Memorias de una madame americana
Nell Kimball, Memorias de una madame americana.
México, Sexto Piso, 2006. 412 pp.

[Esta reseña está publicada en el número de agosto-octubre de la revista Replicante]

Es posible que la mujer tras el seudónimo de “Nell Kimball” –habría trabajado con el nombre de batalla de Goldie y habría pasado de prostituta primeriza en 1867 a dueña de su propia “casa de trato” en 1917; habría escrito su autobiografía hacia 1932, y habría muerto mucho antes de la publicación de ésta, en 1970– no haya existido.
En efecto, existen evidencias de que Stephen Longstreet (seudónimo de Chauncey Weiner, 1907-2002), el escritor que aparece como editor y prologuista de las Memorias de una madame americana, pudo haber sido el autor de todo el texto, y encima haber parafraseado, entre otros, muchos pasajes de Pandillas de Nueva York. Una historia informal del bajo mundo (1927) de Herbert Asbury (1889-1963), el libro de “historia popular” a partir del que Borges imaginó un cuento de Historia universal de la infamia y Scorsese dirigió, por supuesto, Pandillas de Nueva York.
Éstas y varias otras dudas sobre la autoría del texto, sin embargo, han oscurecido un hecho crucial. No importa en absoluto si el libro fue escrito por Longstreet, si es una paráfrasis o un robo. No tiene sentido discutir las causas del enojo de los teóricos (por lo demás, Kimball no deja de ser citada en Internet, en estudios de género y en ensayos literarios) ni esgrimir otros casos de autoría difusa en las historias de la literatura, desde El pájaro pintado de Jerzy Kosinski hasta las obras de Shakespeare, pasando por Lautréamont y su enciclopedia. Tampoco hace falta notar que la parte más incómoda del relato de Nell Kimball no es su semejanza con otros textos sino que su autora, de haber existido, fue mujer, prostituta, pobre, autodidacta y, encima, lúcida: descreída de las ilusiones de la religión, el amor, la política y el “papel natural” de las mujeres.
Supongamos que, dudas o imposturas aparte, las Memorias pueden considerarse una ficción, una mera novela: deberemos reconocer que el libro merece algo mejor que la supresión o el ninguneo malicioso porque es una novela tremenda, sabia, hermosa a pesar de su tosquedad o incluso a causa de ella.
Personaje o persona –no importa–, Nell Kimball, quien se declara anciana al comenzar la redacción de sus memorias, es desde el comienzo una observadora atenta y desapasionada: niega que el entorno rural en el que se crió haya sido idílico, y en cambio lo reduce a “estiércol, hedor, una lucha continua por mantenerse miserablemente vivos”; describe su rechazo a resignarse, como lo hizo su madre, a una rutina ciega de labores extenuantes y sexo decente (dócil y culposo) con su marido mojigato; critica a su padre, como más tarde a algunos políticos de los que conocerá en los burdeles, de modo durísimo y certero:

Llegué a no sentir compasión por él. Como la mayoría de los fanáticos (…) no tenía en absoluto virtudes cristianas de esperanza y amor. Nada de piedad, nada de amor a la gente como hermanos, nada de compasión (…) Odiaba a los protestantes, judíos, negros, todos los demás credos (…) Y sentía que estaba condenado. Era lujurioso y libidinoso y en todo el tiempo que lo conocí nunca dijo una palabra amable o algo divertido.

Todo el libro es, en cierto sentido, una mirada a la fuga en la que Kimball convierte su vida: de su pueblo a un burdel en Saint Louis, del burdel a la casa chica que le pone un hombre de negocios, de allí a ser la esposa de un asaltabancos y luego la madame de su propio establecimiento, y de allí al vacío: su vida tras el retiro –obligado por el cierre de su burdel en Storyville, la primera zona roja de Nueva Orleáns y de los Estados Unidos– y su ruina final, de las que se dice muy poco. Kimball no planea demasiado esos movimientos ni cede al referirlos a la tentación de otorgarles un sentido general –de hecho, con frecuencia afirma despreciar los artificios novelescos–, pero todos se deben a la tenacidad de su deseo de vivir y, más aún, de vivir como lo desea, sujeta a sus limitaciones pero sin dejarse reducir por la moral estrecha que es, como le prueban la razón y la mera existencia que la rodea, un engaño monstruoso.
Por otra parte, su elección de la prostitución como oficio es pragmática, en absoluto es un signo de rebeldía: el sexo está siempre en el texto, pero no como hilo conductor de episodios sórdidos o picantes ni, peor todavía, de lirismos sentimentales –masturbación de buen tono”, los llama Kimball–, sino como telón de fondo de un examen imparcial, despiadado por su justicia y su profundidad, de varios lugares y momentos de la vida social de Occidente que muy rara vez han sido mostrados en detalle y sin descalificaciones “edificantes”. Sea producto de la experiencia directa, o de un arduo trabajo de copiar y pegar realizado por Longstreet, en esa crítica se encuentra el mayor logro del libro —o la mayor rareza del pensamiento de Nell Kimball, madame venida a menos con un don extraordinario de recordación. Desde el principio, en las historias sórdidas y amargas de su parentela inmediata, y hasta la propia relación de su melancolía y su cansancio, Nell Kimball es una gran cronista de la verdadera decadencia humana, que no tiene que ver con las reglas de iglesias y “mayorías morales” sino con el mero transcurso del tiempo. Ella y cuantos la rodean en un mundo imperfecto, ni el peor ni el mejor de los posibles pero sí cruel y, al final, invencible:

Cuando un hombre va con una puta, está lleno de esperanza de que algo de [sus fantasías] se vuelva realidad. No es así. No se puede. Puede que lo exciten, que se la mamen, que se lo cojan, que le hagan muchas cosas, pero casi todo lo que tiene en su mente es un mundo imaginario. Es el trabajo de una buena chica en un prostíbulo hacer que goce lo real de dos cuerpos, una serie de juegos, una estimulación de sus terminaciones nerviosas y una efusión de esperma. Si esto suena poco romántico, es porque en realidad el sexo no tiene nada de romántico. Es real, se juega con cuerpos reales; es una exigencia de liberación como el resorte de un reloj al que se ha dado cuerda. Es placer animal de gran deleite.

Un comentario al margen. Contra la costumbre de Sexto Piso, que en general ofrece versiones bien cuidadas, la traducción de este libro tiene un defecto molesto: no se decide entre el español peninsular y el mexicano, y hace convivir términos de uno y de otro con poca fortuna.