Para este mes, un cuento extenso de la escritora estadounidense Kelly Link (1969). También editora (fundó la Small Beer Press, de las editoriales más destacadas de su ramo), Link es una de las cuentistas más interesantes entre las que se dedican hoy a la imaginación fantástica y ha sido premiada en varias ocasiones. Su libro más reciente, Get in Trouble (2016), fue finalista del Premio Pultizer.
      «Catskin», narración que da vuelta de modo inquietante a una larga tradición de cuentos, apareció en la antología McSweeney’s Mammoth Treasury of Thrilling Tales (2003) y posteriormente en una colección de Link en solitario: Magic for Beginners (2005). La traducción proviene de la antología Espectacular de cuentos (2015-16), publicada por Castillo, y es de Raquel Castro.

Kelly Link

Kelly Link (fuente)

PIEL DE GATO
Kelly Link

Los gatos entraban y salían de la casa de la bruja durante todo el día. Las ventanas estaban siempre abiertas, y las puertas, y además había otras puertas, privadas, del tamaño de un gato, en las paredes y en el ático. Los gatos eran grandes y elegantes y silenciosos. Nadie sabía sus nombres, si es que tenían nombres, a excepción de la bruja.
      Algunos de los gatos eran de color crema y otros eran atigrados. Los había negros como la noche. Eran cómplices de la bruja. Algunos llegaban a la habitación de la bruja con cosas vivas en el hocico. Cuando salían de nuevo, sus hocicos estaban vacíos.
      Los gatos trotaban, se escabullían, saltaban y se agazapaban. Estaban ocupados. Sus movimientos eran felinos, o tal vez como el mecanismo de un reloj. Sus colas se crispaban como péndulos peludos. Los gatos no prestaban atención a los hijos de la bruja.

En ese entonces, la bruja tenía tres hijos vivos, aunque en alguna ocasión había tenido docenas, tal vez más. Nadie –no la bruja, desde luego– se había molestado nunca en llevar la cuenta. Pero aquella vez la casa se había retacado de gatos y bebés.
      Ahora bien, las brujas no pueden tener hijos en el estilo habitual porque sus entrañas están llenas de paja o de ladrillos o de piedras, y cuando dan a luz, paren conejos, gatitos, renacuajos, casas, vestidos de seda; pero a pesar de ello incluso las brujas deben tener herederos y desean ser madres. Así, la bruja había obtenido sus hijos por otros medios: los había robado o comprado o los había fabricado ella misma.
      Le gustaban especialmente los niños con el pelo de un cierto tono rojo. Nunca había sido capaz de tolerar a los gemelos (le parecían un tipo impropio de magia), aunque en ocasiones había intentado armar conjuntos de niños a juego, como si estuviera armando un juego de ajedrez y no una familia. Si dijéramos las piezas de ajedrez de una bruja, en lugar de la familia de una bruja, algo habría de cierto. Quizá tenga algo de cierto también en el caso de otras familias.
      La bruja cultivó una niña en su muslo, como si fuera un quiste. A otros niños los había creado a partir de cosas de su jardín o de pedazos de basura que los gatos le llevaron: papel de aluminio con hilos de grasa de pollo aún encostrados, televisores rotos, cajas de cartón que los vecinos habían desechado. Siempre había sido una bruja ahorrativa.
      Algunos de esos niños habían huido y otros habían muerto. A algunos simplemente los había extraviado, o los había olvidado por accidente en un autobús. Ojalá que estos niños después hayan sido adoptados por buenas familias, o que hayan vuelto a reunirse con sus verdaderos padres. Si estás buscando un final feliz en esta historia, tal vez deberías dejar de leer aquí e imaginarte a esos niños, a esos padres, sus reencuentros.

¿Todavía estás leyendo? La bruja, en su habitación, estaba muriendo. Había sido envenenada por un enemigo, un brujo llamado Ausencia. Finn, el niño que había sido su catador de alimentos, había muerto primero, lo mismo que tres gatos que habían lamido su plato hasta dejarlo limpio. La bruja sabía quién la había matado y había arrebatado trocitos al tiempo, aquí y allá, desde su agonía, para vengarse. Una vez que la cuestión de esta venganza quedó resuelta a su satisfacción, urdida como una madeja de negro hilo dentro de su cabeza, comenzó a dividir su herencia entre sus tres hijos restantes.
      Tenía manchas de vómito pegadas a las comisuras de su boca, y había una palangana al pie de la cama, llena de un líquido negro. La habitación olía a orina de gato y cerillos mojados. La bruja jadeaba como si estuviera dando a luz a su propia muerte.
      —Flora se quedará con mi automóvil —dijo— y también con mi bolso, que nunca estará vacío, siempre y cuando dejes siempre una moneda en el fondo, mi adorada, mi derrochadora, mi manirrota, mi gota de veneno, mi linda, linda, Flora. Y cuando yo haya muerto, toma la carretera que pasa junto a la casa y ve al oeste. Ese es mi último consejo para ti.

