Para este mes, un cuento extenso de la escritora estadounidense Kelly Link (1969). También editora (fundó la Small Beer Press, de las editoriales más destacadas de su ramo), Link es una de las cuentistas más interesantes entre las que se dedican hoy a la imaginación fantástica y ha sido premiada en varias ocasiones. Su libro más reciente, Get in Trouble (2016), fue finalista del Premio Pultizer.
      «Catskin», narración que da vuelta de modo inquietante a una larga tradición de cuentos, apareció en la antología McSweeney’s Mammoth Treasury of Thrilling Tales (2003) y posteriormente en una colección de Link en solitario: Magic for Beginners (2005). La traducción proviene de la antología Espectacular de cuentos (2015-16), publicada por Castillo, y es de Raquel Castro.

Kelly Link

Kelly Link (fuente)

PIEL DE GATO
Kelly Link

Los gatos entraban y salían de la casa de la bruja durante todo el día. Las ventanas estaban siempre abiertas, y las puertas, y además había otras puertas, privadas, del tamaño de un gato, en las paredes y en el ático. Los gatos eran grandes y elegantes y silenciosos. Nadie sabía sus nombres, si es que tenían nombres, a excepción de la bruja.
      Algunos de los gatos eran de color crema y otros eran atigrados. Los había negros como la noche. Eran cómplices de la bruja. Algunos llegaban a la habitación de la bruja con cosas vivas en el hocico. Cuando salían de nuevo, sus hocicos estaban vacíos.
      Los gatos trotaban, se escabullían, saltaban y se agazapaban. Estaban ocupados. Sus movimientos eran felinos, o tal vez como el mecanismo de un reloj. Sus colas se crispaban como péndulos peludos. Los gatos no prestaban atención a los hijos de la bruja.

En ese entonces, la bruja tenía tres hijos vivos, aunque en alguna ocasión había tenido docenas, tal vez más. Nadie –no la bruja, desde luego– se había molestado nunca en llevar la cuenta. Pero aquella vez la casa se había retacado de gatos y bebés.
      Ahora bien, las brujas no pueden tener hijos en el estilo habitual porque sus entrañas están llenas de paja o de ladrillos o de piedras, y cuando dan a luz, paren conejos, gatitos, renacuajos, casas, vestidos de seda; pero a pesar de ello incluso las brujas deben tener herederos y desean ser madres. Así, la bruja había obtenido sus hijos por otros medios: los había robado o comprado o los había fabricado ella misma.
      Le gustaban especialmente los niños con el pelo de un cierto tono rojo. Nunca había sido capaz de tolerar a los gemelos (le parecían un tipo impropio de magia), aunque en ocasiones había intentado armar conjuntos de niños a juego, como si estuviera armando un juego de ajedrez y no una familia. Si dijéramos las piezas de ajedrez de una bruja, en lugar de la familia de una bruja, algo habría de cierto. Quizá tenga algo de cierto también en el caso de otras familias.
      La bruja cultivó una niña en su muslo, como si fuera un quiste. A otros niños los había creado a partir de cosas de su jardín o de pedazos de basura que los gatos le llevaron: papel de aluminio con hilos de grasa de pollo aún encostrados, televisores rotos, cajas de cartón que los vecinos habían desechado. Siempre había sido una bruja ahorrativa.
      Algunos de esos niños habían huido y otros habían muerto. A algunos simplemente los había extraviado, o los había olvidado por accidente en un autobús. Ojalá que estos niños después hayan sido adoptados por buenas familias, o que hayan vuelto a reunirse con sus verdaderos padres. Si estás buscando un final feliz en esta historia, tal vez deberías dejar de leer aquí e imaginarte a esos niños, a esos padres, sus reencuentros.

¿Todavía estás leyendo? La bruja, en su habitación, estaba muriendo. Había sido envenenada por un enemigo, un brujo llamado Ausencia. Finn, el niño que había sido su catador de alimentos, había muerto primero, lo mismo que tres gatos que habían lamido su plato hasta dejarlo limpio. La bruja sabía quién la había matado y había arrebatado trocitos al tiempo, aquí y allá, desde su agonía, para vengarse. Una vez que la cuestión de esta venganza quedó resuelta a su satisfacción, urdida como una madeja de negro hilo dentro de su cabeza, comenzó a dividir su herencia entre sus tres hijos restantes.
      Tenía manchas de vómito pegadas a las comisuras de su boca, y había una palangana al pie de la cama, llena de un líquido negro. La habitación olía a orina de gato y cerillos mojados. La bruja jadeaba como si estuviera dando a luz a su propia muerte.
      —Flora se quedará con mi automóvil —dijo— y también con mi bolso, que nunca estará vacío, siempre y cuando dejes siempre una moneda en el fondo, mi adorada, mi derrochadora, mi manirrota, mi gota de veneno, mi linda, linda, Flora. Y cuando yo haya muerto, toma la carretera que pasa junto a la casa y ve al oeste. Ese es mi último consejo para ti.

Flora, que era la mayor de los hijos vivos de la bruja, era pelirroja y elegante. Había estado esperando la muerte de la bruja por un largo tiempo, pero había sido paciente. Besó la mejilla de la bruja y le dijo:
      —Gracias, Madre.
      La bruja la miró, jadeando. Podía ver la vida de Flora, extendida ante ella, plana como un mapa. Tal vez todas las madres pueden ver tan lejos.
      —Jack, mi amor, mi nido de pájaro, mi mordida, mi residuo de atole —dijo la bruja—, te quedarás con mis libros. No los voy a necesitar en el lugar a donde voy. Y cuando salgas de esta casa, camina derecho hacia el este y nunca sufrirás más de lo que sufres ahora.
      Jack, que alguna vez había sido un pequeño paquete de plumas y ramitas y cáscara de huevo, todo atado con un jirón de cuerda, era un muchacho robusto, casi adulto. Sólo los gatos sabían si Jack sabía leer. Pero él asintió con la cabeza y besó a su madre, un beso en cada ojo expectante y uno en sus labios grises.
      —Y ¿qué voy a dejar a mi niño, Chico? —dijo la bruja, convulsa. Devolvió el estómago de nuevo en la palangana. Algunos gatos llegaron corriendo y se asomaron por el borde del recipiente para inspeccionar su vómito. La mano de la bruja se clavó en la pierna de Chico.
      —Ay, es duro, duro, muy duro para una madre dejar a sus hijos (aunque he hecho cosas más difíciles). Los niños necesitan una madre, aunque sea una como yo lo he sido —dijo y se enjugó los ojos, a pesar de que es un hecho que las brujas no pueden llorar.
      Chico, quien aún dormía en la cama de la bruja, era el más chico de sus hijos (tal vez no tan chico como te imaginas). Él estaba sentado en la cama, y si no lloraba era sólo porque los hijos de las brujas no tienen a nadie que les enseñe cómo hacerlo. Su corazón se rompía.
      Chico sabía hacer malabares y cantaba muy bien. Todas las mañanas cepillaba y trenzaba el largo y sedoso cabello de la bruja. Seguramente toda madre desea un hijo como Chico, un tierno muchachito de pelo rizado, de aliento dulce y corazón tierno como Chico, capaz de cocinar un buen omelet y con una hermosa, fuerte voz para cantar, así como una mano suave para usar el cepillo.
      —Madre —dijo—, si tienes que morir, entonces debes morir. Y si no puedo ir contigo, entonces voy a hacer mi mejor esfuerzo para vivir y que te sientas orgullosa de mí. Déjame tu cepillo para que te recuerde, e iré a hacer mi propio camino en el mundo.
      —Tendrás mi cepillo, entonces —dijo la bruja a Chico, mirándolo y jadeando, jadeando—. Y te quiero más que a todos. Tendrás también mi caja de yesca y mis cerillos, y también mi venganza, y harás que me sienta orgullosa, o no conozco a mis propios hijos.
      —¿Qué hacemos con la casa, madre? —preguntó Jack. Lo dijo como si no le importara.
      —Cuando haya muerto —respondió la bruja— esta casa no será de utilidad para nadie. La di a luz hace mucho tiempo y la crié desde que era sólo una casa de muñecas. Ay, era la más querida, la más adorable casa de muñecas del mundo. Tenía ocho habitaciones y un techo de hojalata, y una escalera que no iba a ninguna parte. Pero la amamanté y la arrullé para que conciliara el sueño en su cunita, y creció hasta ser una casa de verdad, y mira cómo me ha cuidado a mí, su progenitora, cómo sabe el deber de una hija con su madre. Y quizá puedes ver cómo está ahora, cómo suspira, cómo se enferma cada vez más por verme morir así. Déjensela a los gatos. Ellos sabrán qué hacer con ella.

