Un cuento sobre el poder y la historia de la escritora argentina Angélica Gorodischer (1928), proveniente de un libro extraordinario: Kalpa imperial (1983).

ACERCA DE CIUDADES QUE CRECEN DESCONTROLADAMENTE

Angélica Gorodischer

   aquel cuarto (encierro empecinado
cadáveres del sol tirados entre
amapolas
hombres sumisos ya heridos en los
botes pidiendo socorro vanamente)
yo diría un cubo atravesado con voces obligatorias con horarios trastornados
pero les pidió por favor que no hablaran hasta que pudiera decirles
las razones que afectaban a las
ciudades contaminadas por el aire espeso de
bobinas
motores
fábricas
automóviles
subterráneos
abejas africanas
tigres en celo
amantes abandonadas en el muelle de las brumas.
bicicletas montadas por parejas difíciles de
definir.

Alfredo Veiravé, El imperio milenario

 

Dijo el narrador: —Con muchos nombres la llamaron y muchos orígenes le pretendieron y todo era mentira. Los nombres, porque no fueron más que invenciones de hombrecitos oscuros, ambiciosos y rastreros, que lo único que querían era ascender un escalón más en una miserable repartición oficial o conseguir un lugar entre los adulones de palacio o un poco de dinero extra para satisfacer alguna pequeña vanidad. Los orígenes, porque también fueron trabajosos artificios maquinados para incluir algún personaje influyente en la genealogía de un héroe que la habría fundado en un rapto de locura divina. Faro del Desierto la llamaron, y también Joya del Norte. Estrella, Madre, Guía, Cuna, todas esas palabras que, como verán ustedes, están estrechamente relacionadas, se le aplicaron en designaciones vanidosas y huecas. Que el hermano menor de Ylleädil el Grande, hambriento y aterido, perseguido por los que habían destronado al Emperador Guerrero, había llegado hasta el pie de los montes y había desenvainado la espada imperial para quitarse la vida, pero que en vez de hundir la hoja en su corazón la había clavado en la tierra y había dicho: “Aquí se levantará la nueva capital del nuevo Imperio”, eso se dijo. Y también que una virgen desvalida había llegado hasta allí, allí mismo, donde todavía se alza la Fuente de los Cinco Ríos, y había cavado con las manos un pozo en la tierra mojada por las lluvias y se había enterrado viva en el barro mezclado con su sangre antes que permitir que el lascivo Emperador la mancillara. No se dijo cuál era el emperador aunque hubo quienes arriesgaron algunos nombres, todos perfectamente factibles porque no faltaron, y no sólo no faltaron sino que si se los contabiliza bien sobraron, señores lascivos en el trono del Imperio. Pero se sostuvo que este emperador se arrepintió, cosa que ya es bastante menos factible, y levantó un monumento a la niña que se le había escapado de entre los gordos dedos; y que levantó también algunas viviendas para los cuidadores del monumento. Otros fruncen el ceño, tosen, alzan los ojos al cielo y explican cómo Ylleranves el Filósofo también llamado el Narices no por el apéndice que le crece a la gente común y a los emperadores también en el medio de la cara, sino por su olfato para hacer lo que no debía, había reconocido el lugar corno el asiento del Jardín de la Belleza Perfecta del que hablan los libros místicos, y había querido poblarlo con una ciudad perfecta en la que viviera una nueva generación perfecta que repitiera la edad de oro del hombre. Claro que el Narices no tuvo tiempo para tanto porque era aún joven cuando por suerte lo cortaron en rebanadas los hombres de su guardia personal y elevaron al trono a Legyi el Corto que no fue peor que Ylleranves porque era difícil ser peor emperador que el Narices, pero que fue casi tan nefasto como él, aunque tuvieron la dicha, él y el Imperio, de que lo casaran con una mujer enérgica, inteligente y justa. Sí, señores, sí, la Emperatriz Ahia’Della que dio al Imperio hijos y nietos y bisnietos tan justos y sensatos como ella, cosa que fue un merecido descanso para todos.
Y esas invenciones, desgraciadamente, se asentaron en crónicas que se escribieron en libros a los que todo el mundo respetó y por lo tanto creyó, solamente porque eran gruesos, difíciles de manejar, aburridos y viejos. También figuraron en leyendas que son esos recitados en los que todo el mundo dice que no cree porque son poco serios y en los que todo el mundo cree precisamente porque son poco serios. Y se cantaron en canciones insidiosas que por fáciles se repitieron en las plazas y en los puertos y en los salones de baile. Y nada era verdad, nada: ni los orígenes novelescos ni los nombres sonoros y fantasiosos.
Yo soy el que les va a contar cómo sucedieron las cosas, porque es a los contadores de cuentos a quienes toca decir la verdad aunque la verdad no tenga el brillo de lo inventado sino la otra belleza, a la que los tontos califican de miserable o mezquina.
¿Ven la ciudad? ¿La ven ahora, tal como es? Empieza en el llano, de pronto, con las espaldas de las casas vueltas a lo que fue un desierto. No tiene puertas de honor ni almenas ni torres ni muros de ronda. Se mete uno por un hueco que es una calle, y asciende. Desde lejos es un cuadriculado irregular y lleno de colores, agujereado por puntos oscuros que son de luz en la noche. Se entretejen las calles y los edificios y los balcones y las fachadas, y los talleres se codean con las mansiones y los comercios con los ministerios y muy pocos de sus habitantes la conocen a fondo. No me arriesgaría a afirmar que es un laberinto. Diría si tuviera que describirla en pocas palabras que una colonia de insectos escapó enloquecida de una telaraña feroz y construyó algo para protegerse. Sube por la ladera, sube con una temeridad desesperada en la que no falta el orgullo. Apoya los cimientos en la piedra o en la arena, no importa dónde: la cuestión es subir hasta lo imposible. Lo consigue, como era de esperar: los montes desaparecen bajo las paredes, los balcones, las terrazas, los parques; crece una plaza oblicua cerrada por arcadas de piedra contra una cuesta abrupta; el tercer piso de una casa es el sótano de otra que se abre a la calle siguiente; la pared oeste de un ministerio linda con las rejas del patio de una escuela para niñas sordas; los basamentos de la casona de un funcionario se convierten en la buharda de un edificio abandonado, mientras una gatera coronada por una archivolta agregada doscientos años después sirve de túnel hacia un depósito de carbón, y un entrepaño hace las veces de crucero de una ventana con escudos de oro en los vidrios, y los tragaluces no miran al cielo sino a una galería con adarajas de cerámica. Una calle que serpentea hacia arriba y otra vez hacía abajo se convierte sin aviso previo en el jardín de una señora viuda; un mercado desemboca en un templo y el pregón del vendedor de objetos de cobre se mezcla con las admoniciones del preste; la sala de moribundos de un hospital abre sus ventanas al despacho de bebidas de un ex presidiario; el farmacéutico tiene que atravesar la biblioteca de la Agrupación de Patrones Cargadores para ir a tomar su baño; una palmera frizzata crece en el despacho de un juez de paz y sale hacia la fachada por un boquete abierto en la mampostería. Y no hay vehículos porque nada que sea más ancho que los hombros de una persona puede circular por las calles, lo que quiere decir que los gordos y los levantadores de pesas tienen enormes problemas para salir a pasear y hasta para ir a lo del carnicero a comprar un cordero tierno para la comida del día siguiente.
Y no la fundaron ni la espada de un héroe ni el sacrificio de una virgen, ni se llamó nunca Reina del Alba. Allí en las catacumbas pintadas hoy con colores fosforescentes donde bailan los jóvenes disolutos y se emborrachan los que van a morir, allí vivieron bandoleros y contrabandistas y asesinos cuando el Imperio era joven y luchaba por su unidad, y desde allí trazaron un sendero de mulas que bordeaba los montes y atravesaba los marjales para llegar a ciudades y pueblos donde ejercían sus nobles profesiones: he ahí la miserable belleza de la verdad.
Un poco más arriba de la boca de las catacumbas levantó su palacio de piedra alguien de quien todos ustedes han oído hablar pero a quien no conocen en absoluto: Drauwdo el Fortachón. El palacio no era un palacio sino una construcción torcida y malformada, amplia, de techos bajos, sin ventanas, con un hueco abierto hacia el sur por el que había que entrar a gatas, una enorme chimenea adentro y afuera un foso erizado de estacas puntiagudas en el fondo.
Drauwdo era estúpido, cruel, ignorante y vanidoso, cualidades que fueron su perdición. Pero era fuerte y valiente a su modo, cualidades que le valieron su breve y violento caudillaje. Capitaneó a los bandoleros y a los asesinos y se organizó a su alrededor pero no gracias a él una especie de tropa desharrapada que asaltaba y mataba para conseguir lo que fuera, vestidos, comida, muebles, oro, sobre todo oro. El jefe concedía premios, una mujer aquí, un puñado más de piedras preciosas allá, una parcela de tierra acá. Y los segundones emulaban al jefe y construían sus casas de piedra si a eso podía llamarse casas, mientras el grueso de la recua seguía abrigándose en las cavernas y en los túneles.