Flora, que era la mayor de los hijos vivos de la bruja, era pelirroja y elegante. Había estado esperando la muerte de la bruja por un largo tiempo, pero había sido paciente. Besó la mejilla de la bruja y le dijo:
      —Gracias, Madre.
      La bruja la miró, jadeando. Podía ver la vida de Flora, extendida ante ella, plana como un mapa. Tal vez todas las madres pueden ver tan lejos.
      —Jack, mi amor, mi nido de pájaro, mi mordida, mi residuo de atole —dijo la bruja—, te quedarás con mis libros. No los voy a necesitar en el lugar a donde voy. Y cuando salgas de esta casa, camina derecho hacia el este y nunca sufrirás más de lo que sufres ahora.
      Jack, que alguna vez había sido un pequeño paquete de plumas y ramitas y cáscara de huevo, todo atado con un jirón de cuerda, era un muchacho robusto, casi adulto. Sólo los gatos sabían si Jack sabía leer. Pero él asintió con la cabeza y besó a su madre, un beso en cada ojo expectante y uno en sus labios grises.
      —Y ¿qué voy a dejar a mi niño, Chico? —dijo la bruja, convulsa. Devolvió el estómago de nuevo en la palangana. Algunos gatos llegaron corriendo y se asomaron por el borde del recipiente para inspeccionar su vómito. La mano de la bruja se clavó en la pierna de Chico.
      —Ay, es duro, duro, muy duro para una madre dejar a sus hijos (aunque he hecho cosas más difíciles). Los niños necesitan una madre, aunque sea una como yo lo he sido —dijo y se enjugó los ojos, a pesar de que es un hecho que las brujas no pueden llorar.
      Chico, quien aún dormía en la cama de la bruja, era el más chico de sus hijos (tal vez no tan chico como te imaginas). Él estaba sentado en la cama, y si no lloraba era sólo porque los hijos de las brujas no tienen a nadie que les enseñe cómo hacerlo. Su corazón se rompía.
      Chico sabía hacer malabares y cantaba muy bien. Todas las mañanas cepillaba y trenzaba el largo y sedoso cabello de la bruja. Seguramente toda madre desea un hijo como Chico, un tierno muchachito de pelo rizado, de aliento dulce y corazón tierno como Chico, capaz de cocinar un buen omelet y con una hermosa, fuerte voz para cantar, así como una mano suave para usar el cepillo.
      —Madre —dijo—, si tienes que morir, entonces debes morir. Y si no puedo ir contigo, entonces voy a hacer mi mejor esfuerzo para vivir y que te sientas orgullosa de mí. Déjame tu cepillo para que te recuerde, e iré a hacer mi propio camino en el mundo.
      —Tendrás mi cepillo, entonces —dijo la bruja a Chico, mirándolo y jadeando, jadeando—. Y te quiero más que a todos. Tendrás también mi caja de yesca y mis cerillos, y también mi venganza, y harás que me sienta orgullosa, o no conozco a mis propios hijos.
      —¿Qué hacemos con la casa, madre? —preguntó Jack. Lo dijo como si no le importara.
      —Cuando haya muerto —respondió la bruja— esta casa no será de utilidad para nadie. La di a luz hace mucho tiempo y la crié desde que era sólo una casa de muñecas. Ay, era la más querida, la más adorable casa de muñecas del mundo. Tenía ocho habitaciones y un techo de hojalata, y una escalera que no iba a ninguna parte. Pero la amamanté y la arrullé para que conciliara el sueño en su cunita, y creció hasta ser una casa de verdad, y mira cómo me ha cuidado a mí, su progenitora, cómo sabe el deber de una hija con su madre. Y quizá puedes ver cómo está ahora, cómo suspira, cómo se enferma cada vez más por verme morir así. Déjensela a los gatos. Ellos sabrán qué hacer con ella.