Durante todo este tiempo, los gatos han estado corriendo dentro y fuera de la habitación, llevando y trayendo cosas. Parecería que nunca van a bajar la velocidad, a descansar, a tomar una siesta, que nunca van a tener tiempo para dormir o morir o incluso para llevar luto. Su actitud es de propietarios, como si la casa ya fuera de ellos.

La bruja vomita barro, pelaje, botones de cristal, soldados de plomo, paletas, alfileres de sombrero, clavos, cartas de amor (con la dirección mal escrita o enviadas sin la cantidad adecuada de timbres y, por lo tanto, nunca leídas) y una docena de regimientos de hormigas rojas, cada una del tamaño de un frijol. Las hormigas nadan a través de la peligrosa, apestosa palangana, trepan por sus orillas y marchan por el piso en una línea apretada como un cordón engrasado. En sus mandíbulas remolcan trozos de tiempo. El tiempo es pesado, incluso en pedazos tan pequeños, pero las hormigas tienen mandíbulas y patas fuertes. Atraviesan la habitación y llegan hasta la pared, y salen por la ventana. Los gatos miran, pero no interfieren. La bruja jadea, tose y luego se queda quieta. Sus manos golpean contra la cama una vez y luego se detienen. Aun así sus hijos esperan un rato, para asegurarse de que está muerta y de que ya no tiene nada más que decir.
      En la casa de la bruja, los muertos a veces son muy parlanchines.
      Pero la bruja no tiene nada más que decir en este momento.
      La casa gime y todos los gatos comienzan a maullar lastimeramente, trotando dentro y fuera de la habitación como si hubieran perdido algo y tuvieran que ir a cazarlo; pero nunca van a encontrarlo. Y los niños, por fin, descubren que sí saben llorar, pero la bruja está completamente quieta y en silencio. Hay una pequeña sonrisa en su rostro, como si todo hubiera sucedido exactamente a su gusto. O tal vez ella está ansiosa de que ocurra la siguiente parte de la historia.

Los hijos de la bruja metieron a su madre en una de sus casas de muñecas a medio crecer. La apretujaron en la sala de la planta baja y tiraron las paredes internas de modo que su cabeza descansara sobre la mesa de la cocina, en el rincón del desayunador, y enroscaron sus tobillos a través de la puerta de un dormitorio. Chico le cepilló el cabello y, como no estaba seguro de qué ropa debería llevar ahora que estaba muerta, le puso toda su ropa, una prenda sobre otra, hasta que apenas era posible ver sus piernas blancas debajo de la pila de las crinolinas, los abrigos y vestidos. No importaba: una vez que clavaron de nuevo la casa de muñecas para cerrarla, todo lo que se podía ver era la coronilla roja por la ventana de la cocina y los tacones gastados de sus zapatos de baile apretados contra los postigos de la ventana de la habitación.
      Jack, que era muy hábil, aparejó un conjunto de ruedas para la casa de muñecas y un arnés para que pudieran jalarla. Le pusieron el arnés a Chico y él jalaba y Flora empujaba, mientras Jack le hablaba a la casa, convenciéndola de avanzar sobre la colina hasta el cementerio, y los gatos corrían junto a ellos.

Los gatos están empezando a verse un poco descuidados, como si estuvieran mudando pelaje. Sus hocicos se ven muy vacíos. Las hormigas han marchado lejos, a través de los bosques, y a la ciudad, y han construido, con los trozos de tiempo que se llevaron, un nido en tu patio. Y si sostienes una lupa sobre el nido, para ver cómo las hormigas bailan y se queman, el tiempo arderá en llamas y lo vas a lamentar.

Afuera de la entrada del cementerio, los gatos habían estado cavando una tumba para la bruja. Los niños metieron en ella la casa de muñecas, la ventana de la cocina por delante. Pero entonces descubrieron que la tumba no era lo suficientemente profunda, y la casa se quedó ahí, ladeada, con apariencia de estar muy incómoda. Chico comenzó a llorar (ahora que había aprendido, parecía que iba a pasar todo su tiempo practicando), pensando en lo horrible que sería pasar la propia muerte, toda la eternidad, cabeza abajo y ni siquiera correctamente enterrado, sin poder siquiera sentir la lluvia cuando cayera a plomo sobre las tejas expuestas de la casa, y se filtrara hacia abajo y llenara su boca y le ahogara, por lo que habría que morir de nuevo cada vez que lloviera.
      La chimenea de la casa de muñecas se había desprendido y cayó al suelo. Uno de los gatos la recogió y se la llevó, como un recuerdito. El gato se llevó la chimenea al bosque y ahí se la comió, un bocado a la vez, y así salió de esta historia para entrar en otra. No es asunto nuestro.
      Los otros gatos comenzaron a transportar bocados de tierra, soltándola y amontonándola con sus patas alrededor de la casa. Los niños ayudaron y cuando terminaron se las arreglaron para enterrar a la bruja correctamente, de tal modo que sólo la ventana de la habitación era visible, un pequeño panel de vidrio como un ojo en la cima de una pequeña colina de tierra.
      De camino a casa, Flora comenzó a coquetear con Jack. Tal vez le gustó cómo se veía él vestido de luto. Hablaron de lo que planeaban ser, ahora que eran adultos. Flora quería encontrar a sus padres. Era una chica bonita: alguien querría cuidar de ella. Jack dijo que le gustaría casarse con una mujer rica. Comenzaron a hacer planes.
      Chico caminaba un poco más atrás, con los gatos atravesándose entre sus pies, haciéndolo tropezar. Traía el cepillo de la bruja en el bolsillo y, para buscar alivio, sus dedos se deslizaron alrededor del mango con forma de cuerno.
      La casa, cuando llegaron, tenía una apariencia peligrosa y desconsolada, como si estuviera empezando a dejarse caer. Flora y Jack prefirieron no entrar. Abrazaron a Chico con cariño y lo invitaron a irse con ellos. Él hubiera querido, pero ¿quién se quedaría a cuidar de los gatos de la bruja, de su venganza? Así que él sólo miró cómo se alejaban juntos. Se fueron al norte. ¿Qué hijo ha seguido el consejo de una madre alguna vez?

Jack ni siquiera se ha molestado en llevar consigo la biblioteca de la bruja: dice que no hay espacio en la cajuela para todo. Él va a depender de Flora y su bolso mágico.

Chico se sentó en el jardín y cuando le dio hambre comió tallos de hierba, y fingió que la hierba era pan, leche y pastel de chocolate. Bebió de la manguera del jardín. Cuando empezó a oscurecer, estaba más solo de lo que jamás había estado en su vida. Los gatos de la bruja no eran buena compañía. Él no les decía nada y ellos no tenían nada que decirle acerca de la casa, del futuro, de la venganza de la bruja o de dónde se suponía que debía dormir. Él nunca había dormido en otro sitio que no fuera la cama de la bruja, así que, al final, volvió sobre la colina y regresó al cementerio.
      Algunos de los gatos todavía andaban subiendo y bajando de la tumba, cubriendo la base del montículo con hojas y hierba y plumas, y hasta con sus propios pelos sueltos. Era una especie de nido suave, ideal para recostarse. Los gatos todavía estaban ocupados cuando Chico se quedó dormido (los gatos siempre están ocupados), la mejilla apretada contra el frío cristal de la ventana de la habitación, la mano en el bolsillo cerrada sobre el cepillo. Pero cuando se despertó a mitad de la noche estaba cubierto de la cabeza a los pies por tibios cuerpos de gato con olor a hierba.

