Un cuento de Auguste de Villiers de l’Isle Adam (1838-1889), gran maestro del simbolismo francés, proveniente del libro Cuentos crueles. La traducción es mía; espero que se lea mejor que otras que han llegado a aparecer en esta página. Al hacerla quise rescatar la atmósfera del cuento (muy vapuleada en otras versiones, o bien demasiado libres o demasiado literales), que se construye mediante los detalles de su ambiente y que sirve para comunicar su sentido por encima y por debajo de los meros hechos de la trama. Ojalá les guste; Villiers es un escritor que vale la pena (re)descubrir. Los números entre paréntesis que verán en el texto son tres breves notas.

(Nota de 2016: esta traducción fue recogida luego en la antología Viajes celestes. Cuentos fantásticos del siglo XIX, que reuní para la editorial Lectorum y ya está agotada. Al menos este texto sigue disponible.)

VERA
Villiers de l’Isle Adam

A la señora Condesa d’Osmoy

La forma del cuerpo le es más esencial que su sustancia.
(La Fisiología moderna)

El amor es más poderoso que la muerte, dijo Salomón. Sí: su extraña fuerza no conoce límites.
      Fue en París, en una tarde otoñal de estos últimos años. Los carruajes retrasados que venían del Bosque, ya iluminados, se dirigían hacia el barrio sombrío de Saint-Germain. Uno de los coches detuvo su marcha frente al portal de un enorme palacete señorial, rodeado de jardines antiguos. El arco lucía el escudo de piedra con las armas de la antigua familia de los condes de Athol: una estrella plateada en un campo de azur y la divisa Pallida Victrix (1) bajo una corona respaldada de armiño principesco. Las gruesas puertas se abrieron. Un hombre vestido de negro, de unos treinta y cinco años y rostro pálido como la muerte, descendió del coche. Taciturnos criados con antorchas lo aguardaban en la escalinata. Sin mirarlos, el hombre pisó el umbral y entró en la casa. Era el conde de Athol. Vacilante, subió las blancas escaleras que conducían al recinto donde, por la mañana, había colocado en un ataúd forrado de terciopelo, envuelto en olas de batista y violetas, el cuerpo de Vera, su dama de voluptuosidad, su pálida esposa, su desesperación.
      Arriba, la puerta giró suavemente sobre la alfombra; el conde abrió las cortinas. Todas las cosas estaban en el mismo lugar en que, el día anterior, las había dejado la condesa. La Muerte había llegado súbitamente. La noche anterior, su bienamada se había desvanecido en goces tan profundos, se había perdido en tan exquisitos abrazos, que su corazón, quebrado por las delicias, había desfallecido. Bruscamente, sus labios se mojaron de un púrpura mortal. Apenas consiguió dar un último beso a su esposo, sonriendo en silencio. Luego, como negros crespones, las largas pestañas ocultaron la noche hermosa de sus ojos.
      El día sin nombre había pasado ya.
      A mediodía, el conde, tras la horrible ceremonia en el panteón familiar, recibió en el cementerio el pésame del cortejo negro. Después se metió solo, con la muerta, entre las cuatro paredes de mármol, y cerró tras de sí la puerta del mausoleo. El incienso ardía en un trípode ante el féretro; una corona de lámparas iluminaba la cabellera de la muerta y la llenaba de estrellas.
      De pie, meditabundo, sintiendo tan sólo una ternura sin esperanzas, el conde permaneció allí durante todo el día. Hacia las seis, con el atardecer, abandonó el lugar sagrado. Cuando cerró el sepulcro, retiró la llave de plata del cerrojo y, de puntillas sobre el último escalón, la echó suavemente en las losas del interior de la tumba, a través del trébol que coronaba el portal. ¿Por qué lo hizo? Seguramente por una decisión misteriosa de no volver más.
      Y ahora contemplaba la habitación viuda.