Uno de esos no tan raros emperadores ilustrados y progresistas se inclinó un día sobre un mapa del Imperio y ese gesto banal terminó con el liderazgo de Drauwdo el Fortachón, el tonto vanidoso cruel y valiente a su modo.
—Aquí —dijo el Emperador,
y puso su dedo manicurado y enjoyado en un punto sobre la costa de un mar frío y brumoso, muy al norte. Y miró a los ingenieros y a los geólogos y a los capitanes de su marina mercante y siguió:
—Si construimos un puerto aquí, el transporte de mercaderías hacia el este se hará más rápidamente y costará mucho menos.
Así que los ingenieros y los geólogos se pusieron a trabajar, los capitanes a esperar, y Drauwdo, sin saberlo, a agonizar.
Se tendió un camino desde la lejana capital hasta los montes, y los bandoleros del Fortachón salieron alegremente de las casas de piedra y de las cuevas y mataron a los capataces y a los obreros y les robaron lo poco que tenían y Drauwdo felicitó a sus hombres y repartió equitativamente el botín. Ya ven cómo era de estúpido.
El Emperador preguntó:
—¿Bandoleros?
Y un capitancito que no era muy valiente pero que no era ningún estúpido, recibió una orden de un coronel que la había recibido de un general que la había recibido de un ministro que había oído la pregunta del Emperador, preparó una emboscada y en tres horas, sin arrugarse el uniforme y sin perder ningún hombre, terminó con Drauwdo y sus asesinos, sus segundones, sus cavernícolas y sus contrabandistas. Con todos, según creyó y según informó a sus superiores, cosa que aceleró su ascenso en el arma de choque y por lo tanto adelantó considerablemente la fecha de su muerte.
Sólo que uno de los hombres de Drauwdo se había salvado, huyendo a tiempo y escondiéndose en las cuevas más profundas. Bah, ni siquiera era un hombre, era un muchachito al que llamaban el Raposo, un aprendiz de bandido, una sanguijuela insignificante nacida y criada en las alcantarillas de alguna ciudad, que no había servido en los dominios de Drauwdo más que para cumplir encargos viles y recibir golpes y burlas. Pero cuando las cabezas de Drauwdo y los bandoleros se exhibieron al borde del camino en construcción, clavadas en picas pudriéndose al sol, cubiertas de moscas doradas y verdes, la cabeza del Raposo seguía pegada a su cuello pensando lo poco que semejante cabeza había aprendido a pensar.
El camino contorneó los montes, atravesó el llano y hendió los marjales que se desecaron y se fertilizaron. Se construyó el puerto, llegaron los barcos, los vehículos rodaron cargados hasta el tope, y el Raposo se sentó a la boca de una cueva y esperó.
Para cuando el ilustre Emperador murió y para cuando lo sucedió su hijo mayor que fue incluso más ilustre que él, las cuevas estaban vacías y nadie se sentaba a esperar a la entrada oscura. Pero directamente debajo, a la orilla del camino, se alzaban paradores y casas de comida, albergues y tiendas donde se vendían ejes, ruedas, riendas, forrajes, mantas, y todo lo que necesita el conductor de un vehículo de carga. El dueño de todo eso era un hombre flaco y moreno, de cara zorruna y pocas palabras, que había empezado vendiéndoles frutas silvestres a los obreros del camino y había hecho fortuna rápidamente. Se llamaba Nilkamm que es un nombre del sur pero nombre al fin, y estaba sentado tras el mostrador del albergue principal mirando entrar y salir a sus clientes, vigilando a sus empleados, calculando si valdría la pena levantar otra construcción un poco más allá, quizá sobre la ladera, una casa con muchas habitaciones y una terraza sobre el llano, y traer a algunas mujeres de la capital.
Y para cuando la joven Emperatriz tuvo su segundo hijo, que fue una hija, la princesa Hilfa, la del nombre desdichado y la vida desdichada, el señor Nilkamm’Dau era presidente de la Cámara de Comercio de la ciudad, se había casado con la viuda de un magistrado de la capital, vivía en una gran casa construida sobre los cimientos de piedra de las casas deformes de los segundones de Drauwdo el Fortachón, y los burdeles, las casas de juego y los albergues dudosos tenían nominalmente otro dueño.
Era entonces una ciudad de paso, una ciudad de calles anchas pero retorcidas que no llevaban a ningún puerto, a ninguna playa, a ningún belvedere, sino a otras calles retorcidas que morían en un paredón desprolijo o en un baldío sembrado de basuras. Había más gatos famélicos que jacas de pelo brillante enjaezadas de cuero y plata; había más suicidas que maestros, más borrachos que matemáticos, más fulleros que músicos, más viajantes que contadores de cuentos, más encantadores de serpientes que arquitectos, más curanderos que poetas. Y sin embargo, ah, sin embargo era una ciudad inquieta, era una ciudad que estaba reclamando algo y no sabía muy bien qué, como les pasa a todos los jóvenes.
Lo encontró, claro que sí, con creces, como que lo tuvo todo y lo perdió todo y lo volvió a tener y fue la Joya del Norte y fue la Madre de las Artes y el Faro del Caminante y la Cuna de la dicha: como que surgieron las leyendas de héroes desdichados y vírgenes perseguidas y sabios visionarios y tantas cosas más, lo sublime, lo increíble, lo ridículo y la mentira.
El hombre se llamaba Ferager-Manad y era escultor y llegó vestido lujosamente en un coche tirado por las primeras jacas de pelo brillante y arreos de cuero y plata que veía la ciudad, y atendido por tres sirvientes. Es cierto que en el coche y los animales y los servidores se había gastado hasta su última moneda porque no era un escultor muy bueno y hacía mucho que nadie le encargaba grupos alegóricos ni monumentos y ni siquiera un pequeño bajorrelieve para una tumba modesta. Pero también es cierto que esperaba encontrar en la ciudad su fortuna porque hacía apenas veinte días que había muerto el señor Nilkamm’Dau, primer alcalde de la ciudad, presidente de la Cámara de Comercio, del Club de Residentes Fundadores, forjador del primer Censo Municipal, la primera escuela, el primer hospital, la primera biblioteca, el primer asilo y la primera repartición oficial acopiadora de carnes, cueros y granos. Y su viuda que ya lo era dos veces pero que ya no era joven y se veía obligada a encontrar cuanto antes otros motivos de admiración y respeto, ella que secretamente lo había despreciado por su origen humilde y porque venía del sur, se encontró con una fortuna más copiosa de lo que en sus insomnios había calculado y decidió no sólo exhibir una pequeña parte del dinero sino también hacerse perdonar su desprecio agradeciendo a su silencioso marido la riqueza y la muerte. Pensó en un mausoleo, qué buena idea. Un mausoleo era lo que les hacía falta, a ella, a su segundo marido y al humilde cementerio en las afueras. A ver, se dijo, un escultor, un escultor venido de la capital, un artista salido de la regia Academia Imperial que levante un monumento en mármol rosa y negro, coronado por figuras dolientes, cubierto de guirnaldas y de ánforas, rodeado por rejas de bronce rematadas en juncieras donde ardan hierbas aromáticas. Y eligió un nombre al azar, porque creía recordarlo y porque figuraba entre los de los egresados de la Academia.
Ustedes han visto lo que queda: las bellas mujeres de mármol con túnicas de mármol y cabelleras flotantes de mármol lloran alrededor de una silueta yacente y una de ellas levanta las manos al cielo clamando por el que se ha ido. Pero el cementerio ya no está, invadido por la ciudad que lo fue borrando hasta olvidarlo, y lo que fue una cripta es hoy un depósito de golosinas y las figuras dolientes se apoyan en el tanque de agua que surte a las oficinas del Registro de la Propiedad Inmueble. Y sin embargo no es eso lo que pesa en el orden de los acontecimientos: la piedra se trabaja, se modela y se pule y los ojos vacíos de las estatuas miran a los hombres pero no los ven. Lo que sí importa son los hombres, que tienen ojos y a veces ven; lo que sí importa es que el escultor era viudo y pobre y su mandataria era viuda y rica. Se casaron, no antes de que se terminara el monumento fúnebre porque eso hubiera sido una inconveniencia, pero se casaron apenas encendidos los puñados de hierbas aromáticas, y el escultor pagó sus deudas y adquirió sirvientes y más coches y más jacas y ya no trabajó el mármol ni el bronce y se convirtió en mecenas, que es mucho más descansado, menos peligroso y más honorable.