Una cola está enroscada alrededor de su barbilla como si fuera una cuerda, y todos los cuerpos respiran suavemente, bigotes y patas sacudiéndose, vientres sedosos subiendo y bajando. Todos los gatos duermen un sueño exhausto, profundo, a excepción de una gata blanca que se sienta cerca de su cabeza, mirándolo fijamente. Chico nunca ha visto antes a esta gata, y sin embargo la conoce del modo en que conoces a la gente que te visita en sueños: toda ella es blanca, a excepción de mechones y toques rojizos en las orejas, la cola y las patas, como si alguien le hubiera bordado con fuego los bordes.
      —¿Cómo te llamas? —pregunta Chico. Él nunca antes ha hablado con los gatos de la bruja.
      La gata levanta una pata trasera y se lame sus partes privadas. Entonces lo mira de nuevo.
      —Puedes llamarme Madre —le dice.
      Pero Chico niega con la cabeza. No puede llamarla así. Debajo de la manta de gatos, bajo el cristal de la ventana, el tacón de la bruja se baña de luz de luna.
      —Muy bien. Entonces llámame Venganza de la Bruja —dice la gata. Su hocico no se mueve, pero Chico la escucha dentro de su cabeza. Su voz es peluda y aguda, como una manta hecha de agujas—. Y cepilla mi pelaje.
      Chico se sienta, desplazando a los gatos dormidos, y saca el cepillo de la bolsa del pantalón. Las cerdas le han dejado marcadas hileras de pequeños puntos en la palma de la mano, como una especie de código. Si pudiera leer el código, diría: Cepilla mi pelaje.
      Chico cepilla a Venganza de la Bruja. En su pelaje hay tierra de tumba y una o dos hormigas rojas, que caen y se escabullen. Venganza de la Bruja inclina la cabeza hacia el suelo y aprisiona a las hormigas en su hocico. El montón de gatos alrededor de ellos comienza a bostezar y estirarse. Hay cosas que hacer.
      —Tienes que quemar la casa —dice Venganza de la Bruja—. Eso es lo primero.
El cepillo de Chico da con un nudo, y Venganza de la Bruja se da vuelta y lo muerde levemente en la muñeca. Entonces le lame en la zona blanda que hay entre el pulgar y el índice.
      —Suficiente —dice ella—. Tenemos trabajo que hacer.
      Así que todos van de nuevo a la casa, Chico tropezando en la oscuridad, alejándose más y más de la tumba de la bruja, los gatos trotando a su paso, los ojos encendidos como antorchas, palitos y ramas en el hocico, como si planearan construir una nido, una canoa, una valla para mantener el mundo afuera. La casa, cuando llegan, está llena de luces, y más gatos y pilas de yesca. La casa está haciendo un ruido, como un instrumento musical sobre el que alguien estuviera respirando. Chico se da cuenta de que todos los gatos están maullando sin parar, entrando y saliendo, en busca de más leña. Venganza de la Bruja dice:
      —Primero que nada, debemos trabar todas las puertas.
      Chico cierra todas las puertas y ventanas en el primer piso, dejando abierta sólo la puerta de la cocina, y Venganza de la Bruja corre los pasadores de las puertas secretas, las puertas de gato, las puertas en el ático, las de arriba en el techo y las del sótano. Ni una sola puerta secreta se queda abierta. Ahora todo el ruido está dentro de la casa y sólo Chico y Venganza de la Bruja se encuentran afuera.
      Todos los gatos han colado en la casa por la puerta de la cocina. No hay ni un solo gato en el jardín. Chico puede ver a los gatos de la bruja a través de las ventanas, apilando sus montones de ramitas. Venganza de la Bruja se sienta a su lado, observando.
      —Ahora se enciende un fósforo y échalo dentro —dice Venganza de la Bruja.
Chico prende un cerillo. Lo avienta dentro de la casa. ¿A qué niño no le encanta iniciar un incendio?
      —Ahora cierra la puerta de la cocina —dice Venganza de la Bruja, pero Chico no puede hacer eso: todos los gatos están dentro.
      Venganza de la Bruja se levanta sobre sus patas traseras y cierra de un empujón la puerta de la cocina. En el interior, el fósforo encendido inicia un fuego que corre a lo largo del piso y las paredes de la cocina. Los gatos arden y corren a las otras habitaciones de la casa. Chico puede verlo todo a través de las ventanas. Se para con la cara contra el cristal, que está frío, y luego tibio, y luego caliente. Los gatos en llamas, con ramas ardientes en sus hocicos, se empujan contra la puerta de la cocina y las otras puertas de la casa, pero todas las puertas están cerradas. Chico y Venganza de la Bruja se paran en medio del jardín y miran cómo la casa de la bruja y los libros de la bruja y los muebles de la bruja y las ollas de cocina de la bruja y los gatos de la bruja, sus gatos, también, todos sus gatos se queman.

Tú nunca debes quemar una casa. Nunca debes prender un gato en llamas. Nunca debes quedarte parado, mirando, sin hacer nada mientras una casa se ??está quemando. Nunca debes debe escuchar a un gato que te diga que hagas cualquiera de estas cosas. Debes, en cambio, escuchar a tu madre cuando te diga que dejes de estar mirando, que vayas a la cama, que es hora de dormir. Debes escuchar a la venganza de tu madre.

Tú nunca debes envenenar a una bruja.

Por la mañana, Chico despertó en el jardín. El hollín lo cubría con una manta grasienta. Sobre su pecho, Venganza de la Bruja estaba acurrucada, durmiendo. La casa de la bruja seguía en pie, pero las ventanas se había derretido y habían arruinado las paredes.
      Venganza de la Bruja se despertó, se estiró y bañó a Chico a lengüetazos con su pequeña lengua de piel de tiburón. Luego le exigió que la cepillara. Después de eso entró a la casa y salió con un bultito que colgaba de su hocico, sin huesos, como un gatito.

Chico se percata de que es una piel de gato, sólo que ya no hay un gato dentro de ella. Venganza de la Bruja le deja caer la piel de gato sobre el regazo.

Chico recogió la piel y algo brillante cayó de ella al piso. Era una pieza de oro, sucia, llena de grasa resbaladiza. Venganza de la Bruja sacó docenas y docenas de pieles de gato, y en cada una había una moneda de oro. Mientras Chico contaba su fortuna, Venganza de la Bruja se arrancó de un mordisco una uña y sacó de entre las cerdas del cepillo un largo cabello de bruja. Se sentó en la hierba, como un sastre, con las patas cruzadas, y comenzó a coser las pieles de gatos para hacer una bolsa.
      Chico se estremeció. Lo único que había para desayunar era pasto, pero estaba negro y quemado.
      —¿Tienes frío? —preguntó Venganza de la Bruja. Puso la bolsa a un lado y cogió otra piel de gato, una negra, muy bonita. Sacó una de sus filosas uñas y con ella cortó la piel por la mitad—. Te haremos un traje calientito.
      La gata usó la zalea de un gato negro, y la zalea de un gato atigrado, y puso un ribete de pelaje a rayas grises y blancas alrededor de las garras.
      Mientras lo hacía dijo a Chico:
      —¿Sabías que una vez hubo una batalla, librada en este mismo terreno?
      Chico negó con la cabeza.
      —Dondequiera que haya un jardín —dijo Venganza de la Bruja, rascando la tierra con una pata— hay gente enterrada, te lo prometo. Mira aquí.
      La gata sacó con el hocico un pequeño objeto de color marrón y lo limpió con la lengua.
      Cuando lo escupió de nuevo, Chico vio que era un botón militar de marfil. Venganza de la Bruja sacó más botones de la tierra (como si los botones de marfil crecieran en la tierra) y los cosió en la piel de gato. Entonces formó una capucha con dos agujeros para los ojos y un conjunto de bigotes finos y cosió cuatro hermosas colas de gato a la espalda del traje, como si la única cola que había ya allí no fuera lo suficientemente buena para Chico. La gata enhebró un cascabel en cada cola.
      —Póntelo— le dijo a Chico.