La ventana, bajo las amplias colgaduras de cachemira malva bordadas en oro, estaba abierta; un último rayo de sol iluminaba, en su marco de madera antigua, el gran retrato de la difunta. El conde miró a su alrededor: el vestido arrojado la víspera sobre un sillón; encima de la chimenea, las joyas, el collar de perlas, el abanico a medio cerrar, los frascos de perfumes que Ella no volvería a aspirar. Sobre la cama de ébano y columnas salomónicas, todavía deshecha, podía verse entre los encajes la huella que la adorada y divina cabeza había dejado en la almohada. También vio el conde un pañuelo manchado de sangre, donde el alma de la joven se había estremecido, por un momento, antes de la muerte; el piano aún abierto y, sobre él, la partitura de una melodía ya por siempre inconclusa; las flores indias recogidas por ella en el invernadero, que se marchitaban en antiguos jarrones de Sajonia; y a los pies de la cama, sobre una piel negra, las pequeñas pantuflas de terciopelo de Oriente lucían, bordada con perlas, una risueña divisa de Vera: Quien viera a Vera, a Vera amara. ¡Apenas ayer los pies desnudos de la amada habían estado allí, jugando, besados por las plumas de cisne! Y allí, allí en la sombra, el reloj de péndulo, a quien el conde había destruido el mecanismo, para que no anunciara nuevas horas.
      ¡Así se había ido ella…! ¿A dónde…? ¿Podía él seguir viviendo…? ¿Para qué? Era imposible, absurdo.
      El conde se abismaba en pensamientos extraños.
      Soñaba con toda su vida pasada. Seis meses habían transcurrido desde la boda. ¿No había sido en el extranjero, en un baile de embajada, que la había visto por primera vez? Sí. El instante resucitaba claro ante sus ojos. Allí estaba ella, radiante. Esa noche sus miradas se encontraron. Se reconocieron, íntimamente, como seres de igual naturaleza, hechos para amarse eternamente.
Las charlas falaces, las miradas indiscretas, las maledicencias, todas las trabas que pone el mundo para retardar la dicha inevitable de quienes se pertenecen, habían desaparecido ante la tranquila certeza de que ambos eran, desde aquel instante, el uno del otro.
      No bien se hubo fastidiado de quienes la rodeaban, cansada de sus insulsas ceremonias, Vera se había acercado a él, simplificando así magistralmente los trámites banales en que se pierde el tiempo precioso de la vida.
      A las primeras palabras, las vanas apreciaciones de los otros, los indiferentes, les parecieron un vuelo de pájaros nocturnos que retornaban a las tinieblas. ¡Qué sonrisa intercambiaron! ¡Qué abrazo inefable!
      No obstante, sus naturalezas eran, en verdad, de lo más extraño. Eran dos personas dotadas de sentidos extraordinarios, pero exclusivamente terrenales. En ellos las sensaciones se prolongaban con perturbadora intensidad. A fuerza de sentirlas se olvidaban de sí mismos. Y por contra, ciertas ideas, las del espíritu por ejemplo, las del infinito, y hasta la misma idea de Dios, estaban como veladas para su entendimiento. La fe de muchos en las cosas sobrenaturales era para ellos, tan sólo, el motivo de vagos asombros: una tema desconocido que no los preocupaba, pues no eran capaces de condenar ni de justificar. Así, reconociendo que el mundo les era ajeno, después de la unión se habían aislado en esa casa antigua y sombría, donde el espesor de los jardines amortiguaba el bullicio de afuera.
      Allí, los dos amantes se hundieron en el océano de sus goces lánguidos y perversos, en los que el espíritu se une misteriosamente a la carne. Agotaron la violencia de los deseos, los estremecimientos y las ternuras frenéticas. Cada uno fue el latido del otro. En ellos el espíritu penetraba los cuerpos de tal modo que sus formas se les volvían abstractas, y los besos, mallas ardientes, los encadenaban en una fusión ideal. ¡Qué vasto deslumbramiento! Y de pronto el hechizo se rompía, el terrible accidente los separaba, sus brazos se desenlazaban. ¿Qué sombra le había quitado a su querida muerta? ¡Muerta! No. ¿Es que el alma de los violoncelos desaparece con el chasquido de una cuerda que se rompe?
      Pasaron las horas.
      El conde miraba, por la ventana, la noche que avanzaba por el cielo. Y la noche le parecía una persona: una reina melancólica que marchaba hacia el exilio. Venus era el prendedor de diamantes de su túnica de duelo: brillaba sola, por encima los árboles, perdida en el fondo del azul.
      “Ahí está Vera”, pensó él.
      Y al pronunciar el nombre, en voz baja, tembló como si se despertara de un sueño. Después, levantándose, miró a su alrededor.
