El ángel de Nicolás

 
Verónica Murguía, El ángel de Nicolás.
ERA, México, 2004

En 2004 publiqué esta reseña, primero, en el suplemento Arena, y luego en La materia no existe. El libro de Verónica es otro ejemplo de esos textos mexicanos «anómalos» sobre los que insistí más de una vez en los primeros meses de esta bitácora, y ahora descubro que lo defendí con argumentos muy parecidos a los que empleé en relación con Bestias de Ricardo Guzmán Wolffer o Jaque perpetuo de Gonzalo Lizardo; sólo puedo decir que continúo creyendo en las mismas razones.
      (Por cierto, la novela
Auliya, a la que se hace referencia en el texto, fue reeditada en 2005.)

Junto con una decena de textos para niños, que además de atrayentes y divertidos son un ejemplo de inteligencia y respeto por los lectores, la obra de Verónica Murguía comprende dos novelas entrañables y hermosas: Auliya y El fuego verde, y ahora una nueva colección de cuentos: El ángel de Nicolás, publicada por ERA.
      De este libro se puede decir, como de los anteriores, que es diferente de los trabajos que lo preceden, se arriesga de distinta manera, y a la vez forma parte del mismo proyecto: se reconocen de inmediato la belleza de su estilo, la audacia y el rigor de su imaginación, la originalidad de sus obsesiones y –cosa rara en estos días– los numerosos motivos de su maravilla.
      Todavía en 1997, cuando apareció Auliya, se escribió de Murguía como perteneciente a un grupo anómalo de narradores mexicanos, interesados –a contrapelo de las reglas del canon nacional– en temas, escenarios y tiempos lejanos del aquí y el ahora. Ambientada en la Península Arábiga en los primeros siglos del Islam, Auliya describe el viaje iniciático de su protagonista, quien es lanzada a la aventura a través del mundo real y de los mitos de la cultura árabe. Apenas podía hablarse de precursores u obras similares en la literatura del país, y por lo tanto se mencionaron rupturas con la tradición y se notó el surgimiento discreto de libros excelentes pero ajenos a los lugares comunes de la novela política o el relato intimista (o, ya de perdida, la parcela diminuta del realismo mágico). La palabra preferida, sin embargo, fue exotismo, entendido como la intención de crear un contraste llamativo entre la «realidad» y lo que se estaba leyendo.
      Ahora es posible ver la situación de otro modo, tras la aparición de numerosos libros «no-mexicanos» y hasta «no-históricos» o «no-realistas» que han aparecido en el país e incluso han tenido gran éxito, desde En busca de Klingsor de Jorge Volpi hasta Pilotos infernales de Gerardo Sifuentes. Si el exotismo puede verse claramente como el propósito inicial o único de muchos cuentos y novelas, en los de Murguía destacan más, ahora, dos intenciones paralelas: la de no sólo apartarse de la historia inmediata sino sumergirse en otras, reflejarlas mediante una investigación acuciosa, y la de introducir en esos paisajes tan trabajados personajes auténticos: seres humanos complejos, con emociones profundas, contradicciones y congojas. Nabokov declaró que las grandes narraciones pueden contener a la vez personas inventadas y auténtico sufrimiento: las de Murguía –las de El ángel de Nicolás— lo consiguen.
      Los siete cuentos del libro están ambientados en otros tantos lugares y periodos históricos, desde el cercano oriente en tiempos del Antiguo Testamento hasta la Edad Media en el centro de Europa. Todos se centran en hechos o personajes conocidos, que Murguía describe desde el punto de vista de alguien que los conoció de cerca, y reproducen las tradiciones, los modos de pensar y las creencias de cada sitio y tiempo, con cuanto los acerca y los aleja de los nuestros. Hay algunos hechos sobrenaturales, varios juegos con los textos históricos, pero el eje de cada historia no está nunca en ellos sino en los seres humanos que los presencian, y que en general son testigos de los horrores de la guerra, las locuras e injusticias de los poderosos, los dolores del cuerpo y del alma. Junto a ellos, por otro lado, hay siempre muestras de la humanidad que está tan poco de moda en el canon nacional del presente: destellos de compasión, de amor por la naturaleza o el pasado, incluso de heroísmo; hay el propósito de dar la palabra a los despreciados por la historia, los derrotados, los de vidas diminutas u oscuras.
      Un solo ejemplo: el cuento «La mujer de Lot». En muchas ocasiones se ha escrito de la estatua de sal y la perdición de Sodoma; se han hecho numerosas reversiones de los temas y episodios bíblicos. Aquí, sin embargo (y sin incurrir en contradicciones fáciles ni en sensacionalismos), la propia esposa de Lot recibe permiso para hablar y cuenta, sin intermediarios, lo que ella vivió. El resultado es estremecedor: la ciudad condenada es como cualquier otra, con mercados y palmas y criminales y niños, pero devota del placer, intocada por la culpa. Los ángeles, desdeñosos y crueles pese a su hermosura, resultan semejantes a los numerosos policías y represores de nuestro propio tiempo. Lot es menos un hombre santo que un cobarde, lleno de odio y miedo por lo que no comprende y capaz, como consta en el propio Génesis, de regalar a sus propias hijas a una turba. Siempre, sobre los hechos terribles está la conciencia de que Lot era amado por su esposa, pero él sólo veía en ella sus propias enconos. «Quise que lo último que vieran mis ojos fuera el lugar en que lo amé, aunque mi corazón estuviera convertido en polvo y cenizas. Por eso me volví.»
      Parece de moda repetir el «ya se ha visto todo»: la idea de que la cultura posmoderna nos permite absorber la totalidad de lo existente –y aburrirnos– a una velocidad más grande que nunca antes en la historia. Pero si esto fuera verdad, libros como El ángel de Nicolás y obras como las de su autora, que se sumergen en la historia y recuperan de ella riquezas insospechadas, no podrían existir. Y no podrían conmovernos con su rescate de las emociones y la humanidad de otros, de esos que tanto se nos parecen y que nos hablan, desde sus países y sus tiempos, con palabras tan claras, tan pertinentes.