Chico se metió en el traje y los cascabeles tintinearon. Venganza de la Bruja se rio.
      —Te ves muy bien de gato —le dijo—. Serías el orgullo de cualquier madre.
      El interior del traje es suave y se siente un poco pegajoso al contacto con la piel de Chico. Cuando se pone la capucha, todo desaparece: él sólo puede ver las vívidas esquinas del mundo a través de los agujeros para los ojos (la hierba, el oro, la gata sentada con las patas cruzadas, cosiendo su bolso hecho de pieles) y el aire se filtra al interior a través de las costuras holgadas en las partes en las que la piel se cae y se hunde sobre el pecho y alrededor de los enormes botones. Con su torpe garra sin dedos, Chico sostiene sus colas, como si fuera un puñado de anguilas, y las mece de un lado al otro para escucharlas repicar. El sonido de los cascabeles y el olor a hollín del aire, la tibia viscosidad del traje, la sensación de su nueva piel contra el suelo: Chico se queda dormido y sueña que cientos de hormigas vienen y lo levantan y suavemente lo llevan a la cama.

Cuando Chico se quitó de nuevo la capucha, vio que Venganza de la Bruja había terminado con la aguja y el hilo. Chico ayudó a llenar la bolsa con oro. Venganza de la Bruja se paró sobre sus patas traseras, tomó la bolsa, y la echó sobre su hombro. Las monedas de oro se deslizaban unas contra otras, maullando y siseando. Al paso de la gata, la bolsa se arrastraba sobre la hierba, recogiendo las cenizas y dejando un rastro verde detrás de ella. Venganza de la Bruja caminaba pavoneándose, como si la bolsa no pesara nada.
      Chico se encapuchó de nuevo, se puso a cuatro patas y trotó detrás de Venganza de la Bruja. Dejaron la puerta del jardín abierta y se internaron en el bosque, hacia la casa donde vivía el brujo Ausencia.

El bosque es más chico de lo que solía ser. Chico está creciendo, pero además el bosque se está reduciendo. Han talado árboles. Han levantado casas. Han puesto céspedes en rollos, han construido carreteras. Venganza de la Bruja y Chico caminaban junto a una de ellas. Un autobús escolar pasó a su lado: los niños en el interior miraban por las ventanas y se echaron a reír al ver a Venganza de la Bruja caminando sobre sus patas traseras y, pisándole los talones, a Chico en su disfraz de gato. Chico levantó la cabeza y miró por los agujeros para los ojos después de que pasó el autobús.
      —¿Quién vive en estas casas ?— preguntó a Venganza de la Bruja.
      —Esa es la pregunta equivocada, Chico —contestó Venganza de la Bruja, mirándolo desde arriba sin detenerse.
      —Miau —decía la bolsa de piel de gato—. Tin tin tin.
      —Entonces, ¿cuál es la pregunta correcta? —insistió Chico.
      —Pregúntame quién vive debajo de las casas —dijo Venganza de la Bruja.
      —¿Quién vive debajo de las casas? —preguntó, obediente, Chico.
      —¡Qué buena pregunta! —dijo Venganza de la Bruja—. Verás, no todo el mundo puede parir su propia casa. En vez de eso, la mayor parte de la gente pare niños. Y cuando tienes niños, necesitas casas dónde ponerlos. Así que, niños y casas: la mayor parte de la gente pare a los primeros y tienen que construir las segundas. O sea, construir las casas. Hace mucho tiempo, cuando los hombres y las mujeres iban a construir una casa, primero cavaban un agujero. En ese agujero hacían un pequeño cuarto de madera (una cabañita de un solo cuarto) y robaban o compraban un niño para ponerlo en la casita del agujero, para que viviera allí. Y luego construían su casa sobre la casita.
      —¿Hacían una puerta en la tapa de la casita? —preguntó Chico.
      —No hacían una puerta —dijo Venganza de la Bruja.
      —Pero entonces, ¿cómo salía de ahí la chica o el chico? —preguntó Chico.
      —El chico o la chica se quedaba en esa pequeña casa —dijo Venganza de la Bruja—. Vivían allí toda su vida, y todavía viven ahí, bajo las otras casas donde viven la gente, y la gente que vive en las casas de arriba puede entrar y salir cuando se le antoja, y nunca piensa en que hay pequeñas casas con niños pequeños, sentados en pequeñas habitaciones, bajo sus pies.
      —Pero, ¿qué pasa con las madres y los padres? —preguntó Chico—. ¿Nunca intentaron buscar a esos chicos y chicas?
      —Ah —dijo Venganza de la Bruja—. Algunas veces lo hicieron y otras veces no lo hicieron. Y después de todo, ¿quién vivía debajo de sus propias casas? Pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora, cuando construye su casa, la mayor parte de la gente entierra un gato en vez de un niño. Es por eso que llamamos gatos caseros a los gatos. Es por ello que debemos caminar por aquí con cuidado. Como puedes ver, hay casas en construcción en estos rumbos.
      Y vaya que las hay. Venganza de la Bruja y Chico caminan por los claros donde los hombres están cavando pequeños agujeros. Al principio, Chico se quita la capucha y camina en dos pies, y luego se pone la capucha de nuevo, y va a gatas: se encoge y se mueve con tanto sigilo como puede, como un gato. Pero los cascabeles en sus colas rebotan, y las monedas en la bolsa que lleva Venganza de la Bruja hacen tin tin tin, miau, y los hombres dejan de trabajar para verlos pasar.

¿Cuántas brujas hay en el mundo? ¿Alguna vez has visto una? ¿Reconocerías a una bruja o un brujo si lo vieras? Y ¿qué harías en ese caso? Por lo demás, ¿reconoces a un gato en cuanto lo ves? ¿Estás seguro?

Chico siguió a Venganza de la Bruja. Se le hicieron callos en las rodillas y en las yemas de los dedos. Le hubiera gustado cargar a ratos la bolsa, pero era demasiado pesada. ¿Qué tan pesada? Digamos que tú tampoco habrías podido cargarla.
      Se detenían a beber en los arroyos. Por la noche abrían la bolsa de piel de gato y se metían en ella a dormir, y cuando tenían hambre lamían las monedas, que parecían sudar grasa de oro, y siempre parecían tener más grasa. Mientras caminaban, Venganza de la Bruja cantó una canción:

      Yo no tenía madre
      y mi madre no tenía madre
      y su madre no tenía madre
      y su madre no tenía madre
      y su madre no tenía madre
      y tú no tienes una madre
      que te cante
      esta canción.

      Las monedas en la bolsa cantaban también: miau, miau, y los cascabeles en las colas de Chico seguían el ritmo.

Cada noche Chico cepilla la zalea de Venganza de la Bruja. Y cada mañana Venganza de la Bruja lo baña a lengüetazos, sin descuidar los lugares detrás de las orejas y en la parte posterior de las rodillas. Luego el muchacho se pone de nuevo el traje de gato, y ella lo acicala otra vez.