Entonces llegaron los artistas. Los primeros no eran más que bochincheros y holgazanes que habían oído decir que en esa ciudad vivía un rico protector de las artes que les daría de comer y les pagaría el alojamiento mientras ellos se sentaban en los cafés hasta la madrugada, hablando de los poemas que escribirían, de los cuadros que pintarían de las sinfonías que compondrían, riéndose del mundo que hasta entonces no los había comprendido y despreciando al hombre rico que decía que sí los comprendía y que antes de pagarles la cama y el vino y la sopa les hacía escuchar la descripción de sus propias obras, y peor, les daba consejos. Pero después llegaron otros, que no se sentaban en los cafés sino ocasionalmente y que pasaban la mayor parte del tiempo encerrados en cuartos silenciosos y tejiendo palabras o mezclando colores y sonidos. Entre todos ésos que habían ido llegando a la ciudad, antes o después, había algunos a los que les faltaba talento; a otros les faltaba disciplina, a otros dedicación. Pero a todos les sobraba imaginación. La ciudad subió y se retorció aún más: no ganó en elegancia pero sí en cierta belleza excéntrica e inesperada. Se construyeron galerías vidriadas a las que se llegaba por escaleras que arrancaban de cualquier parte, del medio de una calle, del balcón del primer piso de una casa, y hasta de otras escaleras; se construyeron casas redondas, casas laberínticas, casas subterráneas, estudios minúsculos, grandes salas de música, teatros de cámara, estadios para conciertos. Cambió la moda, y los severos trajes de los comerciantes y los tristes vestidos de cuello alto de sus mujeres, dieron paso a blusones violeta y verde, a delantales manchados de pintura, a hopalandas, capas, túnicas, chalecos, torsos desnudos, chalinas, sandalias, botas, chinelas bordadas, pies descalzos, babuchas floreadas, coturnos, cadenas doradas, aros en una sola oreja, collares, pulseras, vinchas, tatuajes, petos, cuentas de colores incrustadas en la frente, ajorcas y camafeos. Los horarios también cambiaron: esa ciudad que se levantaba temprano, desayunaba apresuradamente, trabajaba, almorzaba en paz en su casa, seguía trabajando, comía en familia y se acostaba con las primeras estrellas, desapareció poco a poco. Los comercios y las instituciones abrían ahora casi a mediodía, las horas de la tarde eran las de mayor actividad, los cafés y las casas de comida estaban siempre repletos y a la noche la ciudad brillaba y desde el lejano puerto muy al norte podía verse sobre los montes un halo de luz que no se apagaba, que sólo empalidecía con la salida del sol.
Pero no nos olvidemos de Ferager-Manad y su mujer: ella no pudo darse el gusto de enviudar por tercera vez y fue una lástima si se piensa en qué monumento fúnebre extraordinario pudo haber erigido a su marido ahora que tenía a su alcance tantos escultores entre los cuales elegir. Se murió de apoplejía una tarde de verano y lamento decir que el viudo no pensó en mausoleos sino en salir todas las noches con sus protegidos a probar nuevas bebidas y nuevas muchachas mientras hablaban de la forma pura o del contenido trascendente de la línea. Se murió a su vez, no sin haber empleado varios años en productivas discusiones y cateos, de una pulmonía, y lo enterraron apresuradamente porque ya le quedaba muy poco de la inmensa fortuna que le había dejado su mujer, y en cualquier parte, porque la puerta del mausoleo rematado con figuras dolientes estaba trancada y no se la pudo abrir.
Y no nos olvidemos de la capital. Se sentaba en el trono del Imperio Mezsiadar III el Asceta, un hombre bien intencionado que dedicaba tantas horas y tanta energía a hacer el bien que sólo logró hacer tanto mal como veinte emperadores cargados de iniquidad juntos. Mezsiadar quería que todos sus súbditos fueran buenos, y ésa es una pretensión peligrosa. Se habían terminado los días pacíficos de la dinastía de los Danoubbes fundada hacía siglos por Cellasdanm el Gordo, un emperador ni bueno ni malo que comprendía, quizá por pereza, que los hombres y las mujeres no son ni buenos ni malos y que más valía dejarlos que siguieran siendo así, y reinaban los Embaroddar de los que se decía aquello de “Bisabuelo negro, abuelo blanco, padre negro, hijo blanco, nieto negro, bisnieto blanco” porque si un emperador reinaba bien, seguro que el siguiente sería una desgracia; y si un emperador reinaba mal las gentes se consolaban pensando que el sucesor haría dichoso a su pueblo. Los Embaroddar también conocían el dicho, y como Mezsiadar II había sido un buen emperador, Mezsiadar III sería sin duda una desdicha para todos, sólo que él estaba decidido a lo contrario y fue justamente por eso que se cumplió lo que se esperaba de los miembros de esa larga dinastía que por suerte estaba por terminarse aunque en ese momento nadie lo sabía.
Madre de las Artes la llamaban en ese momento a la ciudad, y sus habitantes, pobres tontos, se sentían muy orgullosos de semejante nombre. Mezsiadar el Asceta oyó hablar de la Madre de las Artes y desconfió, no porque recelara de las artes sino porque por inclinación y por convicción desconfiaba de todo. Pidió informes y los funcionarios de la ciudad, pobres tontos ellos también, elevaron un memorial entusiasta y detallado. Así que como primera medida Mezsiadar el Asceta les hizo cortar la cabeza.
—¡Cómo! —dijo el Emperador al llegar a la página 174 del memorial que tenía 215—. ¿Y la piedad? ¿Y la decencia? ¿Y el recato? ¿Y el pudor y la modestia y la frugalidad y el sacrificio?
Mezsiadar III el Asceta tenía miedo de sí mismo y sus noches eran agitadas. Eso, creo, lo explica todo. Después de haber mandado que cortaran la cabeza a los funcionarios de la ciudad, se sentó solo en la penumbra, en una habitación desnuda y fría y pensó detenidamente en la ciudad multicolor que vivía de noche, en los soñadores descalzos, en las modelos desnudas, en la promiscuidad, el ajenjo, el ocio; pensó en las cosas que pasan en la oscuridad, pensó en roces y murmullos, pensó en habitaciones alfombradas, en voces roncas, en instrumentos de cuerda que tañen perezosamente, en escaleras estrechas que llevan a ambientes sofocantes donde se adivinan las formas de los cuerpos y el olor picante se mete por las narices; pensó en lenguas, en pechos, en muslos, en sexos y en nalgas, pintados, cantados, de carne, bamboleantes, groseros, burlones, pesados, inmundamente atractivos. Esa noche rechazó la comida, se acostó en la cama sin mantas y tuvo fiebre. Al día siguiente dos cuerpos, de ejército partieron hacia la ciudad.
Cuando murió o escapó el último de los artistas, vaya a saber si fue un actor o un poeta o un músico, los soldados pintaron de gris verdoso todas las fachadas, cortaron las enredaderas y echaron desinfectante en los sótanos y en los estudios de techos de vidrio y en las salas de música. Con las pinturas y los laúdes y los libros se hizo una gran hoguera que tiñó de luz por última vez la noche de la cima de los montes. La ciudad fue un cuartel durante toda la vida de Mezsiadar el Asceta que no por eso pasó noches más tranquilas ni tuvo menos dolores de cabeza o calambres en las tripas. Al contrario, se le cubrieron los brazos, los hombros y la cabeza de un eczema pustuloso al que consideró un castigo por no haber tratado de saber antes lo que pasaba en la ciudad de los montes, de modo que pidió informes sobre todas las otras ciudades del Imperio que ya eran muchísimas; pero lo que pasó en otras ciudades del Imperio no es cosa que me toque a mí contar. Un noble de su séquito daba vuelta las páginas de los innumerables informes porque el Emperador tenía las manos atadas a los brazos del sillón para evitar que se rascara. De paso, no murió de eso ni murió leyendo informes. Murió pocos años después, cuando ya del eczema no iban quedando más que las cicatrices, y los médicos del palacio dijeron que se le había reventado el hígado, vaya a saber por qué.
Su sucesor fue Riggameth II, un Emperador blanco que había odiado profundamente a su padre desde muy chico y que lo siguió odiando aun después de muerto Mezsiadar. Por lo tanto trató de deshacer todo lo que el Asceta había hecho. Aunque Riggameth llegó a viejo no tuvo tiempo para deshacerlo estrictamente todo, pero alcanzó a hacer bastante: sacar al ejército de la ciudad gris, por ejemplo.
Se fueron los soldados y los capitanes y los tenientes, y algunas gentes pintaron sus casas de blanco o de rosa o de verde; algún muchacho compuso una canción, alguna mujer dibujó un paisaje, sin que por eso se los ahorcara. Se abrió un teatro, una o dos enredaderas volvieron a dar brotes. Y aunque nunca fue otra vez la Madre de las Artes, tuvo su cuota razonable de músicos, de actores y de poetas.
Y en el orden secreto de las cosas aparecen entonces dos mujeres: a una de ellas el Asceta la hubiera aprobado sin reservas puesto que era viuda, limpia y tonta; no había conocido más que un hombre en su vida y había considerado la experiencia como un largo calvario. A la otra la hubiera hecho quemar en la plaza pública por indecente, que lo era, por impúdica, que lo era, y por promiscua, que también lo era.
