En lo que va del año, todo lo publicado en los medios alrededor de la nueva presidencia de Estados Unidos ha causado (sobre todo durante el mes de febrero) tal desconcierto y miedo que ha sido fuente de auténtico malestar en muchas personas y, de tan abundante, ha sepultado las noticias que más importan –por no hablar de sucesos que no tienen que ver directamente con aquel país– entre numerosos contenidos frívolos o sensacionalistas. Y aparte están, aún, el ruido y la desinformación sobre cualquier otro tema que ya son habituales en la redes.

En todo esto, me parece, hay un peligro real: el de perder el control de nuestra percepción del mundo, cederlo a esas fábricas de estímulos. El riesgo está en la obsesión con esas informaciones: en el sometimiento a una rutina de indignación o desahogo superficial (de incontables indignaciones y desahogos) que nos impida ver cualquier otra cosa ni pensar en el mundo más allá de las reacciones inmediatas a los nuevos escándalos del día.

Para informarnos mejor (en la medida en que eso sea posible) se puede intentar leer de manera más crítica y profunda el alud de los acontecimientos. Y para lograr eso, me parece, hay una herramienta a disposición, por lo menos, de las personas a las que le gusta leer: las novelas. En especial, novelas extensas, intrincadas, densas.

No me refiero a “libros que atrapen” al lector (en realidad eso es facilísimo, aunque se venda como una gran hazaña) sino a libros que propongan un mundo propio, reconocible, consistente, con mucha claridad y muchos detalles: un entorno que puede “explorarse” durante un tiempo prolongado, comprenderse y figurarse con ayuda de la imaginación, y que sea claramente distinto de la imagen del mundo que nos ofrece cualquier burbuja informativa. No se trata de que las lecturas sean escapistas (aunque no está mal escapar de vez en cuando, por ejemplo, de una sobredosis de “este tipo loco o maligno o ambas cosas a la vez va a acabar con el mundo y no hay nada que nadie pueda hacer para evitarlo”); se trata, sobre todo, de que nos ayuden a comprobar que hay otras formas de representarnos la existencia, y de que en ellas podamos encontrar modos de poner en perspectiva el bombardeo informativo de la actualidad.

La lista que viene a continuación es de cinco libros útiles para este fin y que, además, hablan del poder de diferentes formas.

Kalpa imperial de Angélica Gorodischer (1983).

Aunque difundido inicialmente como un libro de cuentos en dos partes, la autora –gran narradora argentina– prefiere considerarlo una novela. Es una historia que contiene muchas otras historias: en un lugar indeterminado de una ciudad, un narrador oral cuyo nombre no se revela nunca cuenta historia tras historia de su país, un imperio vasto y antiguo en el que ha habido guerras, traiciones, catástrofes, revoluciones y, a la vez, la vida simple de la gente perdura. Es una novela fantástica en la que no ocurre nada sobrenatural: el imperio no está en ningún mapa, pero podría ser casi cualquiera de los que se conocen de la historia del mundo.

Yo serví al rey de Inglaterra de Bohumil Hrabal (1971, también conocido con el título Yo que he servido al rey de Inglaterra).

La obra narrativa de Hrabal, novelista checo, es menos apreciada de lo que merece en la actualidad. Yo serví al rey de Inglaterra es una novela muy representativa de esa obra, pues muestra a personajes grotescos y sucesos estrambóticos pero al mismo tiempo los trata con una intuición sorprendente de la humanidad de unos y la trascendencia de otros. La historia es la de un tonto, llamado Ditie, que va ascendiendo por la Checoslovaquia del siglo XX –pasando por la ocupación nazi– hasta convertirse en millonario. Nadie se salva de ser mirado (y juzgado) por este personaje bestial y al mismo tiempo entrañable.

 

Noticias del imperio de Fernando del Paso (1987).

Esta es la novela que convirtió a las cabezas visibles de un ejército que invadió México a mediados del siglo XIX, coludido con lo peor de las élites locales de la época, en personajes populares de este país, figuras románticas, casi héroes de telenovela.  Maximiliano de Habsburgo, y más todavía su esposa, Carlota de Bélgica, son protagonistas de una recreación minuciosa México durante la Segunda Intervención Francesa y el Segundo Imperio Mexicano, que del Paso describe desde múltiples puntos de vista. La novela contiene muchísimos episodios humorísticos, patéticos o terribles, y su tono finalmente es trágico: la instauración del Imperio es una locura que sólo causa la destrucción.


Jonathan Strange y el señor Norrell de Susanna Clarke (2004).

Esta novela de ambiente inglés y aristocrático recrea el periodo de las Guerras Napoléonicas, al comienzo del siglo XIX, como podría haber sido de haber existido magia en el mundo y la Historia que conocemos. Dos magos rivales –Norrell y Strange– dividen a su país luego de su intervención en diversos asuntos, incluyendo batallas navales y en tierra, y su enfrentamiento los encamina a una catástrofe a medida que se ponen a experimentar con fuerzas que no comprenden del todo. Los personajes están descritos con gran minuciosidad, y en su versión original Clarke reproduce, también, giros y términos del idioma inglés de ese tiempo.


El brujo del cuervo de Ngugi wa Thiong’o (2006).

Ngugi, autor nacido en Kenya, candidato constante al Premio Nobel, se inventa un país entero: la nación africana de Aburiria, profundamente corrompida por el régimen de un dictador. Violento, perverso, y sobre todo mentiroso, el soberano extraña el pasado colonial (en el que podía hacer realmente cualquier cosa, apoyado por sus amigos occidentales) tiene por sus peores enemigos a una activista y su esposo, un curandero falso que, pese a ello, es un estupendo sanador.  Su enfrentamiento se cuenta como una narración oral y está lleno de episodios rarísimos, justamente como los que hay en tantos relatos antiguos de África.

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Hechas estas recomendaciones hay que decir lo siguiente:

  1. Por supuesto, hay muchos libros más que pueden invitar a la lectura atenta y laboriosa que éstos proponen.
  2. Por supuesto, descontaminarse del mundo puede ser muy necesario, pero nunca es suficiente. También hay que volver a él y actuar. Poquísimas personas lo intentan y es de las grandes necesidades del presente.

El brujo del cuervo. Ilustración de Dan James. (fuente)