A veces iban por el bosque, y a veces el bosque se convertía en una ciudad, y entonces Venganza de la Bruja le contaba a Chico historias sobre la gente que vivía en las casas, y sobre los niños que vivían en las casas debajo de las casas. Una vez, en el bosque, Venganza de la Bruja le mostró a Chico el lugar donde alguna vez había estado una casa. Ahora sólo estaban las piedras de los cimientos, tapizadas de musgo, y la chimenea, sostenida tan sólo por enroscados tallos de hiedra.
      Venganza de la Bruja dio unos golpecitos en el suelo cubierto de hierba, moviéndose alrededor de los cimientos en el sentido de las agujas del reloj, hasta que ella y Chico escucharon un sonido hueco. Venganza de la Bruja se puso a cuatro patas y comenzó a escarbar el suelo con sus garras y su hocico, hasta que pudieron ver un pequeño techo de madera. Venganza de la Bruja tocó al techito como si fuera una puerta y Chico agitó sus colas.
      —Bueno, Chico —dijo Venganza de la Bruja—, ¿arrancamos el techo y dejamos que el pobre niño se vaya?
      Chico se acercó a rastras hasta el agujero que la gata había hecho. Puso su oído encima y escuchó, pero no oyó nada en absoluto.
      —No hay nadie allí —dijo.
      —Tal vez es tímido —dijo Venganza de la Bruja—. ¿Lo dejamos salir o lo dejamos en paz?
      —¡Dejémoslo salir! —dijo Chico, pero lo que quiso decir fue: «Dejémoslo en paz!». O tal vez él dijo “No lo molestemos” a pesar de que significaba lo contrario a lo que quería decir. Venganza de la Bruja lo miró, y entonces Chico creyó oír algo muy débil, por debajo de él, donde se había quedado en cuclillas, congelado: un arañazo en el sucio techo enterrado.
      Chico se alejó de un brinco. Venganza de la Bruja cogió una piedra y golpeó con ella el techo, abriéndolo. Cuando se asomaron dentro, no había nada excepto oscuridad y un olor débil. Esperaron, sentados en el suelo, para ver lo que podría salir, pero nada salió. Después de un tiempo, Venganza de la Bruja cogió su bolsa de piel de gato y se pusieron en marcha de nuevo.
      Durante varias noches después de eso, Chico soñó que alguien, o algo, los seguía. Era algo pequeño y delgado y pálido y frío y sucio y lleno de miedo. Una noche ese algo se alejó de ellos, arrastrándose, y Chico nunca supo dónde fue. Pero si fueras a esa parte del bosque, donde Venganza de la Bruja y Chico se sentaron y esperaron junto a los cimientos de piedra, tal vez te encontrarías con la cosa que ellos dejaron libre.

Nadie sabía el motivo de la disputa entre la bruja madre de Chico y el brujo Ausencia, aunque la bruja madre de Chico había muerto por ello. El brujo Ausencia era un hombre guapo y amaba tiernamente a sus hijos. Él los había robado de las cunas y camas de los palacios y casas solariegas y harenes. Vestía a sus hijos con ropajes de seda, como correspondía a su condición, y los hacía llevar coronas de oro y comer en platos de oro. También bebían de tazas de oro. A los hijos de Ausencia, se decía, no les faltó nunca nada.
      Tal vez el brujo Ausencia había hecho algún comentario sobre la forma en que la bruja madre de Chico estaba criando a sus hijos, o tal vez la bruja madre de Chico se había jactado del pelo rojo de sus hijos. Pero podría haber sido otra cosa. Los brujos son orgullosos y les gusta pelear.
      Cuando Chico y Venganza de la Bruja llegaron por fin a la casa del Brujo Ausencia, Venganza de la Bruja dijo a Chico:
      —¡Mira esta monstruosidad! He hecho caquitas más bonitas y las enterré bajo las hojas. Y el olor, ¡como una alcantarilla abierta! ¿Cómo pueden soportar el hedor sus vecinos?
      Los hombres brujos no tienen útero, y deben conseguir sus casas de otras maneras, o bien comprárselas a las mujeres brujas. Pero Chico pensó que era una muy buena casa. Había un príncipe o una princesa en cada ventana, la mirada fija en él, que estaba sentado en cuclillas en el camino de entrada, al lado de Venganza de la Bruja. No dijo nada, pero en ese momento extrañó a sus hermanos y hermanas.
      —Vamos —dijo Venganza de la Bruja—. Nos alejaremos un poco y esperamos a que el brujo Ausencia regrese a casa.
      Chico siguió a Venganza de la Bruja de nuevo al bosque y, en un momento, dos de las hijas del brujo Ausencia salieron de la casa, llevando cestas hechas de oro. Entraron en el bosque y comenzaron a recoger moras.
      Venganza de la Bruja y Chico se escondieron en el zarzal a mirarlas.
      Chico pensaba en sus hermanos y hermanas. Pensaba en el sabor de las moras, la sensación de tenerlas en la boca, que no era para nada como el sabor de la grasa. Al fondo del zarzal, con la capucha de su traje de gato echada hacia atrás, presionó su cara contra una zarza y una mora quedó descansando sobre sus labios. El viento se colaba entre el brezal y erizaba su zalea y le ponía la piel chinita debajo de la zalea.
      Venganza de la Bruja se acurrucó contra la espalda de Chico y se puso a lamer un bultito de pelo anudado del traje de piel de gato. Las princesas cantaban.
      Chico decidió que iba a vivir en el brezo con Venganza de la Bruja. Vivirían entre las bayas y espiarían a los niños que vinieron a recogerlas, y Venganza de la Bruja se cambiaría de nombre. La palabra madre estaba en su boca junto con el dulce sabor de las moras.
      —Ahora sal —dijo Venganza de la Bruja—, y pórtate como un gatito. Sé juguetón. Persigue tu cola. Sé tímido, pero no demasiado. No hables demasiado. Deja que te acaricien. No las muerdas.
      Venganza de la Bruja empujó a Chico por el trasero y él salió tambaleándose del brezo y cayó a los pies de las hijas del Brujo Ausencia.
      La princesa Georgia dijo:
      —¡Mira! ¡Es un gatito! ¡Qué tierno!
      Su hermana Margaret dudó:
      —Pero tiene cinco colas. Nunca he visto un gato que necesitara tantas. Y su piel tiene botones y ¡es casi de tu tamaño!
      Chico, sin embargo, comenzó a brincar y hacer cabriolas. Agitaba las colas de un lado a otro para hacer sonar los cascabeles y luego fingía que el tintineo lo espantaba. Primero escapaba de sus colas y luego las perseguía. Las dos princesas dejaron sus cestas, medio llenos de moras, y comenzaron a hablarle, diciéndole que era un gatito tonto.
      Al principio Chico no se les acercaba. Pero, poco a poco, fingió que se lo iban ganando. Se dejó acariciar y comió moras que le ofrecieron. Persiguió un listón para el cabello y se estiró para dejar que ellas admiraran los botones de su panza. Los dedos de la princesa Margaret tiraron de su piel y entonces ella deslizó una mano entre la zalea de gato suelta y la piel de niño. Chico le lanzó un zarpazo, y Georgia dijo que todo mundo sabe que a los gatos no les gusta que les acaricien la panza.
      Ya eran buenos amigos en el momento en que Venganza de la Bruja salió del brezo, caminando sobre sus patas traseras y cantó:

      No tengo hijos
      y mis hijos no tienen hijos
      y sus hijos
      no tienen hijos
      y sus hijos
      no tienen bigotes
      ni tienen colas.

      Al verla, las princesas Margaret y Georgia comenzaron a reír y a señalarla. Nunca habían oído cantar a un gato ni habían visto a uno caminar sobre sus patas traseras. Chico azotó sus cinco colas con fuerza y toda la zalea se erizó en su espalda arqueada, y él se echó a reír también.
      Cuando regresaron del bosque, con sus cestas llenas de moras, Chico las seguía, jugando a acechar sus talones, y Venganza de la Bruja caminaba justo detrás de ellos. Pero dejó la bolsa de oro escondida en el zarzal.

Esa noche, cuando el Brujo Ausencia llegó a casa, traía montones de regalos para sus hijos. Uno de sus hijos corrió a su encuentro en la puerta y le dijo:
      —¡Ven y mira lo que encontraron Margaret y Georgia en el bosque! ¿Nos los podemos quedar?
      Y sus hijos e hijas no habían puesto la mesa para la cena ni se habían sentado a hacer sus tareas, y en la sala del trono del Brujo Ausencia había un gato con cinco colas, girando en círculos, mientras que una segunda gata estaba impúdicamente sentada en su trono, y cantaba:

      ¡Sí!
      La casa de tu padre
      es la más brillante
      la más parda y más grande
      la más cara
      la casa
      de mejor y más dulce olor
      que haya salido
      alguna vez
      ¡del trasero de alguien!