Durante todo este tiempo, los gatos han estado corriendo dentro y fuera de la habitación, llevando y trayendo cosas. Parecería que nunca van a bajar la velocidad, a descansar, a tomar una siesta, que nunca van a tener tiempo para dormir o morir o incluso para llevar luto. Su actitud es de propietarios, como si la casa ya fuera de ellos.

La bruja vomita barro, pelaje, botones de cristal, soldados de plomo, paletas, alfileres de sombrero, clavos, cartas de amor (con la dirección mal escrita o enviadas sin la cantidad adecuada de timbres y, por lo tanto, nunca leídas) y una docena de regimientos de hormigas rojas, cada una del tamaño de un frijol. Las hormigas nadan a través de la peligrosa, apestosa palangana, trepan por sus orillas y marchan por el piso en una línea apretada como un cordón engrasado. En sus mandíbulas remolcan trozos de tiempo. El tiempo es pesado, incluso en pedazos tan pequeños, pero las hormigas tienen mandíbulas y patas fuertes. Atraviesan la habitación y llegan hasta la pared, y salen por la ventana. Los gatos miran, pero no interfieren. La bruja jadea, tose y luego se queda quieta. Sus manos golpean contra la cama una vez y luego se detienen. Aun así sus hijos esperan un rato, para asegurarse de que está muerta y de que ya no tiene nada más que decir.
      En la casa de la bruja, los muertos a veces son muy parlanchines.
      Pero la bruja no tiene nada más que decir en este momento.
      La casa gime y todos los gatos comienzan a maullar lastimeramente, trotando dentro y fuera de la habitación como si hubieran perdido algo y tuvieran que ir a cazarlo; pero nunca van a encontrarlo. Y los niños, por fin, descubren que sí saben llorar, pero la bruja está completamente quieta y en silencio. Hay una pequeña sonrisa en su rostro, como si todo hubiera sucedido exactamente a su gusto. O tal vez ella está ansiosa de que ocurra la siguiente parte de la historia.

Los hijos de la bruja metieron a su madre en una de sus casas de muñecas a medio crecer. La apretujaron en la sala de la planta baja y tiraron las paredes internas de modo que su cabeza descansara sobre la mesa de la cocina, en el rincón del desayunador, y enroscaron sus tobillos a través de la puerta de un dormitorio. Chico le cepilló el cabello y, como no estaba seguro de qué ropa debería llevar ahora que estaba muerta, le puso toda su ropa, una prenda sobre otra, hasta que apenas era posible ver sus piernas blancas debajo de la pila de las crinolinas, los abrigos y vestidos. No importaba: una vez que clavaron de nuevo la casa de muñecas para cerrarla, todo lo que se podía ver era la coronilla roja por la ventana de la cocina y los tacones gastados de sus zapatos de baile apretados contra los postigos de la ventana de la habitación.
      Jack, que era muy hábil, aparejó un conjunto de ruedas para la casa de muñecas y un arnés para que pudieran jalarla. Le pusieron el arnés a Chico y él jalaba y Flora empujaba, mientras Jack le hablaba a la casa, convenciéndola de avanzar sobre la colina hasta el cementerio, y los gatos corrían junto a ellos.

Los gatos están empezando a verse un poco descuidados, como si estuvieran mudando pelaje. Sus hocicos se ven muy vacíos. Las hormigas han marchado lejos, a través de los bosques, y a la ciudad, y han construido, con los trozos de tiempo que se llevaron, un nido en tu patio. Y si sostienes una lupa sobre el nido, para ver cómo las hormigas bailan y se queman, el tiempo arderá en llamas y lo vas a lamentar.