      Los objetos del cuarto estaban iluminados por una luz, hasta entonces, imprecisa: la de una lamparilla que azulaba las tinieblas y que la noche, desde el firmamento, hacía aparecer aquí como otra estrella. La lamparilla alumbraba, entre aromas de incienso, un icono, reliquia familiar de Vera. El tríptico, hecho de antigua madera preciosa, se hallaba suspendido entre el espejo y el cuadro de su amada. Un reflejo dorado del interior caía vacilante sobre el collar, en medio de las joyas que estaban sobre la chimenea. El halo de la Madona de manto azul brillaba en tonos rosáceos junto a la cruz bizantina de trazos delgados y rojos que, esfumados en el reflejo, cubrían con un tinte de sangre el agua iluminada de las perlas. Desde la infancia, Vera se condolía, al mirarlo con sus grandes ojos, del rostro puro y maternal de la Virgen de sus antepasados; por desgracia, su temperamento sólo le permitía brindarle un amor supersticioso, que ella le ofrecía ingenuamente, a veces, cuando pasaba frente al velador.
      El conde, tocado por el dolor de los recuerdos en lo más secreto del alma, se alzó, apagó la luz sagrada, y, a tientas en la oscuridad, tomó el cordón con la mano y llamó.
Un sirviente apareció: era un anciano vestido de negro, con una lámpara que colocó delante del retrato de la condesa. Cuando se dio vuelta, sintió un escalofrío de temor supersticioso al ver que su amo estaba de pie y sonriendo, como si nada hubiera pasado.
      —Raymond —dijo serenamente el conde—, esta noche la condesa y yo estamos rendidos de fatiga. Servirás la cena a las diez. Por cierto, hemos decidido que queremos estar más a solas desde mañana. Ninguno de los criados, salvo tú, pasará la noche en la casa. Les darás el sueldo de tres años y que se vayan. Después cerrarás la puerta de entrada y encenderás las luces de abajo, en el comedor. Tú nos bastarás. En adelante no recibiremos a ninguna persona.
      El anciano temblaba mientras lo observaba atentamente.
      El conde encendió un cigarro y bajó a los jardines.
      Su servidor pensó primero que el dolor, de tan pesado, de tan desesperado, había enloquecido el espíritu de su amo; lo conocía desde la infancia. Al instante comprendió que un despertar intempestivo podía ser fatal para ese sonámbulo. Su deber, ante todo, era respetar aquel secreto.
      Agachó la cabeza. ¿Debía ser cómplice devoto de aquel delirio religioso? ¿Obedecer? ¿Continuar sirviéndolos sin tomar en cuenta a la Muerte? ¡Qué idea extraña!… ¿Tan sólo duraría una noche?… ¡Mañana, mañana!… ¿Quién sabe?
      ¡Quizá!… ¡Después de todo era un proyecto sagrado! ¿Qué derecho tenía él para cuestionarlo?
      Salió de la habitación, ejecutó las órdenes al pie de la letra, y desde esa noche comenzó la insólita existencia.
      Se trataba de crear una ilusión terrible.
      Pronto desapareció la turbación de los primeros días. Raymond, primero con estupor, luego con una suerte de deferencia y de ternura, se las había ingeniado tan bien para actuar con naturalidad que no habían pasado tres semanas cuando él mismo ya se sentía, por momentos, casi engañado por su buena voluntad. Su reticencia iba cediendo. A veces, como afectado por un vértigo, necesitaba repetirse que la condesa estaba positivamente muerta. Se entregaba a este juego fúnebre y a cada instante olvidaba la realidad. Pronto le hizo falta más de una reflexión para convencerse y volver a sus cabales. Entendió que finalmente se abandonaría por completo al magnetismo espantoso que los rodeaba. Tenía miedo, pero un miedo suave e indeciso.
      ¡El conde de Athol, en efecto, vivía del todo en la inconsciencia de la muerte de su amada! No podía sino siempre creerla presente: hasta ese punto la forma de la joven se había mezclado con la suya. Unas veces, en los días de sol, sentado en una banca en el jardín, leía en alta voz los poemas favoritos de ella; otras, de noche, ante el fuego, con dos tazas de té sobre la mesa, conversaba con la sonriente ilusión, sentada, según él, en el otro sillón.
      Los días, las noches, las semanas pasaron. Ni conde ni sirviente sabían lo que estaban logrando. Ahora ocurrían fenómenos extraños, en los que era difícil distinguir el punto donde se unían lo real y lo imaginario. Una presencia flotaba en el aire; una forma se esforzaba por aparecer, por dibujarse en el espacio que se había vuelto indefinible.
      El conde vivía por dos, como iluminado. Un rostro suave y pálido, entrevisto en un parpadeo como un relámpago; un débil acorde que sonaba bruscamente en el piano; un beso que le cerraba la boca cuando él iba a hablar; trazas de pensamiento femenino que se despertaban en él como respuesta a lo que decía; un desdoblamiento de sí mismo tal que sentía, como en una niebla fluida, el perfume suave y vertiginoso de su bienamada. Y de noche, entre el sueño y la vigilia, palabras escuchadas muy bajo. Todo le advertía. ¡Era, en fin, una negación de la muerte, elevada a una potencia desconocida!