      Los hijos del Brujo Ausencia empezaron a reírse de esto, hasta que vieron al brujo, su padre, de pie junto a ellos. Entonces se quedaron en silencio. Chico dejó de girar.
      —¡Tú! —bramó el Brujo Ausencia.
      —¡Yo! —respondió Venganza de la Bruja, y saltó del trono.
      Antes de que nadie supiera qué estaba pasando, las mandíbulas de la gata estaban prensadas sobre el cuello del Brujo Ausencia, y luego le abrieron la garganta. Ausencia abrió la boca para hablar pero sólo salió sangre, haciendo que la piel de Venganza de la Bruja quedara roja en vez de blanca. El Brujo Ausencia cayó muerto, y del agujero de su cuello y de su boca salieron hormigas rojas, marchando, con trozos de Tiempo atrapados en sus mandíbulas con tanta fuerza como las de Venganza de la Bruja se habían cerrado sobre la garganta de Ausencia. Pero la gata soltó a Ausencia y lo dejó tendido en su sangre en el suelo, y cogió las hormigas y se las comió, rápidamente, como si hubiera pasado hambre durante mucho tiempo.
      Mientras esto ocurría, los hijos del Brujo Ausencia se pararon y miraron y no hicieron nada. Chico se sentó en el suelo, con las colas enroscadas sobre sus patas. Los niños, todos ellos, siguieron ahí, sin hacer nada. Estaban demasiado sorprendidos. Venganza de la Bruja, con la panza llena de hormigas, con la boca manchada de sangre, se levantó y los examinó.
      —Ve y tráeme la bolsa de piel de gato —dijo a Chico.
      Chico descubrió que podía moverse. Alrededor de él, los príncipes y princesas seguían absolutamente inmóviles. Venganza de la Bruja los mantenía quietos con su mirada.
      —Voy a necesitar ayuda —dijo Chico—. La bolsa es demasiado pesada para mí solo.
      Venganza de la Bruja bostezó. Se lamió una pata y empezó a limpiarse con ella el hocico. Chico se quedó ahí, de pie.
      —Está bien —dijo Venganza de la Bruja—. Lleva contigo a esas dos muchachas grandes y fuertes, las princesas Margaret y Georgia. Ellas conocen el camino.
      Las princesas Margaret y Georgia pudieron moverse de nuevo y comenzaron a temblar. Se armaron de valor y salieron del cuarto del trono con Chico, tomadas de la mano, sin mirar el cuerpo de su padre, El Brujo Ausencia, y se internaron de nuevo en el bosque.
      Georgia comenzó a llorar, pero la princesa Margaret le dijo a Chico:
      —¡Déjanos ir!
      —¿Y a dónde van a ir? —preguntó Chico—. El mundo es un lugar peligroso. Hay gente mala que las puede lastimar.
      Él se quitó la capucha y la princesa Georgia comenzó a llorar más fuerte.
      —Déjanos ir —dijo la princesa Margaret—. Mis padres son el rey y la reina de un país a tres días de camino desde aquí. Ellos estarán encantados de volver a verme.
      Chico no dijo nada. Llegaron al zarzal y envió a la princesa Georgia a buscar la bolsa de piel de gato. La princesa salió del zarzal rasguñada y sangrando, con la bolsa rota en la mano. Se le había enganchado en las zarzas y se había desgarrado. Las monedas de oro habían ido rodando fuera de la bolsa, como gotas brillantes de grasa, cayendo en el suelo.
      —Su padre mató a mi madre —dijo Chico.
      —Y ese gato, el diablo de tu madre, nos matará a nosotras, o nos hará algo peor —dijo la princesa Margaret—. ¡Déjanos ir!
      Chico levantó la bolsa de piel de gato. Ya no había monedas en ella. La princesa Georgia estaba a cuatro patas, recogiendo monedas y guardándolas en sus bolsillos.
      —¿Era un buen padre? —preguntó Chico.
      —Él creía que sí —dijo la princesa Margaret—. Pero yo no lamento que esté muerto. Cuando sea mayor, voy a ser una reina. Y voy a promulgar una ley para ejecutar a todos los brujos y las brujas de mi reino, y a todos sus gatos también.
      Chico sintió miedo. Tomó la bolsa de piel de gato y corrió de vuelta a la casa del Brujo Ausencia, dejando a las dos princesas en el bosque. Y si encontraron el camino al palacio de los padres de la princesa Margaret, o si cayeron en manos de ladrones, o si se quedaron a vivir en el zarzal; y si la princesa Margaret creció y mantuvieron su promesa y limpió su reino de brujos y gatos, Chico nunca lo supo, ni lo supe yo, ni tampoco lo sabrás tú.

Cuando Chico regresó a la casa del Brujo Ausencia, Venganza de la Bruja se dio cuenta de inmediato de lo que había sucedido.
      —No importa —le dijo.
      No había niños, ni príncipes ni princesas, en la sala del trono. El cuerpo del Brujo Ausencia todavía yacía en el suelo, pero Venganza de la Bruja lo había desollado como a un conejo y había cosido su piel para hacer un costal. El costal se retorcía, moviéndose a un lado y otro, como si en alguna parte de su interior el Brujo Ausencia todavía estuviera vivo. Venganza de la Bruja sostenía el costal de piel de brujo en una pata, y, con la otra, embutía un gato por la boca del saco. El gato gimió ya que estuvo dentro del costal, que estaba lleno de lamentos. Pero los restos del Brujo Ausencia yacían, lánguidos.
      En el suelo, junto al cadáver desollado, había un montoncito de coronas de oro y, suspendidas en una corriente de aire, unas cosas transparentes, delgadas como el papel, volaban por la habitación con rostros sorprendidos. Los gatos se escondían en los rincones y bajo el trono.
      —¡Atrápalos! —dijo Venganza de la Bruja—. Excepto a los tres más bonitos.
      —¿Dónde están los hijos del Brujo Ausencia? —preguntó Chico.
      Venganza de la Bruja asintió mirando a su alrededor.
      —Como puedes ver —dijo—, les quité las pieles a todos. Y todos eran gatos debajo. Son gatos ahora, pero si esperáramos un año o dos, ellos mudarían de piel y se convertirían en algo nuevo. Los niños siempre están creciendo.
      Chico persiguió a los gatos por la habitación. Eran rápidos, pero él lo era más. Eran ágiles, pero él lo era más. Él llevaba más tiempo en su traje de gato. Condujo a los gatos por la habitación, y Venganza de la Bruja los metió en el costal. Al final, sólo quedaban tres gatos en la sala del trono y eran el trío de gatos más bonito que uno pudiera imaginar. El resto de los gatos estaba dentro de la bolsa.
      —Buen trabajo, y muy veloz —dijo Venganza de la Bruja y, con su aguja, cosió el cuello del costal. La piel del Brujo Ausencia le sonrió a Chico, y un gato aprovechó para sacar su cabecita a través de la boca manchada y maulló. Entonces Venganza de la Bruja cosió también la boca de Ausencia y el agujero del otro extremo, aquel por donde había salido la casa. Sólo dejó abiertos los agujeros de las orejas y los ojos, así como las fosas nasales (que estaban llenas de pelo), para que los gatos dentro del costal pudieran respirar.