Afuera de la entrada del cementerio, los gatos habían estado cavando una tumba para la bruja. Los niños metieron en ella la casa de muñecas, la ventana de la cocina por delante. Pero entonces descubrieron que la tumba no era lo suficientemente profunda, y la casa se quedó ahí, ladeada, con apariencia de estar muy incómoda. Chico comenzó a llorar (ahora que había aprendido, parecía que iba a pasar todo su tiempo practicando), pensando en lo horrible que sería pasar la propia muerte, toda la eternidad, cabeza abajo y ni siquiera correctamente enterrado, sin poder siquiera sentir la lluvia cuando cayera a plomo sobre las tejas expuestas de la casa, y se filtrara hacia abajo y llenara su boca y le ahogara, por lo que habría que morir de nuevo cada vez que lloviera.
      La chimenea de la casa de muñecas se había desprendido y cayó al suelo. Uno de los gatos la recogió y se la llevó, como un recuerdito. El gato se llevó la chimenea al bosque y ahí se la comió, un bocado a la vez, y así salió de esta historia para entrar en otra. No es asunto nuestro.
      Los otros gatos comenzaron a transportar bocados de tierra, soltándola y amontonándola con sus patas alrededor de la casa. Los niños ayudaron y cuando terminaron se las arreglaron para enterrar a la bruja correctamente, de tal modo que sólo la ventana de la habitación era visible, un pequeño panel de vidrio como un ojo en la cima de una pequeña colina de tierra.
      De camino a casa, Flora comenzó a coquetear con Jack. Tal vez le gustó cómo se veía él vestido de luto. Hablaron de lo que planeaban ser, ahora que eran adultos. Flora quería encontrar a sus padres. Era una chica bonita: alguien querría cuidar de ella. Jack dijo que le gustaría casarse con una mujer rica. Comenzaron a hacer planes.
      Chico caminaba un poco más atrás, con los gatos atravesándose entre sus pies, haciéndolo tropezar. Traía el cepillo de la bruja en el bolsillo y, para buscar alivio, sus dedos se deslizaron alrededor del mango con forma de cuerno.
      La casa, cuando llegaron, tenía una apariencia peligrosa y desconsolada, como si estuviera empezando a dejarse caer. Flora y Jack prefirieron no entrar. Abrazaron a Chico con cariño y lo invitaron a irse con ellos. Él hubiera querido, pero ¿quién se quedaría a cuidar de los gatos de la bruja, de su venganza? Así que él sólo miró cómo se alejaban juntos. Se fueron al norte. ¿Qué hijo ha seguido el consejo de una madre alguna vez?

Jack ni siquiera se ha molestado en llevar consigo la biblioteca de la bruja: dice que no hay espacio en la cajuela para todo. Él va a depender de Flora y su bolso mágico.

Chico se sentó en el jardín y cuando le dio hambre comió tallos de hierba, y fingió que la hierba era pan, leche y pastel de chocolate. Bebió de la manguera del jardín. Cuando empezó a oscurecer, estaba más solo de lo que jamás había estado en su vida. Los gatos de la bruja no eran buena compañía. Él no les decía nada y ellos no tenían nada que decirle acerca de la casa, del futuro, de la venganza de la bruja o de dónde se suponía que debía dormir. Él nunca había dormido en otro sitio que no fuera la cama de la bruja, así que, al final, volvió sobre la colina y regresó al cementerio.
      Algunos de los gatos todavía andaban subiendo y bajando de la tumba, cubriendo la base del montículo con hojas y hierba y plumas, y hasta con sus propios pelos sueltos. Era una especie de nido suave, ideal para recostarse. Los gatos todavía estaban ocupados cuando Chico se quedó dormido (los gatos siempre están ocupados), la mejilla apretada contra el frío cristal de la ventana de la habitación, la mano en el bolsillo cerrada sobre el cepillo. Pero cuando se despertó a mitad de la noche estaba cubierto de la cabeza a los pies por tibios cuerpos de gato con olor a hierba.