Ninguna de las dos era ya joven, y las dos se acordaban de la ciudad tal como había sido antes de la piadosa intervención del difunto Emperador. A la viuda le gustaban la jardinería y el bordado, y a la otra le gustaban los hombres. La viuda reverenciaba el recuerdo de Mezsiadar y la otra escupía cuando se lo nombraba en su presencia. La viuda cavaba en su jardín para plantar un retoño de trissingalia adurata cuando se mojó las manos en agua caliente que parecía venir de la profundidad del suelo. La otra había sido modelo y amante de pintores y escultores y había abierto después un albergue para oficiales; se le estaba terminando el dinero de los artistas y de los militares y trataba de adivinar qué negocio podría instalar, algo entretenido, un local por el que pasara mucha gente, un lugar en el que pudiera conversar con muchos clientes y quizá también, por qué no, quizá, en fin, aunque ya no era la muchacha que había sido, quizá.
Fue así como se descubrieron las fuentes de aguas termales. A una mujer se le inundó el jardín con aguas salobres que le marchitaban las plantas, y decepcionada puso en venta su casa. Otra mujer la compró pensando que la gran habitación del frente podría servir para poner un salón de té, pero como el agua no dejaba de manar, llamó al maestro’ de la escuela del barrio y le preguntó qué podría ser eso.
La primera fuente termal de la ciudad se levantó en un jardín interior, en la casa recién comprada en la que no funcionaría ya un salón de té. La viuda aficionada a la jardinería intentó un pleito sosteniendo que la otra sabía qué era lo que surgía del subsuelo y había comprado con fraude por mucho menos de lo que la casa valía. Pero la otra se rio y hasta le ofreció dinero a modo de compensación, y cuando la viuda no aceptó dejó el asunto en manos de sus abogados y se dedicó a su negocio así que no se enteró, o si se enteró no le dio mucha importancia, de que la viuda había perdido el pleito. Se hizo rica por otra parte, muy rica; no me refiero a la viuda sino a la otra, por supuesto, y llegó a dirigir más de una docena de establecimientos termales hasta que se casó y vendió una parte y puso administradores en la otra parte y se fue a viajar. Se casó con un noble arruinado, un hombre muy buen mozo, muy tranquilo, muy elegante, que hasta la quiso un poco. Y fue ella la que mandó construir la Fuente de los Cinco Ríos.
Una ciudad termal no puede ser gris: fue blanca. Se levantaron hoteles, consultorios y casas de reposo; sonó una música lenta que adormecía a los pacientes encerrados en sus habitaciones o sometidos a masajes o a gimnasia o a baños de barro; tintineó el cristal en las lámparas, los vasos y las jarras, y nadie tuvo de qué quejarse, del Emperador para abajo, nadie salvo los enfermos que rezongaban porque estaban enfermos, porque los masajes eran muy violentos o muy suaves o porque el agua estaba muy fría o muy caliente o porque no los daban de alta o porque los daban de alta o porque les cobraban demasiado. Pero los enfermos venían de todas partes, a veces de muy lejos, a dejar su dinero en la ciudad, así que todos los escuchaban con una sonrisa y si tenían tiempo trataban de darles el gusto.
Les voy a hablar ahora de Blaggarde II el Escuchador, aquel Emperador que tenía sueños y visiones y oía voces que salían de las piedras y que sin embargo no fue un mal gobernante. ¿O quizá fue precisamente porque tenía visiones y oía voces que no fue un mal gobernante? Menudo problema, que un contador de cuentos no tiene por qué tener la pretensión de resolver; de modo que sigamos. Hacía por lo menos trescientos años que las aguas tibias y saladas salían de la tierra, y los hombres habían construido ingeniosos y bellos artificios para el líquido que los había hecho ricos y les había traído la paz: la Fuente de los Cinco Ríos no se secaba nunca; estatuas de mujeres danzantes lanzaban chorros transparentes por la boca; figuras de regordetes niños de piedra ahuecaban las manos entre las que se ocultaba el surtidor de bronce; grandes copas de alabastro, monstruos alados de picos abiertos, improbables florones de mármol dejaban caer hilos de agua en estanques desde los que se escurrían hacia las piletas y las piscinas y los lagos artificiales, cuando Blaggarde II marchó hacia el sur a sofocar la rebelión. Ya sabemos en qué terminó esa expedición y cómo influyó sobre Blaggarde el Escuchador, sobre su estirpe y sobre la historia del Imperio. Pero lo que a veces no se dice en las crónicas es que la herida que finalmente llevó al Emperador a la muerte quedó abierta desde el día de la última batalla, y que ningún cirujano pudo conseguir que cerrara, ni siquiera temporariamente. Un año después de la incursión al sur alguien le habló al Emperador de las aguas que lo curaban todo, en la ciudad de los montes, a la que ahora llamaban Estrella de la Esperanza, y el Escuchador viajó una vez más, pero no hacia el sur sino hacia el norte; no a caballo en uniforme de gala, sino reclinado en una litera y abrigado con ropas y mantas de lana; no entre cantos sino entre lamentos; no rodeado de soldados sino de médicos y enfermeros, y vio una ciudad amable y blanca, un poco desprolija pero sólida, donde ni las voces ni la música se alzaban hasta la indiscreción, donde todo se hacía pausadamente y donde casi todos los que caminaban por las calles o se asomaban a las ventanas tenían los ojos tan apagados como los del Señor del Imperio.
Se construyó un palacio. Esta vez un verdadero palacio, no un deforme refugio de piedra: un palacio erizado de torres, flanqueado por jardines y terrazas a los que asomaban los ventanales de vidrios azules de los comedores y las salas de reposo, y los ventanales de vidrios amarillos o carmesíes de las salas de diversiones y fiestas; un palacio de estancias desmesuradas y corredores interminables, con sus propias bocas de agua para el Emperador enfermo.
Blaggarde el Escuchador no descuidó sus funciones: ya no vestía cota de malla ni salía a guerrear y la vida se le iba por la herida que rezumaba día y noche, pero nunca dejó de ocuparse de los asuntos del Imperio. Primero llegaron los ministros y después los secretarios. Hubo que llamar al personal administrativo y de comunicaciones con la lejana capital. Entonces aparecieron algunos nobles con sus familias y sus servidores. Y cuando el Emperador dispuso que la Emperatriz y sus hijos fueran a vivir junto a él, la siguieren las damas y los preceptores, los proveedores de palacio y más familias nobles, y las guardias personales y los genuflexos y las pequeñas gentes que rodean a los poderosos.
La ciudad cambió otra vez. Se demolieron muchas construcciones para dar cabida a las grandes casas de los señores; se arrasaron grupos de edificios para tender parques y jardines, se ensancharon las calles para que pudieran pasear los coches, y se regó el desierto para abastecer de frutas y legumbres y flores a una población que cubría los montes y se desbordaba en los llanos. Sin embargo no fue todo destrucción y hubo cosas que permanecieron: las bocas del agua que lo curaba todo o casi todo, la Fuente de los Cinco Ríos, los subterráneos de Drauwdo el Fortachón, algún inexplicable cimiento de piedra rústica, el mausoleo del primer alcalde de la ciudad, alguna escalera estrafalaria en mitad de una calle.
La herida del Emperador se secó pero sus bordes inflamados no se juntaban a pesar de las dolorosas suturas y de los no menos dolorosos cocimientos con que se la cubría. El Emperador comprendió, o quizá se lo dijeron las voces que salían de las piedras, que iba a pasar allí el resto de su vida, y firmó entonces un decreto por el cual la ciudad de los montes se convertía en la capital del Imperio. Y todo el Imperio puso los ojos en la nueva capital y todos los caminos convergieron a los montes más allá de lo que había sido un desierto, y todos los ambiciosos soñaron con irse a vivir allí y algunos lo hicieron, y no hubo en muchos cientos de años en el pasado y en el futuro una capital tan esplendorosa, tan rica, tan activa, tan bella, tan próspera. Y las dinastías de los Selbiddóés, de los Avvoggardios y de los Rubbaerderum gobernaron desde allí el vasto Imperio, en algunos casos bien, en otros regular, en otros mal, como sucede siempre, y el agua siguió manando y algunos palacios cayeron y se levantaron otros y algunas calles se abrieron y otras se cerraron entre las casas y los parques, y las mujeres dieron a luz, los poetas cantaron, los ladrones robaron, los contadores de cuentos se sentaron en los pabellones y le hablaron a la gente, los archivistas enceguecieron clasificando viejos escritos, los jueces dictaminaron, las parejas se amaron y lloraron, los hombres pelearon por cosas estúpidas que de todos modos no les iban a durar mucho, los jardineros produjeron nuevas variedades de amelantos, los asesinos se agazaparon en las sombras, los chicos inventaron juegos, los herreros golpearon, los locos aullaron, las muchachas se enamoraron y los desesperados se ahorcaron y un día nació una niña con los ojos abiertos. No es tan grande prodigio como creen las gentes simples: a cada rato nacen chicos con los ojos abiertos aunque hay que reconocer que en general vienen al mundo con los ojos sensatamente cerrados, pero todos creen que los ojos abiertos de un recién nacido anuncian grandes hechos, fastos o nefastos pero grandes, en la vida del chico. Y los padres de la niña cometieron la torpeza de repetirlo para vanagloriarse y de repetírselo a ella a fin de prepararla para su destino, y la hija les creyó. Si se hubiera tratado de otra cosa probablemente hubiera sonreído como sonríen las hijas ante las tonterías de los padres y lo hubiera olvidado; pero eso de que a uno le anuncien que su vida va a estar sembrada de hechos grandiosos es algo que cualquiera está dispuesto a creer. Cuando Sesdimillia tenía diez años miró a su alrededor y se preguntó de dónde vendrían la grandeza, la fama, la tragedia, el martirio, la felicidad, la gloria. La ciudad trabajaba y se divertía y vivía y se moría, y allá arriba brillaba el palacio imperial.