Venganza de la Bruja se echó el costal por encima del hombro y se levantó.
      —¿A dónde vas? —preguntó Chico.
      —Estos gatos tienen madres y padres —dijo Venganza de la Bruja—. Tienen madres y padres que los extrañan mucho.
      La gata miró fijamente a Chico y él decidió no insistir. Así que esperó en la casa con las dos princesas y el príncipe en sus nuevos trajes de gatos, mientras que Venganza de la Bruja fue al río. O tal vez fue al mercado y ahí los vendió. O quizá llevó a cada gato de nuevo al reino donde había nacido, a su verdadera casa, con sus verdaderos padres. Tal vez no fue tan cuidadosa como para asegurarse de que cada niño fuera devuelto a los padres que le correspondían. Después de todo, ella tenía prisa, de noche todos los gatos son pardos.
      Nadie supo a dónde fue, pero el mercado está más cerca que los palacios de los reyes y reinas cuyos hijos habían sido robados por el Brujo Ausencia, y el río está más cerca todavía.
      Cuando Venganza de la Bruja regresó a la casa de Ausencia, miró a su alrededor. La casa comenzaba a apestar realmente mal e incluso Chico se daba cuenta ahora.
      —Supongo que la princesa Margaret te dejó coger con ella —dijo Venganza de la Bruja como si hubiera estado pensando en eso mientras hacía sus mandados—.Y por eso las dejaste ir. No me importa, era una gatita mona. Capaz que incluso yo la hubiera dejado escapar.
      La gata le sostuvo la mirada a Chico y se dio cuenta de que él estaba confundido.
      —No importa —dijo ella.
      Entre las zarpas, Venganza de la Bruja tenía un cordel y un corcho que había untado con un trozo de grasa que le había cortado al Brujo Ausencia. Atravesó el corcho con el cordel y dijo que era un ratoncito bonito y veloz, y entonces engrasó también el cordel. Luego le dio a comer el resbaloso corcho al gatito atigrado que estaba acurrucado en el regazo de Chico. Cuando recuperó el corcho, volvió a engrasarlo y se lo dio al gatito negro, y luego al de las patitas delanteras blancas, de modo que tuvo a los tres gatos ensartados en el cordel.
      Venganza de la Bruja cosió el desgarrón en la bolsa de piel de gato y Chico metió en ella las coronas de oro. La bolsa pesaba casi tanto como antes. Venganza de la Bruja tomó la bolsa y Chico tomó el cordel engrasado entre los dientes, por lo que cuando salieron de casa de Ausencia los tres gatitos tuvieron que correr detrás de él.

Chico enciende un fósforo, y con él prende en fuego la casa del brujo muerto, Ausencia. Pero el excremento se quema muy despacio, si es que se quema, y la casa podría estar ardiendo todavía, a menos que alguien haya ido a apagarla. Y tal vez, algún día, alguien vaya a buscar peces en el río cerca de la casa y enganche su anzuelo en un costal lleno de príncipes y princesas empapados, apenados y retorciéndose en sus trajes de gato. Esa es una manera de pescar un marido o una esposa.

Chico y Venganza de la Bruja caminaron sin parar con los gatitos detrás de ellos. Caminaron hasta que llegaron a un pequeño pueblo muy cerca de donde había vivido la bruja madre de Chico y allí se instalaron, en una habitación que Venganza de la Bruja le alquiló a un carnicero. Cortaron el cordel engrasado, compraron una jaula y la colgaron de un gancho en la cocina. Pusieron a los tres gatitos en ella, pero Chico compró collares y correas, y de vez en cuando se las ponía a uno de los gatos y lo llevaba a dar un paseo por la ciudad.
      A veces se ponía su propio traje de gato y rondaba por los alrededores, pero Venganza de la Bruja lo regañaba si lo descubría vestido así. Hay modales campiranos y modales citadinos, y Chico era ya un chico de la ciudad.
      Venganza de la Bruja se encargaba de la casa. Hacía el aseo, cocinaba y tendía la cama de Chico por las mañanas. Como buen gato de bruja, siempre estaba atareada. Fundió las coronas de oro en una olla y acuñó monedas con ellas.
      Cuando tenía que salir a algún mandado, usaba un vestido y guantes de seda y se ponía un velo denso, e iba en un hermoso carruaje con Chico a su lado. Abrió una cuenta en un banco, e inscribió a Chico en una academia privada. Compró un terreno para construir una casa, y enviaba al muchacho a la escuela cada mañana, sin importarle cuánto llorara. Pero por la noche ella se quitaba la ropa y dormía en la almohada de Chico y él le peinaba el pelaje de color rojo y blanco.
      Algunas noches ella se retorcía y gemía, y cuando Chico le preguntaba qué pesadilla había tenido, ella le decía:
      —¡Tengo hormigas! ¿Puedes cepillarme para quitármelas? Si me amas, sé rápido y atrápalas.
      Pero nunca hubo hormigas.
      Un día, cuando Chico llegó a casa, ya no estaba el gatito de las patas delanteras blancas. Cuando le preguntó por él a Venganza de la Bruja, ella le dijo que el gatito se había caído de la jaula y por la ventana abierta al jardín y que antes de que ella pudiera reaccionar un cuervo se había abalanzado sobre él y se lo había llevado.
      Unos meses más tarde se mudaron a su nueva casa y Chico siempre tuvo mucho cuidado al entrar y salir, imaginando al gatito, allá abajo, en la oscuridad, bajo el umbral, debajo de su pie.

Chico creció. No tenía amigos en el pueblo ni en la escuela, pero cuando eres lo suficientemente grande, no necesitas amigos.
      Un día, mientras él y Venganza de la Bruja estaban cenando, alguien llamó a la puerta. Cuando Chico abrió, se encontró con Flora y Jack. Flora llevaba un abrigo de segunda mano de color parduzco y Jack lucía más que nunca como un manojo de varitas.
      —Chico —dijo Flora—, ¡qué grande estás!
      Ella se echó a llorar, y retorcía sus hermosas manos.
      Jack dijo, mirando a Venganza de la Bruja:
      —¿Y tú quién eres?
      Venganza de la Bruja le respondió:
       —¿Que quién soy yo? Yo soy uno de los gatos de tu madre, y tú eres un manojo de ramitas secas metido en un traje que te queda enorme. Pero no se lo diré a nadie si tú tampoco lo haces.
      Jack rio por la nariz y Flora dejó de llorar. Ella empezó a examinar la casa, que era soleada y grande y estaba bien amueblada.
      —Hay espacio suficiente para los dos —dijo Venganza de la Bruja—, si Chico no tiene inconveniente.
      Chico pensó que su corazón iba a estallar de felicidad de tener a su familia reunida de nuevo. Llevó a Flora a una habitación de la planta alta y a Jack a otra. Entonces volvieron a bajar y cenaron otra vez. Chico y Venganza de la Bruja escucharon, y los gatos en su jaula colgante también escucharon, mientras que Flora y Jack relataron sus aventuras.
      Un ladrón se había llevado el bolso mágico de Flora, y, tras vender el automóvil de la bruja, perdieron todo el dinero en una partida de cartas. Flora encontró a sus padres, pero eran un par de viejos sinvergüenzas que no le encontraron a su hija ninguna utilidad (ella estaba muy grande como para que la vendieran de nuevo: se habría dado cuenta de inmediato de lo que tramaban). Flora entró a trabajar en una tienda de departamentos y Jack encontró trabajo como taquillero en un cine. Se habían separado y se habían reconciliado, y luego se habían enamorado de otras personas y sufrido muchas decepciones. Finalmente habían decidido ir a la casa de la bruja para ver si podían quedarse a vivir en ella o sacar de ahí alguna cosa de valor que quedara para venderla.
      Pero la casa, por supuesto, se había quemado. Mientras discutían sobre qué hacer a continuación, Jack había olido a Chico, su hermano, en el pueblo. Así que allí estaban.
      —Vivirán aquí, con nosotros —dijo Chico.