Una cola está enroscada alrededor de su barbilla como si fuera una cuerda, y todos los cuerpos respiran suavemente, bigotes y patas sacudiéndose, vientres sedosos subiendo y bajando. Todos los gatos duermen un sueño exhausto, profundo, a excepción de una gata blanca que se sienta cerca de su cabeza, mirándolo fijamente. Chico nunca ha visto antes a esta gata, y sin embargo la conoce del modo en que conoces a la gente que te visita en sueños: toda ella es blanca, a excepción de mechones y toques rojizos en las orejas, la cola y las patas, como si alguien le hubiera bordado con fuego los bordes.
      —¿Cómo te llamas? —pregunta Chico. Él nunca antes ha hablado con los gatos de la bruja.
      La gata levanta una pata trasera y se lame sus partes privadas. Entonces lo mira de nuevo.
      —Puedes llamarme Madre —le dice.
      Pero Chico niega con la cabeza. No puede llamarla así. Debajo de la manta de gatos, bajo el cristal de la ventana, el tacón de la bruja se baña de luz de luna.
      —Muy bien. Entonces llámame Venganza de la Bruja —dice la gata. Su hocico no se mueve, pero Chico la escucha dentro de su cabeza. Su voz es peluda y aguda, como una manta hecha de agujas—. Y cepilla mi pelaje.
      Chico se sienta, desplazando a los gatos dormidos, y saca el cepillo de la bolsa del pantalón. Las cerdas le han dejado marcadas hileras de pequeños puntos en la palma de la mano, como una especie de código. Si pudiera leer el código, diría: Cepilla mi pelaje.
      Chico cepilla a Venganza de la Bruja. En su pelaje hay tierra de tumba y una o dos hormigas rojas, que caen y se escabullen. Venganza de la Bruja inclina la cabeza hacia el suelo y aprisiona a las hormigas en su hocico. El montón de gatos alrededor de ellos comienza a bostezar y estirarse. Hay cosas que hacer.
      —Tienes que quemar la casa —dice Venganza de la Bruja—. Eso es lo primero.
El cepillo de Chico da con un nudo, y Venganza de la Bruja se da vuelta y lo muerde levemente en la muñeca. Entonces le lame en la zona blanda que hay entre el pulgar y el índice.
      —Suficiente —dice ella—. Tenemos trabajo que hacer.
      Así que todos van de nuevo a la casa, Chico tropezando en la oscuridad, alejándose más y más de la tumba de la bruja, los gatos trotando a su paso, los ojos encendidos como antorchas, palitos y ramas en el hocico, como si planearan construir una nido, una canoa, una valla para mantener el mundo afuera. La casa, cuando llegan, está llena de luces, y más gatos y pilas de yesca. La casa está haciendo un ruido, como un instrumento musical sobre el que alguien estuviera respirando. Chico se da cuenta de que todos los gatos están maullando sin parar, entrando y saliendo, en busca de más leña. Venganza de la Bruja dice:
      —Primero que nada, debemos trabar todas las puertas.
      Chico cierra todas las puertas y ventanas en el primer piso, dejando abierta sólo la puerta de la cocina, y Venganza de la Bruja corre los pasadores de las puertas secretas, las puertas de gato, las puertas en el ático, las de arriba en el techo y las del sótano. Ni una sola puerta secreta se queda abierta. Ahora todo el ruido está dentro de la casa y sólo Chico y Venganza de la Bruja se encuentran afuera.
      Todos los gatos han colado en la casa por la puerta de la cocina. No hay ni un solo gato en el jardín. Chico puede ver a los gatos de la bruja a través de las ventanas, apilando sus montones de ramitas. Venganza de la Bruja se sienta a su lado, observando.
      —Ahora se enciende un fósforo y échalo dentro —dice Venganza de la Bruja.
Chico prende un cerillo. Lo avienta dentro de la casa. ¿A qué niño no le encanta iniciar un incendio?
      —Ahora cierra la puerta de la cocina —dice Venganza de la Bruja, pero Chico no puede hacer eso: todos los gatos están dentro.
      Venganza de la Bruja se levanta sobre sus patas traseras y cierra de un empujón la puerta de la cocina. En el interior, el fósforo encendido inicia un fuego que corre a lo largo del piso y las paredes de la cocina. Los gatos arden y corren a las otras habitaciones de la casa. Chico puede verlo todo a través de las ventanas. Se para con la cara contra el cristal, que está frío, y luego tibio, y luego caliente. Los gatos en llamas, con ramas ardientes en sus hocicos, se empujan contra la puerta de la cocina y las otras puertas de la casa, pero todas las puertas están cerradas. Chico y Venganza de la Bruja se paran en medio del jardín y miran cómo la casa de la bruja y los libros de la bruja y los muebles de la bruja y las ollas de cocina de la bruja y los gatos de la bruja, sus gatos, también, todos sus gatos se queman.

Tú nunca debes quemar una casa. Nunca debes prender un gato en llamas. Nunca debes quedarte parado, mirando, sin hacer nada mientras una casa se ??está quemando. Nunca debes debe escuchar a un gato que te diga que hagas cualquiera de estas cosas. Debes, en cambio, escuchar a tu madre cuando te diga que dejes de estar mirando, que vayas a la cama, que es hora de dormir. Debes escuchar a la venganza de tu madre.

