Estrella Polar

ESTRELLA POLAR

Este breve relato pertenece al mundo de la novela La noche en la zona M (2019), en el que el calentamiento global ha destruido la civilización como la conocemos. Una primera versión se publicó en el diario Milenio, igualmente en 2019.

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A bordo del North Star IX
26 de diciembre de 208…

Hola, querida Celeste.
      Primero, te digo que tenías razón, hace tantos años, cuando hablabas de este tiempo que vendría. Los cruceros se han puesto de súper moda. Los barcos son los “hoteles flotantes” que antes iban por el Caribe y tenían nombres tropicales; ahora van de Prudhoe a los resorts de Nóvaya Zemlyá, o de Trømsø a Isla Victoria, pasando siempre por el Polo, el punto exacto de los 90º de latitud norte.
      Sí, aquel que estuvo cubierto de hielo durante millones de años. Yo lo he visto, Celeste. También tenías razón. Se puede llegar hasta en invierno, como ahora, que Lino y yo acabamos de celebrar la Navidad aquí mismo. No son fake news. Díselo a la gente del instituto.
      Porque están ahí todavía, ¿verdad, Celeste? Sigo contando: hace 4 años, 9 meses y 12 días que no sabemos realmente nada de ningún sitio al sur de Colorado. Y de verdad, como te digo en cada mensaje que te envío, me siento muy culpable de haberlos abandonado, pero tú sabes que no fui la única. De hecho, todos ustedes deberían estar aquí. Si hubiera habido justicia cuando cerraron el tránsito… Tú sabes que a nosotros nos ayudó el puesto que tiene Lino, y que yo lo hice por mis hijos.
      Hay muchas rutas: millones de kilómetros cuadrados de hielo polar se han derretido. Los barcos pueden navegar casi por donde quieran, y es posible pasar días sin ver un témpano, un barco de carga o una plataforma petrolera…
      No sé si mis mensajes sigan llegando hasta ustedes, Celeste. Lo encripto a mano, como nos enseñaste, en papel, y se lo paso al oficial, que a su vez lo hace llegar a los traficantes. Ellos dicen que pueden llegar hasta ustedes. Hasta Costa Rica llegamos, dicen. O eso nos dice el oficial. Desconfío porque, según él, los traficantes siguen sin querer traer respuestas de ustedes. Que porque es mucho más peligroso. A lo mejor únicamente nos están cobrando, a mí, al capitán, a muchos otros pasajeros, sospecho que incluso a Lino, aunque nunca me ha dicho nada, por sentirnos menos culpables.
      Pero tú decías algo así. Me acuerdo. Que una vez que ya no hubiera remedio, cuando se viera que las zonas cálidas ya eran inhabitables e insalvables, se iban a portar –nos íbamos a portar– como si el universo se acabara en el paralelo 39. “Van a esperar a que aquí se muera todo el mundo para limpiar y poner fábricas, o minas, o yo qué sé. Como las de antes pero más grandes.” Cómo me acuerdo de eso.
      Cuando no me siento tan mal, imagino que tú, la gente del instituto, ustedes simplemente rompen estos mensajes en cuanto les llegan.
      Ojalá no. Si hubieras tenido hijos, entenderías.
      Por favor créeme que me preocupo. Que ustedes me importan.
      Y, ¿sabes? No debería estar escribiendo esto. Es ilegal. Y tú no entiendes la presión que hay aquí. Lino siempre me dice que nos merecemos estar aquí, que fue selección natural. Que él se ganó la subdirección en la compañía por ser mejor. Que no tenemos la culpa del calentamiento. Que ustedes son responsables de no haberse ido…
      Pero no. No puedo seguir con lo que dice. Mejor paso a otra cosa.
      Celebramos la Navidad con una cena baile al aire libre, en una de las cubiertas de paseo. Mucha música, mucho alcohol, mucha comida. No, no me privé: no tiene caso porque las sobras las tiran. Nos pusimos abrigos, aunque más por estar en la temporada de noche polar que por otra cosa. Poco antes de las doce, la banda musical se detuvo y el maestro de ceremonias propuso un brindis. Uno que se ha vuelto tradicional:
      “Por las nuevas oportunidades, la paz en este lado del mundo, y los que no están”.
      ¿Lo entiendes? Los que no están son ustedes, tú y todos los demás. Los que viven allá. Y la gente que antes vivía aquí también. ¡Los esquimales!
      (Inuit, ya sé. Es otra cosa en la que acertaste. Ya no queda nadie de ellos. Dicen que los mandan a campos de reeducación en Alaska, pero yo creo que no.)
      Y decimos las palabras con cara seria, porque no los hemos olvidado. Al final, lo que ha pasado con el mundo es algo trágico.
      Y no es malo sentirnos mejor por reconocerlo. ¿No, Celeste? La banda volvió a tocar de inmediato, pero muchos nos fuimos de inmediato a los camarotes. Y cuando lleguemos a Victoria, le daré esta carta al mismo oficial, para que la mande con los mismos traficantes. Igual que todos los demás: sin darme por enterada cuando me encuentro a alguien cerca de su camarote con su papelito en la mano, o metido en la funda de su tablet. Es una gran industria, clandestina, por supuesto. Me dicen que prospera sobre todo en fechas como éstas.
      ¿Puedes creer que lo siento, Celeste? ¿Que muchos lo sentimos?
      ¿Puedes aceptar un “Feliz Navidad”?

Cora

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