Para este mes, un cuento de la escritora mexicana Karen Chacek (1972), autora con una prosa muy especial que se ha dedicado sobre todo al guión y la literatura infantil y juvenil. En textos como “Azul infinito”, sin embargo, revela también una veta más oscura e intrigante. Entre su obra publicada destacan Una mascota inesperada (2007), Nina Complot(2009) y La cosa horrible (2011). Pronto aparecerá su novela La caída de los pájaros.

Karen Chacek

AZUL INFINITO

Karen Chacek

Edgar Lee Vargas cruza la puerta del despacho sin dar el Buenos días a nadie. Todos en la agencia le abren paso, saben que llegó tarde y que atravesarse en su camino en este momento podría costarles el puesto.

Edgar Lee Vargas sube a zancadas la escalera y se encierra en el cuarto de bodega, como lo ha hecho los últimos ocho miércoles entre las diez y las doce del día.

Su asistente se apresura en preparar un doble expreso del número 4.

Edgar Lee Vargas, el director creativo de la agencia de publicidad Dulce vida, deja su computadora portátil sobre la silla plegable y se da prisa para llegar a la ventana y oprimir el botón de grabar en la mini cámara que sujeta en la mano.

Su asistente entra silenciosa al cuarto, carga la taza de café y una servilleta. Lo ve montar guardia en la ventana como francotirador con su objetivo en la mirilla. No se anima a interrumpirlo y tampoco se decide dónde dejar el café y la servilleta.

La mini cámara de Edgar Lee Vargas graba los movimientos tardos de ese joven Adonis con parálisis cerebral, quien cada miércoles, viernes y lunes gusta de sentarse en la terraza de la cafetería de enfrente, ordenar un capuchino con mucha espuma y entretenerse, por el tiempo que le dure media cajetilla de cigarros, fabricando formas caprichosas con el humo del tabaco. Después regresa a su casa y duerme hasta la hora de la comida.

En la mesa de la cocina, su lugar favorito es la silla con vista al azul infinito de la pantalla en la puerta del refrigerador. La sirvienta de la casa le sirve un plato de arroz con pollo y le acaricia la cabeza, mientras lo acompaña paciente a masticar cada bocado treinta y cuatro veces.

 

El joven Adonis acaba de cumplir veintinueve años, está enamorado de su sirvienta, de las flores electrónicas en el jarrón rojo y del olor a tortilla quemada.

En el cuarto de bodega de la agencia, Edgar Lee Vargas chasquea los dedos para capturar la atención de su asistente. Ella se acerca tímida, sin soltar la taza de café y la servilleta. Él le ordena citar a Parra en la tarde.

—Si es necesario que lo saques de algún llamado, hazlo —le dice.

Parra es el Director de Arte más cotizado de la industria televisiva. Hoy en la tarde, Edgar Lee Vargas le pedirá que construya en la entrada trasera de la agencia una terraza idéntica a la del café de enfrente. Planea con eso atraer al joven Adonis y a fuerza de espuma de capuchinos convencerlo de permitirle conectar a su cabeza una máquina lectora de imágenes.

El oráculo numérico que adorna el escritorio de diseño italiano de Edgar Lee Vargas, le vaticinó anoche que hacer aquello será su mayor golpe de suerte en años: la agencia ganará cifras millonarias, premios y fama internacional con sus futuras campañas publicitarias, inspiradas en las imágenes mentales de un galante fumador compulsivo con parálisis cerebral y afición por la espuma de los capuchinos.

Lo que el oráculo nunca le dijo a Edgar Lee Vargas, fue que las multipremiadas creaciones venideras le impedirán volver a conciliar el sueño sin la ayuda de algún narcótico. Y es que, los cientos de archivos que serán hurtados de la imaginería del joven Adonis y almacenados después en la memoria de la máquina lectora, remiten a una sola pregunta: “¿A qué diablos he venido al mundo?”