—Yo voy a ser Emperatriz —dijo.
No tenía muchas posibilidades de llegar al trono porque no era hija de reyes ni de nobles sino de un comerciante moderadamente próspero, pero llegó.
Cuando ella tenía veinte años murió el viejo Emperador Llandoïvar, el que alcanzó los ciento un años, y lo sucedió su bisnieto mayor Ledonoïnor, porque ya todos los hijos y las hijas y los nietos habían muerto. Y el nuevo Emperador estuvo a punto de casarse con la hija de un Duque con la que había jugado en los jardines del palacio cuando eran muy chicos, pero Ledonoïnor I el Vacío no llevaba su apodo por nada. No amaba a la hija del Duque porque no parecía amar a nadie ni a nada ni interesarse por nadie ni por nada. Tampoco amó a esa muchacha de pelo negro, ágil, eficiente, bella y dura, que extrañamente ocupaba en el palacio el cargo de Jefe de las Fuerzas de Vigilancia Interna que había ganado dos años atrás disfrazada de hombre, demostrando mayor capacidad y destreza en la lucha con armas y a mano desnuda que todos sus oponentes varones, que eran muchos. Pero dos meses antes de la boda del Emperador con la hija del Duque entró inexplicablemente un asesino en el palacio y alzó una espada contra Ledonoïnor I y la muchacha lo redujo y le cortó el cuello con su propia arma y el Emperador se casó con ella porque ella le dijo:
—Que te cases conmigo, Señor,
cuando él le prometió la recompensa que ella reclamara por haberle salvado la vida. Se dijo, aunque no hubo testigos ni pruebas, que ella había provocado el atentado, le había pagado al casi regicida, y le había prometido la libertad. Es muy posible, pero y qué. Infamias más grandes se cometieron en los palacios de los emperadores, cuyas consecuencias sufrieron todos, los nobles y los plebeyos, los ricos y los pobres. En este caso no sufrió nadie, ni siquiera la hija del Duque que al principio se sintió muy ofendida pero que se casó con un hombre al que se podía amar u odiar y que podía amar u odiar. El Emperador no sufrió porque no sabía sufrir; la Emperatriz consiguió lo que quería; y el pueblo fue dichoso porque ella gobernó bien, qué digo, muy bien.
Por suerte Ledonoïnor el Vacío se dedicó a pasear por los jardines y las galerías con los ojos vacíos puestos en el vacío y su alma vacía y quieta dentro de su cuerpo vacío, y dejó que ella reinara, eficazmente, duramente a veces, pero bellamente siempre. De vez en cuando ella lo llamaba a sus aposentos y nueve meses después el Imperio tenía otro príncipe, y así fue durante cinco años hasta que el Emperador murió de un tumor que creció en su estómago, probablemente porque había tanto lugar allí adentro que pudo extenderse a su antojo hasta ahogarlo.
Y poco tiempo después hubo otra rebelión en el sur y la Emperatriz viuda se puso sus viejas ropas de hombre, calzó encima la armadura y marchó como tantos otros gobernantes a defender la unidad del Imperio. Y la defendió y la ganó en un solo enfrentamiento, en la batalla de los Campos de Nnarient, donde el sur inclinó su despeinada y rebelde cabeza. Triunfó porque era valiente, porque creía en lo que estaba haciendo, porque sabía manejar a los ejércitos, y porque el jefe de la rebelión era un idiota. Un idiota bello y fervoroso, pero un idiota.
Se firmó el Tratado de Nnarient-Issinn, único en la historia del Imperio, y el sur se sometió sin restricciones y juró fidelidad a la Emperatriz. Ella trasladó la capital a los límites entre la comarca rebelde y los estados del norte, y se casó con el idiota fervoroso. La capital en el límite fue un golpe de audacia y estrategia que aseguró la paz por muchos más años de lo que se podía esperar tratándose del sur, no así el casamiento de la Emperatriz con el jefe de los rebeldes. Pero ella se casó con él porque estaba en su destino como dicen las gentes que creen en eso de nacer con los ojos abiertos. Yo digo que se casó con él porque fue una de esas Emperatrices que tuvo poder suficiente como para hacer lo que se le diera la gana. Y fueron felices y hubo más príncipes para el Imperio y sangre nueva para el trono pero eso se puede leer en cualquier tratado de historia y en cualquier librito de poemas de amor, y en todo caso a nosotros no nos importa.
Lo que sí nos importa es lo que pasó en la ciudad de los montes. Se despoblaron los palacios, las grandes casas, las tiendas elegantes, los parques y los jardines y las avenidas. Se fueron los nobles, los señores, los ricos, los mariscales, las damas, los anticuarios, los joyeros y los ebanistas. Quedaron gentes sin importancia, algunos nostálgicos, los pequeños comerciantes, los que vivían del agua que curaba, los que habían estado allí como sus padres y sus abuelos desde hacía mucho tiempo. Se dividieron y se subdividieron las residencias de los nobles una y otra vez y se abrieron puertas en lugares insospechados y se tendieron rampas y escaleras para subir a los pisos altos que ahora ya no eran parte de una casa sino una casa entera o varias. En cada una de las habitaciones, en cada uno de los salones desmesurados cabían dos y hasta tres departamentos para familias modestas si se construían entrepisos y mamparas y se cerraban balcones para instalar cocinas. Se abrieron pasillos que cortaban habitaciones y que después de recorridos difíciles llegaban de algún modo a la calle. Las fachadas se deterioraron y perdieron la pintura y los adornos. Se tapiaron ventanas y se abrieron otras; los grandes portales ya no servían y dejaron de funcionar los goznes y los aldabones. Con todo eso las calles se hicieron más estrechas porque se agregaron cubículos, cuartos y patios apoyándolos contra los muros exteriores, y la ciudad adquirió un silencio y un misterio que no había tenido hasta entonces. No era amenazadora sin embargo, sino resignada: vivió tranquilamente muchos años, cada día más abigarrada, cada día más intrincada, cada día más inesperada. Había barrios enteros abandonados y mudos, y de pronto, una calle flanqueada por casas elegantes e intocadas o por las mansiones en cuyo interior bullían laberintos de hogares con construcciones precarias más atrás en lo que habían sido los parques, daba paso a una fila de casas de comercio bajas y oscuras. Después había palacios cortados en dos, o avenidas solitarias en las que crecía el pasto y en las que se instalaban bajo las carpas multicolores, ya sucias y raídas, que alguna vez habían servido de lugar de recreo para los nobles, ópticos y adivinadoras del porvenir, dentistas y masajistas, academias de cultura física, costureras y tintoreros.
Al principio el palacio de la Emperatriz Sesdimillia se mantuvo cerrado pero bien cuidado a cargo de sirvientes que habían quedado atrás especialmente para eso, pero si los hijos de la Emperatriz y Ledonoïnor el Vacío y los hijos de la Emperatriz y el hombre del sur respetaron las disposiciones, los nietos no se ocuparon mucho de un palacio que nunca habían visto y no enviaron otros encargados cuando los que había envejecieron y murieron. Alguien robó una noche la gran campana de bronce y oro de la puerta principal y eso fue la señal para el saqueo. No un saqueo escandaloso y violento como en una guerra, sino una destrucción tranquila, pausada, natural, disimulada; tampoco totalmente secreta pero sí recatada, hasta que del palacio no quedaron más que los muros, los techos, algunas puertas y los pisos de piedra y mármol.
La ciudad misteriosa, pacífica y laberíntica seguía dando sus aguas a los que venían a curarse de algo, que eran muchos menos que en los tiempos del Escuchador, es cierto, y el esqueleto del palacio abandonado amenazaba con desmoronarse cuando un alcalde pidió permiso a la capital para hacerse cargo de lo que quedaba y convertirlo en un centro cultural. Le contestaron que hiciera lo que quisiera y eso fue justamente lo que hizo el alcalde que en su juventud había escrito poemas y obras de teatro: reparó a bajo costo las casi ruinas y equipó salones para conferencias, conciertos, cursos, teatro, salas de danza y de exposiciones de obras arte. Hubo también un museo de historia natural, dos bibliotecas y un archivo de obras históricas. La gente de la ciudad nunca llegó a interesarse mucho por tanta cultura y tanto arte, pero los enfermos y los convalescientes pagaban unas monedas para entrar a ver teatro o a oír música, o nada más que para curiosear, y por eso fue que las grandes puertas no se cerraron nunca a lo largo de muchos años.
