Aviso impertinente: mañana, miércoles 20, a eso del mediodía, estaré en el Auditorio Nacional, sobre la avenida Reforma de la ciudad de México, en el remate de libros que organiza la Secretaría de Cultura de la ciudad. Me invitaron a servir de «guía» en un paseo interesante: iré con quien desee acompañarme a visitar los puestos y ver qué libros interesantes podemos hallar, con recomendación explicada en cada caso. Yo compraré algunos ejemplares y los regalaré. Están avisados (e invitados).

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Por recomendación hallada al paso del escritor Sergi Bellver, leo «Escritores y mentores» de Rick Moody, un artículo publicado en la revista Hermanocerdo. Me llama la atención el encabezado del texto: «Auge y caída del taller literario», que suena un tanto pomposo pero, desde luego, muy interesante. Contra lo que anticipa el encabezado, el artículo de Moody no se refiere directamente al auge ni a la caída del taller literario como práctica social o como propuesta educativa, aunque sí es una crítica de la forma realmente existente de las clases de creación literaria (y en especial de cuento) en las universidades estadounidenses.
      En resumen, la crítica se centra en el trabajo esquematizado de esos talleres universitarios, en los que se privilegia la uniformidad, se buscan (y se encuentran) fórmulas invariables de escritura y no se intenta desarrollar realmente el talento individual.

Rick Moody. Foto: Emma Dodge Hanson.
Fuente: nymag.com

Moody resume su parecer de modo contundente y (creo) irrebatible:

El taller de escritura creativa que está desnudo de toda circunstancia, que reprime, a priori, la erupción de la personalidad, que sólo trata del negocio (fotocopiar los cuentos, repartirlos, recopilar las reacciones, devolver las reacciones) es como la creatividad por comité. Y ya que es escritura creativa por comité, ésta se apega a la media estadística, o sea, a lo mediocre.

Ahora trato de pensar en la relación del artículo de Moody con mi contexto más cercano. ¿Sirve para considerar el modo en que funcionan, por ejemplo, los talleres literarios en México?
      El entorno universitario que Moody describe no es la regla sino la excepción aquí, pues los talleres realmente existentes en México casi nunca son parte del programa académico de una universidad; incluso cuando están organizados por alguna, se tienen en general como actividades extracurriculares, abiertas a todo público y no a los estudiantes de una o varias carreras determinadas. Al contrario de lo que ocurre en países desarrollados, la creación literaria no se ve aquí como una alternativa laboral viable… y no lo es, por supuesto, salvo en muy pocos casos: el desastre educativo en el que se encuentra el país ha logrado que los lectores en el país no sean suficientes para sostener a sus escritores.
      Además, un hábito cultural que tenemos desde el siglo pasado es el considerar la creación literaria como una actividad no profesional: o bien se le considera indigna de cualquier remuneración por «improductiva», o bien se le cree sólo un «pasatiempo», útil para pasar el rato o complementar una formación en alguna otra especialidad, o bien se le tiene como un arte que debe ser «puro» y no mancharse de consideraciones económicas. Las clases de creación de de por aquí rara vez se acercan a los aspectos más prosaicos del trabajo literario, incluyendo la venta y publicación de lo escrito…, lo que va contra la tendencia general en el mundo de habla española, cada vez más orientado a la venta por encima de todo, es decir, a la obediencia a las reglas de los grandes mercados editoriales.
      (Este detalle, por cierto, tiene una consecuencia positiva de vez en cuando: en algunos talleres de por aquí, al contrario de lo que sucede en los que Moody critica, es más fácil que el talento individual consiga ir más allá de los límites impuestos por modas, «géneros» de moda, etcétera.)
      Por otra parte, la mayoría de los talleres mexicanos, a pesar de sus orígenes y estructuras diferentes, tienen los mismos defectos que en Estados Unidos y, sospecho, en el resto del mundo. Desde los talleristas simplemente mediocres a los que creen que el bullying suple a la lectura crítica; desde los que convierten sus sesiones en terapia de grupo hasta los que repiten, en el salón, los hábitos del caciquismo priísta… La norma (como debe ser en todos lados, repito) es el mal taller, e insisto en el tallerista porque el taller, aquí, es obra suya incluso más que en otros lugares, simplemente porque rara vez hay un programa preestablecido o un colegio detrás de sus sesiones.
      ¿Sería mejor un entorno donde la mayoría de los talleres fuesen escolarizados? Según Moody, no, porque un programa acostumbra partir de principios básicos y generalizaciones que rara vez sirven «para todo», que rara vez son lo suficientemente flexibles:

Lo que estoy sugiriendo es que una estructura de taller que se orienta a lo que es fácil de decir sobre un cuento, por su propia naturaleza, falla en la responsabilidad que tiene al enfrentarse a dos tipos de obras: las muy malas y las muy buenas. Lo que se pierde, entonces, es lo que está en las fronteras de lo convencional y eso, potencialmente, es catastrófico ya que una forma literaria se define, en parte, por lo marginal, por lo que es imposible, por lo grandioso y revolucionario, ya sea en el buen o en mal sentido.

Lo decepcionante, tras párrafos como el anterior, es la solución que propone Moody:

¿Qué pasaría si entendiéramos el taller no como algo limpio y organizadísimo, sino algo enorme, impredecible y sin saber qué pasará? ¿Qué pasaría si las larguísimas discusiones sobre metafísica alemana pudieran convivir con discusiones sobre el estilo de Flannery O’Connor? ¿Qué pasaría si la peor historia del semestre fuera sujeto de un ejercicio de análisis de sus frases? ¿Qué pasaría si alguien no llevara una historia en tres semanas y se la pasara hablando del peor muchacho que conoció en la infancia o del peor trabajo que tuvo? ¿Qué pasaría si todo lo que hicieras en clase fueran tareas? ¿Qué si escribieras una sola frase durante todo el semestre? ¿Qué si todo el mundo tuviera la oportunidad de ser el instructor y el alumno?

Entonces, creo, llegaríamos a algún sitio.

Todo esto «se oye» muy bien, igual que en muchas otras críticas del taller literario que he leído y que en este punto se asemejan. Pero, aunque sea rarísimo, aunque casi nadie tenga la oportunidad de encontrarlo a la primera, todo lo que Moody describe ocurre en un buen taller: discusiones sobre temas variados e impredecibles, según lo necesiten los autores y los textos; análisis de todo lo presentado; ejercicios, productividad diversa…, incluso la posibilidad de aprendizaje y enriquecimiento general. Todo eso pasa, o por lo menos puede pasar. Si no ocurre en el taller que usted conoce –si el tallerista se enorgullece de «masacrar» los textos o de mimar contra toda razón a sus tallerandos, por ejemplo–, ese taller no vale la pena y debe ser abandonado de inmediato.
      Desde luego, el trabajo en taller no es para todos: sí lo es, por otra parte, la formación del criterio propio que un buen taller consigue proponer al menos en algunas ocasiones. No hay más remedio que decirlo: los prejuicios de contra la idea del taller están fundados en malas experiencias –siempre las más abundantes– pero también en una imagen idealizada del trabajo literario que da muy poca importancia al trabajo, y que en esta época, por lo tanto, es sumamente popular.

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Aviso pertinente: soy parte interesada en esta discusión porque he dado talleres durante años. Pero lo que creo en relación con ese trabajo puede resumirse en una frase que aparece en esta entrevista con David Huerta, poeta mexicano y gran maestro: si no otra cosa, el trabajo de enseñanza puede ser una apuesta. «Dar clases lo mejor que pueda y tratando de no ser un cretino», como pide él, puede parecer poca cosa, pero casi no sucede y tiene consecuencias enormes.