(Me invitaron a participar en la presentación de las nuevas ediciones de la obra completa de Borges en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México. En esa ocasión –el pasado primero de agosto– leí el texto que sigue.)

Una foto de una foto que Paulina Lavista tomó de Jorge Luis Borges en México, en los años setenta (clic para ampliar)

Debo haber tenido 12 ó 13 años cuando leí por primera vez a Borges. No lo estaba buscando y nadie me lo recomendó. Era una etapa rara en mi vida de lector: como ya estaba terminando los libros que había en casa de mi madre, compraba y leía cada mes la revista Ciencia y Desarrollo, que publicaba en México el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. No es que me interesara tanto la ciencia, sino que en ella, ocultos entre notas sobre experimentos y avances de la física o la astronomía, se publicaban cuentos de ciencia ficción: Isaac Asimov, Arthur C. Clarke y muchos otros por el estilo. De ellos, por un tiempo, me fascinaron a la vez sus mundos y su orden. La idea que parecían defender era la del cuento contemporáneo como sucursal de la divulgación científica, y las historias tenían siempre la misma anécdota: el planteamiento un problema en un entorno más o menos extraño pero no imposible, y su resolución por medios estrictamente racionales, siempre con largas explicaciones de por medio y conclusiones rigurosas y satisfactorias. Eran una imagen de la ficción como reafirmación de la realidad: una forma de insistir en que las certidumbres sobre la vida –las leyes naturales, las matemáticas, los «datos duros»– era suficientes.

Y entonces, en uno de los números de la revista, hallé «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», por Jorge Luis Borges.

Debo haber visto en la televisión los comerciales de la Biblioteca Personal Jorge Luis Borges, una colección que se vendía en los puestos de periódicos por aquellos años, pues ya podía visualizar la cara blanca del escritor argentino, su expresión, su mirada perdida. Pero nada más. Debo haberme sorprendido, tal vez, de verlo presentado como escritor de ciencia ficción, pues también suponía que ese tipo de historias no eran escritas por autores de lengua española.

Y entonces leí el cuento, que es uno de los más extraños y más complejos de su autor. No estaba preparado, por supuesto: sólo entendí una fracción de todo el caudal de información y referencias que Borges ofrece. Pero lo que entendí fue bastante, y luego he vuelto, muchas veces, al mundo de la historia: a sus pobladores, sus artefactos culturales, sus pesquisas de novela policiaca y su estructura intrincada y monumental. Antes de saber de la existencia de la literatura de  consumo, de usar y tirar, ya tenía el mejor argumento contra ella: una narración que merecería muchas lecturas y que iba a ser la puerta de entrada a una obra inagotable.

Ahora bien, la primera vez que leí el cuento, lo que me sucedió fue similar a algo que ocurre en el propio cuento: el narrador encuentra el tomo 11 de la Enciclopedia de Tlön, la descripción cabal de un mundo inexistente, y siente «un vértigo asombrado y ligero». Luego se niega a describirlo, dice, «porque ésta no es la historia de mis emociones sino de Uqbar y Tlön y Orbis Tertius». Yo también sentí un vértigo asombrado y ligero, pero mi historia con Tlön y Uqbar y Orbis Tertius tiene todo que ver con mis emociones. Qué inquietante encontrar una narración donde el problema –un mundo que se inserta en éste, que lo abruma y lo conquista y al final lo borra– no se resuelve en absoluto. Qué escandaloso asomarse la filosofía y la ciencia de Tlön y notar que no defienden el racionalismo y más bien se acercan al idealismo, a los modelos delirantes de los filósofos idealistas, y qué abrumador ver que todos en el cuento empiezan a creer que el mundo es así: que los objetos no siempre existen y que el acto de contar modifica la cantidad que se cuenta. Qué abrumador también darse cuenta de que una historia arbitraria puede modificar la percepción del mundo, la conciencia misma del mundo, y luego entender que Borges, al mostrar este triunfo de lo subjetivo, no reafirma la realidad del universo, sino que la demuele, la destruye sistemáticamente hasta que ya no quedan asideros ni tranquilidad posibles.