No se puede decir que el Imperio haya olvidado en ese período a la ciudad de los montes, porque allí estaba el agua de las curaciones para impedir que se la olvidara y porque los vehículos de carga seguían tomando el camino del norte para llegar al puerto, pero sí puede afirmarse que perdió fama, importancia y atractivo. Era una ciudad más: alguien conocía a alguien que vivía o que había vivido allí, alguien tenía un pariente que tomaba las aguas allí, alguien consultaba su historia en los anales porque necesitaba precisiones sobre las capitales del Imperio, alguien recordaba algún viaje, o alguna conversación, o algún nombre. Y eso era todo. La ciudad no se moría, pero descansaba, aletargada. Yo diría que se preparaba para algo.
¿Oyeron hablar ustedes de Heldinav’Var? Claro, claro que sí. Apuesto mis zapatos y mis gorros a que han olvidado los nombres de los emperadores virtuosos. Pero quién no mira a su vecino con un guiño y una sonrisa torcida cuando se nombra a Heldinav’Var, ¿eh?, ¿quién? Y bien, sé que los voy a desilusionar pero no les voy a hablar del Emperador procaz y vicioso. Que también tuvo sus cosas buenas, aunque muchos no lo crean o no quieran creerlo. No, no les voy a hablar de él sino de uno de sus parientes, Meabramiddir’Ven, Barón de las Torres, Senescal de la Muralla, y otros títulos que tampoco querían decir nada. Y primo hermano del Emperador, que quería decir mucho. Quería decir, por ejemplo, que alimentó ciertas pretensiones en cuanto a sentarse un día en el trono del Imperio, aunque era el noveno en la línea de sucesión. Heldinav’Var era un cochino pero no era tonto, y ésa fue una de sus buenas cualidades. No ser tonto es siempre conveniente, pero cuando es un Emperador el que no es tonto, los hombres pueden tener esperanzas, no muy firmes, es cierto, pero ya es bastante. Heldinav’Var era aún Príncipe Heredero y su padre el Emperador Embemdarv’Var II se moría rápidamente. El príncipe comenzó a disponer su vida y sus planes para cuando sucediera al padre moribundo. Supo entre otras cosas que su primo el de las Torres era capaz de empezar a matar gente con tal de llegar él a ser Emperador, y como el primero en caer sería el Príncipe Heredero, y como el Príncipe Heredero no tenía el más mínimo interés en morirse porque lo estaba pasando estupendamente y había que ver lo estupendamente que lo pensaba pasar cuando fuera Emperador, y como, otra de sus buenas cualidades, no era un asesino ni un déspota y por lo tanto no pensaba envenenar o ahorcar a su primo por más que su primo se lo merecía, llamó al Senescal de la Muralla y le dijo en público lo que pensaba de él y agregó que, o su augusto primo desaparecía de la capital antes que cayera la noche y se iba lo más lejos posible, o el que estaba décimo en la línea de sucesión, Goldarab’Bar el Obeso, autor, ya saben ustedes, del Primer Código de Comercio Fluvial, pasaba inmediatamente a noveno por ausencia irremediable del titular. Meabramiddir’Ven, que no se lo esperaba, intentó una defensa, una explicación, algo, pero no se le ocurría nada, cosa que sugiere que era bastante más tonto que el futuro Emperador. Y para colmo su ilustre primo no lo interpelaba indignado ni exigía una justificación ni una protesta de inocencia, sino que esperaba, casi sonriendo, de brazos cruzados, a ver qué diría el aspirante a regicida. Hay que confesar que encontró una salida, no muy plausible pero sí decorosa: él no aspiraba al trono, al poder, al gobierno del Imperio, oh no, no, no; si bien él había andado tanteando a algunas gentes estratégicamente ubicadas sobre la conveniencia o la inconveniencia de que Heldinav’Var subiera al trono, eso era porque lo que él quería era impedir que el vicio, el descaro, la indecencia de su primo, se exhibieran en la persona de un Emperador. ¿Qué sería del Imperio? ¿Qué sería de los súbditos, con semejante ejemplo? Y de paso explicó cómo era él de bueno, honesto, decente, discreto, modesto y virtuoso. El futuro Emperador lo echó de todas maneras, no sólo porque era peligroso y porque mentía muy mal, sino porque los virtuosos lo aburrían. Y el Señor de las Torres no tuvo más remedio que irse, no jurando venganza porque eso no hubiera correspondido a su papel de redentor, sino impartiendo perdón.
Y como se le había especificado que tenía que irse muy lejos, se dirigió a la ciudad de los montes. A la que previendo que quizá lo vigilarían, también llegó como redentor, a pie, como un peregrino, pobremente vestido. Tanto que algunos le dieron limosna y algunos otros inclinaron la cabeza a su paso. Cuando una mujer muy vieja y muy desdichada lo llamó desde una puerta para que compartiera con ella la comida del mediodía, se negó a sentarse a la mesa y comió humildemente acuclillado en el umbral. Ahí fue cuando descubrió que le gustaba el oficio, no tanto como el de emperador, pero qué otro remedio le quedaba. Esa misma tarde empezó a predicar.
Él mismo no sabía muy bien qué era lo que predicaba, y en los primeros días tenía que cuidarse mucho para no equivocarse o contradecirse, pero bueno y qué, ya que no podía ser emperador sería santo. Cierto que no había sido una elección de su parte sino un azar, pero cierto también que el escenario de su santificación era perfecto. La ciudad estaba llena de gentecitas sin grandeza, que todo lo que tenían eran sus pequeños oficios y sus pequeñas supersticiones listas para ser ordenadas y clasificadas. Estaban también los enfermos que querían curarse o que querían morirse, y estaban los parientes que querían que los enfermos se curaran o que no se curaran o que se murieran, según el grado de los parentescos y la cantidad de dinero de cada uno. Y a todos ellos les convenía la piedad y la oración.
El primo del Emperador hizo fortuna. No en oro, porque en cuanto empezó a ganar adeptos se convenció de que la Verdad y el Bien hablaban por su boca y ya no necesitó fingir y aceptó de corazón la pobreza, pero sí en prestigio y fama y respeto, es decir, en una suerte de poder. Y poder era lo que él había estado buscando. Predicaba en las calles, vivía frugalmente, andaba descalzo, caminaba con los ojos bajos y las manos juntas, no alzaba la voz ni tenía estallidos de mal humor ni de rabia ni de impaciencia. No era un santo, pero parecía.
Ahora yo les digo a ustedes que la santidad es contagiosa, mucho más que el vicio. Y si no vean que Heldinav’Var nunca convenció a nadie y ni siquiera trató, puesto que eran los ya convencidos los que acudían a rodearlo, pero que su primo convenció a multitudes de incrédulos e inclinó a muchos a orar, a vivir frugal y castamente, a hacer ayunos y sacrificios, y otras tonterías por el estilo. E inclinó a muchos otros a predicar.
Un año después de la precipitada salida del Barón de las Torres, que ahora era el Servidor de la Fe, de la capital, la ciudad de los montes se había convertido en la población más pía, más santa, más abrumadoramente rezadora que tuvo nunca el Imperio. Cien religiones y mil sectas brotaban y medraban como en otras épocas habían brotado las pinturas, los poemas, el agua que curaba, el toque de queda, el lujo o las tiendas de las adivinadoras del futuro. Uno salía a la calle y no lo asaltaban los vendedores de cestas, de joyas, de alfombras, de cacharros o de hierbas: lo asaltaban los vendedores de salvación eterna, que es una mercadería traicionera, créanme, como que hay que ser muy hábil y muy prudente para manejarla porque aun cuando pueda vendérsela a buen precio, todavía, una vez cerrado el trato, puede volverse contra el vendedor. Pero como con las cestas, los cacharros y las alfombras, con las religiones había para elegir. Los hombres descubrieron que según los prestes, los caminos para llegar a la bienaventuranza eran casi infinitos y pasaban por las estaciones más inesperadas. Desde la frugalidad y la abstinencia hasta la práctica desenfrenada de todos los libertinajes y todas las perversiones, pasando por ejercicios espirituales y corporales, estudio de textos crípticos, contemplación, renunciamiento, introspección, oración, lo que fuera, todo figuraba entre los medios programados para alcanzar un paraíso que según decían los mercachifles de lo divino, se podía ganar con un pequeño esfuerzo y, claro está, una pequeña donación, en el mejor de los casos directamente proporcional a la fortuna del cliente, digo del creyente.