      Jack y Flora dijeron que no podían hacer eso. Ellos tenían ambiciones, dijeron. Tenían planes. Se quedarían por una semana o dos, y entonces se irían de nuevo. Venganza de la Bruja asintió y dijo que eso era sensato.
      Todos los días, Chico llegaba de la escuela y volvía a salir, con Flora, en una bicicleta para dos. O se quedaba en casa y Jack le enseñaba a sostener una moneda entre dos dedos y a seguir la bolita, para saber dónde quedaba al pasar de una copa a otra. Venganza de la Bruja les enseñó a jugar bridge, aunque Flora y Jack no podían hacer equipo: peleaban entre ellos como si fueran un matrimonio amargado.
      —¿Qué quieres? —le preguntó Chico a Flora un día. Estaba recargado en ella, deseando ser todavía un gato para poder sentarse en su regazo. Ella olía a secretos—. ¿Por qué te tienes que ir de nuevo?
      Flora acarició la cabeza de Chico y le dijo:
      —¿Qué quiero? Quiero no tener que preocuparme por el dinero. Quiero casarme con un hombre y saber que nunca me va a engañar o a abandonarme.
      Ella miraba a Jack mientras lo decía.
      Jack dijo:
      —Yo quiero una esposa rica que no me esté reclamando cosas todo el tiempo, que no se pase el día metida en la cama, envuelta en las cobijas, llorando y diciéndome que soy un manojo de ramitas.
      Y él miraba a Flora mientras lo decía.
      Venganza de la Bruja dejó el suéter que estaba tejiendo para Chico. Miró a Flora y miró a Jack y luego miró a Chico.
      Chico fue a la cocina y abrió la puerta de la jaula colgante. Sacó a los dos gatos y se los llevó a Flora y Jack.
      —Tengan —dijo—. Un marido para ti, Flora, y una esposa para Jack. Un príncipe y una princesa, ambos hermosos, y bien educados, y acaudalados, eso sin duda.
      Flora tomó en sus manos al gatito y dijo:
      —¡No te burles de mí, Chico! ¿Cómo crees que voy a casarme con un gato?
      Venganza de la Bruja dijo:
      —El truco está en mantener sus trajes de gato en un escondite. Y si se ponen de mal humor o te tratan mal, los metes de nuevo en su piel de gato, la coses, los pones en una bolsa y los echas al río.
      Entonces ella sacó una garra y abrió con ella la piel del traje del gato de color atigrado, y Flora se encontró sosteniendo a un hombre desnudo. Flora gritó y lo dejó en el suelo. Él era un hombre apuesto, guapo, y tenía porte de príncipe. No era un hombre al que alguien pudiera confundir con un gato. Se puso de pie e hizo una reverencia, muy elegante, a pesar de que estaba desnudo. Flora se sonrojó, pero parecía satisfecha.

      —Ve y busca algo de ropa para el príncipe y la princesa —dijo Venganza de la Bruja a Chico. Cuando regresó, había una princesa desnuda escondida detrás del sofá, y Jack la miraba de reojo.
      Unas semanas después de eso, hubo dos bodas. Flora se fue con su nuevo marido y Jack se fue con su nueva esposa. Tal vez vivieron felices para siempre.
      Venganza de la Bruja le dijo a Chico
      —No tenemos ninguna esposa para ti.
      Él se encogió de hombros:
      —Todavía soy muy joven —dijo.

Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, Chico sigue creciendo. Su espalda apenas cabe en la piel de gato. Los botones se estiran cuando se la abrocha. Su pelaje de adulto –su piel de gente– está saliendo. Por la noche él sueña.
      El tacón del zapato de su madre la bruja pega contra la ventana de vidrio. La princesa está ahorcada en el zarzal. Ella está levantando su vestido, para que pueda verse el pelaje de gato ahí abajo. Ahora ella está debajo de la casa. Ella quiere casarse con él, pero la casa se ??va a derrumbar si él la besa. Él y Flora son niños de nuevo, en la casa de la bruja. Flora se levanta la falda y le dice, ¿ves mis pelos? Hay pelos ahí, de gato, un gato entero, vivo, asomándose, pero no se ve como ningún gato que él haya visto nunca. Él dice a Flora, yo también tengo pelos. Pero no es lo mismo.
      Por fin sabe qué fue lo que pasó con la cosa pequeña, hambrienta, desnuda, que lo estuvo siguiendo en el bosque, por fin sabe a dónde fue. Se metió en su piel de gato, mientras él dormía, y luego se metió más profundo, bajo la piel de Chico, y luego, todavía fría y triste y hambrienta, se acurrucó dentro de su pecho. Se lo está comiendo por dentro, y cada vez crece más, y un día no quedará nada de Chico, sólo quedará eso, un niño hambriento y sin nombre dentro de la piel de Chico.
      Chico gime entre sueños.
      Hay hormigas en la piel de Venganza de la Bruja, y se salen de entre las costuras y marchan entre las sábanas y le muerden por debajo de los brazos y entre las piernas donde le está creciendo pelo, y lastima, duele mucho. Chico sueña que Venganza de la Bruja despierta ahora, y viene y le lame todo el cuerpo, hasta que el dolor se derrite. El cristal de la ventana se derrite. Las hormigas marchan en retirada en su largo cordel engrasado.
      —¿Qué quieres? —le pregunta Venganza de la Bruja.
      Chico ya no está soñando. Él dice:
      —¡Quiero a mi madre!
      La luz de la luna entra por la ventana e ilumina su cama. Venganza de la Bruja se ve muy hermosa en el claro de luna: se ve como una reina, como una daga, como una casa en llamas, como un gato. Su pelaje brilla. Sus bigotes parecen hilo encerado cosido a su cara. Venganza de la Bruja dice:
      —Tu madre está muerta.
      —Quítate la piel —dice Chico. Está llorando y Venganza de la Bruja lame sus lágrimas. La piel de Chico pica por todas partes y debajo de la casa algo pequeño se lamenta—. Devuélveme a mi madre.
      —¿Y si no soy tan hermosa como me recuerdas? —dice su madre, la bruja, Venganza de la Bruja—. Estoy llena de hormigas. Si me quito la piel, todas las hormigas se derramarán, y no quedará nada de mí.
      Chico dice:
      —¿Por qué me dejaste solo?
      Su madre la bruja dice:
      —Nunca te dejé solo, ni siquiera por un minuto. Cosí mi muerte en una piel de gato para poder estar contigo.
      —¡Quítatela! ¡Deja que te vea! —dice Chico.
      Venganza de la Bruja niega con la cabeza y dice:
      —Mañana en la noche. Pídemelo de nuevo, mañana en la noche. ¿Cómo puedes pedirme una cosa así, y cómo puedo yo negártela? ¿Sabes lo que me estás pidiendo que haga?
      Toda la noche, Chico cepilla el pelaje de su madre. Sus dedos buscan las costuras de la piel de gato. Cuando Venganza de la Bruja bosteza, y abre su hocico, él se asoma dentro, con la esperanza de ver el rostro de su madre aunque sea un instante. Mientras tanto, él puede sentir cómo va haciéndose más y más chico. En la mañana será tan pequeño que cuando trate de ponerse su piel de gato, apenas será capaz de abotonarlo. Será tan chiquito que lo podrías confundir con una hormiga; y cuando Venganza de la Bruja bostece, y abra bien grande el hocico, él se escurrirá dentro, bajará hasta su panza, encontrará a su madre. Si es posible, ayudará a su madre a abrir la piel de gato desde dentro para que ella pueda salir de nuevo, y si ella no sale, entonces él tampoco saldrá. Vivirá ahí, del modo en que los marineros a veces viven dentro de un pez que se los ha tragado, y se encargará de los quehaceres dentro de la casa que es la piel de su madre.

Este es el final de la historia. La princesa Margaret crece para mater brujas y gatos. Si no lo hace ella, entonces alguien más tendrá que hacerlo. Las brujas no existen y tampoco existen los gatos. Sólo existen personas vestidas con trajes de piel de gato. Tienen sus razones y ¿quién se atrevería a decirles que no deben vivir de ese modo, felices para siempre, hasta que las hormigas se hayan llevado todo el tiempo que existe, para construir con él algo nuevo y mejor?