      Una vez, el conde la sintió y la vio tan claramente junto a él que la tomó entre sus brazos. Pero el movimiento la disipó.
      —¡Niña! —murmuró él, sonriendo.
      Y se volvió a dormir como un amante a quien se ha rehusado la querida, reidora y soñolienta.
      El día de su fiesta, él puso en broma una siempreviva en el ramo de flores que dejó sobre la almohada de Vera.
      —En vista de que se cree muerta —dijo.
      Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del señor de Athol, quien a fuerza de amor daba vida y presencia a su mujer en la mansión solitaria, tal existencia había terminado por ganar un encanto sombrío y persuasivo. El mismo Raymond ya no sentía ningún temor, pues gradualmente se había habituado a aquellas impresiones.
      Un vestido de terciopelo negro entrevisto al doblar una esquina; una voz alegre que lo llamaba en el salón; el sonar de la campanilla en la mañana, como en otros tiempos: todo se le había hecho familiar. Se hubiera dicho que la muerta jugaba a ser invisible, como una niña. ¡Se sentía tan querida! Era muy natural.
      Un año pasó.
      La tarde del Aniversario, el conde, sentado junto al fuego en la habitación de Vera, acababa de leerle un fabliau (2) florentino: Calímaco. Luego cerró el libro y, mientras servía el té, dijo:
      —¿Te acuerdas, dushka, (3) del Valle de las Rosas, de la ribera del Lahn, del Castillo de las Cuatro Torres…? Esta historia te los recuerda, ¿no es verdad?
      Se levantó y, en el espejo azulado, se vio más pálido que de costumbre. Tomó un brazalete de perlas de un alhajero y lo miró con atención. ¿Vera no se lo había quitado apenas del brazo, antes de desvestirse? Las perlas aún estaban tibias y su agua parecía suavizada, como por el calor de su carne. Y estaba el ópalo de aquel collar siberiano, que también amaba el bello seno de Vera hasta el punto de palidecer morbosamente, en su red de oro, siempre que la joven olvidaba usarlo por un tiempo. La condesa amaba, por esto, a la piedra fiel… Y esta noche el ópalo brillaba como si ella apenas se lo hubiese quitado, como si el exquisito magnetismo de la muerta lo penetrara aún. Al dejar el collar y la piedra preciosa, el conde rozó sin querer el pañuelo de batista, ¡en el que las gotas de sangre estaban húmedas y rojas como claveles en la nieve…! Allá, sobre el piano, ¿quién había pasado la última página de la melodía de antaño? ¡Qué…! ¡La lamparilla sacra se había encendido en el relicario! ¡Sí, su llama dorada iluminaba con luz mística el rostro de ojos cerrados de la Madona! ¿Y esas flores orientales, nuevamente frescas, que se abrían en los viejos vasos de Sajonia? ¿Qué mano había venido a ponerlas? El cuarto parecía alegre y provisto de vida, de una forma más significativa y más intensa que de costumbre. ¡Pero ya nada podía sorprender al conde! Todo le parecía tan normal que ni siquiera prestó atención a que la hora sonaba en el reloj de péndulo, que había estado detenido por un año.
      ¡Esa noche, sin embargo, se hubiera dicho que, desde el fondo de las tinieblas, la condesa Vera se esforzaba adorablemente en regresar a su habitación, siempre impregnada de su presencia! ¡Tanto de sí misma había dejado allí! Todo cuanto había constituido su existencia la atraían. Su encanto flotaba allí; ¡las violencias constantes de la apasionada voluntad de su esposo debían haber desatado los tenues lazos de lo Invisible a su alrededor…!
      Allí se le necesitaba. Todo lo que ella amaba estaba allí.
De seguro deseaba regresar a sonreírse de nuevo en el cristal misterioso, que tantas veces había reflejado su rostro blanco como un lirio. La dulce muerta, allá abajo, se había estremecido sin duda entre sus violetas, bajo las lámparas apagadas; la divina muerta había temblado, en el sepulcro, tan sola, al ver la llave de plata arrojada sobre las baldosas. ¡También ella quería volver con él! Y su voluntad se desvanecía en la idea del incienso y del aislamiento. La Muerte no es una circunstancia definitiva sino para quienes esperan el Cielo; pero ¿no eran los besos de él la Muerte, y el Cielo, y la Vida para ella? Y el beso solitario de su esposo atraía sus labios, en la sombra. Y el sonido de melodías pasadas, las palabras embriagadoras de antaño, las telas que cubrían su cuerpo y guardaban su perfume, las piedras mágicas que la deseaban con su misteriosa simpatía…, y sobre todo la inmensa y absoluta impresión de su presencia, esas opinión que las cosas mismas compartían, ¡todo la convocaba allí, la atraía desde tanto tiempo atrás, tan insensiblemente, que, curada ya de la durmiente Muerte, no faltaba sino Ella misma!