Y sin embargo fueron los años en los que menos cambios hubo en la cara y en el cuerpo de la ciudad. Eso no es tan inexplicable ya que la religión no necesita mucho espacio y ustedes saben que hay quienes dicen que no necesita nada de espacio, no ahí afuera por lo menos. Bastaba con un recinto del tamaño de un comedor para una familia numerosa, con una plataforma o un púlpito, o una columna, o una hornacina, o un pozo, o unos almohadones, o nada, según fuera el camino que conducía a las alturas. Y hay que ver también que había muchos que organizaban sus servicios al aire libre pensando tal vez que sin el obstáculo de un techo las propiciaciones iban a llegar más pronto allá arriba. El cambio, si cambio hubo, sobrevino en las techumbres, en las terrazas, en las azoteas, donde se alzaron los símbolos de las mil religiones, imágenes, estrellas, cruces, esferas, fustes, signos, algunos muy ricos, algunos muy pobres, todos compitiendo a ver quién conseguía más en menos tiempo. Porque hubo escarceos, batallas y hasta guerras entre las sectas, por un quíteme allá esos pecados o un tráiganme acá esas dispensas, por una docena de renegados o media docena de apóstatas, por un matiz ritual o una tonalidad del dogma. Pero eso no trajo cambios. Que la gente discutiera de religión en vez de discutir de política o de dinero, no hacía que las calles cambiaran de rumbo ni que cayeran edificios viejos ni se levantaran otros nuevos. Sólo aumentaba la población: no venían ya de lejanas tierras los que buscaban curación para sus males en el agua que brotaba de la profundidad, pero en cambio venían los que buscaban en los símbolos erigidos en los techos curación para otros males, no muy distintos de los otros, permítanme que les diga.
Murió el Emperador Heldinav’Var, murió su primo el que había sido Señor de las Torres y de las Murallas, y ya sabemos quién sucedió al Emperador vicioso, pero al predicador no lo sucedió nadie: su secta se dividió una y otra vez hasta perderse en el mar de credos, y pronto se lo olvidó. En realidad la ciudad llegó a su apogeo como centro religioso unos cien años después, bajo el reinado de Sderemir el Borénide, el que de soldado de fortuna en el oeste llegó al trono por medios no muy confesables y que fue a pesar de ese antecedente un buen gobernante, mucho mejor que muchos que tenían sangre de reyes y derecho a sentarse en el trono.
Claro que para llegar desde las provincias del oeste hasta la capital no había ninguna necesidad de pasar por la ciudad de las religiones, pero hay que recordar cuáles eran los designios del Borénide para entender el complicado itinerario que siguió. Y nunca olvidó la generosa bienvenida ni los favores, desinteresados casi todos, que se le hicieron cuando acampó a las puertas de la ciudad. Así que tres años después, cuando ocupó el trono del Imperio, la proclamó Madre de la Religión Verdadera y la colmó de presentes y le otorgó subsidios especiales.
Era un título muy bello. Y muy hábil. Recuerden ustedes que el Borénide, ese hombre aparentemente brutal, ese engañoso guerrero que sin embargo conocía mejor las almas de los hombres que las armas y los escudos y los carros de guerra, desconfió siempre del poder más allá del poder que pueden adquirir las fuerzas inexplicables. Gracias a esa sutileza que él disfrazó de benevolencia, cada credo, cada iglesia de la ciudad de los montes se convenció de que lo de Religión Verdadera le correspondía, y se hinchó de soberbia y la soberbia es mala consejera; y cada credo y cada iglesia miró con amabilidad y condescendencia a sus rivales. Tantos dones y tanto reconocimiento oficial no fueron sino la perdición de las mil sectas. La marginalidad, la existencia de hecho pero sin respaldo, son mucho más estimulantes que el reconocimiento público, y las Religiones Verdaderas se robustecen en la lucha y en la polémica, inventan nuevos medios para ganar adeptos, fabrican santos y profetas y apóstoles y popes, aguzan el ingenio y renuevan la mercadería y la exponen con todo artificio. ¿Pero en qué se convierten si sólo tienen que repetir hoy y mañana y el año que viene lo mismo que dijeron ayer, las mismas palabras, los mismos gestos, las mismas expresiones de piedad y convicción, sin riesgos, sin competencia, sin altibajos, sin martirio, en una palabra? Se convierten en algo muy aburrido. Se cansaron los sacerdotes, se cansaron los dioses, y se cansaron los fieles. Menos y menos devotos viajaban a la ciudad del norte, y como ella conservaba de esos años en los que había sido capital del Imperio, los medios para abastecerse a sí misma sin acudir a otras regiones, los caminos de acceso quedaron desiertos, se resquebrajaron, se cubrieron de hierbas, de montículos de hormigas y de cuevas de tejones, y el Imperio, ahora sí, la olvidó. Sólo recordaban su existencia los que iban en las caravanas de vehículos de carga que pasaban rumbo al puerto, pero qué son esas pocas gentes comparadas con la vasta población del más vasto Imperio que conoció la historia de los hombres. Fue apenas un leve motivo de extrañeza para los que bebían y fumaban en los bares del puerto, y fue nada para las otras ciudades, los otros puertos, los otros estados y la capital. El Borénide gobernó muchos años, y como fue un hombre excepcional, muchos dicen que fue el peor Emperador que ocupó el trono y otros tantos dicen que fue el mejor y que ninguno puede compararse con él. Sea como fuere, él no se olvidó de la ciudad de las religiones verdaderas porque según se decía no se olvidaba nunca de nada, y puede que fuera cierto. No se olvidó pero se tranquilizó y sin descuidarse del todo ya que por lo menos una vez al año mandaba a un nombre de su confianza a mirar y oler y oír lo que pasaba, la clasificó como inofensiva.
Lo fue durante toda la vida del Borénide, sus hijos, sus nietos y los nietos de sus nietos. Vivió calladamente, oscuramente, estrechamente, con sus comerciantes, sus ricos, sus pobres, sus tribunales, sus mujeres de la vida, sus funcionarios, chicos, locos, fiestas, escuelas, teatros, sociedades profesionales, con todo lo que debe tener una ciudad, aislada, sorda y muda, de espaldas al Imperio, sola. Como había sido sólida y rica y grande, conservó los monumentos y las mansiones que no habían sido construidos para venirse abajo en un par de años, pero todo se fue cubriendo de musgo y de líquenes y de plantas y crecieron flores acuáticas en las piscinas abandonadas y variedades salvajes de drahilea en las cabelleras de mármol de las estatuas. Parecía blanda y carnosa, hecha de hojas y tallos verdes engordados por la savia perezosa. Muchos dicen que nunca fue tan bella, y es posible que tengan razón. Se confundía con los montes y con lo que crecía en los montes; fue parte de la tierra en la que había nacido desde adentro, desde lo hondo de las cavernas. Quizá hubiera sido justo que siguiera así, y hoy sería una ciudad vegetal habitada por hombres sauces y mujeres palmeras, una ciudad que se inclina bajo el viento y canta y crece bajo el sol. Pero los hombres son incapaces de quedarse quietos y tranquilos y permitir que las cosas sucedan y no interferir. Puede opinarse que es una suerte que así sea puesto que la inquietud y la insatisfacción son la base del progreso. Es una opinión que hay que tener en cuenta, aun cuando no sea del todo respetable.
Para explicar los acontecimientos que siguieron, tenemos que volver al Borénide. Ese hombre extraordinario, fuerte como un toro, astuto como un zorro, frugal como un santo aunque de santo no tenía absolutamente nada, ese conquistador salido de la bruma, ese rey de la sangre engendrado en un vientre plebeyo por un vagabundo sin nombre, no sólo supo mantener al Imperio unido y satisfecho, en paz, próspero, activo y orgulloso durante toda su vida, sino que se las arregló para que su obra no resultara fácil de destruir. Sus sucesores no lo intentaron, por otra parte. Generaciones y generaciones de emperadores y emperatrices se beneficiaron de la herencia del Borénide, y si bien ninguno, salvo quizá Evviarav III el Drakúvide, tuvo su fuerza ni su visión, todos fueron sensatos y de paso justos y prudentes. Qué más se puede pedir. Sentada en el trono la dinastía de los Eilaffes, que era también lejana descendiente del Borénide pero a la que ya no quedaban sino trazas ínfimas y equívocas de su sangre, hizo su aparición la catástrofe.
Esta vez el sur no tuvo nada que ver. El sur se mantuvo tranquilo y se dispuso a mirar con sorna, entre divertido y esperanzado, cómo se despedazaban sus hermanos del norte. Y sus hermanos del norte le dieron el gusto y le proporcionaron un buen espectáculo, violento y estruendoso; y llenaron la tierra y el cielo de alaridos de guerra y de dolor. Sí, les estoy hablando de la Guerra de los Seis Mil Días. Que no duró seis mil días sino mucho menos y que nadie parece saber por qué se la llama así salvo algún maniático buscador de rarezas históricas que podría decirles que más o menos seis mil días le llevó al Imperio recuperarse de la lucha entre las tres dinastías y establecer de nuevo el orden, las fronteras y la paz. Eso dicen las historias académicas, por lo menos. Quizá la verdadera verdad sea otra, sólo digo que quizá. Quizá la verdadera verdad sea que seis mil días más o menos empleó Oddembar’Seïl el Sanguinario en buscar, perseguir, exterminar a los miembros y a los partidarios de las otras dos dinastías. Lo cierto es que todo el norte fue un solo campo de batalla, y que como nada que no fuera pelear ocupó a los hombres en esos tiempos, el puerto del norte quedó paralizado y ya ni los vehículos de carga se acercaban a la ciudad de los montes. La guerra, para ella, estaba muy lejos; la ciudad seguía cubierta de musgo y de hiedra, floreciendo en los estanques y en las cornisas, abrigando bichos de colores en los ojos de piedra de los monumentos y las fuentes, y así permaneció casi hasta el final y todo hubiera seguido igual, siempre, tal vez hasta hoy, de no haber sido porque al Sanguinario, que ya merecía su apodo, lo traicionó un general ambicioso.
