La jornada de la mona y el paciente

Mario Bellatin, La jornada de la mona y el paciente.
Oaxaca, Almadía, 2006.

[He aquí la segunda reseña prometida, que se publicó en el número de agosto de la revista Replicante. En cuanto al aviso: me encuentro en Guadalajara, y probablemente no podré siquiera asomarme al sitio durante una semana, pero volveré con un par de novedades interesantes… Muchos saludos.]

Empezó a vislumbrarse, al menos, desde El jardín de la señora Murakami (2000), y quedó totalmente claro con la publicación de Perros héroes (2003): la obra de Mario Bellatin comenzó el siglo con un giro o, mejor dicho, con una complicación adicional de su proyecto, que durante los años noventa pareció a muchos estar basado sólo en ciertos temas tremendos, en ciertos personajes “límite”.
Ahora, sus libros pueden leerse como fragmentos de una serie o estructura mayor, en vez de entregas aisladas o variaciones sobre elementos conocidos, y además una estructura que no se subordina a una trama general (si lo hiciera, sería una más de tantas “sagas” novelescas) y que contempla y comenta, sobre todo, su propia creación. No sólo hay referencias a trabajos anteriores en los más nuevos, lo que no pasaría de ser un gesto trivial: además, el centro del discurso en todos los libros, a pesar de levantarse en los mismos escenarios y figuras; en la misma noción del “caso” (misterio y diagnóstico), en las mismas estrategias textuales, los deja atrás para concentrarse en las resonancias de la propia creación, en los tanteos de una voz que busca referir y que refiere su propia búsqueda.
Efectivamente, la técnica de fragmentación (alusión, elusión, elisión) que se vio primero en sus tramas discontinuas, luego en su creciente reticencia a plantear siquiera una trama y por fin en su rechazo total de la plenitud fingida del desarrollo novelesco –como lo hemos entendido durante el último par de siglos–, ha dejado en los libros de Bellatin la impresión de un vacío creciente, imperfectamente disimulado (cuando no totalmente descubierto) por el texto. Igual que Perros héroes, Jacobo el mutante (2002) o Lecciones para una liebre muerta (2005), La jornada de la mona y el paciente no es, como ya han implicado varios comentaristas, un libro dramático ni espectacular; su estoicismo, su rechazo de toda efusión sentimental, no es menor que el de Salón de belleza –hasta hoy, el libro más inmediatamente visceral de cuantos ha escrito Bellatin– pero de ningún modo es tan redondo; la historia aparente, resumida en el título, puede ofrecer la misma dislocación de las expectativas del lector y los mismos enigmas que, por ejemplo, Poeta ciego (1998), pero no ofrecerá jamás las mismas recompensas: no hay una conclusión, no hay ni siquiera la vastedad de una pregunta, en el relato (supuestamente) autobiográfico, en las muertes insinuadas o presentidas, en la danza de las relaciones extrañas, en los fenómenos y sus rarezas. Esta novela, como las otras del último Bellatin, es una paradoja: posterga la satisfacción del que busca la trama hasta más allá del final, y al mismo tiempo desdeña sus propias acrobacias formales: de pronto, entre un episodio indescifrable y una escena sin relación alguna con él pero cortante, dolorosa hasta su fin abrupto, aparece un aforismo: una reflexión sobre la novela y, tal vez, sobre esta novela, aunque no sea sobre los pasajes cercanos ni se diga con énfasis.
Pero el “caso” del propio Bellatin en el contexto de la “Gran Historia” del canon nacional es una paradoja desde hace mucho tiempo. Si la novela Flores (2002) ganó el Premio Xavier Villaurrutia, a él mismo se le sigue percibiendo como un narrador originalísimo y excéntrico en un medio –el nuestro– que habitualmente desaprueba la originalidad y ningunea a sus excéntricos. (Al mismo tiempo, y a veces hasta en la misma reseña, se le acusa de tener poco interés en la tradición y de no llevar hasta el límite la audacia de sus propuestas.)
Por mi parte, creo que es insuficiente leer los nuevos libros de Bellatin sólo en relación con los anteriores y sólo en relación con lo que no “ofrecen”, con las costumbres de los lectores de su trabajo. Hay un impulso distinto en los últimos libros (y en especial en éste), discutible si se quiere pero que exige ser considerado de otra forma, y está precisamente en las reflexiones que el autor/máscara/narrador, siempre imposible de autentificar, introduce de pronto y que tienen que ver con la incomodidad de las estructuras, el silencio, la imposibilidad del orden de la escritura y de la escritura misma: todas las ideas se entrecruzan en el campo de la propia novela, de sus declaraciones y sus huecos.
Quien se tome la molestia de seguirlas, en este libro y en los volúmenes que las rodean, podrá constatar que suenan como inserciones: apariciones súbitas de un discurso distinto, dedicado a discutir la propia obra de Bellatin y sus numerosos puntos de contacto con lo otro –lo indeci(di)ble–, sus numerosos escepticismos. Creo que son parte de un discurso todavía inconcluso: mediante su práctica, mediante las alturas y las simas de su práctica, Mario Bellatin está escribiendo una teoría de los límites de la novela.