Tú nunca debes envenenar a una bruja.

Por la mañana, Chico despertó en el jardín. El hollín lo cubría con una manta grasienta. Sobre su pecho, Venganza de la Bruja estaba acurrucada, durmiendo. La casa de la bruja seguía en pie, pero las ventanas se había derretido y habían arruinado las paredes.
      Venganza de la Bruja se despertó, se estiró y bañó a Chico a lengüetazos con su pequeña lengua de piel de tiburón. Luego le exigió que la cepillara. Después de eso entró a la casa y salió con un bultito que colgaba de su hocico, sin huesos, como un gatito.

Chico se percata de que es una piel de gato, sólo que ya no hay un gato dentro de ella. Venganza de la Bruja le deja caer la piel de gato sobre el regazo.

Chico recogió la piel y algo brillante cayó de ella al piso. Era una pieza de oro, sucia, llena de grasa resbaladiza. Venganza de la Bruja sacó docenas y docenas de pieles de gato, y en cada una había una moneda de oro. Mientras Chico contaba su fortuna, Venganza de la Bruja se arrancó de un mordisco una uña y sacó de entre las cerdas del cepillo un largo cabello de bruja. Se sentó en la hierba, como un sastre, con las patas cruzadas, y comenzó a coser las pieles de gatos para hacer una bolsa.
      Chico se estremeció. Lo único que había para desayunar era pasto, pero estaba negro y quemado.
      —¿Tienes frío? —preguntó Venganza de la Bruja. Puso la bolsa a un lado y cogió otra piel de gato, una negra, muy bonita. Sacó una de sus filosas uñas y con ella cortó la piel por la mitad—. Te haremos un traje calientito.
      La gata usó la zalea de un gato negro, y la zalea de un gato atigrado, y puso un ribete de pelaje a rayas grises y blancas alrededor de las garras.
      Mientras lo hacía dijo a Chico:
      —¿Sabías que una vez hubo una batalla, librada en este mismo terreno?
      Chico negó con la cabeza.
      —Dondequiera que haya un jardín —dijo Venganza de la Bruja, rascando la tierra con una pata— hay gente enterrada, te lo prometo. Mira aquí.
      La gata sacó con el hocico un pequeño objeto de color marrón y lo limpió con la lengua.
      Cuando lo escupió de nuevo, Chico vio que era un botón militar de marfil. Venganza de la Bruja sacó más botones de la tierra (como si los botones de marfil crecieran en la tierra) y los cosió en la piel de gato. Entonces formó una capucha con dos agujeros para los ojos y un conjunto de bigotes finos y cosió cuatro hermosas colas de gato a la espalda del traje, como si la única cola que había ya allí no fuera lo suficientemente buena para Chico. La gata enhebró un cascabel en cada cola.
      —Póntelo— le dijo a Chico.

Chico se metió en el traje y los cascabeles tintinearon. Venganza de la Bruja se rio.
      —Te ves muy bien de gato —le dijo—. Serías el orgullo de cualquier madre.
      El interior del traje es suave y se siente un poco pegajoso al contacto con la piel de Chico. Cuando se pone la capucha, todo desaparece: él sólo puede ver las vívidas esquinas del mundo a través de los agujeros para los ojos (la hierba, el oro, la gata sentada con las patas cruzadas, cosiendo su bolso hecho de pieles) y el aire se filtra al interior a través de las costuras holgadas en las partes en las que la piel se cae y se hunde sobre el pecho y alrededor de los enormes botones. Con su torpe garra sin dedos, Chico sostiene sus colas, como si fuera un puñado de anguilas, y las mece de un lado al otro para escucharlas repicar. El sonido de los cascabeles y el olor a hollín del aire, la tibia viscosidad del traje, la sensación de su nueva piel contra el suelo: Chico se queda dormido y sueña que cientos de hormigas vienen y lo levantan y suavemente lo llevan a la cama.

Cuando Chico se quitó de nuevo la capucha, vio que Venganza de la Bruja había terminado con la aguja y el hilo. Chico ayudó a llenar la bolsa con oro. Venganza de la Bruja se paró sobre sus patas traseras, tomó la bolsa, y la echó sobre su hombro. Las monedas de oro se deslizaban unas contra otras, maullando y siseando. Al paso de la gata, la bolsa se arrastraba sobre la hierba, recogiendo las cenizas y dejando un rastro verde detrás de e