones son el trayecto de un escritor que sabe otro modo en el que la escritura, que es parte siempre de la realidad, se engrana en ella. La escritura puede ser pasatiempo, catarsis, fuente de trabajo, herramienta para buscar el poder, pero también puede ser búsqueda: indagación en el interior de quien crea. Puede ser un camino, pues, en el que la meta sólo cuente como un alto y en el que se pueda, como el narrador de “Arte poética”, volver a comenzar siempre desde cero.

Rápidas variaciones de naturaleza desconocida

Rápidas variaciones de naturaleza desconocida

* (Este libro fue publicado por el Gobierno del Estado de México, dentro de su Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Ganó, en efecto, el segundo premio en la especialidad de cuento del Concurso Internacional «Letras del Bicentenario», convocado por el estado de México en 2009.)