      ¡Ah! ¡Las Ideas son seres vivos…! El conde había vaciado en el aire la forma de su amor, y era preciso que ese vacío se llenara con el único ser que podía corresponderle: de lo contrario el universo se hubiera derrumbado. En ese momento se tuvo la impresión definitiva, simple, absoluta, de que Ella tenía que estar ahí, en la habitación. Él estaba tan tranquilamente seguro de esto como de su propia existencia, y todas las cosas que lo rodeaban se habían saturado de esta certidumbre. Y como no faltaba sino la misma Vera, tangible, evidente, ¡era necesario que ella estuviese allí y que el gran Sueño de la Vida y de la Muerte abriese sus puertas infinitas! El camino de la resurrección le había sido mostrado por medio de la fe. Una carcajada fresca y musical iluminó, con alegría, el lecho nupcial; el conde se volvió. Y allí, ante sus ojos, hecha de voluntad y de recuerdos, apoyada fluidamente en el almohadón de encajes, su mano recogiendo los negros cabellos, su boca deliciosamente entreabierta en una sonrisa de paradisíaca voluptuosidad, bella a morir… ella, la condesa Vera, lo miraba, aún algo adormecida.
      —¡Roger…! —dijo, con una voz distante.
      El se le acercó. ¡Sus labios se unieron en un gozo divino…, olvidado de todo… inmortal…!
      Entonces sintieron que no eran, en verdad, sino un solo ser.
      Las horas rozaron, con su vuelo extraño, aquel éxtasis, en el que por vez primera se mezclaban la tierra y el cielo.
      De pronto, el conde de Athol se estremeció, como golpeado por un recuerdo fatal.
      —¡Ah! ¡Ahora recuerdo…! —dijo— ¿Qué sucede? ¡Pero si tú estás muerta!
      En ese mismo instante, con esa palabra, se extinguió la lámpara mística del icono. La pálida claridad de la mañana –de una mañana banal, grisácea y lluviosa– se filtró en la habitación por los intersticios del cortinado. Las velas languidecieron y se apagaron, para echar humo acre por sus mechas rojas; el fuego desapareció bajo un manto de cenizas tibias; las flores se marchitaron y se desecaron en pocos segundos; el péndulo del reloj recobró poco a poco su inmovilidad. La certidumbre de todos los objetos huyó súbitamente. El ópalo, muerto, no brillaba más; las manchas de sangre se coagularon también en el pañuelo, cercano a la piedra; y, borrándose entre los brazos desesperados que en vano querían estrecharla de nuevo, la ardiente y blanca visión volvió al aire y se perdió. Un tenue suspiro de adiós, nítido, lejano, alcanzó el alma de Roger. El conde se irguió: acababa de advertir que estaba solo. Su sueño acababa de esfumarse de un solo golpe; había roto el hilo magnético de la radiante trama con una sola palabra. La atmósfera era, ahora, la de los difuntos.
      Como lágrimas de vidrio, agrupadas sin orden y sin embargo tan sólidas que es imposible romperlas por su parte más gruesa, pero que se deshacen en un polvo impalpable y súbito si se parten por el extremo, más fino que la punta de una aguja, todo se había desvanecido.
—¡Ah! —murmuró el conde— ¡Es el final! ¡Se ha perdido…! ¡Y está sola…! ¿Cuál es la ruta, ahora, para llegar hasta ti? ¡Muéstrame un camino que me lleve hasta ti…!
      De pronto, como una respuesta, un objeto brillante cayó del lecho nupcial a la piel negra en el piso, haciendo un ruido metálico; un rayo del espantoso día terrestre lo iluminó. El abandonado se inclinó, recogió el objeto, y una sonrisa sublime le iluminó el rostro al reconocerlo: era la llave de la tumba.

Traducción © Alberto Chimal

NOTAS:

(1) “Pálida (pero) victoriosa”, en latín.

[volver] (2) Los fabliaux son breves narraciones humorísticas en verso, muchas veces de carácter erótico o de asunto vulgar y siempre escritas en un lenguaje popular; su origen es la propia Francia y se remontan a la Edad Media. [volver] (3) En ruso, “querida”. [volver]