Qué desolador ver cómo el protagonista, quien es todo lo contrario de un héroe de ciencia ficción, mira cómo todo se cae a su alrededor y solamente atina a largarse: a «irse a Mérida», como se dice aquí, a escapar a algún lugar en donde pueda engañarse y creer que la catástrofe no lo alcanzará. Como a él, me di cuenta, a todos nos obsesiona nuestra propia realidad, la solidez y el sentido de nuestras existencias, y a la vez la vastedad del tiempo y la del mundo nos afantasman: nos reducen y nos vuelven pequeños, irreales.

Pensándolo bien, ese cuento disolvente y subversivo no tenía nada que hacer en la revista Ciencia y Desarrollo, y ahora creo que su publicación debe haber sido obra de un terrorista, de un daimon o de un nahual, para sembrar sus ideas infecciosas en las mentes impresionables de adolescentes como el que era yo. O tal vez sólo en mi propia mente: tal vez era un regalo, o una maldición, explícita, intransferible, porque no he sabido de ningún caso similar. A mí, la lectura de ese cuento en esa revista en ese momento de la vida me convenció del poder infinito de la imaginación, y también de que la literatura podía ser mucho más: más que cualquier historia que hubiera leído hasta aquel momento. Ya inventaba cuentos y ya quería ser escritor, pero entonces lo supe con claridad, como nunca antes. Y entonces entendí, también clarísimamente, que iba a ser muy difícil: que cada obra hecha posible por un gran autor es una inspiración y un estímulo, pero también un desafío. Y que nada iba a tener sentido si el escribir no ofrecía algún estremecimiento como el que yo había experimentado: si no daba algún recordatorio de lo humano en el mundo o por lo menos de lo humano en el lector.

Ésta es una lección difícil de asimilar a cualquier edad y a mí me tocó lidiar con ella entonces. Cuando entendí, cuando empecé a entender, ya era otro. Esto le debo a Borges.

Con el tiempo, algo más que empecé a deberle fue la avidez de la lectura: Borges encontró en mundo entero en las páginas de lo escrito, como sabemos, y con su guía visité a muchos autores y obras más allá de mi experiencia previa, y luego hasta de Borges mismo. Y en esos otros he encontrado distintas revelaciones. Pero siempre regreso a esos cuentos, poemas y ensayos. Ya he dicho que Borges es inagotable: he leído su obra entera, he leído su obra en colaboración, he visitado a sus biógrafos y sus amigos, y en el mapa del mundo he ido hasta su casa: cuando por fin pudimos viajar a Buenos Aires, hace algunos años, mi futura esposa y yo vagábamos sin rumbo y encontramos la calle Maipú y en ella el último edificio en el que Borges vivió antes de partir a Suiza. Me quedé ante la puerta, leí la placa conmemorativa, mi futura esposa me tomó la foto. Luego, en cuanto pude, abrí la otra puerta, la que siempre podría abrir, y que era uno de sus libros: el primer tomo de una edición de sus Obras completas, que me acababa de conseguir sin mirar el precio.

Me atrevo a contar todo esto porque estas palabras se titulan “Una presencia”: son el caso de un individuo. Por otra parte, sé que no estoy solo en esto: que muchos lectores, al menos desde mediados del siglo XX, se han encontrado en las palabras de Jorge Luis Borges y en ella se han emocionado, se han intrigado, se han sentido en contacto con eso otro: con la belleza que toca la verdad, como se decía en otro tiempo, y también con la maravilla de una mente singular, que sigue dando cuerpo y sentido a mucho de lo que nos sucede en el mundo. Esos otros a los que me parezco, y que han recibido a Borges gracias a sus propios daimones y nahuales, no disminuyen: constantemente alguien encuentra a Borges en un libro nuevo, en una biblioteca, en una hoja fotocopiada o una pantalla: lo buscan donde pueden y el encontrarlo es siempre una conmoción. Por esto hay que celebrar cada reedición de su trabajo: cada nueva oportunidad que tiene su obra de encender a alguien más y revelarle un aspecto nuevo de su propia humanidad.

(Luego seguí con parte de la historia de cómo aquella futura esposa es ahora mi esposa, y lo que tuvo que ver en ese proceso un poema de Borges. Pero esa historia me la guardo. Un día que usted me encuentre, lector o lectora, se la contaré.)