Oddembar’Seïl tuvo que huir, sólo que no había adonde huir. El sur se mantenía neutral pero no era seguro; nunca fue seguro el sur para los hombres deseosos de poder. Y Oddembar’Seïl estaba decidido a reinar. Escapó hacia el norte. No solo, claro está. Dividió a sus hombres en numerosos grupos que se confundieron con las fuerzas que luchaban en cada territorio de los que debían atravesar, y los dirigió hacia el norte, muy hacia el norte, en un intento desesperado y no muy razonable de llegar al mar, de encontrar barcos con los cuales navegar bordeando la costa en la vieja ruta de los cargueros, y volver a atacar desembarcando por el este. Parecía que iba a tener éxito. El grueso de sus tropas lo alcanzó al pie de los montes y en un amanecer de verano se pusieron nuevamente en marcha y se encontraron ante la ciudad. No sé, nadie lo sabe, si el Sanguinario blasfemó o sonrió; no sé si miró con gula la ciudad desconocida o si se rascó la cabeza intrigado. Sé que entró en ella pacíficamente, todos sus hombres con las armas al alcance de la mano pero no enarboladas, y que los habitantes de la ciudad de los montes lo miraron con curiosidad. Sé que hasta se le acercaron y le ofrecieron alimentos y cobijo. Los necesitaba, pero no sé si llegó a aceptarlos. Sé que el ejército enemigo lo alcanzó allí mismo, por la retaguardia, a medias en las calles de la ciudad, a medias en el llano. Adiós los barcos, adiós la ruta de los cargueros y la esperanza de triunfar atacando sorpresivamente por el este. Todo estaba perdido, pero cuando hay que luchar, se lucha.
Ha habido batallas atroces en la larga historia del Imperio. Hasta es posible que haya habido algunas, pocas, más crueles que la que después se llamó la Batalla del Norte, como si hubiera habido un solo norte y una sola batalla. Pero es difícil que alguien pueda imaginar lo que pasó, y no sé si yo voy a poder contarlo tal cual pasó. Voy a intentar, eso es todo lo que puedo hacer. Oddembar’Seïl el Sanguinario gritó, gritó al oír que la carga enemiga se les venía encima cuando ellos estaban en una situación de inferioridad, desprevenidos, atascados algunos en las calles estrechas de la ciudad, desperdigados otros en los campos que la rodeaban. Cualquier cosa puede decirse de los hombres del que iba a ser Emperador: todo eso que se dice generalmente de soldados y guerreros, pero no que eran cobardes o indisciplinados. Lo oyeron gritar y se reagruparon, sacaron las armas, formaron como pudieron, y trataron de rechazar el ataque. El Sanguinario saltó sobre los caídos y corrió a pelear en primera fila codo a codo con sus soldados. Él tampoco era cobarde.
La Batalla del Norte duró exactamente cincuenta horas. Los hombres se acometían, se desgarraban, se despedazaban; retrocedían, tomaban aliento y volvían a acometerse. Cuando se cuentan estas cosas uno se asquea de la criatura que es el hombre. Ésos no eran hombres; no eran ni siquiera lobos, ni hienas, ni carroñeros ni rapaces. Eran organismos ciegos, sin cerebros, desprovistos de nervios, de sentimientos y de pensamientos; dotados solamente de garras para herir y de sangre para ser derramada. No pensaban, no creían, no sentían, no miraban, no esperaban: solamente mataban, una y otra vez; solamente retrocedían, una y otra vez, y volvían a avanzar y a matar. Habían nacido, trabajado, amado, jugado, crecido, solamente para esto, para matar en los llanos del norte al pie de una ciudad cubierta de musgo y flores. Cincuenta horas después del primer ataque no quedaban en pie mas de cien hombres desnudos, sucios, sangrantes, mutilados, enloquecidos. No se sabía y no importaba quién era el enemigo: los cien seguían matando y retrocediendo, gritando por las bocas partidas, llorando por los ojos heridos, respirando por las narices quebradas, asiendo las armas con los dedos que les quedaban, y volviendo a atacar y a matar. Y fue entonces cuando Oddembar’Seïl cortó una cabeza que rodó sobre la tierra viscosa de sangre, y en el torso que caía brilló un momento entre la mugre y los restos de un peto labrado, un collar de oro y amatistas. El futuro Emperador volvió a gritar y así terminó la Batalla del Norte: había muerto Reggnevon hijo de Reggnevavaün, pretendiente al trono del Imperio.
Ustedes ya saben cómo fue coronado Emperador Oddembar’Seïl el Sanguinario por los habitantes de la ciudad del norte y sus pocos soldados sobrevivientes en el mismo sitio de su victoria, de pie sobre el cadáver de su enemigo, sucio, herido, afiebrado y desnudo, con una corona de mármol desprendida a golpes de escoplo y martillo de la cabeza de una estatua que adornaba un jardín noble invadido después por canchas de juego, y cómo allí mismo firmó su primer decreto declarando capital del Imperio a la ciudad que lo había visto triunfar.
No habían pasado seis mil días, todavía no. Pero la guerra había terminado, y cuando realmente se cumplieron, la ciudad del norte seguía siendo la capital del Imperio y los personajes de la corte, los funcionarios, las damas, los almirantes y los jueces, pasaban frente a la Fuente de los Cinco Ríos, bajo el arco que sostiene a las figuras dolientes del mausoleo del primer alcalde, por las calles sinuosas y estrechas, y se detenían a veces a beber o a mojarse los dedos y la frente en los florones de alabastro de los que sigue manando el agua salobre. Porque el Emperador había mandado que se la respetara: recordó siempre que los habitantes le habían ofrecido alimentos y refugio y creyó que ella lo había favorecido. También mandó erigir su palacio utilizando los muros del de la Emperatriz Sesdimillia, respetando el estilo y la distribución aunque ya fueran anticuados, y prohibió reformas en las calles y en los edificios, en los parques y en las fuentes. Las fachadas podían retocarse y pintarse, pero no debían cambiar; las escaleras increíbles no podían moverse; los muros inoportunos no podían derribarse. Podía construirse fuera de los límites, cosa que muchos hicieron, y podían reformarse por dentro los edificios, cosa que otros muchos hicieron para que las mansiones volvieran a ser lo que habían sido bajo el reinado del Escuchador y sus sucesores. Y nada más.
Se cumplieron en su momento lo seis mil días del Emperador Oddembar’Seïl el Sanguinario, y pasaron otros seis mil días y un poco más. Gobernó dura y violentamente y fue implacable con sus enemigos y demasiado blando con sus amigos. Pero una cosa hay que decir en su favor y es que reorganizó el Imperio y le devolvió la paz, el territorio y la unidad. Lo hizo trágicamente, con más sangre y más muertes, con luto y llanto, pero Reggnevaün no hubiera sido más piadoso, y tampoco puede saberse qué hubiera pasado de no haberse desencadenado la Guerra de los Seis Mil Días. Lo fulminó un ataque en medio de un banquete, y las lágrimas que se derramaron por él fueron escasas y falsas.
Han pasado muchos años y han vivido y reinado muchos emperadores, pero la ciudad de los montes sigue siendo la capital del Imperio. Los adulones y los trepadores le inventaron sobrenombres poéticos y orígenes ilustres, y Drauwdo el Fortachón no es más que un personaje de leyenda con el que se amenaza a los chicos que no quieren irse a dormir, pero el Sanguinario fue quizá el primero que la comprendió y que le hizo saber que la comprendía cuando ordenó que no se la tocara ni se la cambiara. Y los que vinieron después de él deben haber adivinado que había una profunda sabiduría en esa disposición que parece muy poco de acuerdo con los tiempos, porque ellos tampoco la forzaron. Ahí está, como en los años de las aguas salobres, de los dioses, de los músicos y de las batallas. Parece una apretada malla de oro, entretejida muy estrechamente, con orificios diminutos e irregulares, extendida sobre los montes. Ha crecido hacia la otra ladera, es cierto, y llegan a ella siete caminos en vez de uno solo, y los ocho son anchos y lisos como deben ser las rutas reales, hormigueantes de viajeros y de cargas. Ha dado la espalda al llano que fue un desierto y una huerta y un campo de batalla, pero hacia el norte, sobre el camino que lleva al puerto lejano, se alzan las nuevas mansiones, las casas ricas, los palacios de los nobles. Brilla de noche y la luz sobre las cimas no se apaga nunca, sólo empalidece al amanecer como cuando los pintores y los poetas hablaban y bebían en los cafés. Prospera y se enriquece como cuando brotó el agua de la tierra. Es una capital prestigiosa, bella, misteriosa, atractiva, vieja como corresponde a un viejo Imperio, sólida y rica, hecha para durar muchos miles de años. Pero yo me pregunto—

© Angélica Gorodischer